CAPÍTULO 14 — EN MI CAMA ME TUTEAS, DONOVAN
(PUNTO DE VISTA: ANNIKA)
—«No apto para menores de treinta y seis meses. Contiene piezas pequeñas que pueden provocar asfixia».
Erik Järnberg, un metro noventa y tantos… de traje gris marengo y abrigo negro, estaba de pie en el pasillo de los sonajeros de una tienda de bebés de Grafton Street, un sábado a las diez de la mañana, leyendo en voz alta la etiqueta de una jirafa de peluche.
—¡Es un peluche, Erik!
—Tiene los ojos cosidos con botones… ¿sabe lo peligroso que es eso?
—Ay, los peluches tienen ojos.
—Los botones se sueltan. —Le dio la vuelta a la jirafa y le examinó el trasero—. Y aquí dice que el relleno es «fibra de poliéster de origen mixto». ¿Mixto de qué?
—De poliéster.
—Eso no es una respuesta.
La dependienta, una chica joven con delantal verde y el pelo en un moño alto, llevaba siguiéndonos desde la puerta a dos metros de distancia, con la sonrisa cada vez más rígida.
Ya había intentado venderle un par de cochecitos, y él había leído las etiquetas enteras, incluida la parte en francés.
Dejó la jirafa en su estante, con cuidado, mirándola con desconfianza. Agarró un sonajero.
—«Este producto cumple la norma europea EN setenta y uno.» —Levantó la vista hacia la dependienta—. ¿Qué dice la norma EN setenta y uno?
—Que… es seguro, señor.
—¿Seguro para qué?
—Para… bebés.
—Ya. —Lo agitó. Sonó—. ¿Y la EN setenta y dos?
La chica me miró a mí con unos ojos que pedían auxilio a gritos, y yo me encogí de hombros. ¿Qué le iba a decir? ¿Que llevaba así toda la semana?
¡Llevaba así toda la semana!Desde el martes, desde la ecografía. ¿Cómo se explica esto?
Era el mismo hombre: el mismo traje, la misma mandíbula, la misma forma de decir «Donovan» cuando le sacaba de quicio.
Pero por dentro… le habían cambiado alguna pieza, y el muy tramposo seguía dando la misma hora.
El martes por la noche había cuatro abrigos de embarazada en mi armario, sin etiquetas, de todos los colores menos el camel.
El miércoles fui a la oficina con el camel, abierto, por principio, y me encontré una manta nueva en mi silla de la oficina, de lana, gris con un borde amarillo, doblada en cuatro, y por supuesto nadie sabía nada, obvio.
Para el jueves, la estufa de debajo de mi mesa había sido sustituida por otra más grande, más silenciosa y que no olía a quemado.
Y el viernes, al lado del plátano de siempre, apareció un plato con galletas saladas y rodajas de manzana, sin nota, y cuando levanté la vista hacia el cristal él estaba al teléfono, de espaldas, hablando de sus grúas.
Uy, y por las noches… Por las noches era lo peor. O lo mejor, no lo sé.
Me ponía la mano en la barriga antes de dormirse, encima del pijama, sin decir nada, y la dejaba ahí, muy quieta.
Cuando el niño daba una patada, que ya las daba, pequeñas, como burbujas que explotan por dentro, él dejaba de respirar. Lo notaba. Dejaba de respirar y apretaba la mandíbula contra mi pelo.
Otro día, a las tres de la mañana, me desperté y él no estaba en la cama. Lo encontré en el estudio, a oscuras, con la luz de la laptop en la cara, leyendo:
«Semana 20: su bebé ya puede oír su voz».
Cerró la laptop en cuanto me vio.
—No podía dormir.
—¿Y lee cosas de bebés? —inquirí, intentando no reírme.
—Leo cosas de la naviera.
—Ponía «su bebé», Erik.
—Sí, es una grúa que se llama así.
Se levantó, me llevó de vuelta a la cama con la mano en la espalda y no me soltó hasta que me dormí.
No entendía nada, ¿saben…?
Y no pensaba preguntar, no fuera a ser que al preguntar se acabara la magia.
Aunque yo tampoco le contaba nada… Se lo había prometido a su almohada la otra noche: que al día siguiente le contaba.
Después vino el hospital, el café que nunca subió y lo de mi hermano, otra cosa que tampoco sabía cómo decirle.
Siempre había algo… y yo, encantada de encontrarlo.
Erik ya sabía que me había acostado con Lars. ¿Qué iba a empeorar diciéndole que fue una sola noche?
Nada, Anni. Hasta sonaba mejor que «nos veíamos fuera del trabajo».
Lo difícil venía después...
¿Por qué le había dicho eso, entonces? ¿Por qué diez semanas? ¿Y por qué, con la foto en su mano, todavía le había soltado que la máquina se equivocaba?
En aquel pasillo estaba hablando de llevarme a casa de Ingrid y contárselo todo.
Yo tenía la leche en las rodillas y la cabeza en ese cumpleaños al que no quería volver.
Diez. Le dije diez y conseguí que la conversación siguiera por otro lado. ¿Que las fechas no llevaran al karaoke arreglaba algo? No, pero me ahorraba explicar cómo había entrado en una sala buscando a Lars, que me había jurado que ya no estaba con ella… y cómo había salido sin acordarme de casi nada.
«Nos veíamos» cabía en una frase. Esa noche, no sabía ni por dónde empezar a contarla.
Ahora ya no estaba sentada en su pasillo intentando que dejara de preguntar. Dormía con él.
Dios, hasta me había hablado de Erin, de los cinco años escondiéndola, y yo seguía acostándome a su lado con lo mío guardado.
¿Cómo le pedía que me creyera cuando por fin dijera la verdad? ¿Con otro «de verdad, señor», igualito al de la máquina?
Miré el saco de dormir que llevaba en la mano. Podía dejarlo en el estante y seguir comprando conmigo. Podía seguir pagando lo que había firmado y tratarme como el primer día, con mi apellido y una cuenta pendiente… ¿y yo qué iba a hacer si volvía a tocarme solamente para apartarme del paso?
No quería perder lo de la clínica, su mano abierta esperando la mía...
Prefería decirme que mañana encontraría una forma de contárselo sin perder eso. La misma cobardía, Anni, solo que ahora tenías mucho más que perder.
Lo que sí quería él era comprarlo todo. ¡Todo!
El cochecito de tres piezas con ruedas de todoterreno, la silla del auto que se convertía en otra silla y luego en otra, un intercomunicador con cámara de visión nocturna y sensor de temperatura, una bañera con termómetro, un móvil de cuna que tocaba Brahms, un saco de dormir de lana merino de Nueva Zelanda que costaba más de lo que hubiera ganado nunca.
—No —corté.
—Es lana merino.
—¡Me da lo mismo que sea lana de unicornio! No.
—Es para el niño.
—Es para mi hijo —le corregí—. Y a mi hijo lo visto yo, ¿vale?
Se quedó callado un segundo… con el saco de dormir en la mano, mirándome con una cara que no le entendí. Después lo dejó en el estante.
Seguimos por el pasillo de las cunas, blancas, de madera natural, grises, grises, grises, una negra que parecía un ataúd de diseño y que la dependienta juró que era «la más vendida en Escandinavia».
Al fondo, casi escondida detrás de un mueble cambiador, había una amarilla.
Amarilla de verdad, amarillo mantequilla, de madera, con los barrotes redondeados y un patito pintado a mano en el cabecero. Un patito feo, con un ojo más grande que el otro, que alguien había pintado con mucho cariño y muy poco talento.
Erik se paró delante y la miró un buen rato sin decir nada.
—Esa no la compra nadie —se disculpó la dependienta, bajito—. La tenemos desde el verano, y es que el pato… Bueno, ya ven el pato.
—Esta —decidió él.
—¡Erik…!
—Quiero esta.
Me miró con la misma cara del «¿Puedo?» del pasillo, con la mano quieta en el aire. ¿Desde cuándo Erik Järnberg pedía las cosas con los ojos?
Miré la cuna. Miré el pato con un ojo más grande que el otro, igualito al del cojín, el más feo de la tienda, el que yo agarré el día del helado para fastidiarlo y que él, por algún motivo, no devolvió al estante.
—La cuna —le dije—. Esa sí.
Sacó la cartera tan deprisa que se le cayeron dos tarjetas al suelo.
—Los gastos del embarazo —me recordó—. Todos. Fueron sus condiciones.
—Y elegir un saco de dormir que no cueste un sueldo es mi condición de hoy.
Me agaché a recogerle las tarjetas.
Bastante tenía con los doce mil quinientos dólares de los zapatos en la columna del debe y los cuarenta y nueve euros de un vuelo a Liverpool que nunca tomé.
No iba a renunciar a lo que había negociado… pero tampoco había firmado que él eligiera hasta con qué dormía mi hijo.
Esa noche le dije lo que llevaba toda la semana sin decirle.
En la cama, con la lámpara de su lado encendida y la lluvia contra el ventanal, él me besaba el hombro con la mano encima de la barriga, con la misma concentración que le había puesto a la jirafa.
¿O es que yo también traía piezas pequeñas que pueden provocar asfixia?
Toda la semana tocándome como a una taza… de porcelana de su madre. ¿Dónde se había metido la mano en la nuca? ¿Y el «Quieta»? ¿Y lo de esperar, el muy desgraciado, a que yo dijera su nombre?
Tanto cuidado, Dios mío, ¡que me daban ganas de gritar!
Yo creía saber por qué, claro. Lo había visto acercarse a la pantalla para mirarle los dedos, sin soltarme la mano mientras yo lloraba. Y ahora me tocaba como si pudiera rompernos a los dos. Se había encariñado con un niño que no era suyo…
Era de Lars.Le agarré la muñeca. Se quedó quieto.
—No me toque así —murmuré.
—¿Qué estoy haciendo mal?
—Esto. —Le aparté la mano de la barriga.
Se le quedó la mano en el aire, entre mi barriga y la sábana, sin saber dónde ponerla.
—Llevo desde el martes esperando a que se le pase. —Me giré hacia él, con la cara a un centímetro de la suya—. No me toque como si fuera de cristal, Erik. —Tragué—. Ni como si fuera de otro, maldito sueco, ¿me oyó?
Se le cambió la cara. ¿Lo vi bien, a la luz de la lámpara?
Se le cerró la mandíbula, se le oscurecieron los ojos, y algo por debajo de toda esa cara de consejo de administración se puso de pie.
No me tocó. Me miró un segundo más, y dijo, muy bajo:
—En mi cama me tuteas, Donovan.
—Pues sáqueme de su cama.
Lo dije para ganar… ¿y de qué me sirvió? Se me olvidó que ese hombre no discute cuando puede hacer.
Me sacó de la cama de un tirón de la mano, sin ninguna ceremonia, y me llevó casi a rastras por la alfombra gris.
¿A dónde? A ningún sitio romántico, ¡para nada! Al baño de mármol. Abrió la ducha con el codo, sin soltarme, y me metió debajo con él, en pijama los dos.