CAPÍTULO 21 — UN HOMBRE QUE CRÍA AL HIJO DE OTRO
(PUNTO DE VISTA: ANNIKA)
El arenque me miraba.
En escabeche, en una fuente de cristal, cortado en trozos con cebolla roja por encima y unas bolitas negras que no quise investigar, flotando en un líquido transparente que olía a vinagre y a azúcar y, por debajo, a algo que se había muerto en un fiordo hacía siglos…
¿De verdad la gente se come esto a propósito? ¿Y encima en Navidad?
—Sill —anunció Viktor desde la cabecera—. En mi familia, en Navidad, se empieza siempre por el arenque.
Tres fuentes, señores, con mostaza, con eneldo y la de las bolitas negras, plantadas delante de mí como un pelotón de fusilamiento. El estómago me dio una vuelta y el niño me dio otra en solidaridad, el traidor.
Respira, Anni.
Veintiséis semanas, ya no vomitas, no vomitas desde octubre… ¿y vas a estrenarte en el mantel de Navidad de Viktor Järnberg, delante de todos y un árbol de tres metros? Joder, no. ¡Hoy no!
—Mi novia no come arenque —dijo Erik a mi lado, sin levantar la vista, sirviéndose.
—¿Educada otra vez? —preguntó Viktor.
—Embarazada.
Lo soltó tranquilo, pasándome la fuente de las papas por encima del arenque, y por debajo del mantel su rodilla buscó la mía y se quedó ahí, dura y caliente.
Ni me miró. Yo a él sí: la mandíbula quieta, un músculo saltándole justo debajo de la oreja… ¿cómo se puede estar tan tranquilo y tan a punto de romper algo?
Viktor lo miró apenas. Después bajó los ojos a mi barriga.
No me la había mirado en toda la noche, ni al entrar, cuando Lars se levantó otra vez antes que nadie a quitarme el abrigo y yo le di la espalda y se lo pasé a Nils, ni en el salón, con el vino caliente y las galletas de jengibre.
Me miraba la cara, las manos, el vestido, todo menos eso. Ahora sí la miraba, y durante mucho rato.
—Ya lo veo —murmuró al fin, y siguió comiendo arenque.
¿Ya lo veo? ¿Eso era todo? El padre de Erik mirando mi barriga como si sobrara en la mesa, y el hombre sale con un «ya lo veo».
Qué familia tan cálida, Anni.
Éramos doce en la mesa. Viktor presidía en su silla de respaldo alto, con el bastón colgado del brazo y una manta de cuadros sobre las rodillas que nadie comentaba; a su derecha, Lars, en el sitio del hijo otra vez, con traje azul, corbatín de terciopelo verde y cara de haber dormido de maravilla; a su izquierda, Erik, y a la izquierda de Erik, yo.
Ingrid se sentaba junto a Lars, de rojo, preciosa y pálida, con una copa de agua delante.
—¿No bebes? —le pregunté bajito por encima de la mesa.
—Antibióticos… —me contestó, con una sonrisa pequeña, desviando la mirada.
—¿Tú también? —Quise bromear, de verdad que quise.
Se rió un poco y bajó la vista al plato.
Apenas me había mirado en toda la noche: dos besos en la puerta, un «estás lindísima», la punta de los dedos sobre mi barriga un segundo, sin decir nada, con una cara que no supe leer… y se había ido a hablar con Marta.
Henrik y Marta Solberg estaban enfrente, él con un suéter de renos de verdad, noruego, de lana, encima de la camisa «porque en Navidad no se lleva corbata en ningún país civilizado», y ella con un vestido de lentejuelas plateadas, un collar de perlas grises de cuatro vueltas y la copa de vino blanco ya por la mitad antes del arenque.
Caleb, a su lado, tenía cara de estar tomando nota de todo para contarlo el lunes.
Al fondo, dos señores del consejo con sus señoras hablaban de golf y de una cosa de Bruselas; yo solo los conocía de verlos pasar por la planta de dirección con carpetas.
Seguía pensando en el bolsillo interior de la chaqueta de Erik, algo pequeño y duro que no me había dejado ver.
«Esta noche, después de la cena», eso me había repetido esa mañana en la cocina, al darme la leche.
En el auto, camino de la casa de la colina, me agarró la mano en el asiento de atrás y no me la soltó en toda la carretera de la costa, ni en las curvas, con Nils conduciendo tan suave que parecía llevar huevos.
Tenía la mano caliente y estaba tranquilo, tan tranquilo que me daba miedo, ¿saben?
El segundo plato fue un jamón entero glaseado con mostaza y pan rallado que dos meseros trajeron en una tabla y Viktor mandó cortar en la mesa, más albóndigas, más una cosa de papas con anchoas y crema que se llamaba la tentación de Jansson, que Henrik se sirvió tres veces y que Marta bautizó «la tentación de Henrik».
Yo comí todo lo que no tenía ojos, ¡obvio!
—Tiene buen apetito tu novia —observó Viktor.
—Come por dos —dijo Erik.
Su mano bajó a mi muslo, por debajo del mantel, y me lo apretó una vez. ¡Ni se te ocurra sonreír, Annika! Me metí media albóndiga en la boca para no hacerlo.
Lars soltó una risita por la nariz y se llevó la copa a los labios para taparla.
Erik no lo miró, pero la mano que tenía sobre el mantel se cerró alrededor del cuchillo hasta que se le pusieron blancas las yemas, y yo le puse la mía en la rodilla, ahí abajo, sin que nadie lo viera, y lo sentí soltar el aire por la nariz… ¡Un centímetro menos de cuchillo! Bien, muy bien, eso es.
Marta sí lo vio. Miró a Lars por encima de su copa con los ojos entornados, como se mira a un perro que ha gruñido en un salón, y levantó la mano.
—¿Me pueden traer más vino? —le pidió a nadie, al aire, a un mesero invisible—. El blanco, el bueno. Este ya se acabó.
No se había acabado, le quedaba media copa. Un mesero apareció a su lado con la botella y Marta le sonrió.
Llegó el postre: arroz con leche frío, con crema batida, salsa de cerezas y una almendra escondida en la fuente, una sola.
Ingrid me lo había explicado en voz baja al servirlo, el que encuentra la almendra se casa el año que viene, y Lars la encontró.
¿Y quién lo dudaba? Claro que el hijo de puta la encontró. Se la sacó de la boca con dos dedos, la levantó en el aire, todos aplaudieron, Ingrid se rió y le dio un beso en la mejilla, y él me miró a mí por encima del hombro de ella.
Erik, bajo la mesa, me enredó los dedos con los míos sin una palabra y me pasó el pulgar por los nudillos, una vez y otra…
Yo, que llevaba dos horas sonriendo como una candidata, sentí que por fin podía tragar.
Viktor golpeó la copa con la cucharita, y otra vez, y otra, hasta que hasta los del golf se callaron a media frase.
Se apoyó en el bastón y se levantó. Le costó. Nadie se movió, porque todos en esa mesa sabían que no se lo iba a perdonar jamás.
Se quedó de pie en la cabecera, encorvado, con la manta de cuadros resbalándole hasta el suelo y la copa de vino tinto temblándole en la mano; le brillaban los ojos, de fiebre o de vino o de lo que fuera.
—Gracias a todos por venir —empezó—. Esta es la última Navidad que voy a presidir esta mesa. Lo sé yo. Lo saben mis médicos. Y lo saben ustedes, aunque tengan la educación de no decírmelo.
Ingrid se llevó la servilleta a la boca.
—Mi padre presidió la naviera cuarenta años. Yo, treinta y cinco. Y esta noche, delante de mi familia y de mis socios, quiero decir quién va a presidir el consejo cuando yo ya no esté. —Levantó la copa—. A partir del uno de enero dejo la presidencia del consejo de administración de Järnberg Group. Y con ella, mi paquete de control.
Erik, a mi lado, no se movió.
Lo miré de reojo: muy recto, la mano libre sobre el mantel junto al plato de postre, la mandíbula quieta.
Me apretó los dedos, fuerte, ¡como si la que necesitara que la sostuvieran fuera yo! Le devolví el apretón. ¡Ay, Dios, por favor, que esto salga bien…!
—La presidencia —siguió Viktor— y mi paquete de acciones con derecho a voto…
Hizo una pausa. Miró a Erik. Giró la cabeza hacia el otro lado, hacia la derecha, ¿por qué hacia la derecha, si Erik estaba a su izquierda?
—…serán para Lars.
Nadie respiró.
Lo juro: en esa mesa de doce, durante dos segundos enteros, nadie respiró. ¿Y saben qué se oye cuando doce personas dejan de respirar? El fuego, la lluvia contra los ventanales y a una de las señoras del golf dejando la cucharita en el plato con miedo a que la oyeran.
Lars se había puesto blanco, de susto de verdad, con la almendra todavía entre los dedos; después le subió el color y sonrió, una sonrisa temblorosa de niño en la mañana de Navidad que no se cree lo que hay debajo del árbol, y miró a Viktor con los ojos llenos.
—
Pappa…—Lars ha estado en esta casa desde que tenía doce años —siguió Viktor, sin mirarlo, mirando la mesa—. Ha dormido aquí en Nochebuena, ha llevado mis cuentas y ha estado a mi lado en cada consejo desde que yo enfermé. Y en enero se casa con mi hija. —Bebió—. Es de la familia.
La mano de Erik seguía en la mía bajo la mesa, pero ya no apretaba; se le había quedado quieta, fría, de cera. Le miré la garganta: tragó una vez, y otra, y en la cara no se le movió ni un músculo. ¡Reacciona, por favor, reacciona!
—Y mi hijo… —Viktor se giró hacia él, por fin, y lo miró desde arriba—. Mi hijo ha elegido.
Bajó los ojos hasta mí, hasta mi barriga. Y luego soltó, poniendo cada palabra en su sitio para que la oyeran hasta los del golf:
—Un hombre que cría el hijo de otro para tapar lo que es… no forma una familia.