CAPÍTULO 9 — ¿USTED ES ERIKA?
(PUNTO DE VISTA: ANNIKA)
Se quedó en silencio. Me levanté, y seguí detrás a mi hermano.
Lo alcancé en la escalera de incendios del Beaumont.
—¿Fuiste tú?
Estábamos en el descanso entre el tercer y el cuarto piso, debajo de un cartel que decía PROHIBIDO FUMAR y encima de una colilla que decía lo contrario.
Cillian tenía un cigarro sin encender entre los dedos y le daba vueltas. Lo había dejado en agosto, supuestamente.
—¿El qué?
—Lo del cruce... El video ese. —Tragué—. Donde estaba Lars.
Siguió dándole vueltas al cigarro, sin mirarme.
—A él sí —murmuró al fin—. A ella no la toqué.
Tragué otra vez.
Lo dijo mirándome a los ojos, que es la misma que cuando miente pero sin mirar por encima de mi hombro. No mentía.
—Cillian…
—No se lo digas a nadie, ni a mamá ni a tu jefe. —Me agarró el brazo, suave—. A nadie, Anni. Si se sabe que fui yo, me detienen y no le podré dar el riñón a mamá.
—¿Por qué ibas por ahí?
Me soltó el brazo.
—¿No me llamaste llorando desde un muelle? No iba a quedarme de brazos cruzados.
Me senté en el escalón solo porque se me doblaron las rodillas.
Yo lo llamé… Se subió a la moto y de camino a buscarme se cruzó con… con ellos.
Y si a ella no la tocó, entonces, ¿quién…?
En ese vídeo del cruce había tres personas: un motorista, una mujer con el bolso en la mano y un hombre que se levantó del suelo.
¡No, no! Anni, no termines esa pregunta…
Cillian se sentó a mi lado con una mano en el costado.
—¿Y a ti qué te pasa?
—La moto. Se me fue en la rampa del estacionamiento. —Se encogió de hombros, y me dio un golpecito con el hombro—. No me mires así.
¿El estacionamiento? ¿El mismo al que había bajado otro «a por un café» y del que había vuelto con las manos vacías?
¿Y cómo se lo preguntaba a Erik?
Oiga, ¿le pegó usted a mi hermano?«¿Y por qué iba a hacer eso, Annika?», me contestaría, con esa ceja. Con eso se acababa todo: Ingrid, la nariz, el cruce, el riñón de mi madre… todo saliendo por mi boca.
¿Y si ya lo sabía? ¿Desde cuándo?
No pregunté nada. Lo guardé junto a mis otras mentiras: lo de las semanas y la sala. En ese sitio que ya no cerraba.
Subí con un café que ni siquiera llegué a tomar.
Las noches eran lo peor, con gente roncando, las máquinas pitando a las tres de la mañana y Gráinne, la enfermera de noche, que me dejaba quedarme porque «a una embarazada no la echo yo, que me cae un rayo».
Erik dormía en una silla de plástico azul, en el pasillo, al lado de la puerta, con las piernas atravesadas hasta la mitad del pasillo, de modo que los camilleros tenían que saltárselas con los carros, y la chaqueta del traje de manta.
En su casa siempre se dormía después que yo y se despertaba antes, así que nunca lo había visto dormido de verdad.
¿Y quién le había dado permiso para verse tan joven con la boca abierta? ¡Qué abuso!
Le dije que se fuera a casa y me contestó «No» sin abrir los ojos; se lo dije también la noche siguiente, por si al «No» se le había pasado la fecha, y nada… mismo «No», misma cara.
La tercera noche me echó por encima su abrigo, ese, el largo, el negro, el del muelle, el que yo no le había devuelto y que alguien, Nils supongo, había sacado de mi armario sin preguntarme.
—¡Erik! ¡Se va a congelar!
—Cállese, Annika.
Olía a él, a limón y a madera, y un poco a mí, de tantas noches dormida encima. Me senté en el suelo del pasillo, a su lado, con la espalda contra la pared y su abrigo hasta la barbilla.
—Ronca, ¿lo sabía? —susurré.
—Claro que no.
—Como un ferry, eh.
—¡Duérmase!
No abrió los ojos. Solo bajó la mano, a ciegas, y me la dejó en la nuca. Como en su cama.
Aquí no había público, ni Marta con su copa, ni su padre, ni Bianca con el teléfono… nadie a quien convencer de nada.
Mientras, lo otro seguía atascado en la garganta, el «mañana seguro» que ya llevaba días sin llevar a cabo.
¿Cómo se le dice a un hombre que duerme en una silla de plástico por tu madre «por cierto, le mentí»?
La cuarta noche, a las tres, Gráinne apareció con un aparatito blanco que había pedido prestado en maternidad, «porque a mí no me cuesta nada y a ti se te quita esa cara», y me lo apoyó en la barriga allí mismo, en el suelo, con un chorro de gel helado.
Se oyó el galope, rapidísimo, igualito al de la ecografía… y en ese pasillo, a esas horas, sonaba todavía más fuerte.
Erik abrió los ojos y se quedó mirando el aparato, asombradísimo.
—Ciento cuarenta y ocho —murmuró al final.
—¿Lo ha contado?
—Es una maña mía.
Gráinne se fue con su aparatito y él volvió a cerrar los ojos… pero la mano de mi nuca tardó un rato largo en aflojar.
Los días, en cambio, tenían a mi madre, que a las doce levantaba la tapa de la bandeja con asco.
—Esto fue una papa en otra vida, Anni, y alguien la mató sin cariñito.
¡Madre del amor hermoso! ¡Con los riñones parados y la lengua a ciento veinte!
Nils traía algo amarillo cada día, sin nota y con su cara de funeral: unos tulipanes, una manta de lana que mi madre se puso sobre las piernas y ya no se quitó, y el jueves unas zapatillas amarillas de su número exacto… ¿y quién le había dicho a Nils el número de mi madre?
—¿Y ese señor por qué trae siempre cosas amarillas? —me preguntó ella, ya con las zapatillas puestas.
—Es daltónico —mentí—. Solo ve el amarillo, rarísimo.
—Pobre hombre.
El rastreador seguía cosido en el forro del bolso, donde lo encontré el viernes buscando el cargador. Lo dejé ahí… si mi hermano necesitaba saber dónde estaba yo para poder dormir, que durmiera.
Lo de la máquina me lo contó Gráinne a las tres de la mañana, muerta de risa: la del pasillo de urgencias, la de NO TARJETAS. SOLO MONEDAS. NO GOLPEAR, ya no estaba.
En su sitio habían enchufado una nueva, con varias filas de galletas saladas, las mías, y hasta unas de plátanos.
—¿Fue usted? —le pregunté a Erik.
—¿Yo qué?
—La máquina.
—No sé de qué máquina me habla. —Se miró el reloj—. ¿Ya comió?
LUCY: el jefe no ha venido en toda la semana, bianca dice que te está cuidando en el hospital y pietro que se ha escapado a milán con caleb. ¿¿ESTÁ CONTIGO?? dime que sí para ganarle a pietro, hemos apostado diez euros
yo: sí
LUCY: SÍÍÍÍÍÍ dile al jefe que le debo diez euros
Mi madre lo interrogó ese mismo jueves, después de tres diálisis, con los tobillos deshinchados y el color de vuelta en la cara, y cuando mi madre se encuentra mejor se aburre, y cuando se aburre...
Erik había entrado a dejarme un descafeinado y ella le señaló la silla de las visitas con el dedo, como a un perro. Él se sentó.
—¿Casado?
—No.
—¿Hijos por ahí?
Me atraganté con el descafeinado. Erik ni pestañeó.
—Ninguno.
—¿Se dedica a algo más, aparte de ser el jefe de mi hija?
—Solo a la logística relacionada con la naviera de mi familia. —Se encogió de hombros.
Mi madre me miró a mí.
—¿Y tiene chofer?
—Nils.
—Ah… El daltónico.
Erik giró la cabeza hacia mí. Yo seguía con el café, ¡ay, qué café!
—Un hombre muy alto —siguió mi madre, pensativa—. Con chofer… que se dedica a la logística. Y que vive con mi hija en un piso muy ordenado. —Ensanchó la sonrisa que me pone cuando me atrapa en una mentira y lo está disfrutando—. ¿Entonces usted es… Erika?