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IV. Las Mazmorras

Dracia Malfoy Y El Cáliz De Fuego — fanfic.es · All chapters

IV. Las Mazmorras

La corriente los arrastró fuera del Gran Comedor, cruzando el vestíbulo, hacia una puerta baja a la derecha de la escalinata. Desde allí la escalera bajaba en espiral, y con cada vuelta la piedra se volvía más húmeda y más fría, y el aire olía más a cerrado y a lago. Las antorchas daban paso a lámparas de luz verdosa que colgaban de cadenas. Dracia conocía el camino de memoria; los pies lo bajaban solos. Se oían pasos que resonaban, una risa lejana, una puerta que se cerraba arriba.El prefecto se detuvo ante un tramo de muro desnudo, sin adornos, y dijo la contraseña en voz baja. La piedra se abrió sin ruido.La sala común de Slytherin era larga y de techo bajo, con ventanales que daban directamente al fondo del lago negro. Por el cristal pasó una sombra enorme, lenta, que podía ser el calamar gigante. El fuego de la chimenea proyectaba destellos verdosos sobre los sofás de cuero oscuro y las lámparas de plata. Olía como olía siempre: a cuero, a agua y a leña. Olía a casa, o a lo más parecido a casa que había fuera de la Mansión.—Sentaos. Un momento. —El prefecto alzó una mano—. Antes de que os vayáis a dormir, el profesor Snape quiere dirigiros unas palabras.El murmullo cayó de golpe. Snape había entrado detrás de ellos sin que nadie lo oyera, con la túnica negra rozando el suelo, y se detuvo ante la chimenea con las manos entrelazadas.—Seré breve —dijo, con esa voz baja que obligaba a inclinarse para oírla—. Este curso se distinguirá por las distracciones. Espero que Slytherin no se deje arrastrar por ellas. Las normas son las de siempre. Las excepciones, también.Recorrió la sala con la mirada, rostro por rostro, y se detuvo un segundo más de lo necesario en Dracia.—Nada más. A sus dormitorios. —Hizo una pausa—. Señorita Malfoy. Un momento, por favor.—Sí, profesor.Se alisó la túnica sin necesidad, con la palma abierta, y lo miró.Snape inclinó la cabeza, apenas un grado. Sus ojos negros bajaron hacia la mano de Dracia, todavía sobre la tela, y subieron de nuevo. No hizo ningún comentario. Dracia apartó la mano.—Los demás, a sus dormitorios —repitió sin alzar la voz, y la sala empezó a vaciarse con una rapidez que no habría tenido con ningún otro profesor.Pansy se había quedado clavada junto al sofá, con la mano a medio camino del brazo de Dracia.—Yo podría...—A los dormitorios, señorita Parkinson.Se fue, con una última mirada hacia atrás y los hombros muy rectos. Blaise subió la escalera sin volverse. Theodore tardó un segundo más: miró a Dracia, sin decir nada, y desapareció tras él. Las pisadas se apagaron. Quedaron el crepitar del fuego y el cristal oscuro del lago.Snape esperó a que se cerrara la última puerta. Se volvió hacia la chimenea y se quedó un momento de espaldas, frente a las llamas verdes.Dracia no se movió. De pie, con las manos a los lados, sin saber qué hacer con ellas ahora que no podía alisar nada.—Su padre me escribió este verano. —La voz de Snape era baja, cuidadosa, sin inflexión—. Dos cartas. La segunda, después del Mundial.Se giró hacia ella. A la luz del fuego, su rostro parecía más cansado que de costumbre.—No voy a repetirle lo que decían. Basta con que sepa que le preocupa este curso, y que espera de usted... lo de siempre. —Una pausa breve—. Habrá visitantes extranjeros. Atención del Ministerio. Cada cosa que haga se comentará. Cada cosa que haga Potter, también.Cruzó las manos a la espalda.—Dígame, señorita Malfoy. ¿Hay algo que deba saber antes de que empiece el curso?*Dos cartas.* Su padre le había escrito a Snape dos veces aquel verano y a ella no le había dicho nada. Dracia arqueó una ceja.—¿Qué quiere decir?Snape no contestó de inmediato. La miró, muy quieto, y el fuego verde le dibujaba sombras duras bajo los pómulos.—Quiero decir lo que he dicho. Después de lo que ocurrió en el Mundial, hay preguntas. En el Ministerio, en la prensa, entre los alumnos. Alguien le preguntará a usted por su padre, por dónde estaba y qué dijo después. Alguien ya lo ha hecho, supongo.Pansy, en el tren. Dracia no movió la cara.Un tronco cedió en la chimenea y levantó una lengua de chispas.—Lo que le pregunto es si hay algo que haya visto, oído o sentido este verano que le inquiete y que yo deba saber antes de que otra persona lo descubra. —La voz le bajó un punto más—. Prefiero enterarme por usted antes que por un periódico. O por un profesor de Defensa con ojo de cristal que pregunta demasiado.Al otro lado del ventanal, la sombra enorme volvió a pasar, despacio, y por un momento oscureció aún más el agua. En la sala no se oía nada más que el fuego.Snape esperaba. No parecía impaciente. Tenía los ojos fijos en ella, sin pestañear, como quien conoce de sobra lo que se calla en las casas con apellido.Había cosas. Claro que había cosas. Pero Snape no era su padre, y su padre no le había dicho que se las contara a nadie.—Nada que usted no sepa.Ladeó levemente la cabeza al decirlo.Snape dejó que la frase se asentara. Le recorrió la cara con la mirada, sin prisa, como si buscara lo que faltaba.—«Nada que yo no sepa» —repitió, casi con suavidad—. Es una respuesta muy cómoda, señorita Malfoy. Tiene la ventaja de que no me obliga a creerla ni a dudar de ella.No insistió. Se apartó de la chimenea y caminó hasta el borde del ventanal, donde el cristal le devolvía la silueta delgada sobre el agua negra.—Su padre escribe con mucho cuidado, ¿sabe? Nunca dice lo que le preocupa. Dice lo que espera. —Una pausa—. A veces es lo mismo. A veces, no.Permaneció un momento con la vista en el lago, de espaldas.—Mi despacho está abierto a cualquier hora. —Volvió el rostro lo justo para mirarla de reojo—. Y evite a Potter este año. No por él. Por usted.El fuego chasqueó. Arriba, en alguna parte, se cerró una puerta con un golpe sordo, y el eco bajó por la escalera de piedra hasta la sala.—Puede retirarse.—¿Por qué?Le salió antes de pensarlo. Dracia oyó su propia voz en el silencio, más desnuda de lo que pretendía, una pregunta de niña pequeña. Abrió la boca para añadir algo que la tapara, y volvió a cerrarla sin decir nada.Snape no se volvió enseguida. Por un segundo, su espalda recta pareció más rígida.Cuando por fin se giró, tenía la expresión seca, sin rastro de enfado.—Porque Potter tiene la costumbre de estar en el centro de las cosas —dijo despacio—. Y quien está cerca de él cuando ocurren, sean lo que sean, termina en la misma frase que su nombre. Su apellido ya pesa bastante sin ayuda. No necesita más titulares.Dio un paso hacia ella, lo justo para que la voz no tuviera que subir.—Y porque usted, señorita Malfoy, actúa deprisa cuando algo le molesta. Lo he visto en tres cursos. —Un levísimo gesto de la mano, descartando el resto—. Eso es todo lo que voy a decir esta noche.Se dirigió hacia la salida y pasó tan cerca que la túnica negra casi la rozó. Se detuvo un momento, de espaldas.—Duerma. Mañana empieza el curso.Sus pasos se alejaron, firmes, y se perdieron. La sala común se quedó en silencio, con el reflejo del fuego verde en los ventanales y el lago oscuro al otro lado. En la mesa junto al sofá, una de las lámparas de plata parpadeaba, y en algún piso de arriba alguien había dejado entreabierta la puerta del dormitorio de las chicas. Una línea de luz cálida caía sobre los peldaños.Dracia no apartó la vista del sitio por donde se había ido Snape. Unos segundos. Luego miró hacia el ventanal, al lago, a la forma lenta que se alejaba entre las algas. _Actúa deprisa cuando algo le molesta_ . Como si la conociera. Como si tres cursos de verla en sus clases le dieran derecho a saber cómo era. _Evite a Potter_—Siempre Potter...Nadie recogió la frase. Flotó en la sala vacía.Subió. La escalera de piedra estaba fría bajo la suela, y la luz venía del dormitorio, donde alguien había dejado una lámpara encendida. Dentro olía a lavanda y a lana húmeda. Los baúles ya estaban al pie de las camas, con las iniciales grabadas en las tapas, y el dosel verde oscuro de la suya estaba corrido a medias, con la colcha doblada hacia atrás.Pansy no dormía. Estaba sentada en el borde de su cama, con el pelo suelto sobre los hombros y los pies descalzos, y se levantó de un salto al verla entrar.—¿Qué quería? —susurró, aunque nadie más estaba despierto—. ¿Era por tu padre? ¿Era por Potter? Seguro que era por Potter...Detrás de ella, una de las otras chicas se removió en sueños y murmuró algo. Pansy se mordió el labio y esperó, sin atreverse a subir la voz.Dracia no contestó. Se quitó la túnica y la dobló sobre el baúl. La lámpara chisporroteaba. El cristal de la ventana, que en el dormitorio quedaba a la altura del fondo del lago, devolvía un resplandor ondulante y sin color. Las sábanas estaban frías cuando se metió entre ellas. Más abajo, apagado por la piedra, se oía el rumor del agua contra los muros.Al cabo de un tiempo la lámpara se apagó. Pansy había dejado de insistir, y su respiración se había vuelto lenta y regular. Dracia siguió boca arriba mucho rato, con los ojos abiertos en la oscuridad verde. Ni siquiera supo en qué momento dejó de darle vueltas a la última frase de Snape y se quedó dormida.