CAPÍTULO 15 — ¿LE HE HECHO DAÑO?
(PUNTO DE VISTA: ANNIKA)
—¡Erik! ¡El pijama!
—Gasto de la casa. —Me puso de cara a la mampara y me tomó las manos desde atrás para apoyármelas en el cristal—. Ya no está en mi cama. Hábleme como le dé la gana.
¡Helada! La mampara estaba helada, más que mis manos, que ya es decir, el agua me caía hirviendo por la espalda y él, pegado detrás, quemaba más que el agua.
Me pasó el antebrazo por debajo de la barriga, entre el niño y el cristal, para que el frío no nos llegara, y con la otra mano me despegó la camiseta mojada de la piel y me la subió hasta las costillas.
—¿Esto es cristal? —me dijo al oído—.
Esto es cristal, Annika. Usted no.
Dieciséis noches , me había dicho en su cama, en las que me oía duchar al otro lado de la pared, contando los minutos del agua.
Ahora no contaba nada.
Agarró su champú, se echó en la palma y me lo metió en el pelo con las diez yemas, sin ninguna prisa, como no me lo había hecho nadie desde que mi madre me bañaba en el fregadero.
—Regla cinco —le recordé, con los ojos cerrados—. No vuelva a usar mi champú.
—Derogada. —Me echó la cabeza hacia atrás, debajo del agua—. Desde hoy lo usa conmigo, o no lo usa. Quiero que huela a mí hasta en la oficina, y que el que se le acerque a menos de tres metros sepa a quién huele.
Me buscó con la boca la piel de debajo de la oreja, sin morder, y se quedó ahí, respirando.
—Mmm, no —murmuró—. Ahí no le dejo nada.
—¿Por qué…? ¡Ay!
Bajó la mano enjabonada por encima de la barriga, sin pararse, y la metió entre mis piernas, toda la palma, y con el pie me separó los míos sobre el mármol mojado, un poco, y otro poco, hasta donde quiso él.
—Estos días leyendo mil etiquetas para no leerla a usted. —Un dedo, y le dejé mi boca dibujada en el vaho de la mampara—. «Contiene piezas pequeñas». —Me mordió el lóbulo—. Esta, por ejemplo. —Otro dedo—. Y esta otra, aquí abajo.
—Erik…
—¿Así se toca el cristal, Donovan? Dígamelo. Dígame que la toco como si fuera de otro.
—No… —Se me resbalaban las manos por el vaho—. No, señor.
—Entonces saque a ese hombre de aquí.
Me mordió el hombro, el mismo, el de la marca de octubre, que ya casi no se veía, sin apretar lo bastante para dejar otra.
Ganas no le faltaban, se le notaba en los dientes. Y yo acabé así, contra la mampara, con su mano entre las piernas y su nombre rebotando en el mármol, y él no me dejó caer: me sostuvo con el brazo de la barriga, todo el peso, y me besó la sien, el muy desgraciado, tan tranquilo.
—Riesgo de asfixia —dijo, cuando me oyó buscar el aire—. Lo ponía en la etiqueta.
—Lo odio…
—Hagámoslo otra vez.
—No puedo.
—Puede.
Se sentó en el banco de mármol de la ducha y me sentó encima de él, de espaldas, de una vez, con la mano encima de mi barriga, apretándome contra él.
Ni que todo lo que había debajo de esa mano fuera suyo, y le fuera a partir la cara a cualquiera que viniera a decirle lo contrario.
¿De cristal? Ya quisiera el cristal.
Lento, hondo, con la frente en mi pelo mojado, que ya olía a él… ¿Quién se estaba quedando con quién?
—Desde el martes durmiendo pegado a usted con la mano quieta —me gruñó en la nuca—, portándome bien. ¿Sabe lo que me ha costado portarme bien?
Estiré el brazo a ciegas, encontré el grifo y lo giré hacia el azul. El agua nos cayó helada encima a los dos, de un golpe, y él dio un respingo dentro de mí que me llegó hasta la garganta.
—
¡Helvete! —se le escapó, en sueco.
—Para que sepa lo que es tener las manos frías toda la vida, señor.
No cerró el grifo. No se movió del banco ni para eso: me apretó más contra él, debajo del agua helada, se rió en mi nuca… y siguió. Hasta que ya no supe si temblaba de frío, y tampoco me importó.
Cuando por fin estiró el brazo y giró el grifo hacia el rojo, me di la vuelta encima de él, a ver qué cara se le queda a un sueco congelado, y le puse las dos manos en el pecho para no resbalarme del banco. La camiseta del pijama se le pegaba a la piel como papel mojado… y debajo de mi mano izquierda noté algo.
Una raya. Más dura, más lisa, en diagonal, justo encima del corazón, del largo de mi mano.
¿Cómo no la había tocado nunca?
Es que el maldito no me dejaba. Cada vez que mi mano iba hacia ese lado, con la luz encendida, él me la desviaba antes de llegar, con una excusa o con la boca, y yo creía que tenía cosquillas.
¡Erik Järnberg, cosquillas!
Pero empapado y medio congelado no le dio tiempo de nada.
Me subió la mano a la nuca para besarme. Abierta, los dedos entre el pelo mojado, desde abajo…
Cerré los ojos. El agua seguía cayendo en el mármol, y de pronto sonaba lejos, amortiguada.
Por un segundo me vino una imagen a la cabeza.
Una habitación a oscuras, con música al otro lado de una pared, como debajo del agua. Muy cerca, una voz grave diciéndome algo que no entendí. Debajo de mis manos, una camisa abierta… y en la nuca una mano, sujetándome la cara desde abajo.
Me quedé quieta. Esta vez nadie me lo había mandado.
—¿Qué pasa? —Su voz, aquí y ahora, ronca—. ¿Le he hecho daño?
—No…
—Annika.
—No es nada. —Abrí los ojos: el mármol, el vaho, la lámpara del baño, todo en su sitio. Lo otro se había ido de golpe, como se va un sueño cuando lo quieres agarrar—. Un mareo, el agua fría… ¡Son las hormonas! La semana pasada lloré con un anuncio de yogur, ¿le queda claro?
No preguntó nada más. Pero debajo de mi palma, justo encima de esa raya, el corazón se le había disparado.
¿Ciento cuarenta? ¿Ciento cincuenta? Por una vez la que le contaba el pulso era yo.
Me sacó envuelta en su albornoz, que arrastraba por el suelo como una cola de novia, y antes de apagar la lámpara vi la mampara por la puerta del baño: dos manos pequeñas resbalando en el vaho, borrándose.
Después, a oscuras, se quedó mucho rato mirándome.
Lo notaba, aunque había apagado la lámpara. Yo boca arriba, con el corazón volviendo a su sitio poco a poco, y él de lado, apoyado en el codo, con la mano otra vez encima de mi barriga, quieta, y los ojos encima de mí.
—¿Por qué me mira así? —susurré.
—¿Le molesta?
—Es que lleva toda la semana mirándome así…
Guardó silencio un rato largo. Después murmuró, muy bajo, casi para él:
—Porque es mi…
Se calló en mitad de la palabra, con la lengua mordida. Esperé, y no siguió. Apartó la mano de mi barriga, se sentó en la cama y se pasó las dos manos por la cara.
—Voy por agua.
—¿Porque es mí qué, Erik?
Ya estaba de pie, ya estaba en la puerta, a contraluz, sin camiseta, de espaldas.
—Es tarde. —No se giró—. Duérmase.
Se fue.
Me quedé mirando el techo gris, dándole vueltas a ese «porque es mi…» que se había quedado a medias.
¿Mía? ¿Mí qué? ¿Qué palabra empieza por «mi» y le da tanto miedo a un hombre que despide gente por teléfono sin pestañear?
«Ahí no le dejo nada». Me toqué debajo de la oreja, donde todavía me latía su boca sin que hubiera dejado una marca.
¿Por qué ahí no, si me muerde en todas partes? Y me dio un escalofrío que no tenía nada que ver con el agua fría: en julio, la mañana del karaoke, ahí mismo tuve una, además de la del hombro…
¡No! Ni lo pienses, Annika Donovan. Ni se te ocurra.
Me tapé con la sábana gris hasta la barbilla, con frío de repente, en la cama más caliente de Dublín.
Oí correr el grifo de la cocina un buen rato… mucha agua, para un solo vaso.