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CAPÍTULO 4 — ¿ESTÁ MUERTA?

El Ceo Gay... Es El Padre De Mi Hijo 2: ¡La Boda! 18+ — booknet.com · All chapters

CAPÍTULO 4 — ¿ESTÁ MUERTA?

(PUNTO DE VISTA: ANNIKA)

La llevé en el bolso cinco días más.

Dormía en su cama, que ya ni fingía que era por el termostato, y desayunaba leche caliente con canela, cuyo misterio ya había resuelto: Nils, el martes, con una bolsa de una tienda de especias del centro y cara de no saber qué era la canela.

¿Y las noches? Las noches eran su mano abierta en mi nuca, su voz en mi oído y su nombre saliéndome de la boca sin que yo lo pidiera, dándome más miedo que todo lo demás junto.

La foto estaba en el bolsillo de dentro del bolso, entre el pañuelo y la ecografía.

Una foto de cinco centímetros no debería pesar nada, ¿no? Pues pesaba como un ladrillo… la tocaba en el autobús, en la oficina por debajo de la mesa, en la cocina mientras él hacía café, y pensaba: pregúntale.

Y luego: ¿con qué derecho? Él tiene su maldita rubia en un muelle, yo tengo lo de Lars en un karaoke, y él nunca me ha preguntado por lo mío… siendo que estuve con el hombre que se va a casar con su hermana.

¿Y yo le voy a preguntar por lo suyo con una mujer que quizás solo se fue, o se murió y ya?

Luego pensaba que se reía como en la foto… y volvía a tocarla, la muy tonta.

El sábado por la noche llegó tarde.

Había estado en la oficina, aunque fuera sábado. Lo oí llegar desde la cocina: el ascensor, las llaves en el recibidor y luego sus pasos por el mármol, que a esas alturas ya distinguía de los de cualquiera.

Yo estaba sentada en la mesa de madera, la pequeña, la que no usa nunca porque come de pie en la encimera como un caballo, con la foto delante, boca arriba… aunque mi corazón ya lo sintiera en la boca, cada latido en todo el cuerpo.

Entró y se paró…

¿Acusarlo? ¿Preguntarle? Ni una cosa ni la otra: me quedé con las manos heladas alrededor de un vaso de agua, mirando la foto. Que hablara ella, carajo.

Él se acercó a la mesa sin prisa y la miró desde arriba, con las manos en los bolsillos del pantalón, sin tocarla. Le vi endurecer la mandíbula, y la vena del cuello.

—Es del Berth cuarenta y cuatro —soltó.

Lo miré, y luego volví a mirar la foto. El bolardo de hierro negro, con la pintura saltada, y la grúa, atrás, borrosa.

Yo había estado sentada en ese mismo muelle, descalza, con el vestido hasta el suelo mojado hasta que él me encontró.

¿Cuáles eran las probabilidades…? Ahí estaban tus probabilidades, Annika.

El vaso se me resbaló un poco entre los dedos mojados.

—Estaba en mi esmoquin —siguió—. Un esmoquin que no me pongo. ¿La encontró mientras buscaba los gemelos? ¿Lleva con eso desde la cena de mi hermana?

—Y un poco más. —Apreté el vaso—. ¿Me va a cobrar alquiler por ella, o la cláusula nueve solo sirve para morderme el cuello?

Esperé la bronca.

¿Dónde estaba el «¿Quién le ha dado permiso?»? ¿Dónde estaba el Erik de la primera noche, oliendo a whisky, que me arrinconó contra un estante del cuarto de la ropa blanca y me cagó de miedo, sin tocarme un pelo?

No llegó. Sacó una silla, se sentó enfrente y puso las dos manos planas encima de la mesa, a los lados de la foto.

—La pulsera no dice «Erik» —le dije.

—No.

—Dice «Erin».

—Sí.

—O sea que usted me mintió.

—Sí.

—¿Sabe qué es lo más humillante? —Me reí, sin ganas—. Que me lo creí. Me pasé todas estas semanas imaginándolo con veinte años y una pulserita dorada, con el pelo largo, en una playa, cantando algo con una guitarra.

—Yo no he tenido el pelo largo en mi vida.

—En mi cabeza sí. Y tocaba horrible, eh.

Se le movió algo en la boca, no llegó a sonrisa, y en cuanto bajó la vista a la foto se le fue del todo.

—Erin Brennan —soltó, como quien se arranca una muela—. Hace tres años que no digo su nombre en voz alta.

Ahí se acabó la parte fácil.

—¿Cuánto tiempo estuvieron? —solté, sin siquiera confirmar que hubieran estado juntos o no.

—Bastante —murmuró y de inmediato sentí el impacto de mi corazón viajar hasta la punta de mis dedos.

—¿Bastante? ¿Eso cuánto es?

—Siete años. —Chasqueó la lengua—. Joder, Donovan, ¿va a llevar las cuentas?

Se me hizo un nudo en la garganta. ¿Cuánto se puede tirar de una astilla antes de que se parta por dentro? ¿Le tenía que sacar la información con pinzas?

—Llevo las cuentas de todo, es mi trabajo. ¿Siete? ¿Y por qué no lo sabía nadie? Lucy lo sabe todo, Bianca lo sabe todo, ¿siete años y ni un rumor de nada?

—Hubo un rumor. —Me miró de reojo—. Ya sabe cuál.

Me lo había contado hacía una semana, en la cocina. El hotel, Siobhan… No me dijo que hubiera una novia.

—Ya llevábamos un tiempo cuando pasó lo del hotel —siguió—. Y después, si aparecía en una cena con una novia, en una foto, en una boda… empezaban las preguntas. Y las preguntas llevaban al hotel, y el hotel llevaba a Siobhan.

—Así que la escondió.

—Fue lo más práctico en ese momento.

—¿Lo más práctico? —Casi me atraganto con el agua—. ¿Cuánto tiempo la escondió, «prácticamente»?

—Cinco años.

—¿Dónde? ¿En su casa, a oscuras, con las persianas bajadas?

—En restaurantes de pueblo, a dos horas de aquí, donde no me conocía nadie. —Se frotó los ojos con dos dedos—. Ella es fotógrafa, vive de que la vean, de que vean lo que hace, y yo le pedí que no la viera nadie conmigo. Que era temporal, decía yo... Temporal.

—¿Y ella aguantó todo eso? Dios mío…

Tardó mucho en contestar y temí haber metido mucho el dedo en la llaga.

—Se acostó con otro. —Lo soltó sin cambiar la voz, mirando la foto—. Los encontré, en su piso, porque yo tenía llave. Él estaba de espaldas, ni siquiera le vi la cara, y ya está.

—Erik…

—Me di la vuelta y al salir cerré la puerta fuerte. A propósito, para que supiera que había estado ahí y no tener que decírselo yo. —Se encogió de hombros—. Se acabó ahí.

—¿Se acabó? —repliqué—. ¿Y no quiso saber quién era? ¿Ni para partirle la cara, por lo menos?

Se miró un momento la mano, abrió y cerró el puño, y luego me miró a los ojos.

—¿Para qué?

—No sé, ¿para sentirse mejor?

—Saber quién era no me iba a devolver nada, Annika.

—¿Y ahora? Si lo tuviera delante, ahora…

—Ahora menos. —Le dio la vuelta a la taza vacía sobre la mesa, despacio—. Una vez fui a por alguien, por otra persona. Mi hermana tardó seis meses en dirigirme la palabra, y me sobró con esa vez.

Seis meses… La última vez, frente al portón de Ingrid, no me había querido decir qué había hecho para que su hermana no le hablara. Ahora sí. Fue a por alguien.

¿A por quién? ¿Qué le hizo? No se lo pregunté. No con la foto de otra entre los dos, que bastante tenía la noche.

—¿Y ella? —insistí.

—Salió a buscarme esa vez, pero yo ya estaba en el auto y arranqué. —Tocó la foto por fin, con la punta de un dedo, en la esquina—. Una semana después me dio esto, en la gala de la naviera. Me la metió en el bolsillo del esmoquin cuando le di la mano para saludarla, delante de todo el mundo, como a una invitada más. No la miré hasta llegar a casa.

—«Perdóname» —cité lo que había detrás.

—Sí.

—¿Y usted la perdonó?

Se puso a mirar la ventana. Una ventana, en la cocina, a las tantas de la noche.

—¿La hizo usted? —le pregunté, mucho más bajo—. La foto.

—Fue la única vez que me dejó la cámara.

Tonta, tontísima, sin ningún derecho…

Apreté el vaso hasta que me dolieron los dedos. ¿Celos? ¿De una foto? ¿De una pulsera, de un muelle, de una mujer que se acostó con otro y sigue en el bolsillo de su esmoquin tres años después?

Cinco años en restaurantes de pueblo, Anni. Por una mentira que ni siquiera era de él. Y yo aquí, con el vaso, como si me debiera algo.

¡Ubícate!

—¿Está muerta? —pregunté.