LNCrawler

CAPÍTULO 1 — UN LATTE Y UN CROISSANT

El Ceo Gay... Es El Padre De Mi Hijo 2: ¡La Boda! 18+ — booknet.com · All chapters

CAPÍTULO 1 — UN LATTE Y UN CROISSANT

(PUNTO DE VISTA: ANNIKA)

Tenía una marca en el cuello.

Bueno, en el cuello no, más abajo, encima de la clavícula izquierda y un poquito hacia el hombro: redonda, roja tirando a morada, con la forma exacta de unos dientes que yo conocía desde hacía menos de doce horas.

Me acerqué al espejo… y todo el baño era gris, hasta las toallas, dobladas en tres en un estante que también era gris, y en medio de ese cuarto de hospital de lujo estaba yo, con una camiseta suya que me llegaba a las rodillas, el pelo como si me lo hubiera peinado un tornado y un mordisco con pretensiones.

Me aparté la camiseta con un dedo.

Justo ahí, en ese mismo sitio, había tenido otro en julio, la mañana del karaoke, cuando me desperté sola en mi cama con el pañuelo en el abrigo y una mordida que me tapé dos semanas con un fular en pleno verano y que le achaqué a Lars, porque ¿a quién más se lo iba a achacar?

¿Qué mierda pasaba con esa esquina de mi clavícula? ¿Tenía algo especial? ¿Acaso era un punto anatómico, de esos que vienen en un libro de los hombres que nosotras no leemos, «morder aquí, a la izquierda, dos dedos por encima del hueso»?

Me reí sola… Qué casualidad más tonta, ¿no?

Dos hombres distintos y el mismo sitio… ¿qué tengo yo ahí, una diana?

Pues a lo mejor sí. A lo mejor en esa naviera los mandan a todos a un curso de liderazgo y el segundo día les enseñan a morder ahí…

Me tapé el sitio con el pulgar, con el fantasma de la mordida de la otra noche... que ya no estaba, y me dio un escalofrío tonto que no me quise explicar.

Lars en julio, Erik en octubre, y punto.

¡Dos hombres completamente distintos, Anni, que no se te olvide!

—No se lo tape —escuché la voz grave y rasposa a mis espaldas.

¡Ay! Di un brinco y la camiseta se me escapó del dedo.

Estaba en la puerta del baño, apoyado en el marco, con un pantalón de pijama gris y sin camiseta, porque la camiseta la tenía yo, y una taza en cada mano. Miraba la marca. A mí no, a la marca.

—¿Cuánto rato lleva ahí? —pregunté, subiéndome el cuello con las dos manos.

—El suficiente. ¿Por qué le preocupa?

—¿El suficiente para qué?

—Para verla reírse sola en mi baño.

—Me lo hizo a propósito, ¿verdad? —le acusé, obvio, con la camiseta ya pegada a la barbilla.

—Sí.

Ni un «perdón», ni un «se me fue la mano», nada que se pareciera de lejos a la vergüenza, el muy…

Me alargó una de las tazas, leche caliente con un poco de canela por encima que yo no le había pedido y que no sé de dónde había sacado, porque había notado que las especias se habían acabado.

—El lunes tengo oficina —le recordé—. Con blusas de cuello de blusa, Erik, y con Lucy, que ve un pelo fuera de sitio a cuarenta metros, de verdad.

—Pues que lo vea.

—¿Que lo vea?

—Cláusula nueve. —Le dio un sorbo a su café y me miró la clavícula por encima del borde de la taza—. Exclusividad pública. Ningún otro hombre. Ahora lo sabe también su cuello.

Ay, Dios mío… ¿de dónde sacaba este hombre esas frases?

¿Las ensayaba delante del espejo gris mientras yo dormía?

Me quedé ahí, en su baño, con la taza en las manos y la cara ardiendo, buscando qué contestarle, y cada vez que abría la boca me acordaba de lo que había hecho esa boca la noche anterior, de su nombre, de cuántas veces… joder.

—Anoche dije una cosa —solté al final, hablándole a la leche.

—En realidad dijo muchas.

—Una en concreto. Medio dormida… de una de sus reglas —murmuré, buscando las palabras. Se quedó callado, con la taza a medio camino—. Y usted contestó…

—Contesté, sí.

—Pero… ¿eso qué significa?

—Que ya no hay regla, Annika.

—Ya, pero… —Me atreví a mirarlo—. ¿Y ahora qué? ¿No estaría usted rompiendo su propio contrato?

—Ahora desayuna… —Se dio la vuelta, y desde el pasillo, sin girarse—: Abajo. Y esta noche duerme aquí, en mi cama.

—¿Eso es una pregunta?

—No. Sabe bien que yo no hago preguntas.

—Entonces no —corté.

Se paró en seco, giró solo la cabeza y me echó esa ceja de CEO que no se cree un informe.

—¿Me está diciendo que no?

—No duermo donde me mandan. —Levanté la barbilla, con la camiseta todavía agarrada debajo—. Soy una mujer libre, eh. Tengo un cuarto… gracias a usted, pero lo tengo. Con cortinas nuevas, que por cierto tienen un ribete amarillo precioso.

—Muy bien —dijo, y se fue por el pasillo tan pancho, el muy cabrón.

¿Y lo otro?

Todo lo que prometí decirle, lo que le iba a decir «con la ropa puesta»… Y ropa puesta tenía: su camiseta.

Y no le dije nada…

Acababa de decirme «Annika» sin ningún enojo, con la taza en la mano, y yo no pensaba estropearla.

Mañana. Mañana seguro.

Bajé a la cocina diez minutos después, con su camiseta, un suéter mío encima y la marca tapada hasta la oreja… y me paré en el último escalón.

En la encimera había una bolsa de papel de mi café, el de la esquina de donde vivía antes, el del toldo verde, donde yo me pedía el desayuno los días de cobro, una vez al mes, cuando me lo merecía: un latte y un croissant de jamón serrano con tomates confitados y albahaca.

Ahí estaba todo, todavía caliente… y al lado, el plátano. Uno, pelado hasta la mitad, como todas las mañanas desde que me trajo el camión.

¿Cómo sabía él…?

—Nils lo trajo —dijo desde la cafetera, sin girarse—. A las siete.

—No hay forma de que sepa dónde desayuno yo.

—¿Está dudando de la capacidad de Nils para saberlo todo?

Le di un mordisco al croissant y casi lloro, de verdad, por las hormonas y por el tomate, y porque el jamón… ¿qué le pasaba al jamón?

—¡Está caliente! —protesté, con la boca llena—. El jamón. ¡Está cocinado!

—El serrano crudo no se come embarazada, lo leí. —Por fin se giró, con la taza en la mano—. Le hicieron pasar el croissant entero por el horno. Y el latte es descafeinado.

¡Descafeinado! Mi único lujo del mes, mi desayuno de cuando me lo merezco, y este hombre me lo había mandado traer intervenido, auditado y con informe de riesgos…

Me lo comí entero igual. ¡Ni las migas le dejé!

Al lado de la bolsa había otras tres, grandes, de cartón negro, con un lazo de raso y el nombre de una tienda de Grafton Street por delante de la que yo pasaba siempre con la cabeza agachada.

—¿Y eso de ahí qué es? —pregunté, señalando.

—Anoche dijo que los buenos se los habían robado.

Metí la mano en la primera… y la saqué rapidito, con un tirante de encaje negro enganchado en el dedo.

—Erik. —Se me fue el «señor» del susto—. ¿Cuántos hay aquí?

—Todos.

/////// NOTA: ¡Hola! Espero que estén bien y disfruten de ESTA SEGUNDA ENTREGA.

.

NO olviden dejar tantos comentarios como puedan, ¡me motivan a seguir escribiendo! Síganme para no perderse de ninguna actualización de mis novelas. MUCHÍSIMAS GRACIAS A TODOS POR LEER.

.

@lunarose.autora

.

Por cierto, la idea de este rico desayuno me la dio al leer a LoreP, sobre lo que desayuna mientras lee mi libro. ¡Muchísimas gracias por todo el apoyo!