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CAPÍTULO 13 — ES MÍO

El Ceo Gay... Es El Padre De Mi Hijo 2: ¡La Boda! 18+ — booknet.com · All chapters

CAPÍTULO 13 — ES MÍO

(PUNTO DE VISTA: ERIK)

Llevaba semanas viendo su barriga, tocándola cuando ella me dejaba, durmiendo con la mano encima… y dentro había una cara.

¿Qué esperaba encontrar, Järnberg? ¿Una cifra? La boca se abrió un instante y yo me acerqué a la pantalla sin soltarla.

—¿Qué hace?

Annika giró la cabeza hacia mí.

—Dijo que no iba a preguntar.

—He preguntado qué hace.

La doctora sonrió, pendiente de la imagen.

—Se está moviendo. Vamos a buscar una posición en la que podamos verlo bien.

Seguí el aparato sobre la piel de Annika. El perfil se perdió y estuve a punto de pedirle que volviera, ahí, un poco más allá… ¿de verdad iba a explicarle yo cómo hacer su trabajo?

Entonces reapareció, con una mano junto a la cara, y se me olvidó la doctora.

—¡Mire! —Annika tiró de mí—. Ahí, ahí… ¿ve?

Claro que veía. La mano se abría junto a la frente y yo trataba de seguirle los dedos. Cinco, alcancé a contar cinco antes de que cambiara la imagen, y me acerqué un poco más, con la mano de Annika todavía apretada dentro de la mía.

—Le está tapando la cara —murmuré.

—Le habrá visto a usted.

Me reí por la nariz. Quise contestarle algo, pero ella se llevó la mano libre a la boca y la risa se me quedó sin sitio.

Una lágrima le bajó por la sien hasta el pelo. Annika no se la limpió. Miraba la pantalla con los labios separados y las cejas juntas, muy concentrada, como si le fueran a quitar la imagen en cuanto parpadeara. ¿Cuánto llevaba esperando verlo así? ¿Con quién pensaba hacerlo, antes de que yo me metiera en su vida con contratos y llaves?

Alargué el brazo hacia la caja de pañuelos. Tiré de uno y salieron tres, enganchados; los separé contra mi rodilla con una torpeza que me habría dado vergüenza en cualquier otro sitio.

—Tenga.

Lo agarró y se lo apretó debajo de la nariz.

—Estoy bien.

—Ya lo veo.

—¡Estoy bien de verdad! Es que… —Señaló la pantalla con el pañuelo—. Antes parecía cualquier cosa, ¿sabe? Yo decía que sí cuando me señalaban la cabeza, pero podía haber sido una papa y me la habría llevado igual a casa.

La doctora se rió con ella. Yo le pasé el pulgar por los dedos húmedos.

La primera vez no me dejó ir: «Usted no es el padre».

Me quedé con eso, como con las diez semanas, y la dejé salir por mi puerta.

En mi cama había sido distinto. Le besé esa barriga creyendo que llevaba el hijo de Lars; hasta me imaginé poniéndole el gorro de pato y enseñándole a no tocar el termostato.

Tal vez no fuera tan malo, ser el padre de su hijo… Después retiré la mano, porque soy un imbécil, pero a los diez minutos la había vuelto a poner.

Me quedé así hasta la mañana.

Y ahora tenía los dedos de su madre agarrados tan fuerte que se los estaba dejando blancos. Aflojé enseguida; ella movió el pulgar contra el mío sin apartarse y volvió a mirar la pantalla.

La doctora fue señalándonos lo que miraba. Annika seguía cada explicación con la cabeza levantada del cojín, y yo esperaba una pausa para preguntar si todo estaba bien.

Me había comprometido a no preguntar… ¡Pues que lo dijera ella! ¿Por qué carajos no lo preguntaba?

Cuando la doctora se detuvo a tomar unas medidas, Annika me miró la cara y me apretó los dedos.

—Está haciendo su trabajo —le dije, antes de que abriera la boca.

—Ya sé —susurró—. Respire, señor.

Solté el aire por la nariz. La mujer seguía trabajando, sin ninguna prisa, y a mí no me servía conocer a medio Dublín.

¿A quién iba a llamar? Podía comprar el edificio entero y tendría que quedarme en esa silla, esperando que el niño estuviera bien.

Cuando volvió a aparecer el perfil, ella soltó el aire.

—¿Podemos escucharlo? —preguntó.

La doctora ajustó algo y el sonido llenó la habitación.

Lo había oído en el hospital, cuando Gráinne apareció con aquel aparato prestado. Ciento cuarenta y ocho, conté entonces.

Ahora veía la imagen y escuchaba ese galope, tan rápido, tan empeñado… ¿cuántos llevaba? Perdí la cuenta en cuanto Annika volvió a apretarme. Me llevé la mano libre a la corbata y metí un dedo debajo del nudo.

Annika lloraba otra vez.

—Es él —murmuró, riéndose un poquito entre lágrimas, y se tocó la barriga—. Todo eso lo hace él.

Asentí sin conseguir decirle nada.

¿Podías oírme tú también? ¿Todo este tiempo? ¿Las cosas que le había dicho a tu madre… también?

Cuando la doctora volvió a la imagen, todavía lo oía por debajo del piano. Annika me acarició el nudillo con el pulgar y yo bajé la vista a nuestras manos. ¿Me estaba tranquilizando ella a mí?

—Se mueve mucho —dijo la doctora—. A ver si este niño bonito nos deja…

Se detuvo.

Annika dejó de acariciarme.

—¿Este qué?

La mujer nos miró por encima de los lentes.

—Lo siento. ¿Querían saberlo?

—¡Ahora sí! —Annika se incorporó sobre un codo, tirando de mi mano—. ¿Es un niño?

—Sí. Disculpa, tendría que habértelo preguntado antes.

Annika volvió a dejarse caer en el cojín. Se tapó los ojos con el pañuelo, empezó a reír y se le escapó un sollozo que intentó tragarse enseguida.

—Otro hombre que no me consulta nada… Estamos arreglados.

Un niño…

Iba a tener un hijo y lo primero que me salió fue mirar mi mano encima de la de Annika, comprobar que no la estuviera apretando otra vez.

¿Iba a hablarle como me hablaba mi padre? ¿A esperar que adivinara lo que quería y enfurecerme cuando no lo hiciera?

El niño se llevó la mano a la cara en la pantalla. Me incliné sin darme cuenta, acercándome a él.

Le pasé un pañuelo limpio a Annika y me quedé con el mojado en la mano, no lo tiré.

Ella estaba sonriendo hacia la pantalla y yo no podía dejar de mirarla; ¿había sido así de fácil que me perdiera esto? Un «espere aquí», y habría sabido que era un niño cuando saliera por aquella puerta con la cara lavada.

—Quiero una foto de esa —pidió, señalando el perfil que había vuelto a aparecer—. Si se puede.

—Claro que se puede.

Me acercó nuestras manos a la barriga, a un lado de la toalla, sin ponerlas encima del gel.

—Por las noches lo noto —me susurró—. Desde hace unos días. Poquito… yo pensaba que eran gases, pero ya no.

—¿Desde hace días? —La miré—. ¿Y no me lo dijo?

—¿Para qué? —Se encogió un poquito de hombros contra el cojín—. Era mío.

Era mío… y yo estaba al lado.

En mi cama, a unos centímetros, esperando que ella me preguntara por su hermano, mientras a ella se le movía el niño por primera vez y no encontraba para qué decírmelo.

Abrí la boca. Annika bajó los ojos a nuestras manos, como si acabara de darse cuenta de que seguíamos agarrados.

—Puede despertarme.

Me miró de nuevo y se le movió un poco la boca, pero no llegó a sonreír.

—Tiene que madrugar.

—Annika.

—Bueno… si está despierto, le digo.

No era lo que le había pedido. Tampoco insistí; me había dejado entrar y me estaba dejando quedarme. Aflojé la mano para que pudiera sacar la suya cuando quisiera. No la sacó.

Al terminar, la doctora giró un poco su silla hacia nosotros.

—Lo que hemos visto hoy está bien, Annika.

Ella se quedó mirándola, con el pañuelo de papel apretado debajo de la nariz.

—¿Todo lo que tenía que mirar?

—Sí —le contestó, con la misma paciencia.

Annika se tapó la cara y asintió detrás del papel. Yo me quedé oyendo cómo se sorbía la nariz, con la mano caliente y húmeda dentro de la mía, y no me moví hasta que encendieron la luz.

Me levanté a ayudarla con el suéter. Annika lo bajó por delante y yo le saqué de debajo de la espalda el borde que se le había quedado atrapado.

Un trabajo ridículo para dos personas. Me habría quedado haciéndolo toda la mañana.

Nos dieron dos fotografías. Annika las sujetó por las esquinas y salió delante de mí, con el abrigo sobre el brazo.

En la sala de espera, el hombre de los renos estaba ayudando a su mujer con el abrigo. Vio las fotos y me sonrió.

—Suerte con el primero.

—Gracias —le contesté.

Annika giró la cabeza hacia mí.

Yo miré las fotografías, esperando que se me pasara esa vergüenza absurda: hacía menos de una hora le había dicho al mismo hombre que no era mío.

Ella eligió una y me la puso en la mano.

—Esta se ve mejor.

La sostuve por el borde, sin apoyar el dedo sobre su cara. Mi hijo tenía una mano levantada junto a la frente y, en una esquina, ponía 20s+0d. ¿Estaría haciéndolo todavía, allí dentro, mientras yo miraba el papel?

—Quédesela —murmuró Annika—. Si quiere. Me dieron dos.

—No pensaba archivarla.

—Ajá. En una carpeta anillada, con índice y todo.

Apoyé la fotografía contra el pecho para dejarle libre la otra mano y que pudiera guardar sus cosas.

Annika se sentó y empezó a meter la otra foto en el bolso. La sacó, buscó un bolsillo distinto y volvió a intentarlo.

—La doctora se equivoca mucho con las semanas —murmuró.

Levanté los ojos.

—Lo pone la máquina. Mide y calcula… y a veces se pasa muchísimo. Me lo han dicho. Dos semanas, tres…

Apretó el cierre del bolso sin haberlo encajado. ¿Todavía necesitaba mentirme? Había llorado agarrada a mi mano y todavía tenía que protegerse de una pregunta mía.

—Ya —susurré.

—Muchísimo, de verdad.

—Habrá que reclamar a la máquina.

Se rió un poco, pendiente de mi cara, y consiguió cerrar el bolso. Yo miré la fotografía. Podía decirlo allí. Tenía la boca seca, pero para dos palabras me alcanzaba.

Después iba a preguntarme cómo lo sabía.

La noche la recordaba desde julio. Lo del niño acababa de entenderlo; a ella le tendría que explicar las dos cosas, y entre una y otra había meses de mirarla trabajar, de devolverle informes, de dejar que pensara que mi desprecio se lo había ganado en alguna hoja de cálculo más.

¿Qué me iba a decir cuando supiera que en aquel ascensor yo estaba esperando que me mirara de una forma que ella no tenía por qué conocer?

—No tiene que poner esa cara —murmuró.

Levanté los ojos.

—¿Qué cara?

—Ya sé que no es suyo. —Se alisó la falda encima de las rodillas—. No tenía que haberle dejado entrar. Es raro, supongo. Ver al hijo de otro así… Lo siento.

Me agarré al respaldo de la silla. Ella se estaba disculpando por darme la foto de mi hijo, y yo todavía buscaba una forma de no empezar.

La cláusula once. ¿También le iba a contar eso? Casa y sueldo hasta los dieciocho, la deuda perdonada, la puerta abierta para irse con el niño aunque fuera de Lars… Lo había firmado antes de saber nada.

Después oí «diez semanas», me puse celoso y mandé destruir la versión que la dejaba libre.

«Destrúyala», le había dicho a Nils. Me acordaba hasta de dónde estaba sentado.

Annika no sabía lo que había perdido por una orden mía. Creía que tenía una deuda y un contrato que cumplir; yo sabía lo que me convenía que siguiera creyendo.

¡Y acababa de usar ese contrato para entrar en la consulta!

—No es culpa suya —conseguí decir.

Me miró, esperando el resto. Si se lo contaba, iba a tener que dejarla decidir qué hacía conmigo. Podía pedirle que se quedara… ¿y si me decía que no?

¿Iba a seguir tocándome así cuando supiera por qué le había hecho tan difíciles aquellos meses?

Me vi diciéndole algo de plazos, de obligaciones, y tuve que aflojar la mano del respaldo.

En casa, pensé. Cuando estuviéramos solos, cuando hubiera comido, cuando dejara de mirarme con esa cara. ¿Y cuándo iba a ser eso, Järnberg?

¿Cuando pudieras asegurarte de que no se iría?

—Y no vuelva a disculparse por eso —añadí.

Annika bajó la vista a su bolso. Se me acababa de ofrecer un momento y yo lo había gastado entero sin decirle nada.

Guardé la fotografía en el bolsillo interior de la chaqueta, contra el pecho. La mano me temblaba; tuve que sujetar la solapa con la otra para no doblarla.

Le sostuve el abrigo para que metiera los brazos. La manga se le enganchó en el reloj y la liberé sin que tuviera que pedírmelo.

Mientras esperábamos a Nils, saqué el teléfono y le escribí: «Abrigos de embarazada, de su talla. Todos los colores menos el camel. En el armario antes de las ocho, sin etiquetas».

Al subir al auto le revisé el cinturón, que ya estaba puesto, y ella me miró la mano con una ceja arriba. Le acomodé el abrigo sobre las rodillas; me dejó hacer, demasiado callada.

—¿No viene? —preguntó, ya sentada.

—Tengo una reunión en el centro. Voy en mi auto.

—¿Un martes a mediodía?

—Un martes a mediodía.

Annika apartó la vista hacia el parabrisas.

—Claro… Entonces yo tampoco voy a preguntar nada, señor.

Cerré la puerta y me quedé viendo cómo se la llevaba Nils. Cuando el auto dobló la esquina, fui al mío.

No encendí el motor. Dejé el pañuelo de papel mojado en la consola, al lado de las llaves, y saqué la fotografía del bolsillo.

La apoyé contra el volante.

Allí seguía aquella mano abierta junto a la cara; yo le había visto moverla.

Le acerqué un dedo y me detuve antes de tocar el papel. En la clínica había podido sujetar a su madre. Aquí tenía las manos vacías, y ella ya iba camino de casa creyendo que me había hecho daño con el hijo de otro…

La lluvia comenzó a taparme el estacionamiento. Miré hacia el asiento vacío de al lado, donde tendría que haber estado Annika, y me incliné sobre la foto hasta que me rozó la frente.

—Es mío.

Lo dije otra vez, más bajo. Después dejé de ver bien la cara y aparté la fotografía, para no mojarla.

NOTA: Yo lloré escribiendo esto y en cada revisión, mi corazón de pollo no puede másssss.