CAPÍTULO 20 — MAÑANA
(PUNTO DE VISTA: ANNIKA)
Lo decidí el domingo, en el sofá, con los pies encima del cojín del pato, mirando el árbol amarillo y con el niño haciendo lo que hace a las diez de la noche, que es dar volteretas como si le hubieran puesto música.
Se lo iba a contar… todo.
Antes de la cena del viernes, antes de que Lars sacara su versión delante de todos, antes de que nadie más le contara nada a Erik de mí. Que se lo contara yo.
Que lo de «vernos fuera del trabajo» era mentira, que nunca pasó nada hasta una sola noche, en una sala a oscuras al fondo del karaoke, que yo había bebido mucho y que Lars me juró que había dejado a Ingrid y me dijo que lo esperara allí.
La doctora no se había equivocado ni la máquina estaba rota. Eso también tenía que decírselo, sin hacerme la graciosa.
Él ya creía que me había acostado con Lars. Eso no iba a descubrirlo ahora, Anni. Iba a descubrir cuántas veces me había dado tiempo a corregirlo y yo había preferido meterme en su cama, dejar que me calentara los pies y decirme que mañana.
¿Qué esperaba, que le diera las gracias porque al final solo había sido una noche?
Lo escribí, claro, porque soy analista. En una hoja de cálculo, con tres columnas, mentira, fecha y por qué, y cinco filas. La miré mucho rato en la laptop y me dio tanta vergüenza verlo así, en celdas, con bordes, que la borré y me lo aprendí de memoria.
Erik salió del estudio y me encontró con la laptop cerrada y la cara de quien acaba de tirar un cadáver al río.
—¿Qué tramas?
—Nada…
—Ajá.
—Es un… informe. De riesgos.
—Si va a mentirme, hágalo mejor. —Se sentó en el brazo del sofá, se inclinó y me sacó de un tirón el cojín del pato de debajo de los pies—. Esto lo eligió usted, ¿verdad? Es lo único feo de la casa.
—¡Oye! ¡Dame mi pato!
—Es mío. Lo pagué yo.
—Lo elegí yo, ¿no es más difícil?
Levantó el cojín en alto. Me abalancé, ¿con veinticinco semanas?, yo qué sé, me abalancé, y acabé medio encima de él, con las manos en su camisa y el pato en el aire, entre los dos, y su respiración contra mi frente.
—Devuélvamelo —susurré.
—Diga «por favor».
—Por favor, Erik, joder.
Me lo tendió. Yo no lo solté y él tampoco, y así nos quedamos, con el pato entre las caras y el árbol amarillo pestañeando en la pared, hasta que el niño pateó por los dos.
—Ha sido él —murmuró Erik, con la voz rara.
—Ha sido él… —repetí, que no me salía otra cosa.
Y ahí, con el pato entre las caras y su mano debajo de la mía, me pasó por la cabeza una tontería: que el niño pateaba cuando hablaba él.
Cuando decía «Donovan», cuando gruñía por las mañanas, cuando me leía las etiquetas en voz alta, y con nadie más.
¡Qué tontería, Anni! A los bebés les gustan las voces graves, lo pone en internet. ¿O eran las agudas?
El lunes no se lo dije. El martes tampoco. El miércoles repasé las frases mientras él se lavaba los dientes y, cuando salió del baño, le pregunté si había puesto la alarma. Para eso me había aprendido yo toda una confesión.
El jueves por la noche, la víspera de la cena, lo esperé. Ya no podía decirme «mañana»: mañana íbamos a estar sentados delante de Lars.
Llegó a las diez y media, con la chaqueta del traje puesta y el abrigo encima, las manos frías del auto y una sonrisa pequeña.
Se quitó el abrigo en el recibidor y se aflojó la corbata con dos dedos, las llaves todavía en la otra mano.
Yo me levanté del sofá, delante del árbol amarillo.
—Erik.
—Hmm.
—Tengo que contarle una cosa.
Quedó inmóvil con la mano en la corbata.
—Es… de julio. —Se me secó la boca y me la mojé—. De esa noche, la de la fiesta, la del karaoke. Hay una cosa que no le he contado bien, y antes de la cena de mañana necesito que…
—No.
Se me quedó la frase colgando. ¿«No»? ¿No qué?
Cruzó el salón en cuatro pasos y se paró delante de mí, con el árbol amarillo iluminándole media cara.
—Mañana —murmuró—. Después de la cena.
—Pero es que tiene que ser antes, porque…
—Después de la cena. —Me puso las dos manos en la cara, frías todavía, las suyas, por una vez—. Yo también tengo algo que decirle.
¿Algo que decirme? ¿Él? ¿El hombre que se comunica conmigo por medio de Nils y de contenedores de fruta?
—¿El qué?
—Mañana.
—Erik…
—Mañana, Annika.
Me miraba de una forma que me dio miedo… del bueno, si es que existe, del que te da en lo alto de una montaña rusa, justo antes de bajar.
No pude seguir…
Tenía la lista aprendida, cinco filas, en la garganta, y no me salió ninguna, porque él también tenía algo, y lo que fuera le hacía sonreír así.
Así que lo abracé, para que se callara, para callarme yo. Le rodeé la cintura con los brazos, por debajo de la chaqueta, y pegué la mejilla a su pecho, a su camisa, a su olor a limón y a madera y a lluvia.
Entonces noté algo…
Duro, pequeño… contra mi mejilla, por dentro de la chaqueta, en el bolsillo del pecho, el izquierdo, justo encima del corazón. Algo redondo, del tamaño de un botón, que no era un botón.
Del tamaño de un anillo.
Me aparté un centímetro y lo miré.
—¿Qué lleva ahí?
Él no se movió. Cuando levanté la cara, volvió a sujetármela entre las manos, con esa sonrisa pequeña que no le conocía y el árbol amarillo parpadeando detrás.
—Mañana.