LNCrawler

CAPÍTULO 18 — TRAE A LA CHICA

El Ceo Gay... Es El Padre De Mi Hijo 2: ¡La Boda! 18+ — booknet.com · All chapters

CAPÍTULO 18 — TRAE A LA CHICA

(PUNTO DE VISTA: ERIK)

—Se mudó contigo hace dos meses y medio —dijo mi padre— y está de cinco. Haz la cuenta.

No me miraba.

Me había hecho subir a la casa de la colina unas semanas después de la joyería, y tenía la espalda hacia mí y la cara hacia la ventana de su oficina, la del fondo de la casa de la colina, la que da al mar, con las dos manos sobre el bastón y la bata de lana encima del pijama.

Hacía un mes que ya no se vestía para nadie… y yo seguía sin acostumbrarme a verlo así, aunque antes me arrancaba la lengua que admitirlo.

Detrás de mí, en el sillón de las visitas, Lars se había sentado con las piernas cruzadas, tan cómodo que parecía suyo el despacho, con las manos juntas sobre la rodilla y los ojos hundidos en la alfombra.

Le conocía esa cara de pena desde los doce años, y se la había visto a los veintidós, y a los treinta: la de «a mí me duele más que a ti».

—Eso me ha dicho Lars —siguió mi padre, sin girarse—. Y yo, que soy viejo pero todavía sé sumar, he hecho la cuenta. —Tosió, largo, y cargó más peso en el bastón—. Dos y medio no son cinco, Erik.

¿Qué le iba a contestar? ¿Que la cuenta estaba bien hecha y que el resultado era yo?

—Esa chica ya venía cargada. —Se giró por fin, en tres tiempos, con el aire de un barco viejo maniobrando en un puerto pequeño—. Y no contigo. Así que dime tú de quién es.

Miré a Lars. Lars miró la alfombra.

—Ya te lo conté, Viktor —murmuró, sin levantar la vista, con la voz rota a la medida—. No me gusta repetirlo. Ella me buscó durante meses. Yo estaba prometido, le dije que no. Debí contárselo a Ingrid antes, eso sí… —Se le quebró la voz en el sitio exacto—. Y después me pidió dinero. Y cuando le dije que no, se fue a buscar a alguien con más presupuesto.

Se calló y me miró un segundo por debajo de las pestañas, y a mí se me tensó la mandíbula hasta la oreja.

Alguien con más presupuesto… La misma frase del bar, palabra por palabra. ¿Cuántas veces la habría ensayado el muy hijo de puta, y delante de qué espejo?

—No sé de quién es —siguió Lars—. Te lo juro, Viktor. Pero cuando se fue a vivir con Erik ya estaba embarazada. Eso no te lo puedes inventar. —Me miró a mí, esta vez de frente, con los ojos rojos—. Y él aquí, dando la cara por ella.

Mi padre asintió una sola vez con la barbilla. ¿Y yo qué esperaba, que me lo preguntara a mí?

Después me repasó de arriba abajo con la misma mirada que le había dedicado a Annika en el porche, mercancía defectuosa y con ganas de devolverla.

—Crías el hijo de otro para tapar lo que eres... —musitó.

Me quedé de pie delante de su mesa, con la boca cerrada, aunque tenía la respuesta entera detrás de los dientes.

Es mío, papá.

Con tres palabras, ¿cuánto le duraba a Lars la cara de pena? ¿Un segundo?

Mi padre, que llevaba ocho años mirándome como a algo que hay que esconder en las fotos de familia, tendría por fin el nieto que quería, con su apellido y con su sangre, se acabaría el rumor, y Milán, y Caleb, y todo lo que yo había sostenido con los dientes durante ocho años…

¿Y ella? Ella se enteraría así, por mi padre o por Lars, en una comida de domingo, en una llamada, en un pasillo, con esa voz y contado a su manera: tu jefe te hizo el niño en mi cumpleaños y se lo calló, ya sabes cómo es…

Y esa misma noche se iría con mi hijo al 4B, al piso que le pagué para que tuviera adónde irse.

Apreté los puños dentro de los bolsillos. En el cajón de mi oficina había una foto de una puerta giratoria y tres carpetas con mi firma, y las dos cosas hundían a Lars… pero a mí me hundían primero. Es una cuestión de orden, nada más.

—¿No tienes nada que decir? —preguntó mi padre.

—No.

—Ya.

Se sentó, le costó, y se dejó caer en el sillón de cuero con un quejido pequeño que habría preferido morirse antes que dejarme oír.

—Vete —masculló—. Estoy cansado.

Me di la vuelta. Al pasar junto al sillón de las visitas, Lars levantó la cara hacia mí, con los ojos rojos todavía.

Y me guiñó uno.

Tuve que apretarme los puños para no volarle la cara primero.

A las seis de la tarde, Nils dejó un sobre encima de mi mesa. Grueso, con un sello de cera roja en el cierre, del mismo papel, el mismo sello y la misma letra en el anverso que el de la cena de octubre, la de los cangrejos.

Lo abrí con el pulgar. Una tarjeta, con letras en relieve.

Viktor Järnberg tiene el placer de invitarle a la cena de Navidad de la familia.

Viernes, 18 de diciembre, a las ocho, en su casa.

Durante la cena anunciaré quién me sucede en la presidencia del consejo de administración.

Y debajo, a mano, con la letra de mi padre, temblorosa, inclinada hacia la derecha:

Trae a la chica.