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III. El Gran Comedor

Dracia Malfoy Y El Cáliz De Fuego — fanfic.es · All chapters

III. El Gran Comedor

Más allá del vestíbulo, el Gran Comedor se abría bajo un techo que imitaba el cielo nocturno, cargado de nubes que se movían despacio sobre las velas flotantes. Las cuatro mesas estaban ya llenas de rostros conocidos. El calor de cientos de cuerpos y de cientos de velas le dio a Dracia en la cara después del frío de fuera, y olía a cera, a lana húmeda secándose y a la promesa de la cena.Desde la mesa de Gryffindor llegó una carcajada escandalosa.La mesa de Slytherin, al fondo, tenía sitio libre en el centro. Dracia caminaba hacia ella. O eso pretendía.Los ojos se le fueron solos a la izquierda. Seamus Finnigan gesticulando con una cuchara en la mano. Longbottom medio escondido detrás de una jarra. Los gemelos Weasley con las cabezas juntas, cuchicheando algo que seguro le costaría puntos a su casa antes de Navidad. Las pupilas pasaban de cara en cara sin detenerse, buscando sin que ella les hubiera dado permiso para buscar. Un pelo negro revuelto. Una cicatriz. Unos ojos verdes.Ahí estaba.A mitad de la mesa, con el pelo todavía húmedo y la túnica sin alisar, Potter estaba sentado entre Weasley y Granger. No participaba en la conversación. Tenía la vista perdida en el plato vacío y la frente un poco fruncida. A su lado, Weasley hablaba bajo y muy rápido, sin dejar de lanzar miradas furiosas hacia el pasillo. Hacia ella.Fue Granger quien la vio primero. Se quedó quieta un instante, y luego tocó el brazo de Potter con dos dedos, discretamente, y señaló con la barbilla hacia el pasillo.Potter levantó la cabeza.El ruido del Gran Comedor siguió igual: las voces, las copas, los bancos arrastrados. Pero entre la mesa de Gryffindor y ella se abrió un pequeño silencio que no oía nadie más. Los ojos de Potter, detrás de las gafas redondas, no tenían la dureza del tren. Había cansancio en ellos. Cautela. Y otra cosa que Dracia no habría sabido nombrar, y que no intentó nombrar, porque no tenía por qué. No apartó la mirada él. Ella tampoco.Weasley resopló y se inclinó para decirle algo al oído. Potter no le contestó.—¡Dracia! —La voz de Pansy le llegó desde la mesa de Slytherin, donde ya se había sentado con Blaise y Theodore y agitaba la mano—. ¡Aquí! ¡Te hemos guardado sitio!Dio un pequeño respingo al oír su nombre. La cabeza se le fue hacia Pansy, volvió a Potter. Tenía la boca algo abierta y no sabía desde cuándo. La cerró. Los ojos se le estrecharon, todavía puestos en él, como si la culpa de haberse quedado mirando fuera suya, y se giró hacia su mesa.Goyle, que venía detrás y no había entendido por qué ella se había parado en mitad del pasillo, le dio un empujoncito torpe con el hombro.—¿Vamos o qué? —masculló, con los ojos en las bandejas vacías.Por el rabillo del ojo, Dracia vio que Potter bajaba la vista al plato justo cuando ella se giraba, y oyó a Weasley decirle algo a Granger, una frase a medias que llegó hasta ella: «...ni siquiera sabe qué decir». Granger le pisó el pie por debajo de la mesa sin levantar la vista.Pansy había apartado su bolso para dejarle sitio, con una sonrisa demasiado ancha.—¿Qué mirabas? —preguntó en voz baja, y no esperó la respuesta—. No me digas que a Potter. Está horrible este año. Parece que no ha dormido en semanas.Enfrente, Blaise se servía agua de la jarra y la observaba por encima del borde de la copa, con curiosidad perezosa. Theodore había vuelto a abrir su libro.Las puertas del Gran Comedor se cerraron con un golpe sordo y el murmullo de las mesas se fue apagando. McGonagall avanzaba por el pasillo central a paso firme, seguida de una fila de niños empapados que miraban el techo con la boca abierta. Entre ellos estaba el chico del andén, pálido, con el pelo todavía pegado a la frente.Delante del estrado, un taburete de tres patas y un sombrero viejo, remendado, esperaban en silencio.—Sí —dijo Dracia, con la vista en la mesa y las manos quietas a los lados del plato—. Viviendo con muggles, es normal tener esa cara.Pansy soltó una carcajada corta y se tapó la boca enseguida, mirando de reojo a los prefectos.—Ay, no, eso ha estado bien. —Le brillaban los ojos—. Vivir con muggles. Se lo voy a contar a Millicent.Blaise dejó la copa sobre la mesa sin hacer ruido. No se rió, pero el gesto de su boca decía que había tomado nota. Theodore levantó la vista del libro, la miró un segundo con ojos tranquilos y no dijo nada.Entonces el sombrero se movió. Una rasgadura junto al ala se abrió como una boca y la canción empezó, grave y burlona, resonando bajo el techo encantado. Los de primero se encogieron; algunos se agarraron a la túnica del de al lado. Cuando el sombrero terminó, un aplauso irregular recorrió las mesas. Dracia aplaudió dos veces, por educación.McGonagall desplegó el pergamino y empezó a leer.Los nombres se sucedieron. Una niña con trenzas se sentó en el taburete y el sombrero gritó «¡Hufflepuff!»; la mesa amarilla estalló en vítores. Un chico rubio de nariz torcida tardó casi un minuto entero, hasta que el sombrero decidió «¡Gryffindor!», y los gemelos Weasley silbaron con los dedos en la boca.—Hollis, Daniel.El niño del andén subió los escalones despacio, con las manos temblándole al sujetar el borde de la túnica. Se sentó. El sombrero le cubrió hasta los ojos. Se hizo un silencio largo, y Dracia notó cómo Pansy se inclinaba para ver mejor.—¡Ravenclaw!El niño cruzó corriendo hacia la mesa azul, con las orejas rojas, y se dejó caer en el primer hueco libre sin mirar a nadie.—Ravenclaw, claro. —Dracia se acomodó en el banco—. Cada uno en su sitio.Le salió una risa seca, de un segundo.—Cada uno en su sitio —repitió Blaise en voz baja, con un deje divertido, y levantó su copa hacia ella en un brindis minúsculo, sin llegar a beber.—Qué casualidad —murmuró Theodore, sin levantar la mirada— que el sombrero siempre esté de acuerdo contigo.Pansy lo miró de reojo, sin saber si aquello era un halago, y optó por reírse.Dracia ya no los escuchaba. La mirada se le había ido a la mesa de profesores, a la silla del centro, la más alta, que seguía vacía. La frente se le arrugó. Dumbledore no faltaba nunca a la Selección. Nunca. Y precisamente este año, con su padre yendo y viniendo del Ministerio todo el verano... Apartó el pensamiento antes de que terminara de formarse.Una puerta se abrió detrás del estrado, discreta, casi sin ruido. El murmullo del comedor bajó un tono. Albus Dumbledore entró a paso tranquilo, con la túnica azul oscuro rozando el suelo y las manos entrelazadas a la espalda, como quien llega tarde a una reunión sin importancia. Le dedicó un breve asentimiento a McGonagall, que le respondió sin dejar de leer el pergamino, y se acomodó en su silla con un suspiro apenas audible.Cerca de él, Snape giró la cabeza y le dijo algo al oído. Dumbledore asintió despacio, sin quitar los ojos de la sala.La fila de los de primero fue menguando. El comedor se había callado de nuevo, salvo por la voz de McGonagall y el grito del sombrero cada pocos segundos.Los ojos de Dracia se desviaron. La pared de piedra, las mesas, los estandartes de las casas colgando del techo. Potter. Volvían a Potter sin que ella lo decidiera, como una brújula mal imantada. Frunció los labios, apoyó el codo en la mesa y lo observó de verdad, por fin, ya que llevaba rato haciéndolo.Bajo la luz de las velas, a pocos metros, Potter seguía con la mirada perdida. Tenía la piel cerosa, con una sombra violácea debajo de cada ojo, y de vez en cuando se llevaba la mano a la frente, justo donde nacía la cicatriz, y la bajaba enseguida, como si no quisiera que nadie lo notara.Dracia lo notó. Potter tenía peor aspecto, eso era verdad. Y no era solo cansancio: había algo más, algo que se le había quedado pegado por dentro.Granger también lo había notado. Le apretó el brazo, en silencio, sin dejar de seguir la conversación de Weasley, y Potter asintió sin mirarla.—...y sigues ahí clavada —murmuró Pansy, dándole un codazo suave—. Le vas a gastar la cara.La última niña de primero, una cría diminuta de pelo rojizo, se sentó en el taburete y el sombrero gritó «¡Slytherin!» casi antes de rozarle la cabeza. Hubo aplausos corteses en la mesa, y un prefecto se levantó para hacerle sitio.McGonagall retiró el sombrero y el taburete. Dumbledore se puso en pie, sin prisas, y el comedor se calló por completo.—Bienvenidos —dijo, abriendo las manos—. Bienvenidos de nuevo a Hogwarts. Tengo algunos anuncios que hacer, pero me temo que una mesa vacía no es lugar para discursos. —Sonrió—. Adelante.Las bandejas de oro se llenaron de golpe con un estallido de vapor y aroma: asados, patatas doradas, pasteles de carne, jarras de zumo de calabaza. El comedor se volvió un alboroto de risas y platos que chocaban. Goyle ya se había lanzado sobre un muslo de pavo.En la mesa de Gryffindor, Potter miraba la comida sin moverse.Dracia se giró hacia su plato.—Algún día se la gastaré, pero de un golpe.Pansy soltó una risita, con el tenedor ya clavado en una patata, y Blaise le dio el visto bueno con un gesto.—Hazlo con público, que merezca la pena —dijo, sirviéndose pavo con calma—. Aunque yo no me confiaría. Este año Potter tiene cara de que las cosas le caen encima solas.Goyle asintió con la boca llena sin enterarse de nada. Crabbe se había apropiado de la fuente de pasteles de carne y la sujetaba con los dos brazos, como si alguien fuera a quitársela.Cuando Dracia alargó la mano hacia la jarra, la copa se llenó sola: zumo de calabaza helado hasta el borde, y el vaho de los asados le calentó el rostro. A su alrededor, el ruido era una marea tibia de cubiertos, risas y conversaciones cruzadas. En la mesa de Hufflepuff alguien cantaba mal una canción de quidditch y una prefecta le mandaba callar.Theodore, que apenas había probado bocado, se limpió los dedos en la servilleta y habló sin levantar la voz, de forma que solo llegara a su lado de la mesa:—Dracia. ¿Tu padre te dijo algo del Ministerio antes de venir? Mi tío me contó en verano que llevan meses con reuniones a puerta cerrada. Que hay algo preparado para este curso y que nadie suelta prenda.Blaise dejó el cuchillo sobre el plato. Pansy se quedó con el tenedor a medio camino de la boca. Los tres la observaban, sin disimular del todo la curiosidad.Dracia los miró de reojo, uno a uno, sin girar la cabeza. Le gustó aquello. El silencio pequeño a su alrededor, tres pares de ojos esperando, la sensación de tener algo que los demás querían.—Quizá.Se preparó para comer. Cogió los cubiertos, los colocó, se puso la servilleta en el regazo sin ninguna prisa.—Pero son cosas que no puedo decir. Solo diré que este año va a ser interesante.Y empezó a comer.—¿«Interesante»? —Pansy ya se había inclinado sobre la mesa, con los codos peligrosamente cerca del puré—. No puedes decir eso y quedarte tan...No terminó. Blaise le puso dos dedos en la muñeca, un gesto leve, y ella cerró la boca de pronto, con las mejillas encendidas.—Déjala comer —dijo él, y sus ojos oscuros se posaron en el rostro de Dracia un instante más de la cuenta, midiendo cuánto había de verdad y cuánto de teatro—. Ya nos enteraremos.Theodore asintió despacio y volvió a su plato, aunque dejó de comer a mitad de bocado. Crabbe, que no había seguido nada, preguntó con la boca llena si alguien iba a querer ese último pastel de carne.El pavo estaba tibio y jugoso, con una salsa espesa que olía a romero. Durante un rato el comedor fue un calor continuo de conversaciones: la risa de los gemelos Weasley rebotando entre las piedras, el tintineo de las jarras, una lechuza que cruzó el techo con una nota atada a la pata. Al otro lado del salón, alguien contaba a gritos cómo el Mundial había acabado a mitad de una noche de fuego verde, y varias cabezas se giraron hacia él. Dracia no se giró. Cortó el pavo en trozos pequeños y regulares y se los comió uno a uno.Cuando las bandejas se vaciaron, desaparecieron todas a la vez con un chasquido limpio y los platos quedaron relucientes. Dumbledore se levantó. El silencio cayó sobre el salón como una manta.—Bien. Ahora que hemos comido y bebido, me temo que debo robarles unos minutos más. —Su voz era suave y llegaba hasta el último banco—. El señor Filch me pide que les recuerde que la lista de objetos prohibidos ha crecido este año, y que el bosque sigue siendo, como su nombre indica, prohibido. Y debo comunicarles, con gran pesar, que este año no habrá Copa de Quidditch.Un clamor de protesta sacudió las mesas. En Gryffindor alguien golpeó la madera con el puño.—Esto se debe a un acontecimiento que comenzará en octubre y que ocupará la energía y el tiempo de los profesores durante...Las puertas del Gran Comedor se abrieron de golpe con un estampido, y un relámpago blanco iluminó la sala entera.En el umbral, recortado contra la tormenta, había un hombre de pelo gris con una cojera pronunciada y un bastón en una mano.Dracia se giró hacia la puerta justo cuando el trueno retumbaba sobre el techo encantado. No le dio tiempo a reaccionar: el hombre dio el primer paso dentro, y el golpe del bastón resonó en la piedra, seco, seguido del arrastre de una pierna que no era de carne. Cada paso sonaba a madera y a metal. Toc. Arrastre. Toc.Llevaba una capa de viaje raída, gruesa de barro, y un sombrero de ala ancha que se quitó despacio. Debajo, la cara era un mapa de cicatrices: la nariz mellada, como si le faltara un trozo, la boca torcida. Y el ojo. Un ojo mágico de un azul eléctrico que giraba en la órbita con un zumbido fino, recorriendo las mesas una por una.Se detuvo un segundo en la de Slytherin.Dracia sintió, o creyó sentir, que le atravesaba la madera, las túnicas, la piel. Que llegaba a algún sitio de dentro donde no tenía permiso. Se le erizó el vello de los brazos bajo la manga y no movió un músculo de la cara.—¿Quién es? —susurró Pansy, agarrándola del codo sin darse cuenta—. ¿Es un mendigo?—Calla —murmuró Theodore, sin mover los labios. Estaba muy pálido.Blaise no dijo nada. Tenía la mandíbula tensa y las manos quietas sobre la mesa.Dumbledore se adelantó con una sonrisa serena, le tendió la mano y el recién llegado apenas se la rozó. Se inclinaron uno hacia el otro, intercambiaron unas palabras que no se oyeron, y el hombre cojeó hasta el hueco libre junto a Snape. Sacó de la capa una petaca plateada, bebió un trago largo, y el ojo giró hacia el techo sin pestañear.—Les presento —anunció Dumbledore, alzando la voz como si nada hubiera interrumpido— a su nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras: el profesor Alastor Moody.Solo Dumbledore y Hagrid aplaudieron, el segundo con un entusiasmo desmedido. En las mesas, el silencio era casi físico. Al lado de Snape, Moody ni siquiera levantó la vista de la petaca.*Moody.* Dracia conocía ese nombre. Lo había oído en casa, dicho de cierta manera, en la voz de su padre, en conversaciones que se cortaban cuando ella entraba en la habitación.—Y ahora —continuó Dumbledore, con un destello en los ojos tras las gafas de media luna—, como iba diciendo: Hogwarts tendrá el honor de acoger este año un acontecimiento que no se celebra desde hace más de un siglo. El Torneo de los Tres Magos.En la mesa de Gryffindor, los gemelos Weasley se quedaron paralizados con la boca abierta. Granger se inclinó hacia Weasley, muy seria. Y Potter, por fin, levantó la cabeza.A Dracia se le abrió la boca.—El Torneo...No había terminado de decirlo cuando Pansy se volvió hacia ella con los ojos como platos y un susurro agudo.—¿Esto era lo que no podías decir? ¡Lo sabías!—Chist. —Blaise la mandó callar con un gesto, sin apartar la vista de Dumbledore. Solo un segundo, de reojo, miró a Dracia. Midiendo, otra vez.Dracia no la corrigió. Dejó que Pansy creyera lo que quisiera creer.Dumbledore esperó a que el murmullo decreciera, con las manos juntas.—Para quienes no estén familiarizados con él: el Torneo reúne a tres escuelas de magia europeas. De cada una se elige a un campeón, que competirá en tres pruebas a lo largo del curso. Hogwarts, Beauxbatons y Durmstrang. —Hizo una pausa—. Las otras dos escuelas llegarán con sus delegaciones en octubre, y la noche de Halloween se elegirá al campeón de cada una.Un clamor recorrió el Gran Comedor, un oleaje de voces que se atropellaban. En Gryffindor, Seamus golpeó la mesa con las dos manos.—Los campeones —siguió Dumbledore, alzando apenas la voz— lucharán por la gloria eterna para su escuela y por un premio de mil galeones.Desde la mesa de Gryffindor alguien repitió «¡mil galeones!» a gritos. A su lado, Theodore soltó el aire muy despacio.—Así que era eso —murmuró, y sus ojos grises la buscaron—. Lo del Ministerio.—Pero la edad... —Pansy se inclinó hacia Blaise, ansiosa—. ¿Quién puede presentarse? Dime que no es solo para los mayores.Como si la hubiera oído, Dumbledore levantó una mano.—Debo añadir una cosa. Tras largas deliberaciones con el Ministerio, hemos decidido que solo podrán optar a ser campeones los alumnos con diecisiete años cumplidos.El rugido de protesta fue inmediato. Fred y George se pusieron en pie al unísono, indignados, y una prefecta de Gryffindor les ordenó sentarse. En la mesa de Ravenclaw, una chica de último curso miraba al techo con una sonrisa que no conseguía ocultar.—Eso es un... —murmuró Pansy, y se mordió la lengua, como si calculara de qué le serviría quejarse.Al fondo, junto a Snape, Moody seguía bebiendo de la petaca. Dracia no lo miraba. Estaba demasiado ocupada sintiendo cómo se le subía algo caliente por el cuello.—¿Diecisiete?Entornó los ojos, sin molestarse en esconder la indignación.—Eso es injusto.—Injusto, dice. —Blaise sonrió esta vez, de lado, sin ruido—. ¿Te veías de campeona, Dracia? Porque yo te veía más bien en el palco, dando las puntuaciones.—Cállate, Blaise —le soltó Pansy, con una risa nerviosa—. Es injusto, sí. Tú serías la mejor. Cualquiera de nosotros lo sería, no como...A Pansy se le fue la mirada sin querer a la mesa de Gryffindor, y se cortó a mitad de frase. Allí, Fred y George seguían de pie, discutiendo a gritos con la prefecta. Weasley miraba la mesa con la boca fruncida. Potter no se había movido. Tenía la vista fija en el estrado, en el sitio donde había estado Dumbledore, como si siguiera oyendo algo que los demás ya habían dejado de oír.Theodore, que no había dejado de observar a Dracia, ladeó la cabeza.—Las normas son las normas —dijo, con voz suave—. Así lo quiere el Ministerio. Tu padre lo sabrá mejor que yo.No era una pregunta ni un reproche: era algo que Theodore dejaba sobre la mesa para ver qué hacía ella con ello. Dracia no hizo nada.Dumbledore alzó las manos y el estruendo se fue apagando.—Por esta noche, creo que ya es suficiente. Es tarde, y mañana tienen clase. Prefectos, por favor, acompañen a sus compañeros a las salas comunes.Los bancos se arrastraron contra la piedra; cientos de pies se pusieron en movimiento. Un prefecto de Slytherin, un chico alto de séptimo con el pelo peinado hacia atrás, se subió a un banco con una mano levantada.—¡Slytherin! ¡Conmigo! ¡Los de primero, delante, y que nadie se pierda por las mazmorras!Pansy le ofreció el brazo con una sonrisita cómplice. Crabbe y Goyle ya se habían levantado, y el resto de la mesa avanzaba por el pasillo central, un río de túnicas oscuras. Más allá, entre la multitud que salía, Dracia vio a Potter de espaldas, con Weasley a un lado y Granger al otro, empujados por la corriente hacia la escalera de mármol.Al fondo, Moody seguía sentado, inmóvil. El ojo mágico giraba despacio.Dracia cogió el brazo de Pansy y miró a Blaise.—Pues yo a ti no te veo ni de campeón ni en el palco. No te veo en ningún sitio.Blaise arqueó una ceja, sin perder la media sonrisa.—En ningún sitio —repitió, y se encogió de hombros—. Qué descanso. Así nadie me pide que haga nada.Theodore resopló por la nariz, lo más parecido a una risa que le había oído en toda la noche. Pansy, pegada a su brazo, se rió también, aliviada de que nadie hubiera montado una escena.