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CAPÍTULO 11 — 20 SEMANAS

El Ceo Gay... Es El Padre De Mi Hijo 2: ¡La Boda! 18+ — booknet.com · All chapters

CAPÍTULO 11 — 20 SEMANAS

(PUNTO DE VISTA: ERIK)

—¿El primero?

El hombre de la silla de al lado me sonreía con todos los dientes. Treinta y pocos, barba pelirroja, un suéter de lana con renos a siete semanas de Navidad y una carpeta de plástico llena de papeles de colores sobre las rodillas, de esas que llevan los niños al colegio. Tardé en entender que me hablaba a mí.

—¿Perdone?

—El bebé. —Señaló con la barbilla a Annika, al otro lado, sentada en un sillón de cuero color crema con el bolso encima de las rodillas—. ¿Es el primero?

Annika levantó la cabeza como un suricato.

—No es mío —solté.

El de los renos parpadeó. Miró a Annika, me miró a mí, volvió a mirarla a ella, y se rascó la barba.

—¡Ah! Perdón, es que… como estaba usted aquí…

—Es mi jefe —aclaró Annika, sin levantar la vista del bolso.

—Ah. Qué… bien, de verdad. ¡Qué buen jefe, el suyo!

—Gracias por la aclaración —mascullé, sin mover los labios.

—De nada, jefe. Me pareció importante que constara.

El hombre se volvió hacia su mujer, que estaba de nueve meses y tenía cara de estar de doce, y le dijo algo al oído. Ella me miró, yo miré la pared.

Había parejas por todas partes, un padre solo con un niño de tres años que lamía la ventana, y nosotros.

Y Annika, que desde que nos sentamos movía la pierna derecha con el tacón plano golpeando el linóleo, tac tac tac tac, como una máquina de coser.

—Está nerviosa.

—No.

—Está moviendo la pierna.

—Las embarazadas tenemos mala circulación, lo pone en todas partes, ¿leyó el folleto? Si no la muevo, se me hincha.

—¿Dónde más lo pone?

—En internet, Erik. ¡Deje de mirarme la pierna!

Se la miraba. Tac tac tac tac, y a mí ya me estaba subiendo una migraña por detrás del ojo… así que le puse la mano encima de la rodilla, y la pierna se paró en seco.

—¿Y esto qué es? —susurró.

—El ruido. Me da dolor de cabeza. —Tenía los ojos clavados en un cartel que explicaba cómo se sujeta a un recién nacido para sacarle los gases—. Es por el bebé.

—¿Es por el bebé que le duele la cabeza a usted? Toda la culpa para el bebé, ahora. Ni siquiera tiene sentido.

—Cállese, Annika.

No quité la mano de encima de las medias negras… Ella tampoco me la apartó, y al cabo de un rato puso la suya encima de la mía, helada, como siempre.

Le hice un círculo con el pulgar, encima de la rodilla, y la oí tragar saliva.

En una clínica, delante de un cartel de gases y de un hombre con renos. Llevábamos dos semanas con unos centímetros de sábana en medio, desde el hospital.

Desde un café que nunca subí y una pregunta que ella no me hizo, y que yo esperaba cada noche, de espaldas, con las mismas manos con las que le había pegado a su hermano en un estacionamiento.

¿Con qué cara se cruza esa distancia así, Järnberg?

Lo había leído, aunque no se lo había dicho.

El domingo por la noche, en el estudio, con la carta del hospital todavía boca abajo encima de la mesa, cuando ella ya dormía. Páginas de una web de ginecología y dos de un foro de madres, y en todas la misma frase: se realiza habitualmente entre la semana 18 y la 22 de gestación .

La leí dos veces… y bajé la tapa de la laptop hasta la mitad, para que la frase pesara menos, supongo.

Ella me había dicho diez semanas, con la leche derramada en las rodillas, y de eso habían pasado seis semanas y un día, así que diez más seis, dieciséis.

Una morfológica a las dieciséis no sería lo habitual, pero habría médicos que la adelantan, ¿no?

Protocolos, hospitales con listas de espera que te dan la cita cuando pueden…

Riesgo bajo: lo archivé, cerré la laptop y me fui a dormir a su lado.

Y no volví a pensarlo.

Mentira, lo pensé cada vez que la vi darse la vuelta en la cama.

—¿Annika Donovan?

La puerta de la consulta se había abierto. En el marco había una mujer pequeña, pelirroja, con lentes de montura verde, leyendo un nombre en voz alta desde una carpeta.

Annika se levantó, y yo con ella. La doctora nos miró a los dos por encima de los lentes, sonrió, y bajó otra vez la vista a la carpeta.

—Veinte semanas justas hoy, ¿verdad? —Levantó los ojos, contenta—. Perfecto, es el día ideal para la morfológica. Pasen.

Annika se quedó plantada con el bolso colgando de la mano, sin respirar. Cuando se giró hacia mí tenía la cara blanca, blanca de verdad, del color de las batas.

—Espere aquí.

—Me dijo que podía…

—Espere aquí. Por favor.

No me dejó contestar. Se dio la vuelta y entró, y la doctora me miró un segundo con una disculpa pequeñita en la cara antes de cerrar la puerta.

Me senté con el de los renos mirándome, y su mujer mirándome, y hasta el niño de tres años, que había dejado de lamer la ventana para mirarme también.

Veinte semanas justas… no quería contar, pero contar es lo que hago hasta dormido.

Hoy, martes seis de noviembre, veinte semanas. Se cuentan desde la última regla (eso también lo había leído) y la concepción llega unas dos semanas después, o sea, dieciocho hacia atrás. ¿Octubre? ¿Septiembre? Agosto…

¡Julio! La primera semana de julio…

Se me quedaron las manos quietas encima de las rodillas.

¿El cumpleaños de Lars?

Mi fiesta, la que pagué entera para no tener que quedarme en ella, y al fondo de un pasillo a oscuras una sala pequeña donde me escondí del ruido con un whisky, y una puerta que se abrió.

No… diez semanas, dijo ella, ¡diez!

Yo llevaba seis creyéndomelo, noche tras noche, durmiendo a su lado, y eran veinte.

Cuatro semanas de desfase, que en cualquier informe se llama error de redondeo y se firma sin leer.

Me sudaban las manos. ¿Por qué iba a mentirme en eso? ¿Qué gana una mujer diciendo diez cuando son catorce? Me froté la cara con las dos manos.