CAPÍTULO 17 — EL ANILLO
(PUNTO DE VISTA: ERIK)
El martes, Nils me llevó a la joyería a la una.
Una tienda pequeña de South Anne Street, con el escaparate estrecho y un señor muy mayor detrás del mostrador.
La misma a la que iba mi madre, la misma donde, hace cinco años, compré otro anillo que sigue en el fondo de una caja con llave.
No lo pensé al pedirle a Nils que me llevara. Lo pensé en la puerta, y entré igual, ¡joder!
—¿Talla? —preguntó el señor.
No lo sabía. ¿Cómo carajos iba a saberlo? Le había mirado las manos para ver si le temblaban, si estaban frías, si todavía tenía marcados los cuatro dedos de Lars en la muñeca, pero la talla, para eso, nunca.
—Pequeña —solté.
El señor esperó.
—Muy pequeña. Tiene los dedos… —Levanté mi mano—. Más o menos hasta aquí, hasta la segunda línea de mi palma. El anular.
—¿Y de grosor?
—Finos.
—Hay muchos tipos de finos, señor.
Bajé la vista al mostrador de cristal, con la mano todavía en alto como un idiota.
—Deme papel.
Me dio un bloc pequeño con el nombre de la joyería en letras doradas y un lápiz, y dibujé su mano de memoria, en tamaño real: la izquierda, con los dedos un poco separados, tal como la pone sobre la mesa en las reuniones.
El señor no dijo nada, y Nils, desde la puerta, tampoco. ¿Por qué carajos me temblaba el pulso con un lápiz?
Le di el papel. Lo miró, se puso la lupa, lo midió con una regla de metal y me miró a mí.
—Un cuarenta y seis —calculó—. Si está bien dibujado.
—Está bien dibujado.
—Eso dicen todos. —Se quitó la lupa—. Pero usted dibuja mejor.
Lo elegí en diez minutos.
Un aro fino de oro amarillo con un zafiro ovalado, pequeño, sujeto por cuatro garras. Incliné la bandeja hacia la luz; el azul me recordó su tazón en mi cocina.
¿Desde cuándo elegía yo una joya pensando en una taza? Pedí que me lo sacara.
Quería algo que pudiera llevar esa mano que trabaja con hojas de cálculo y bolígrafos mordidos y que se me mete debajo de la chaqueta para calentarse.
El señor lo guardó en una caja de terciopelo azul oscuro, y pagué sin mirar el precio, yo, que leo hasta la letra pequeña de las facturas del papel higiénico.
En el asiento de atrás, con Nils conduciendo hacia la oficina, abrí la caja, saqué el anillo y lo miré a la luz gris de noviembre.
Lo metí en el bolsillo interior de la chaqueta, el del pecho, el izquierdo, y la caja vacía me la guardé en el otro.
Por el retrovisor, Nils apartó los ojos demasiado rápido.
—¡Ni una palabra, Nils!
—No he visto nada, señor.
—Ya… Conduzca.
Condujo. Dos semáforos más tarde, con South Anne Street ya atrás, se lo pregunté a la nuca.
—La primera ecografía, la de septiembre... Usted la llevó.
—Sí, señor.
—¿Qué semanas ponía?
Nils miró la carretera. Tantos años sin hacer una pregunta y, por lo visto, sin contestar las que le parecían de otro.
—No he visto nada, señor.
—Eso ya me lo ha dicho del anillo.
Un semáforo entero en rojo. Luego, sin girarse:
—Catorce semanas y dos días. El sobre se le cayó en el asiento de atrás y lo recogí yo.
¡Catorce y dos!, con sello del hospital, un jueves, tres días después de sentarse en el suelo de mi pasillo a decirme «diez».
¿Diez? Lo supo desde septiembre y me miró a la cara dos meses.
Bien.
¿No callaba ella lo suyo? Pues yo lo mío: un empate, y los empates se administran.
Me guardé el dato, pensando que algún día lo cobro, al lado del anillo, por si la conversación de esa noche salía mal.
Lo iba a hacer esa noche, contárselo todo.
En cualquier negociación la primera frase lo decide todo, y llevaba desde la joyería ensayando la mía sin pasar de «Annika, la noche del karaoke…».
¿Y después qué? ¿Se lo decía de pie? ¿Sentado? ¿Con el abrigo puesto, por si me echaba?
Luego el anillo, en la encimera, al lado del tazón azul, para que se quedara, sin contrato de por medio ni anexos ni cláusula once.
¡Mierda, ni las palabras me salían en orden!
Llegué a casa a las siete.
Ella estaba en el sofá con los pies encima del cojín del pato y una laptop en las rodillas, la estufa del salón encendida, una manta por encima, un paquete de galletas saladas abierto al lado y el pelo recogido con un lápiz.
Colgué el abrigo.
—Estoy mirando pisos —soltó, sin levantar la vista.
Me quedé con la mano en el perchero.
—¿Pisos?
—Bueno, no pisos. Cosas para el piso. —Giró la laptop hacia mí: una web de muebles baratos, una cómoda blanca—. Para el 4B. Para cuando nazca. Ya no tiene moho, gracias a usted, y está pagado hasta diciembre del año que viene, gracias a usted también, y no pienso meter a un bebé en una casa que no tiene ni una cómoda, ¿no? —Se encogió de hombros—. El contrato no es para siempre. Cuando nazca, ya me habré ido. Con penalización o sin ella: se la iré pagando a plazos, como los zapatos.
¡Ya me habré ido!La miré, sentada en mi sofá, en mi casa, con los pies encima de mi cojín, planeando irse con mi hijo al 4B, a veinte minutos de aquí, el piso que yo pagué para que tuviera adónde ir.
¡Y yo, imbécil, con un anillo en el bolsillo!
Cláusula de salida, plazo de preaviso, penalización por incumplimiento… ¡Joder, Järnberg, redactando penalizaciones para que alguien se quedara!
Y ni siquiera hacía falta redactarlas.
Doce mil quinientos dólares de zapatos y una penalización por irse antes de tiempo: eso creía ella que la ataba a mí.
Y Henrik, con sus dieciocho meses de cláusula de reputación: esa cuenta sabía hacerla ella, y aun así pensaba irse en el sexto.
Esa la pagaba yo.
La versión que la soltaba, la buena, la mandé hacer trizas yo. ¿Lo que la ataba de verdad? Yo, y lo sabía, y me dio un alivio tan sucio que me llevé la mano al pecho, encima del anillo, sin darme cuenta.
¿Y si se lo decía? Se iba igual, o con más razón.
¿Cómo se le explica a una mujer que la castigaste durante meses por no reconocerte, que la humillaste delante de una sala de reuniones entera por algo que pasó a oscuras, que todavía le cobrabas unos zapatos que ya le habías perdonado, que aquella noche, antes de irme, me quedé mirándola dormir?
El 4B dejaba de ser un plan para marzo y pasaba a ser un plan para mañana, con el niño dentro de la maleta, y ella había entrado en esa sala buscando a otro.
Me dolía la mandíbula. La tenía cerrada desde el perchero.
—¿Erik?
—Está bien la cómoda.
—Es horrible. —Volvió a girar la laptop—. Pero es barata.
—Una cómoda de cartón con patas de palillo —gruñí—. Se le va a caer encima el primer día.
—¡Oiga! Mi hijo no se va a quejar de la cómoda… ¡eh!
Fui a la cocina. Me serví un vaso de agua y me lo bebí de pie, de espaldas a ella, mirando la bahía por el ventanal.
En el reflejo del cristal la vi levantarse del sofá, dejar la laptop y venir hacia mí por el mármol, en calcetines, con la manta encima de los hombros.
Se me pegó a la espalda. Me rodeó con los brazos y me metió las manos por debajo de la chaqueta, por delante, contra el pecho, por encima de la camisa. Heladas.
—Tengo frío —murmuró contra mi espalda.
—Tiene la estufa encendida.
—La estufa no es usted. Usted es mucho más calentito.
Las manos se movieron buscando calor, por encima de la camisa, hacia el lado izquierdo. Hacia el bolsillo.
Le agarré la muñeca. Rápido, fuerte, sin pensarlo, con la mano cerrada alrededor de su muñeca izquierda y los dedos encima del hueso. Encima del mismo hueso.
Se quedó quieta del todo… y yo la solté en el acto, quemado.
El reloj del horno, la lluvia, su respiración contra mi espalda, de pronto muy corta.
—Con cuidado, señor —susurró al fin, con la boca todavía pegada a mi chaqueta—. Que esa muñeca ya viene usada.
Cerré los ojos y no me giré… Me quedé ahí con el vaso en la mano, su mejilla en mi espalda y el anillo a cinco centímetros de sus dedos, latiéndome contra el pecho.
No sé por qué pensé en Lars, sentado a la derecha de mi padre, contando lo de «la chica que se encaprichó».
¿Qué haría cuando supiera que el niño era mío? Subir a la colina, claro.
«Tu hijo se tiró a una analista borracha en mi cumpleaños y ahora te la mete en la mesa.» Y mi padre repetiría su versión con los cangrejos y esa voz.
¿Antes de que yo pudiera decírselo a ella? ¡Pero si la tenía pegada a la espalda! Bastaba con girarme. Annika seguía ahí, esperando que dejara el vaso, sin saber por qué le había agarrado la muñeca.
Si se lo decía ahora, no podía escoger qué parte iba a preguntarme primero. Ni impedir que apartara las manos. Pensar en lo que haría Lars me resultaba mucho más fácil que darme la vuelta.
Y había otra razón, más fea, que no le habría dicho ni a Caleb: mientras creyera que el niño era de Lars, me necesitaba.
Para la casa, para el apellido, para que Lars no se le acercara.
Mientras me necesitara, se quedaba.Lo pensé completo, sin saltarme nada… ¿y vergüenza? Ninguna.
Me di la vuelta. Le agarré la cara con las dos manos, con cuidado, y le besé la frente.
—Vaya a la cama, ahora subo.
—¿Me manda a la cama como a una niña? —Me miró con una pregunta en los ojos que no llegó a hacer, y se quedó con la otra en la boca—. Ni siquiera me lo ha ofrecido bien…
—¡Suba, Donovan!
Subió las escaleras con la manta arrastrando por los escalones.
Yo fui al vestidor. Abrí el cajón de los pañuelos, los de seda azul marino con el ancla bordada, doblados en tres, en fila: los regalos de Erin, cinco años de cumpleaños y de navidades, los que nunca tiré ni dejé de usar.
Metí la caja vacía de la joyería al fondo, detrás de todos.
El anillo me lo dejé en el bolsillo. Cerré el cajón de un golpe.