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CAPÍTULO 7 — ¿CREÍA QUE EL HIJO ERA MÍO?

El Ceo Gay... Es El Padre De Mi Hijo 2: ¡La Boda! 18+ — booknet.com · All chapters

CAPÍTULO 7 — ¿CREÍA QUE EL HIJO ERA MÍO?

(PUNTO DE VISTA: ERIK)

—¡Es solo una habitación! —replicó Annika.

—Pagada con el dinero de este —masculló Cillian—. Esta familia no aceptará tu caridad.

—Ya está pagada —solté.

—¿Sí? Pues de este pasillo mi madre sale con sus piernas. —Dio un paso y la camilla quedó en medio, entre los dos—. No con las tuyas.

—Cillian… —intentó Annika.

—Tú no te metas.

—¿Que no me meta? ¡Es mi madre también, carajo!

—¿Acaso no fui claro contigo? —No me quitaba los ojos de encima—. ¿Sabes qué pasa cuando un tipo como este te paga una habitación, Anni? Que luego tiene la llave.

—No sea ridículo —corté.

—¿Ridículo? —Se rió, sin ganas—. Te lo digo yo, que llevo toda la vida entrando en casas como la tuya. La gente como tú no regala nada. Presta.

—Nadie le está prestando nada a nadie. Es una transferencia, está firmada y, con perdón, no le estoy pidiendo permiso a usted. —Me volví hacia ella—. Annika. Dígale a su hermano…

—No.

Me paré en seco. Annika se había levantado, con cuidado de no soltar del todo la mano de su madre dormida.

—No le voy a decir nada —siguió—. Porque tiene razón, Erik, de verdad.

—¿Prefieren ver morir a su madre en un pasillo antes que aceptar mi dinero? ¡Es lo más ilógico que he tenido que escuchar en mi vida!

—Es que usted no lo entiende, porque nació en cuna de oro. En mi casa el dinero de otros es una correa. —Se le quebró la voz, y no la dejó quebrarse del todo—. Te lo dan… te dicen que es un regalo, y un día, cuando menos te lo esperas, tiran de ella. Mi madre lleva muchos años mirando por la mirilla antes de abrir la puerta. ¿Sabe por qué? Yo tampoco, con certeza. Pero sé que empezó el día que enterramos a mi padre.

Maeve se movió en la camilla, sin abrir los ojos.

—¿Cree que le estoy poniendo una correa? —resoplé, hastiado.

—¿Y lo que le debo, qué? —bufó—. Doce mil quinientos, que firmé sin leer bien. ¿Eso qué es?

¿Y qué le iba a contestar yo? ¿Que el único papel que borraba esa deuda lo había firmado ella misma sin leerlo, y que hace unos días yo mandé destruirlo?

Para que no se fuera…

La quería en mi casa, así que me callé.

Recogí los ocho trozos del suelo, agachándome uno por uno, sin prisa, delante de sus zapatos. Los metí en la carpeta azul y la cerré.

Se quedó quieta, mirándome desde arriba.

—Entonces, las pruebas —propuse.

—¿Qué pruebas?

—Las de su hermano. —Me incorporé—. La doctora ha dicho que en el público son meses. En el privado, semanas: la evaluación completa, en una clínica, con los mismos médicos del Beaumont. —Miré a Cillian—. Eso no es para usted. Es para ella. Cuanto antes sepan si ese riñón sirve, antes deja su madre de venir aquí tres veces por semana.

Cillian no contestó. Annika lo miró a él, y él miró a su madre, dormida.

—No, señor. Ya resolveremos nosotros. Siempre lo hacemos —dijo Annika. Por los dos.

Su hermano agarró el casco de la silla, se dio la vuelta y se fue por el pasillo sin decir nada.

Annika volvió a sentarse y a mí no me miró… ni una vez.

Miraba el gotero con la cara dura, la misma que me pone en las reuniones cuando un número está bien y yo le digo que está mal.

¿Y ahora qué, Järnberg?

Tenía la solución firmada, pagada, ¡y no me servía para una mierda!

¿Para qué quiere uno tanto dinero, si no le alcanza ni para un sí?

A ella no la podía obligar… ya lo había hecho una vez, con un contrato y una deuda, y mira dónde estábamos.

¿Y a él?

Me miré la mano. Tenía la carpeta tan apretada que el cartón se había doblado por la esquina.

A Maeve le hicieron la primera diálisis por la tarde, y a las ocho de la noche le dieron una cama en una sala de seis, con cortinas de flores descoloridas entre cama y cama.

Sin Declan…

Se despertó a las ocho y media.

Yo estaba en la puerta. Annika, sentada en el borde de la cama, se quitó por fin el abrigo, y lo dejó en la silla. Debajo llevaba el suéter gris de punto, el fino, el que le queda justo y me tiene las manos pidiendo…

Mierda… su madre, Erik, a dos metros de ti.

Maeve la miró desde la cabeza, y al llegar a la barriga se le quedaron los ojos ahí. Annika se dio cuenta y no se tapó.

—Muerta no te veo. Y presa, tampoco… —murmuró Maeve—. ¿Entonces cuál de las tres era, hija?

No entendí la pregunta. Annika sí: se le llenaron los ojos, y se le escapó una risa mojada, por la nariz.

—La tercera, mamá.

—Ya me parecía a mí…

—Te lo iba a contar el domingo —contestó.

—¿Qué domingo? Me quedé esperando.

Maeve le puso la mano encima de la barriga, con los dedos hinchados, y la dejó ahí mucho rato sin decir nada.

Luego levantó la vista y me miró a mí, desde la cama, con la mano todavía en la barriga de su hija y los mismos ojos oscuros.

Yo, en la puerta, con la corbata en el bolsillo, la camisa arrugada y desde las cuatro de la mañana en ese hospital, mirando a su hija sin que me diera tiempo de arreglarme la cara.

¿Creía que el hijo era mío? Dios, no lo era, ¿y qué iba a corregirle?

La dejé creerlo, un problema menos que gestionar esa noche.

—Mamá —dijo Annika, limpiándose la cara con la manga—. Te presento a mi jefe. Erik Järnberg.

La mano de Maeve se cerró sobre la sábana. Un segundo, los nudillos blancos, hinchados… y se abrió otra vez.

¿El catéter? Seguro que molestaba el primer día… y eso quise creer.

¿Una viuda que mira por la mirilla desde un entierro, y que cierra el puño al oír mi apellido?

Llevaba ocho noches bajando al sótano de la naviera mientras Annika dormía, abriendo cajas de la huelga que olían a ratón… No me gustó nada adónde me llevaba esa cuenta.

—Encantada, señor Järnberg.

—Igualmente.

Siguió mirándome sin parpadear.

Cillian volvió al rato con el casco en la mano y una bolsa de papel con un sándwich que le dejó a su hermana en la mesita sin mirarla.

Se quedó al lado de la cama, le arregló la almohada a su madre, le colocó bien la cánula del oxígeno con esas manos enormes, con un cuidado que no le pegaba.

De las pruebas, ni una palabra… ni a ella ni a mí.

Al irse, al pasar por mi lado, en la puerta, se paró. Hombro con hombro, mirando los dos al pasillo. Me habló muy bajo, tan bajo que Annika, a cuatro metros, no pudo oírlo.

—Sé lo del piso. Y sé por qué lo pagaste. —Se puso el casco debajo del brazo—. Para que no le haga falta nadie más que tú.