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CAPÍTULO 19 — OTRO DÍA, ¿SÍ? TE QUIERO

El Ceo Gay... Es El Padre De Mi Hijo 2: ¡La Boda! 18+ — booknet.com · All chapters

CAPÍTULO 19 — OTRO DÍA, ¿SÍ? TE QUIERO

(PUNTO DE VISTA: ANNIKA)

El árbol era amarillo.

¿Verde con bolas amarillas? No, ni de lejos. ¿Blanco con lucecitas amarillas? Tampoco.

Amarillo, entero: un abeto artificial de dos metros y medio, de ramas color mostaza, con bolas, lazos y luces del mismo amarillo y, en la punta, en lugar de una estrella, un pato de fieltro. Amarillo, obvio.

Nils lo había montado un domingo por la mañana mientras dormíamos, en la esquina del salón gris, junto al ventanal que da a la bahía.

Cuando bajé la escalera a buscar el desayuno, ahí estaba él, de pie, con el último lazo en la mano, midiendo la rama con los ojos, muy serio, como si estuviera a punto de colgar un Picasso.

Me miró, yo lo miré a él y luego al árbol, y otra vez a él.

—Nils.

—Señorita.

—¿Esto qué es?

Nils terminó de colocar el lazo, retrocedió un paso y contempló su obra con la cabeza inclinada, un pintor delante de su cuadro. No contestó. Claro que no… ¿desde cuándo Nils explica sus obras de arte?

Erik bajó detrás de mí, en pijama, despeinado, con el teléfono en la mano, y se detuvo en el último escalón. Miró el árbol un rato largo.

—Yo no lo he pedido —murmuró al fin.

—Ajá.

—No lo he pedido, Donovan.

—Que sí, que le creo. —Me tapé la boca con la mano—. ¿Ya vio que tiene un pato en la punta?

—Lo estoy viendo —gruñó.

—¡Es precioso!

—¡Es espantoso!

—Es lo más bonito que he visto en esta casa… y mira que hay una escalera de mármol, eh.

Bajó el último escalón y se puso a mi lado.

—Apártese, que no veo —murmuró.

—¿Qué no ve? Es un árbol amarillo, Erik, se ve desde Cork.

—Su cabeza me tapa el pato.

—Seré tan alta yo… ¡Mi cabeza no le tapa nada!

Se inclinó por detrás de mi hombro, como si necesitara mirar desde mi altura para comprobarlo. Yo me puse de puntillas, solo para fastidiar, justo cuando acercaba la cara… y le di con la coronilla en la barbilla.

—Ay… uy, perdón.

—Se ha hecho daño.

—Usted se lo ha hecho, que tiene la mandíbula de piedra.

Se frotó la barbilla con los ojos todavía en el pato, y por el rabillo del ojo vi cómo se le torcía la boca, un milímetro, solo uno, hacia la derecha.

Me miró de lado y no dijo nada más ni le pidió a Nils que lo quitara. Me rodeó la cintura con un brazo, sin avisar, y así nos quedamos, viendo un pato de fieltro a las nueve de la mañana, hasta que Nils recogió las cajas vacías y se fue sin despedirse.

El árbol se quedó en la esquina del salón más gris de Dublín, encendido día y noche, como un faro.

Esa noche, mientras se quitaba el reloj para acostarse, le dije:

—Erik, hay una cosa…

Levantó la cabeza. Me estaba escuchando. Sin teléfono, sin papeles, sin nada que me sirviera de excusa.

—¿Qué cosa?

Apreté la costura del pijama entre los dedos. Julio. Tenía que empezar por julio.

—Lo del árbol. ¿De verdad no lo pidió usted?

Me miró un momento.

—Pregúntele a Nils.

Se volvió hacia la mesita y yo solté la costura. Después me metí en la cama a su lado, que para eso sí era muy valiente.

Ese diciembre oscurecía a las cuatro, llovía de lado, y yo tenía veinticinco semanas, un árbol amarillo y un hombre que se había vuelto loco.

Pero loco de una forma rara, ¿saben? De la callada. ¿Quién se vuelve loco sin gritar? Ah, sí, este.

Una noche, a las diez y pico, me levanté por agua y lo oí a través de la puerta del estudio, hablando en sueco, bajito y rápido, con ese tono de cuchillo de mantequilla que le sale cuando está tramando algo.

Pegué la oreja, obvio, ¿quién no la pega? Solo entendí «Caleb», algo que sonaba a «consejo» y la palabra «tack», que creo que es gracias… o eso quiero creer.

Cuando abrí la puerta con el vaso en la mano, «por si necesitaba agua», lo encontré con los pies encima del escritorio. ¿Los pies? ¡Los pies! Encima del escritorio de Erik Järnberg.

—¿Te lastimaste algo? —pregunté.

—No, estoy pensando.

—Con los pies en alto.

—Circula mejor la sangre —masculló, sin quitarlos. Me miró el vaso—. Eso no es agua.

—Es jugo. —Lo era—. Tú qué sabes.

—Sé que no tienes permiso para entrar aquí.

—Estoy en la puerta, ¡en la puerta!, técnicamente… —Levanté un pie del suelo, para demostrarlo.

Se rió… por la nariz, medio segundo, y se tapó la boca con el puño.

Yo me fui a la cama con la cara caliente, pensando que el hombre estaba mejor, que no sabía por qué, y que eso, en un Järnberg, da miedo.

Volvía a casa con una cosa en la cara que no le había visto nunca, seguridad, de la buena, la de un hombre que sabe que va a ganar.

—Me la va a dar a mí —me dijo otra noche, en la cama, con la luz apagada—. La presidencia.

—¿Y Lars? Lleva meses sentado a su derecha.

—Precisamente por eso. —Me pasó la mano por la barriga, dibujándole círculos con el pulgar—. Mi padre es muchas cosas. Pero no es idiota. Lleva cuarenta años en ese puerto. No le va a dar el paquete de control de la naviera a un hombre que llora en su despacho cada vez que le conviene. Ni a un hombre que no sabe leer un balance sin que se lo lean.

—Lars sabe leer balances.

—Claro, también sabe leer caras. —Se giró hacia mí—. Mi padre necesita a alguien que lea balances.

—Te quitó la silla delante de diez hombres.

—Me amenaza con quitarme la empresa desde que tengo veinticinco años. —Me besó el hombro, luego un poco más arriba, en el cuello, y dejó los labios ahí, pegados a la piel—. Nunca lo ha hecho.

—Erik, estoy intentando pensar.

—Pues piense.

—No puedo pensar si haces eso.

—Entonces hágalo mañana. —Me mordió la oreja, apenas, para que se me escapara un ruidito. Uy—. Eso, ese ruido, apúntelo en su lista.

—¡No tengo ninguna lista!

—Le voy a pedir a Nils que se la haga en un cartel.

Me reí contra su hombro…

Después me quedé mirando el techo a oscuras, con su mano tibia en mi barriga y su respiración en mi pelo, y aun así, ¿por qué no le creía?

Llevo toda la vida viendo a hombres convencidos de que van a ganar algo, mi padre con el boleto de la lotería de los domingos, Cillian con los raspaditos de la gasolinera, medio puerto con la huelga… y, oye, ninguno ganó nunca.

***

Los jueves acompañaba a mi madre a diálisis, cuatro horas en un sillón al lado de una máquina que hacía ruido de lavavajillas, y aquel jueves ella me miró la barriga con los ojos entornados.

—¿Y Erika, cariño? ¿Cuándo vuelve a verme?

—Erika está ocupada, mamá.

—¿Trabaja mucho?

—Muchísimo.

—Pues dile que coma. Que una mujer que trabaja tanto y no come, luego se pone tonta. —Me apretó la mano—. Como tú.

Me reí. Me dolió, pero me reí…

Mi madre lo había sentado en la silla del hospital y le había preguntado si era Erika, así, mirándolo a la cara.

Y él: «Eso parece, señora».

¿Quién me mandaba inventarme una compañera de piso? Ahora tenía una madre que no pensaba dejarme olvidarla y una enfermera mirando de reojo, pensando seguramente que me había vuelto loca yo también…

Ingrid me escribió el miércoles.

INGRID: Anni

INGRID: Lars me ha contado lo del bebé

INGRID: ¿por qué no me lo dijiste??

INGRID: no estoy enojada, te lo juro, estoy… no sé cómo estoy

INGRID: tenemos que hablar. comemos el viernes? el sitio de Dawson, a la una

Estuve media hora mirando la pantalla, con el pulgar sobre el teclado, sin escribir.

Lars le había contado lo del bebé.

¿Y qué más le habría contado? ¿Que yo lo perseguía y que el niño era de a saber quién?

Ingrid me estaba diciendo que no estaba enojada, y yo ya llevaba media conversación con Lars dentro de la cabeza sin haber leído una sola palabra suya.

¿Y qué le iba a decir, con qué cara, Anni?

yo: claro. el viernes a la una

Me pasé la ducha del jueves ensayándolo en voz alta, con el champú de Erik de micrófono.

«Ingrid, mira, es que la fecha no…», no, así no; «Ingrid, sobre la fecha…», peor todavía; «Ingrid, ¿te acuerdas de que hace meses…?».

Bravo, Annika, empieza por ahí, seguro que se lo toma fenomenal.

Y en el autobús, camino de la diálisis, me sorprendí gesticulando delante de la ventanilla, y un señor con un paraguas cambió de asiento.

El viernes me volvió a escribir.

INGRID: Anni lo siento muchísimo, al final no puedo

INGRID: me ha surgido una cosa

INGRID: otro día, sí? te quiero

Eso fue todo… sin un solo emoticono, sin un corazón, ella, que no me manda un «ok» sin cuarenta caritas detrás.

«Me ha surgido una cosa» y punto.

Miré el teléfono sobre mi mesa, en la planta de dirección, con la estufa nueva calentándome los pies y las flores amarillas del martes en su vaso, que Nils cambia sin falta aunque se hunda el mundo.

Está enojada, pensé…

Claro que está enojada. Lars le ha contado su versión, ella se la ha creído porque se lo cree todo, y ahora no quiere verme… ¿y quién le manda un «te quiero» a la mujer que le quiere reventar la boda?

Ingrid. Solo Ingrid, carajo.

Le di la vuelta al teléfono, boca abajo, y a otra cosa, mariposa.