CAPÍTULO 2 — ¿ESTÁS VIVIENDO CON ESE GRUÑONCITO?
(PUNTO DE VISTA: ANNIKA)
—¿Cómo que todos?
—Todos los de su talla. —Le dio un sorbo al café—. El lunes me acusó de robarle dos de esas bragas suyas, ¿no? Esto son los intereses.
¡Los intereses! Este hombre había vaciado una tienda de lencería un sábado a las ocho de la mañana para ganar una discusión de hacía cinco días, y me lo despachaba con la misma cara con la que firma un albarán.
—¿Y cómo es que sabe mi talla? No creo que su asistente haya…
—Usted me plantó un inventario en el pecho, Donovan. —Ni parpadeó—. Lo leí entero. Además, ya mis manos se saben de memoria las proporciones de su cuerpo.
Creo que me puse roja como un tomate, de otro modo no entendería cómo es que se me acumuló tanto calor en la cara.
—Anoche me tuteaba —soltó, mirándome por encima de la taza.
—Anoche estaba en su cama, señor.
—¿Y aquí? Sigue siendo mi casa.
—Aquí es la cocina, y en la cocina usted es mi jefe, señor. —Le robé una servilleta para limpiarme el tomate de los dedos—. Y al jefe se le habla de usted… sobre todo cuando me compra las bragas.
Se le fue la taza a la boca, para tapar algo que en otro hombre habría sido una sonrisa.
Dormí en su cuarto esa noche y la del domingo también, por el termostato, que conste, que se estaba mejor.
El lunes Lucy tardó veintidós minutos en verlo. Yo me había puesto la blusa blanca de cuello alto, la única que abrochaba hasta arriba, con un pañuelo de algodón a rayas encima que me daba un aire de azafata de una aerolínea que ya no existe, y funcionó… durante veintidós minutos, hasta que me agaché a recoger un bolígrafo.
—¿Eso qué es?
Me quedé a medio camino, agachada, con el bolígrafo en la mano. Lucy estaba sentada en el borde de mi mesa, como siempre, encima de mis pósits, como siempre, con su café en la mano, y me miraba el cuello. El pañuelo se me había corrido a un lado.
—Nada.
—Eso no es nada.
—Es una picadura.
—¿De qué? ¿De tiburón? —Se bajó de la mesa y me apartó el pañuelo con un dedo antes de que pudiera impedírselo—. Ay, Dios. Ay, Dios mío. Annika Donovan. ¡Eso tiene dientes!
—¡Lucy!
—¡Tiene dientes, Anni! ¡Se le ven los dientes! ¡Esto es un peritaje dental!
Detrás del cristal, Erik levantó la cabeza de sus papeles, nos miró a las dos, a mi cuello, y volvió a bajarla con algo en la comisura de la boca que en otro hombre habría sido una sonrisa y en él era una amenaza.
Lucy lo vio. Lo vio todo, porque se quedó con la boca abierta, mirándolo a él, mirándome a mí, otra vez a él, con cara de haber hecho una suma larguísima de cabeza y de que le hubiera dado un número que no le gusta.
—Al baño —ordenó.
—Tengo trabajo…
—Al baño, Annika. O grito aquí, y sabes que grito bastante alto.
El baño de mujeres de la planta de dirección tenía toallas de verdad, de tela, enrolladas en una cesta, y un ambientador que olía a spa caro. Lucy echó el pestillo, se dio la vuelta y se cruzó de brazos contra la puerta.
—Empieza.
—No hay nada que…
—Anni. —Levantó un dedo—. Llevo semanas tragándome lo del abrigo azul, que según tú era de una prima, cuando tú no tienes primas, ni un abrigo de lana buena en tu vida. Y la estufa debajo de tu mesa, y las galletas que ya no traes, y ese viernes que no viniste, y hoy un mordisco (que sé es de un hombre de metro noventa) en el cuello de mi mejor amiga… —Se le quebró la voz de pura indignación—. ¿Tú en serio sigues creyendo que soy tonta?
—Un poquitito nada más, te repito.
—No te hagas la graciosa ahora. —Se apartó de la puerta—. Y quítate el pañuelo, que me pones nerviosa, pareces una azafata.
—Es que es lo que parezco, ¿verdad?
—De una aerolínea que quebró.
Me lo quité y nos miramos en el espejo las dos a la vez, y se equivocó de sitio: en lugar de mirarme el cuello, me miró la blusa. La blusa blanca, metida por dentro de la falda, que me había comprado en marzo y que en marzo me quedaba suelta. Ya no me quedaba suelta.
Lucy se calló… Lucy callada, que es como ver nevar en el Sáhara.
—Anni.
—¿Qué?
—Date la vuelta.
—Lucy…
—Que te des la vuelta, de lado. —Como no me movía, me agarró de los hombros y me giró ella misma hacia el espejo, de perfil—. Madre del amor hermoso.
¿Qué iba a decir? Tenía la mano de mi mejor amiga en un hombro, un mordisco en el otro y, entre los dos, debajo de la blusa de marzo, una curva pequeña y dura que ya no se escondía metiendo la panza.
—¿Estás…?
Asentí.
—No digas nada.
—¿Estás embarazada?
Asentí otra vez, y Lucy se sentó en el borde del lavabo, se levantó, se volvió a sentar.
—¿De cuánto estás?
—De… unas semanas.
—¿Cuántas semanas son unas semanas, Annika?
—Unas cuantas.
—¡Annika!
—¡Dieciséis! —Me tapé la cara con las manos—. Dieciséis, Lucy. Cuatro meses.
—¿Dieciséis? ¿Dieciséis semanas? —Se levantó otra vez—. ¡Llevas cuatro meses embarazada y yo me he enterado por un mordisco! ¿Por qué carajo no me contaste nada?
—No es por el mordisco…
—¡Me he ido de vacaciones quince días, Anni! ¡Quince! ¡Me fui a la playa y te dejé soltera, vuelvo y tienes un novio que es tu jefe, una mesa con estufa y un bebé!
—El bebé ya estaba antes de la playa. ¿Y qué tiene que ver la mesa con estufa?
—¡PEOR TODAVÍA! Dios, no puede ser…
Alguien probó el picaporte desde fuera y Lucy le gritó que estaba ocupado, que había una emergencia, que se fuera al de la tercera, y los pasos se alejaron.
Entonces se me quedó mirando, con los ojos brillantes y el labio de abajo temblándole.
—¿Por qué no me lo contaste? —susurró.
Ay, en ese preciso instante sentí que se me partía algo por dentro… Porque Lucy es la única persona del mundo a la que no le miento por costumbre, la única.
Pero yo llevaba tres semanas mintiéndole u omitiendo información, ¿y por qué?
Porque si se lo contaba a ella tenía que decirlo en voz alta, y si lo decía en voz alta era verdad.
Así que se lo conté todo lo que se podía contar, desde los zapatos (que me había mentido con el precio: nunca fueron dos mil quinientos, eran DOCE) hasta el inversor noruego, con un contrato que firmé sin leer y una cláusula once que decía, en letra chiquita, que me mudaba con él.
—¿Vives con él? —masculló, tapándose la boca.
—Desde el miércoles de hace tres semanas.
—No, no… ¿me estás mintiendo otra vez? ¿Estás viviendo con ese gruñoncito, en su casa?
—En su ático, con ascensor y todo. Todo muy lindo, pero gris, como sus ojos.
—¿Y el abrigo azul?
—Bueno… Me lo vio Bianca puesto el viernes del callejón. En realidad, me vio con él, y desde entonces no me lo he querido ni poner.
—¡Es que yo sabía! —Se golpeó la frente con la palma—. ¡Seré bruja! ¡Te lo escribí desde la playa, Anni! ¿O no te lo dije?
—Y yo te dije que media Dublín tiene un abrigo azul.
—¡Mentirosa! ¡Mentirosa con abrigo! Y dime... ¿besa bien?