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CAPÍTULO 5 — NO QUIERO VOLVER A VER ESA FOTO EN MI COCINA

El Ceo Gay... Es El Padre De Mi Hijo 2: ¡La Boda! 18+ — booknet.com · All chapters

CAPÍTULO 5 — NO QUIERO VOLVER A VER ESA FOTO EN MI COCINA

(PUNTO DE VISTA ANNIKA)

Me miró como si le hubiera hablado en ruso.

—¿Qué?

—Erin. ¿Está…? Es que lo tiene todo en una caja, y no dice su nombre hace tres años, y lo guarda con llave… Pensé…

—Está en Londres.

—Ah.

—Haciendo fotos de bodas, creo. No sé nada sobre su vida.

—Ah… —Me eché hacia atrás en la silla—. Pues vaya.

—¿Pues vaya? —repitió, con el ceño fruncido.

—Es que ya le tenía preparada la cara de pésame.

Por fin se le escapó una. Le salió el aire por la nariz, una risa corta, que se tapó con la mano. Duró un segundo, y se parecía a la de la foto.

Se levantó.

—Vamos.

—¿Adónde?

No me contestó. Salió de la cocina, cruzó el salón, subió la escalera, y yo detrás, en calcetines, con el corazón torturándome el pecho y escuchándolo en los oídos.

Se detuvo delante del estudio y sacó la llave. La última vez que abrí una puerta en esa casa acabé contra un estante.

—Pase.

El estudio olía a él. Papel, y por debajo el cítrico de siempre.

Había un sofá de cuero donde alguien había dormido alguna vez con los zapatos puestos, a juzgar por las marcas del brazo, y una ventana enorme a la bahía con las luces del puerto al fondo.

Él se agachó delante del escritorio, junto al cajón de abajo, y sacó otra llave, más pequeña, del mismo llavero. La giró dos veces.

Sacó la caja. La misma, la forrada de tela, la que perfectamente podría haberme arrancado de las manos la primera noche, como había hecho con la foto.

La dejó encima del escritorio y la abrió él.

Esta vez arrugué la nariz sin querer. Ahí estaba el perfume, dulce, femenino, que ahora ya sabía de quién era.

Tomé la pulsera fina y dorada, la acerqué a la luz de la lámpara y ahí estaba, Erin, con la N perfectamente visible, sin un rastro de borrado.

—Se le borró la última letra —murmuré y lo hizo soltar un resoplido, casi una risa.

—Cállese.

Vi el diario pequeño. La otra noche lo abrí yo, y de dentro se salió la foto: él, riéndose, los ojos cerrados, la cabeza hacia atrás, y el brazo de ella borroso en el cuello.

La esquina seguía doblada, de cuando me la arrancó. Debajo del diario, en el fondo, había algo que esa noche no llegué a ver: una bolsita de terciopelo azul oscuro, cerrada con un cordón.

La sacó, la desató y se la volcó en la palma.

Un anillo... Oro blanco, fino, con una piedra pequeña.

Aparté la vista. No me salía ni una grosería, y eso en mí ya es para llamar a urgencias.

—Lo compré cuando tenía veintinueve —murmuró él, mirándolo—. Lo llevé en el bolsillo de la chaqueta casi un año.

—¿Qué? ¿Y por qué no se lo dio?

Cerró la mano.

—Porque dárselo era sentarla en la mesa de mi padre y decir «esta es mi novia». No lo hice.

Se me quedó la respiración a medio camino.

¿Un año entero con eso en el bolsillo? ¿Tocándolo en las reuniones, en el auto, como yo tocaba su foto en el autobús… esperando un día que no llegó nunca?

¿Y entonces qué pasaba conmigo? A mí me sentó en la mesa de su hermana, me dejaba mordiscos donde los viera todo el mundo, y lo mío era de mentira.

—A ella la escondió cinco años —solté pero me salió muy bajito—. Y a mí me enseña en todas partes, cuando lo mío es solo por un contrato.

Me miró un segundo largo, con el anillo en el puño cerrado y los ojos grises clavados en los míos.

—¿Lo es? —preguntó.

Abrí la boca… y no salió nada, y él tampoco esperó: abrió la mano, metió el anillo en la bolsita, tiró del cordón y la dejó en el fondo de la caja, debajo del diario, donde estaba.

Luego me quitó la pulsera de los dedos sin tirar y la puso al lado del perfume. Y entonces, sin avisar, estiró la mano hacia mí y me puso el pulgar encima del mordisco.

Justo encima. Y apretó.

—¡Ay! ¡Eso duele!

—Debería.

—¡Que no es un botón, Erik!

—Cláusula nueve —murmuró, sin soltarme, con esa ceja levantada—. Exclusividad pública. Estaba comprobando que sigue ahí.

—¿Y si no llega a estar qué? ¿Me lo repite?

—Carajo, Donovan, cállese ya.

Me soltó, pero le vi el pulgar tardar un segundo de más en irse, y a mí me ardió la clavícula entera, y la cara, y otras cosas que no vienen al caso.

Extendió la mano con la palma hacia arriba.

—La foto.

La tenía en el bolsillo de la chaqueta de punto, sin acordarme de haberla recogido de la mesa de la cocina.

Se la di. La miró un segundo, a la rubia del muelle cuarenta y cuatro, y la metió en la caja encima de todo, con el «Perdóname» mirando hacia arriba.

Cerró la tapa con las dos manos, muy despacio, metió la caja en el cajón y giró la llave dos veces. Se guardó el llavero en el bolsillo del pantalón y se quedó con la mano ahí, encima, un momento largo.

Yo miraba esa mano… ¿qué hacía yo con eso? ¿Me alegraba de que me hubiera dejado entrar, o me dolía que se hubiera quedado con la llave?

Me pasaban las dos cosas a la vez, y ninguna era asunto mío.

—Ya lo sabe —masculló, sin mirarme—. No quiero volver a ver esa foto en mi cocina.

Salió del estudio. Yo me quedé un segundo más en el cuarto prohibido, mirando el cajón, con el pulso en la clavícula.

Esa noche no me puso la mano en la nuca. Me abrazó por detrás, en su cama, con la cara metida en mi pelo y el brazo por encima de mi barriga, muy apretado, como si alguien se la fuera a llevar.

Le puse mi mano encima de la suya, y por un momento, me dejé creer que éramos tres.

Solo un momento… una no se puede dar esos lujos dos noches seguidas.

No dijo nada, yo tampoco, y me dormí escuchando su respiración y la mía, y en algún rincón del sueño el giro de una llave.

A las cuatro menos veinte sonó mi teléfono.

Un número sin guardar, un fijo largo con el prefijo de Dublín. Contesté al tercer tono, con la voz pegada.

—¿Sí?

—¿Annika Donovan?

—Soy yo.

—Le llamo del hospital Beaumont. —Era una mujer, una voz muy tranquila—. Su madre, Maeve Donovan, ha ingresado por urgencias hace una hora. Su hermano está con ella y nos ha pedido que la avisáramos.

Me senté en la cama.

A mi lado, en la oscuridad, Erik ya estaba encendiendo la luz.