LNCrawler

CAPÍTULO 16 — UN SUECO CON COMPLEJO DE VIKINGO

El Ceo Gay... Es El Padre De Mi Hijo 2: ¡La Boda! 18+ — booknet.com · All chapters

CAPÍTULO 16 — UN SUECO CON COMPLEJO DE VIKINGO

(PUNTO DE VISTA: ANNIKA)

Encendí la lámpara a las dos.

Tenía hambre… otra vez. Siempre tengo hambre a las dos de la mañana, el niño debe de llevar un reloj suizo. Y las galletas saladas estaban en el bolso, en el suelo, al lado de la cama, donde lo había tirado al entrar.

Erik estaba tumbado boca arriba, con un brazo detrás de la cabeza, mirando el techo.

Nunca lo veía dormido cuando yo me despertaba, o no duerme nunca, que a lo mejor es eso.

Me colgué por el borde de la cama, abrí el bolso y busqué las galletas a tientas, con la luz de lado, entre el cargador, la cartera, el sobre con la ecografía…

Y el pañuelo.

Lo saqué sin pensar. Cada vez que busco algo en el bolso y lo toco, lo saco.

Seda, suave, fría. La costumbre se me quedó desde julio, desde aquella mañana en que lo encontré arrugado en el bolsillo del abrigo, oliendo a alcohol y a colonia de hombre.

Lo lavé varias veces a mano… y nunca se le fue del todo.

Me senté con las galletas en una mano y el pañuelo en la otra, y lo acaricié con el pulgar por encima del ancla bordada.

—¿Qué es eso?

Giré la cabeza. Se había incorporado sobre un codo y miraba el pañuelo.

—Nada.

—¿Nada?

—Un pañuelo. —Me encogí de hombros y me metí una galleta en la boca—. Lo llevo siempre encima.

—¿De quién es?

Tragué la galleta.

¿Por qué se lo dije? ¿Sería la hora? ¿Por la raya de su pecho, la mano en la nuca y ese mareo que se me había quedado pegado por dentro? ¿O porque llevaba meses con ese trapo en el bolso y no se lo había contado a nadie, ni a Lucy, que se entera hasta de lo que sueño?

—Es lo único que me quedó de esa noche —murmuré mirando el ancla.

No lo vi moverse. Solo noté el tirón. Me lo arrancó de la mano, tan rápido que se me quedaron los dedos cerrados sobre nada, y antes de que pudiera abrir la boca lo tiró.

Lejos, con todo el brazo, al otro lado del cuarto, a lo oscuro, donde no llegaba la luz de la lámpara.

—¿Qué…?

Él se había sentado en la cama, de espaldas a mí, con los codos en las rodillas y las manos en la nuca, apretándosela.

—¿Qué acaba de hacer? —solté.

Se le hundieron los dedos en la nuca.

—¡Erik! —Me puse de rodillas en la cama, tapándome con la sábana—. ¡¿Qué acaba de hacer?!

—Tírelo.

—¿Qué?

—Ese maldito trapo… Tírelo a la basura.

—¡Es mío!

—No es suyo.

—¿Cómo que no es mío? ¡Lleva meses en el bolso! ¡Lo tengo desde…!

—Ya sé desde cuándo lo tiene… mierda, claro que lo sé.

—Usted no sabe nada…

Desnudo, de espaldas, con los puños cerrados a los lados, se levantó de la cama.

—¿Se cree que no la veo? —soltó, muy bajo—. Lo saca cada vez que abre ese bolso. Lo toca en el auto, en la oficina, debajo de la mesa. Duerme con el bolso al lado de la cama. —Se giró. Tenía una cara que no le conocía, y no sé ni cómo describirla—. Y acaba de salir de mi cama. Desnuda. Oliendo a mi champú. Y lo primero que ha hecho ha sido sacar ese trapo y acariciarlo como si fuera…

Se le cortó la frase en la boca.

—¿Como si fuera qué?

Se pasó la mano por la cara, de arriba abajo, como queriendo borrársela.

—¡¿Como si fuera qué, Erik?!

—Lo único que le quedó de esa noche.

Me lo devolvió con mi voz, con mi entonación exacta. Y en su boca sonó horrible.

Entonces lo entendí. O creí entenderlo.

¿De quién iba a ser el pañuelo, si no? De Lars.

Apareció en el bolsillo de mi abrigo la mañana siguiente, y el abrigo me lo había puesto alguien, y ese alguien, en mi cabeza, llevaba meses con la cara de Lars.

Y un hombre que se pone así por un trapo no está celoso del trapo. Y yo, desnuda en su cama, acariciando lo único que me quedaba del hombre que me metió debajo de un lavabo.

Ay, Anni. ¿Tú eres tonta o qué?

Claro que le dolía.

Pero no tenía ningún derecho, ninguno. Era mío. Era lo único mío de esa noche, lo único que me decía que había pasado de verdad, que no me lo había inventado, que alguien había estado ahí conmigo, a oscuras, aunque yo no me acordara de nada.

Y Erik no pintaba nada en esa noche.

—No tiene derecho —murmuré, temblando.

—Lo sé.

—¡No tiene ningún derecho a tocar mis cosas!

Asintió, sin girarse, con la espalda dura como una puerta.

—¡Entonces ¿por qué…?!

—Porque no lo soporto —masculló sin mirarme, con los puños cerrados y la vena del cuello latiéndole.

—¿El qué? —Se me quebró la voz—. ¿Qué no soporta, un pañuelo? ¡Es un trapo! ¡Usted lo ha dicho! ¡Un trapo de seda con un ancla! ¡Tiene cincuenta iguales, seguro, en algún cajón, porque ustedes los ricos se regalan anclas en Navidad!

Algo se le movió en la cara al oír lo del cajón.

—Duérmase —ordenó.

—No me da la gana dormirme.

—Entonces no se duerma.

Me cabreó tanto que me bajé de la cama con la sábana enrollada como una toga, y me le planté delante, descalza, tan cerca que tuve que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo.

Le clavé un dedo en el pecho, en el esternón, a un lado de esa raya.

—Usted no me manda a dormir, señor. Usted no me manda a nada. Y ya no estoy en su cama, así que le hablo de usted hasta que se muera. ¿Me oye, sueco?

Me agarró el dedo, solo lo cerró dentro de su puño, caliente, y no me lo soltó.

—Vuelva a tocarme con esto ahora y no respondo, Annika.

—¡¿Y qué va a hacer?! ¿Me tira a mí también al fondo del cuarto?

—Lo que me dé la gana, carajo.

Nos quedamos así, con mi dedo dentro de su mano, respirando como dos boxeadores.

Vi cómo bajaba la vista a mi boca y volvía a subirla, y odié que se me subiera el calor a la cara, con lo furiosa que estaba. Me soltó primero. Recogió los pantalones del pijama del suelo, se los puso de un tirón y salió del cuarto.

Me dejó ahí, plantada en mitad de su alfombra gris, con la sábana en el puño y media galleta salada en la otra mano, mirando la esquina oscura donde estaba tirado mi pañuelo.

No fui por él. No quise darle el gusto de verme ir a gatas por su suelo a recoger lo que él había tirado.

Volví a la cama, me tapé hasta el cuello y me puse a llorar, que es lo que hago últimamente por cualquier cosa… y con los hombres que no me explican nada.

Volvió a los siete minutos, con la leche.

Claro… claro que volvió con la leche.

En el vaso de siempre, caliente, sin canela, porque la canela es para las mañanas buenas y eran las dos y media de una noche mala.

La dejó en la mesita, de mi lado, sin decir nada. Me la bebí entera, a sorbos, mirándolo por encima del borde del vaso mientras él se sentaba en su lado de la cama, de espaldas, con los codos en las rodillas.

—Es usted un bruto —le dije, entre sorbo y sorbo.

Ni una palabra.

—Un cavernícola. Un sueco con complejo de vikingo.

Se le movió un músculo de la espalda. ¡Uno! Algo es algo.

—Un maniático del control que lee las etiquetas de los sonajeros en voz alta y se cree con derecho a decidir qué trapos llevo yo en mi bolso.

Nada otra vez… joder, qué hombre.

—Y la leche está buenísima, que lo sepa. —Me la terminé—. Eso no le quita nada. Sigue siendo un bruto. Pero la leche está buenísima.

Dejé el vaso en la mesita, me di la vuelta y me tapé hasta la oreja. Lo oí apagar la lámpara, y lo sentí tumbarse en su lado, sin tocarme, con un espacio de sábana gris en medio, otra vez, como en las semanas del hospital.

No se durmió. Lo sé porque yo tampoco.

Hacia las cuatro lo oí levantarse… Pasos descalzos por la alfombra, hacia la esquina, y un ruido pequeño, de seda, y luego la puerta.

No me di vuelta.

Por la mañana, cuando abrí los ojos, él ya no estaba. La cama de su lado, fría; la luz gris por el borde de las cortinas; la lluvia había parado.

Y en mi mesita, al lado del vaso vacío de la leche, estaba mi pañuelo.

Doblado en cuatro, perfecto, y el ancla bordada hacia arriba, en el centro.

Planchado.

Lo toqué con un dedo. Todavía estaba tibio.