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CAPÍTULO 6 — DINERO SUCIO

El Ceo Gay... Es El Padre De Mi Hijo 2: ¡La Boda! 18+ — booknet.com · All chapters

CAPÍTULO 6 — DINERO SUCIO

(PUNTO DE VISTA: ERIK)

La máquina no aceptaba tarjetas. Lo decía un papel pegado con cinta encima de la ranura, escrito a mano con marcador: NO TARJETAS. SOLO MONEDAS. NO GOLPEAR.

Y debajo, con otra letra, alguien había añadido: suerte.

Llevaba tres minutos plantado delante de ella, a las cinco menos diez de la mañana, en el pasillo de urgencias de un hospital público, con un billete de cincuenta euros en una mano y la tarjeta en la otra, mirando unas galletas saladas detrás de un cristal.

¿Cuatro tarjetas en la cartera, una de ellas sin límite, y ni una maldita moneda? ¡Ni una! ¿En qué momento de mi vida dejé de llevar cambio, como hace cualquier persona?

—Dale ahí.

Me giré. Un señor de unos ochenta años, en bata de cuadros y zapatillas, con un gotero colgado de un palo con ruedas que arrastraba detrás como a un perro, me señalaba la máquina con la barbilla.

—¿Perdone?

—Ahí, a la izquierda, donde dice «no golpear». —Se rascó la barbilla—. Un golpe seco, con la mano abierta. Como si le dieras un manotazo en la nuca a un nieto.

—No tengo nietos.

—Pues como si se lo dieras a alguien que te cae mal.

Eso sí lo tenía… y últimamente de sobra.

Le di con la mano abierta y con ganas, porque llevaba semanas necesitando pegarle a algo, y la máquina tembló toda, soltó un ruido de hierros por dentro y dejó caer dos paquetes de galletas saladas, un chocolate que nadie había pedido y, después de pensárselo, una moneda de veinte céntimos.

El señor asintió, satisfecho, y se fue arrastrando el gotero sin despedirse.

Recogí las galletas. La moneda también, me la había ganado.

Maeve Donovan estaba en una camilla contra la pared, en el pasillo. Al lado, un chico vomitaba en una bolsa y una mujer llamaba a un tal Declan cada treinta segundos.

Maeve dormía, con la cánula en la nariz y los tobillos tan hinchados que se notaba debajo de la sábana.

Annika estaba en una silla de plástico, con la mano de su madre entre las suyas, y el abrigo camel, abrochado torcido. En el ascensor se lo había abrochado temblando.

Se lo fui a arreglar y me apartó de un manotazo.

Le puse las galletas en las rodillas.

—No tengo hambre.

—Es por el bebé —insistí.

—No, el bebé tampoco tiene hambre.

—Llevan una hora despiertos. Come algo.

Abrió el paquete sin mirarme, se comió una galleta entera de un bocado y luego otra, y con la tercera ya en la mano se le escapó un sollozo por la nariz que se tapó furiosa, con migas en los dedos.

—Ese abrigo está mal abrochado.

—Si vuelve a mencionar mi abrigo, Erik, le meto esta galleta por donde no le da el sol —masculló con la boca llena.

No la toqué. Me quedé de pie, con las manos en los bolsillos.

Al otro lado de la camilla, con los brazos cruzados, me miraba su hermano.

No nos habían presentado ni hacía falta, porque Nils lo tenía en el dossier: Cillian Donovan, técnico de seguridad, treinta años, foto de espaldas, subiéndose a una moto.

La moto la había visto en la puerta, mal estacionada. El casco, en la mano, con un pájaro negro sobre negro.

Más ancho que yo. Casi igual de alto.

Ceja partida, con una cicatriz nueva. ¿Tres semanasz quizas? Cuatro como mucho.

El video. Un motorista, de noche, encima de un hombre en el suelo, justo el viernes de la cena. ¿Y a quién llama una mujer descalza en un muelle, con el teléfono muriéndose? A su hermano.

Se me apretó la mandíbula tan fuerte que casi me crujió una muela… ¡Carajo!

Le miré las manos, los nudillos. Esas manos habían estado encima de Lars y una de ellas, según mi cuenta, le había partido la nariz a mi hermana, ¿o no?

Él me vio mirárselas y no las escondió.

—Järnberg —soltó.

—Donovan.

Extendí la mano por encima de su madre dormida. La miró, no la agarró, y volvió a cruzarse de brazos.

Bajé la mía, me la metí en el bolsillo del pantalón y cerré el puño con la moneda de veinte céntimos clavándoseme en la palma.

Maldito motorista.

«Déjalo, Erik. Por favor. No quiero que esto crezca más», me había dicho Ingrid, con la nariz todavía hinchada, llorando.

Y a mi lado Annika, comiéndose la cuarta galleta con la mano de su madre en el regazo.

En casa de mi padre le había dicho a Ingrid que Nils lo encontraba en una semana. Ella me pidió que lo dejara.

Y ahora lo tenía yo delante, al otro lado de la camilla.

Era el hermano de Annika.

A las siete y media vino la nefróloga, doctora Nolan, pequeña, con el pelo gris cortado a cuchilla. Las zapatillas fosforescentes le asomaban debajo de la bata. Hablaba deprisa.

—El potasio está por las nubes. Y lleva líquido hasta en las orejas. —Miró a Maeve, que se había despertado y la escuchaba con los ojos entornados—. Se lo dije en agosto, Maeve. Y en septiembre.

—En septiembre me encontraba bien.

—Me mintió el mes pasado, que yo recuerde.

Maeve sonrió, parecida a la sonrisa de su hija cuando la atrapan.

—Hoy le ponemos un catéter —siguió la doctora, ahora mirando a Annika—, y esta tarde empieza con la diálisis. Tres sesiones por semana, de aquí en adelante, cuatro horas cada una. No es negociable.

Annika asintió, muy deprisa, demasiadas veces.

—¿Y después? ¿Para siempre?

—Hasta el trasplante.

—¿Y eso cuánto…? —comenzó Annika, pero no alcanzó a terminar. La doctora soltó un suspiro.

—Con donante fallecido, en este país, calcule cuatro años de espera en una lista. —La doctora pasó una hoja de la carpeta—. Con donante vivo, depende de las pruebas. Y su hermano ya va por las segundas.

Annika giró la cabeza hacia el otro lado de la camilla, y Cillian se puso a mirar el fluorescente con un interés enorme.

—¿Qué pruebas? —murmuró ella.

—Las de compatibilidad —aclaró la doctora, sin darse cuenta de nada—. Las primeras salieron bien, estamos con las del corazón y las de imagen. Esto en el hospital público va lento, se lo aviso: puede llevar meses. —Cerró la carpeta—. Luego vuelvo.

Se fue con sus zapatillas fosforescentes, y Annika se quedó mirando a su hermano.

—Me las comencé a hacer en agosto —contestó—. Las primeras salieron bien.

Annika se quedó con la mano de su madre en el regazo.

—¿Agosto? ¿Y yo me entero hoy, en un pasillo, por una señora con zapatillas de colores?

—Tenías bastante.

—¡Bastante! —Se le subió la voz—. ¡Le vas a dar un riñón a mamá, Cillian! ¡Un riñón!

—Baja la voz.

—¡No me da la gana bajar la voz! ¿Crees que esto es un juego?

—Anni —susurró Maeve—. Hay gente durmiendo.

Annika se sentó. Yo me aparté tres pasos y llamé a Nils.

Nils llegó a las once con una carpeta azul con el logo de la naviera, y dentro, ya firmado todo, lo que cualquier otro habría llamado un regalo y yo llamaba una solución: una habitación individual en el ala privada, con el ingreso a mi nombre como garante, y una agencia de cuidadoras a domicilio para cuando saliera.

Cuatro días por semana, contrato de seis meses renovable; la transferencia para cubrirlo ya estaba ordenada.

Solo faltaba que alguien dijera que sí.

Esperé a que Maeve volviera a dormirse y le di la carpeta a Annika. Leyó la primera hoja, leyó la segunda, y la cara se le fue poniendo de un color que no supe interpretar.

—¿Qué es esto?

—Una habitación. —Señalé el pasillo con la barbilla—. Con puerta, así tiene privacidad y no oímos lo de Declan.

—Erik…

—Y una cuidadora para cuando salga. Los días que su hermano trabaja.

No llegó a contestar. Una mano enorme le quitó la carpeta de las rodillas.

Cillian leyó la primera hoja de pie, moviendo los labios sobre el importe. Después me miró a mí, y rompió la hoja por la mitad, y las mitades por la mitad, y otra vez, hasta que le quedaron en la mano ocho trozos de papel con mi firma, que dejó caer al suelo del pasillo, entre la camilla de su madre y mis zapatos.

—¿Dinero Järnberg? De ninguna manera —soltó, sin levantar la voz.