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CAPÍTULO 8 — SI VUELVE A TOCAR LO MÍO...

El Ceo Gay... Es El Padre De Mi Hijo 2: ¡La Boda! 18+ — booknet.com · All chapters

CAPÍTULO 8 — SI VUELVE A TOCAR LO MÍO...

(PUNTO DE VISTA ERIK)

Lo dejé irse sin contestarle, por el pasillo, hasta la puerta de la escalera.

Ese hombre había estado encima de Lars en un cruce, de noche, con ese mismo casco puesto, y una de esas manos le había roto la nariz a mi hermana.

Lo decía el vídeo, lo decía su ceja, lo decía la cuenta que llevaba haciendo desde las cinco de la mañana.

«Me metí en medio para defenderlo, y el motorista me rompió la nariz», había dicho mi hermana, tocándose el puente morado… ¡Carajo! ¿A una mujer?

¿Y ese era el que me venía a dar lecciones de por qué pago lo que pago?

Quise romperle la cara al hermano de Annika.

A Lars ya le había aplastado la mano contra la mesa de un bar. Quise mandarlo a Gotemburgo, ¿y qué pasó? Que mi padre le dio mi silla.

Mi padre, que lleva desde agosto con lo poco que le dejan salir los médicos y que a Lars lo ha creído siempre antes que a mí…

¿Qué más le iba a hacer, romperle la otra mano y que mi hermana se casara de todas formas?

Lo que Lars le hizo a Ingrid fue engañarla. Con la mujer que tenía yo a cuatro metros, desenvolviendo el sándwich de su hermano…

La moneda se me clavó en la palma hasta el hueso.

Pero los cuernos se lloran, Erik. Una nariz rota, no.

«Déjalo, Erik. Por favor. ¿Te acuerdas de lo que me prometiste?»

Me acordaba.

¿Qué le había jurado yo a mi hermana hacía cinco años, el día que por fin me abrió la puerta? Que no volvería a decidir nada por ella. Y no iba a decidir nada por ella: iba a cobrarle lo suyo, que no es lo mismo… o eso me dije.

Mierda, esa noche me dije muchas cosas.

—Bajo a por otro café —le avisé a Annika.

Asintió sin mirarme.

Tomé el ascensor.

Cuando Cillian empujó la puerta del estacionamiento, cuatro pisos más abajo, con un cigarro sin encender en la boca, yo ya estaba apoyado en su moto.

—Quítate de mi moto.

—Bonito casco —solté sin moverme—. Negro, como el del vídeo. Ese que grabaron desde un balcón.

Se le quedó el cigarro quieto en la boca… un segundo, nada más.

—No sé de qué me hablas.

—De un cruce camino del puerto, un viernes, a las doce menos cuarto. De un hombre en el suelo. —Me separé de la moto—. Y de una mujer rubia con la nariz rota, que es mi hermana.

—Yo a esa mujer no…

No le dejé terminar. Ya sabía cómo terminaba esa frase: con un «se cayó», igualito al de Lars en el bar.

Le di en el estómago con todo el brazo.

Se dobló encima del tanque, con el aire saliéndole por la boca, y cuando se enderezó le di otra vez, en el mismo sitio. En la cara no. Annika se la iba a ver por la mañana.

No levantó las manos y me detuve de golpe. ¿Un hombre más ancho que yo, apoyado en su moto con la cara roja y los ojos clavados en los míos… y las manos abajo, pegadas a los costados?

¡Ni un puño!

Escupió al suelo, al lado de mis zapatos.

—¿Ya?

—Eso era por mi hermana —gruñí—. Si vuelve a tocar lo mío...

—¿Y por qué no te la devuelvo, Järnberg? ¿Eso no lo preguntas? —Me interrumpió, y se limpió la boca con el dorso de la mano—. Porque si te parto la cara, me detienen. Y si me detienen, mi madre se queda sin riñón.

¿Una excusa? ¿O lo que pensaba de verdad? Me dio igual. Me acababa de decir dónde apretar, y apreté.

—Entonces hagamos cuentas —Me sacudí la manga del traje sin ninguna prisa, para que tuviera tiempo de odiarme a gusto—. La cuidadora, cuatro días por semana, desde que le den el alta. Y la primera consulta en la clínica privada, en dos semanas, no en tres meses. Lo pago yo.

—Ni muerto.

—Muerto no le sirve a su madre. Y preso, tampoco. —Me guardé las manos en los bolsillos, para que no se me viera lo que les pasaba—. En ese cruce hay registro de matrículas, y mi chofer tiene una foto suya subiéndose a esta moto. Si dice que no, mañana desayuno con un inspector de la Garda. Usted elige.

Él me miró como algo que se te ha pegado al zapato.

—Mi hermana te dijo que no.

—Mañana va a subir y le va a decir lo que quiera. —Me acerqué un paso—. Sobre el dinero… dígale que se lo prestaron, que le tocó la lotería, que asaltó un banco, me da igual lo que le invente. Pero de este estacionamiento, ni una palabra. Y de que el dinero es mío, tampoco.

—¿Y eso? ¿Te da vergüenza?

—A mí no. A usted sí, y mucho. Quédese con su maldito orgullo, Donovan… es lo único que le dejo.

—¿También me obligarás a meterla en la habitación que pagaste?

—La habitación, no. Una puerta con mi nombre en el ingreso no se explica con una lotería. —Me encogí de hombros—. Que se quede en la sala de seis.

Le dolió reírse, y se rió igual, con una mano en el estómago.

—Eres peor que ellos, ¿sabes? Ellos, por lo menos, prestan.

—¿Quiénes son ellos?

No me contestó. Se puso el casco, se subió a la moto con un quejido y salió por la rampa.

¿Ellos? ¿Quiénes, carajo?

Subí los cuatro pisos a pie, por la escalera, para que se me pasara lo de las manos antes de verla.

No se me pasó.

Cuando entré en la sala, Annika levantó la vista de su madre dormida y me las miró. Las dos vacías.

No me preguntó por el café…

Cillian volvió al mediodía, con una mano en el estómago y una bolsa de papel con el almuerzo que dejó en la mesita sin mirar a nadie. Le colocó bien la manta a su madre, que ya estaba despierta, y lo soltó de espaldas, sin girarse.

—Mi madre desde hoy tendrá cuidadora, y las pruebas se harán en el privado. Sin su dinero —masculló.

Annika se quedó con un pan a medio camino de la boca.

—¿Qué? ¿Y con qué dinero, Cillian?

—Me prestaron.

—¿Quién?

—Gente que presta, Anni. ¿Te lo dibujo?

—Sí, por favor. Con nombres.

La mano de Maeve se cerró sobre la manta. Esta vez no pensé en el catéter.

—Me voy a trabajar. —Le dio un beso en la frente a su madre—. Hasta la noche, mamá.

Ni una palabra del estacionamiento, ni una de mí. Cumplía, el muy cabrón… y me odiaba con cada letra que no decía.

Annika dejó el pan en la mesita. Se giró hacia mí muy lentamente, con los ojos entornados, igualitos a los de su madre.

—¿Qué le dijo usted a mi hermano?

—¿Yo? Ni una palabra. Bajé a por un café.

—Ya. —Se levantó y agarró el abrigo de la silla—. ¿Y el café, Erik?