CAPÍTULO 10 — USTED NO ES GAY
(POV: ANNIKA)
La señora de la cama de al lado se rió tan fuerte que se le cayó la dentadura dentro del vaso de agua. Erik se echó hacia atrás en la silla, cruzó las piernas y miró a mi madre con mucha seriedad.
—Eso parece, señora.
Deseé con todas mis fuerzas que el Beaumont se hundiera en el mar en ese preciso momento… ¡con todos nosotros dentro!
—Vives con tu jefe —me soltó en cuanto él salió a atender una llamada.
—Es temporal, mamá. Hasta que arreglen lo del moho. —Mentí, porque el moho estaba arreglado desde hacía semanas—. Y además es… —Bajé la voz—. Es gay. Todo el mundo lo sabe, en la oficina. Es como vivir con una amiga, ¿ok?
—Ya.
Miró hacia el pasillo. Por la puerta abierta se le veía a él, de espaldas, con el teléfono en la oreja y la mano libre en la nuca, diciendo algo en sueco.
—Ya —repitió.
A mi madre le dieron el alta el martes de la semana siguiente, con un catéter en el pecho, diálisis tres veces por semana, una lista de comidas prohibidas más larga que el contrato de Erik y una carpeta con la fecha de la primera consulta de Cillian en una clínica privada del sur de Dublín, en dos semanas en lugar de en tres meses.
La carpeta era blanca, sin logo. Y Cillian, cuando la vio, apretó la boca y no dijo nada.
Erik empujó la silla de ruedas por el pasillo hasta la puerta de cristal, con la manta amarilla encima de las rodillas de mi madre y las zapatillas amarillas en sus pies.
Lo vi todo desde el mostrador del alta: que ella levantaba la mano al llegar a la puerta, que él se paraba, que ella echaba la cabeza hacia atrás para mirarlo desde abajo y que él se agachaba para oírla.
Dejé el bolígrafo sin terminar la última firma y llegué a tiempo de ver cómo le daba dos palmaditas en la mano, encima de la empuñadura… y de oírla.
—Usted no es gay.
***
La carta llegó el lunes siguiente. Un sobre blanco con el escudo de la maternidad.
Ecografía morfológica. Viernes, 6 de noviembre. 10:00. Consulta 4.
No decía de cuántas semanas estaba. Gracias, sanidad pública, por ser tan poco habladora…
La leí varias veces de pie, y cuando levanté la vista él estaba en la puerta de la cocina con la corbata a medio hacer, mirándome leerla.
—¿Qué es?
—La ecografía grande, la morfológica. Que lo miran todo, por partes: los dedos, el corazón, la columna… que esté todo… completo. —Doblé la carta—. Es importante.
Llevábamos una semana durmiendo espalda con espalda, con un palmo de sábana gris en medio, desde un café que nunca subió y una pregunta que yo no le hice.
Y no le iba a dejar ir, claro que no: la otra vez, con la primera, le solté «Usted no es el padre» en esa misma cocina y se fue sin pelear. Esta vez me preparé para lo mismo.
Me quitó la carta de la mano. La leyó una vez y la dejó encima de la encimera, boca abajo.
—Ahí no.
—¿Qué?
—Consulta 4, cuarenta minutos de pie y un tal Declan en la camilla de al lado. —Se ajustó el nudo—. Ya vi cómo funciona eso, señorita Donovan. Una semana durmiendo en ese pasillo. Ahí no.
—Es un hospital, Erik, no un… ¡Ahí van miles de mujeres!
—Que vayan. Usted no. —Sacó el teléfono—. La doctora suya pasa consulta privada en una clínica de Fitzwilliam Square. Ya llamé. Viernes seis, a las diez. Misma doctora, misma hora y sin Declan.
¿Ya llamó? ¿Y de dónde había sacado el nombre de mi doctora, si yo no se lo había dicho nunca? De Nils, seguro…
—No.
—Annika…
—¡Que no! ¿Ya se le olvidó? Ni la habitación de mi madre, ni la cuidadora, ni…
Me callé. La cuidadora la pagaba «gente que presta»… ¿o no? Él ni pestañeó.
—Su madre no firmó nada conmigo —soltó, muy tranquilo—. Usted sí. «Necesito que cubra los gastos del embarazo. Todos. No solo lo que a usted le parezca razonable.» ¿Le suena? Lo dijo en mi estudio, el primer día, y lo firmó. —Se guardó el teléfono—. Mientras dure ese papel, ese niño es su responsabilidad y la de esta empresa. Y yo soy la empresa.
¡El muy…! Me estaba cobrando con mi propia cláusula.
—La otra vez no me obligó —le dije bajo.
—La otra vez me dijo que yo no era el padre. —Agarró las llaves de la encimera—. Y sigue teniendo razón. Por eso no se lo pido como padre, Donovan. Se lo ordeno como el que firmó su cláusula.
Abrí la boca para mandarlo al carajo, sueco, con su cláusula y su clínica y su Fitzwilliam Square… y no me salió.
Porque lo que se me vino a la cabeza fue la primera ecografía, la del latido, sola, con una silla vacía a cada lado, mirando a la chica rubia que apoyaba la cabeza en el hombro de su novio.
Y una cita a Liverpool en el teléfono, con el pulgar encima…
Eso no lo sabía nadie. Ni él.
—¿Y usted? —me oí preguntar.
—¿Yo qué?
—¿Va a venir?
Se quedó quieto con las llaves en la mano. Esta vez no preguntó «¿Puedo?». Esperó, nada más, con esa cara de consejo de administración que no engaña a nadie desde hace por lo menos unas semanas.
—Venga —solté.
Asintió una sola vez y se fue a terminar de vestirse, y yo me quedé en la cocina con la carta boca abajo y la mano encima de la barriga.
¿Y si dicen las semanas? No las van a decir, Anni, nadie dice las semanas en voz alta. Las miran en una pantalla, las apuntan en un papel y te dan una foto con un número pequeñito en una esquina que nadie lee…Eso me repetí, por lo menos.
Esa noche, en su cama, con el palmo de sábana en medio, el niño se movió. Una burbuja pequeñita, debajo del ombligo, y otra detrás. Le busqué la espalda en la oscuridad con la mirada, y no se lo dije.
Ocho días. Ocho días para que la doctora dijera un número delante del único hombre que sabía contar mejor que yo… y que iba a llegar, semana a semana, hasta su propia fiesta de julio.