CAPÍTULO 3 — LLEVAS UN MORDISCO EN SU CUELLO
(PUNTO DE VISTA: ANNIKA)
Se puso a dar vueltas por el baño, que tiene tres pasos de largo y le dan justo para agarrar impulso y frenar.
—A ver. A ver, a ver, a ver. —Levantó la mano con los dedos abiertos—. ¿Quién más lo sabe? Nombres.
Tragué.
—Él. Mi hermano. Mi madre, más o menos, que lo sospecha… La doctora de la ecografía. —Miré el techo—. Y Nils.
Lucy había ido doblando un dedo por cada uno, con la cara cada vez más seria, y al llegar al último se quedó con los cinco en el aire.
—¿Quién es Nils?
—El chofer.
—¿El chofer?
—Es que me lleva a todas partes…
—¿EL CHOFER LO SUPO ANTES QUE YO?
—¡Nils no cuenta, Nils no habla con nadie!
—¡Me da igual que no hable! ¡Lo sabe! ¡Soy la sexta! ¡Después de un señor que conduce! —Se llevó la mano al pecho—. Año y medio, Annika, año y medio sentada a tu lado, compartiendo galletas, aguantándote los lunes, ¿y soy la sexta? ¿Detrás del chofer?
—Eres la primera a la que se lo cuento yo.
Se calló.
—A los demás se lo encontraron —seguí, bajito—. Él me vio vomitarle encima de los zapatos, mi hermano me lo vio en la cara, mi madre me lo notó en una copa de vino que no me tomé… Tú eres la primera a la que se lo digo porque quiero.
Lucy me miró un rato largo y me abrazó, fuerte, con cuidado de no apretarme la barriga, con las dos manos en mi espalda, oliendo a su café con avellana y a la crema solar que todavía no se había quitado de la playa.
—Eres una idiota —me dijo al oído.
—Una idiota con náuseas, encima.
—Y una mentirosa.
—Con abrigo, ya me lo dijiste.
—Y te voy a organizar el baby shower más horrible de la historia de Irlanda, con globos y con juegos de esos de adivinar el perímetro de la barriga, y una tarta con forma de cigüeña.
—Por favor, no.
—Tarde.
Terminamos sentadas en el suelo del baño de las ricas, con la espalda contra los azulejos, ella con las piernas estiradas y yo con las rodillas dobladas y la blusa desabrochada por abajo, porque ya que lo sabía, que respirara el niño.
—Entonces —dijo al fin—. Es de él.
—No.
Giró la cabeza.
—¿Cómo que no?
—No es de él.
—Anni.
—Que no es de él, Lucy.
—¿Entonces de quién?
Uy… ¿Y qué le iba a decir? ¿Que era del prometido de Ingrid Järnberg, en voz alta, en el baño de la planta de dirección, con media oficina al otro lado de la pared? Lucy entrecerró los ojos y me estudió la cara como cuando juego a las cartas en su casa y digo que no llevo nada.
—Es del sueco… —decidió.
—No es del sueco.
—Te lo veo en la cara.
—Esta es mi cara de decir la verdad.
—Es la misma que la de mentir.
—¡Lucy!
—Bueno. Bueno. —Levantó las manos—. No es del sueco. Es de otro, de uno que no me quieres decir. —Se quedó pensando—. ¿Y él lo sabe? ¿Tu jefe? ¿Que no es suyo?
—Lo sabe.
—¿Y aun así te ha metido en su casa?
—Por el contrato.
—Ajá. Por el contrato. —Me señaló el cuello con la barbilla—. ¿Y eso también viene en el contrato? ¿Cláusula catorce, «Mordiscos»?
Me puse roja hasta las orejas.
—Eso fue… después.
—¿Después de qué?
—Del viernes.
—¿Qué pasó el viernes?
—Que se rompió una regla.
Lucy soltó un chillido tan agudo que tuve que taparle la boca con la mano, y me lamió la palma. Le di un manotazo, se rió, me reí, y durante un minuto las dos estuvimos ahí, en el suelo de un baño de ricos, riéndonos como los viernes en la cafetería, y yo con el hijo de un hombre que se casaba en enero dentro de la barriga y el mordisco del hermano de la novia en la clavícula. Bravo, Annika.
Después se le fue la risa y se quedó mirando la puerta.
—Anni. Un hombre que se hace cargo del hijo de otro, que te mete en su casa, que te sube a su planta para verte desde su mesa, que te compra lana buena y te deja un mordisco donde lo vea todo el mundo… —Negó con la cabeza—. ¿Contrato? Cariño, eso es un hombre con abogado.
Abrí la boca para decirle que no tenía ni idea de lo que hablaba… y la volví a cerrar, porque me acordé de la canela.
Ella se levantó, se sacudió la falda y me tendió la mano.
—Levanta. Y dame un pintalabios, que he llorado y se me ha ido todo.
Le pasé el bolso. Se puso a revolver dentro sin pedir permiso, como hace siempre, y fue amontonando mis cosas en el borde del lavabo, la cartera, un paquete de galletas saladas, hasta que le salió el pañuelo azul marino, el del ancla.
—Qué bonito —comentó, y lo dejó a un lado. Después sacó un sobre blanco.
—No, eso no…
Tarde. Ya lo había abierto. Se quedó mirando la foto de la ecografía, en blanco y negro, con esa manchita que ahora tenía una mano, con la boca apretada, y la volvió a meter agarrándola solo por las esquinas, con la punta de las uñas, encima del pañuelo. Y metió la mano otra vez.
Sacó la otra foto, la pequeña, la de las esquinas gastadas: una mujer rubia en un muelle, con el pelo en la cara y el vestido sujeto con una mano, riéndose a medias, con una pulsera fina y dorada en la muñeca.
—¿Y esta quién es?
—Nadie.
—¿Nadie? —Le dio la vuelta y leyó en voz alta—: «Perdóname.» —Levantó la vista—. Anni. ¿Qué haces tú con esto?
—La encontré. En su esmoquin, el día de la cena en casa de su hermana.
—¿Y te la quedaste?
—Se me quedó.
—Se te quedó. —Lucy volvió a mirar la foto, a la rubia, al muelle, a la letra—. ¿Y le has preguntado?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no es asunto mío.
—Anni, llevas un mordisco suyo en el cuello.
—En la clavícula, técnicamente.
Me la devolvió sin soltarla del todo cuando yo ya la tenía agarrada, y me la tuvo así un segundo, entre las dos.
—Una mujer que escribe «perdóname» detrás de una foto suya no se está despidiendo, cariño —me dijo—. Está dejando la puerta abierta. Luego no te quejes cuando una de sus exes loca regrese.
Soltó por fin.
Me quedé con la foto en la mano… delante del espejo del baño de las ricas, con el mordisco a la vista y la blusa desabrochada por abajo. La rubia seguía riéndose, y la pulsera le brillaba en la muñeca… la que Erik me juró que era suya, con la última letra borrada.