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CAPÍTULO 12 — SU CONTRATO INCLUYE SU EMBARAZO, LE RECUERDO

El Ceo Gay... Es El Padre De Mi Hijo 2: ¡La Boda! 18+ — booknet.com · All chapters

CAPÍTULO 12 — SU CONTRATO INCLUYE SU EMBARAZO, LE RECUERDO

(PUNTO DE VISTA: ERIK)

Aparté las manos de la cara y miré la puerta. Annika estaba al otro lado y yo seguía sentado, intentando encontrarle a cuatro semanas una explicación que no terminara conmigo.

Podía ser de Lars. Ella me había dicho que se veían fuera del trabajo, el primer día, en el baño de dirección. Se veían… ¿cuántas veces? Yo había estado con ella una noche; no sabía nada de las demás.

Pero sí sabía lo que él había dicho por teléfono.

«Me debes una noche» . Lo oí en mi cocina, con la ducha de Annika corriendo al fondo, y apreté una copa hasta romperla.

¿Qué noche le debía? ¿Por qué llevaba meses cobrándosela, si ya la había tenido?

En aquel momento, no quise darle más vueltas a eso.

Me desabroché el abrigo. Hacía un calor de mierda en esa clínica.

Ingrid también había hablado del cumpleaños, en aquella cena con los Solberg.

«Esa noche discutimos tú y yo, ¿te acuerdas?» Y Lars se había reído, con el cuchillo en la mano: la mejor noche del año, hasta que ella se enojó y se fue, ¿no había dicho?

Cuando yo salí de la sala, pasada la una, la chaqueta de Lars ya no estaba en su silla.

Annika venía colgada de mi brazo y yo solo quería sacarla de allí antes de que alguien nos viera… ¿Y si él se había ido detrás de mi hermana?

¿Si la noche que reclamaba era precisamente esa?

El de los renos ayudó a su mujer a levantarse y la acompañó hacia la otra consulta, pendiente de dónde ponía los pies. La carpeta de colores se le resbaló del brazo; la agarró contra el pecho sin soltarla a ella.

De pronto la voz de Annika se reprodujo en mi mente:

«¿Le contarás de esto a tu jefe?»

A tu jefe... ¡El jefe de Lars era yo!

¿A quién habías ido a buscar, Annika?

Entraste en una sala a oscuras, hablando sin parar, sin preguntar quién estaba dentro… porque creías que te estaba esperando. Y yo oyendo esa frase durante meses, tomándola por una burla, ¡hasta la puta frase!

Apoyé los codos en las rodillas.

El lunes siguiente me había dado los buenos días en el ascensor. Como siempre, sin una mirada que dijera que también había pasado el fin de semana acordándose.

¿Qué esperaba yo? ¿Que se le cayeran las carpetas al verme? ¿Que dejara de respirar un segundo, por lo menos uno, mientras yo buscaba algo en su cara?

No encontré nada y me enfurecí con ella.

Qué fácil le había resultado, pensé: una noche caliente y al lunes siguiente soy su jefe otra vez. Solo había sido sexo de una sola vez, quizás una apuesta por ver si podía cogerse a su jefe gay, ¿no?

Luego acabé creyendo que no se acordaba, y eso me sentó todavía peor.

A mí, que había procurado que no nos viera nadie, me ofendía que no llevara mi recuerdo puesto en la cara.

En septiembre ya había visto que no recordaba aquella noche conmigo. Lo que no había entendido era esto: ella ni siquiera sabía que había sido conmigo.

¿Cómo iba a mirarme de otra forma en el ascensor? ¿Cómo iba a reconocer lo que yo no le había dicho?

Las terminales del sur… Dios.

Le devolví aquel informe con tres correcciones en rojo que ni siquiera hacían falta. Me acordaba de la pluma de mi madre atravesando el papel.

Podía haberla llamado a mi oficina para hablar y le hice rehacer el trabajo tras trabajo, una y otra vez. Después vinieron más exigencias, delante de otros, y esa frase tan cómoda: quizá ese no fuera su puesto.

¿Era mala analista por darme los buenos días, Järnberg? ¿O te gustaba tenerla delante tratando de averiguar qué había hecho mal?

Se me estaba mojando la espalda debajo de la camisa. Tiré del cuello con un dedo y volvió otra voz, la suya contra mi almohada, la noche que le conté lo del hotel.

«De él no me acuerdo de nada».

Yo se lo había exigido. Que dijera que no recordaba a Lars, para sentir que había ganado algo… y me lo dijo a mí, del hombre que estaba con ella. De mí. ¡Joder, Annika, de mí no te acordabas!

La píldora… m,aldita sea.

A eso todavía podía agarrarme: me había dicho que tomaba la píldora.

Pero después vinieron las diez semanas, una cuenta que dejaba julio fuera, y no quise averiguar más. Podía haber preguntado; tendría que haberle explicado por qué preguntaba.

Cerré la cuenta y seguí durmiendo a su lado como si nada hubiera pasado.

Veinte semanas me devolvían a esa sala, a una mujer que había entrado buscando a Lars y que desde septiembre me hablaba de él sin saber que estaba hablando de mí.

Del otro lado de la puerta se oyó arrastrar una silla. Me incorporé. ¿Ya iban a empezar? ¿Ya estaba tumbada, esperando que le enseñaran al niño?

Me levanté tan deprisa que el abrigo se quedó enganchado en el brazo del sillón. Lo solté de un tirón y fui hacia la consulta, antes de encontrar otra cosa para seguir allí fuera.

En la puerta alcé la mano y la dejé un momento en el aire.

Había dicho que esperara fuera. ¿Desde cuándo me importaba tanto lo que dijera?

Toqué con los nudillos.

La doctora abrió unos centímetros. Detrás había una lámpara encendida junto a un sillón, una música bajita, y Annika tumbada con el suéter recogido debajo del pecho. Me vio y se bajó el borde de la tela, tapándose el ombligo.

—Le dije que esperara.

—Tengo que oír las indicaciones.

La doctora pasó la mirada de ella a mí. Me quedé en el umbral, con la mano todavía levantada, ¡qué aspecto debía de tener!

—¿Qué indicaciones? —Annika agarró el suéter con más fuerza.

—Las que le den. Si necesita reposo, si hay que cambiar algo en el trabajo… —Me aferré a eso—. Luego me dice que está perfectamente y la encuentro subiéndose a una silla.

—¡Vaya! ¿Ahora la morfológica incluye una inspección de riesgos laborales?

—Su contrato incluye su embarazo, le recuerdo.

Qué miserable sonó. Hasta a mí.

Tenía delante una silla vacía junto a su cabeza y estaba intentando llegar a ella con una cláusula.

La doctora no se apartó.

—Annika, ¿quieres que entre?

Ella abrió la boca, pero la doctora se volvió un momento para acercar el aparato y Annika siguió con los ojos la pantalla. Tenía una mano cerrada en el borde de la camilla, la abrió, miró la silla vacía junto a su cabeza y volvió a mirarme.

—Si dicen algo importante, luego me lo recuerda —murmuró—. A mí aquí se me olvida hasta cómo me llamo.

—Me acuerdo por los dos.

Me sostuvo la mirada.

—Pero no va a hacer preguntas —añadió.

¿Las semanas, Lars…? ¿También tenía que fingir que no había entendido nada ahí fuera, con un cartel de gases delante? Asentí antes de que cambiara de idea.

—Ninguna.

—Y se sienta ahí. —Señaló la silla—. No detrás de la doctora, vigilándole el trabajo.

La mujer se hizo a un lado. Entré, cerré la puerta y me senté donde me habían mandado. Annika volvió a subirse el suéter mirando al techo. Tenía los nudillos blancos alrededor de la lana.

—¿Así le sirve? —preguntó la doctora, acercándole un cojín.

—Sí. Gracias.

Le acomodó una toalla sobre la falda, por debajo de la barriga, y bajó un poco más la luz.

En la pantalla grande apareció el nombre de Annika. Había pagado para que no esperara, para que estuviera cómoda; hasta el sillón donde me había sentado tenía un sitio para apoyar los brazos.

¿Y por qué no conseguía poner los míos ahí?

Me los crucé, los solté y acabé alisándome el pantalón, con una música bajita de piano, sentado a su lado.

—El gel está templado —le avisó la doctora—. Si algo te molesta, me lo dices.

Annika asintió sin mirarla. Cuando el aparato le tocó la barriga, su mano rozó la mía. La apartó enseguida.

Puse la mano encima del asiento, entre los dos, con la palma hacia arriba.

Miró mi mano y después mi cara, con esa desconfianza suya que siempre me daba ganas de discutirle algo.

—No empiece con lo de la mala circulación —murmuró.

—No he dicho nada.

Metió los dedos entre los míos justo cuando la pantalla se llenó de una niebla gris. Cerré la mano demasiado pronto y tuve que aflojarla.

¡Cuidado, imbécil!

Ella no se quejó; se incorporó un poco sobre el cojín, intentando entender lo que estaba viendo.

La doctora movió la muñeca. En medio de la niebla apareció una frente, una nariz diminuta, una boca.

Annika me apretó los dedos.

—Ahí está —susurró.

NOTA: Al final enfermé y he estado haciendo malabares para cumplir con los plazos de mis novelas. Voy a comenzar a subir muchos caps entre hoy y mañana, así que atentas, porque al parecer tengo un límite de carácteres antes de que pase a suscripción, y espero alcancen a leer todo <3 si no lo consiguen y no tienen cómo apoyar mi trabajo, siempre pueden seguirme en mis redes sociales donde subo imagenes y videos de Booknet. También tengo otras novelitas en mi perfil, se pasan por allá. Espero les guste este sueco enterándose que tiene un bebé <3 gracias a todos por leer.