Capitulo 10
Eliza¿Cómo demonios había terminado viviendo en la casa de mi jefe?
La respuesta era sencilla.
Porque había dicho que sí.
En aquel momento me pareció la decisión correcta. Ahora, instalada entre estas cuatro paredes, empezaba a comprender la magnitud de lo que realmente había aceptado.
La noche anterior me refugié en mi habitación apenas terminó el recorrido por la casa. Deshice las maletas con una precisión casi obsesiva, acomodando cada prenda y cada objeto en su lugar, como si poner orden en el dormitorio pudiera hacer lo mismo con mi cabeza.
No volví a salir.
No estaba preparada para cruzármelo otra vez.
Esta mañana me desperté temprano. Me duché, me puse un vestido sencillo y respiré hondo antes de bajar a la cocina.
El silencio de la casa era absoluto.
Todo estaba impecablemente ordenado, como si nadie viviera aquí. Cada detalle parecía recordarme que este lugar le pertenecía a él y que yo solo era una invitada temporal.
Sobre la isla de la cocina encontré una nota escrita con su inconfundible letra.
Eliza.Estaré fuera gran parte del día. Siéntete libre de usar la casa como si fuera tuya. La nevera está llena. Come lo que quieras.Volveré esta noche.Bastián.Leí el mensaje dos veces antes de dejarlo otra vez sobre la encimera. Era un gesto amable.
Demasiado amable.
Y, por alguna razón, eso me hacía sentir todavía más incómoda.
Abrí la nevera y me encontré con más comida de la que una persona podría consumir en semanas.
Negué para mis adentros.
No.
Esto no podía funcionar así. Una cosa era aceptar el trato, otra muy distinta era permitir que él se hiciera cargo de mí.
Tendría que hablar con Bastián.
Podíamos compartir los gastos de la compra o, sencillamente, yo compraría mis propias cosas.
Necesitaba seguir sintiendo que esta era una decisión profesional. Porque, si empezaba a olvidar dónde terminaba el contrato y dónde comenzaba la vida real...
Entonces sí tendría un problema.
Pero primero tenía que desayunar, mis principios podían esperar unos minutos más. Abrí la nevera y sonreí al encontrarla tan ordenada como imaginaba.
Saqué un par de huevos, fruta, jugo de naranja y me dispuse a preparar algo sencillo. Mientras la cafetera comenzaba a funcionar, busqué una taza y un plato entre los armarios.
Todo estaba impecablemente organizado.
Muy Bastián Müller.
Cada cosa ocupaba exactamente el lugar que debía ocupar. Negué para mis adentros, era imposible que un hombre viviera así por voluntad propia.
Con el café preparándose, batí los huevos y puse la sartén al fuego. El silencio volvió a envolver la cocina y, por primera vez desde que llegué, me di cuenta de lo enorme que se sentía esta casa cuando estaba vacía.
Necesitaba llenar ese silencio.
Saqué el teléfono del bolsillo y puse una de mis listas de reproducción favoritas. La música inundó la cocina casi de inmediato.
Sin darme cuenta, empecé a moverme al ritmo de la canción mientras revolvía los huevos y cortaba la fruta. Una pequeña sonrisa apareció en mis labios.
Esto sí era familiar.
Esto sí era yo.
Durante unos minutos dejé de pensar en contratos, en Venus, en la convivencia o en todo lo que podía salir mal. Solo estaba preparando el desayuno.
Cuando el café estuvo listo, llevé el plato hasta la mesa junto al ventanal.
La luz de la mañana entraba con suavidad, bañando la cocina con un calor agradable que contrastaba con la lluvia de la noche anterior.
Me senté, di el primer sorbo al café y suspiré. Quizá no sería tan imposible sobrevivir aquí.
Al menos... mientras Bastián Müller no estuviera en casa.
Cuando terminé de desayunar, la curiosidad pudo más que la prudencia. Si iba a vivir aquí durante los próximos meses, necesitaba conocer la casa un poco mejor.
Recorrí los pasillos con calma, observando cada rincón.
Todo estaba impecable.
Los muebles, la decoración, la ausencia de un solo objeto fuera de lugar... Era imposible no pensar que esta casa se parecía demasiado a Bastián.
Elegante.
Ordenada.
Controlada hasta el último detalle.
Me detuve frente a un cuadro abstracto de colores intensos que rompía con la sobriedad del resto del lugar.
Sonreí para mis adentros.
Aquello no terminaba de encajar con la imagen que tenía de él.
¿Lo habría elegido personalmente?
La pregunta dio paso a otra todavía más absurda.
¿Cómo sería su habitación?
Fruncí el ceño conmigo misma. No era asunto mío y tampoco tenía intención de averiguarlo.
Aparté esa idea de mi cabeza y seguí caminando hasta que una puerta entreabierta llamó mi atención.
La biblioteca.
Apenas crucé el umbral, me quedé inmóvil.
Era enorme.
Las estanterías cubrían las paredes de piso a techo, repletas de libros perfectamente ordenados. Había clásicos, novelas contemporáneas, biografías, historia, filosofía... incluso primeras ediciones que parecían auténticos tesoros.
La luz que entraba por los ventanales convertía el lugar en el rincón más cálido de toda la casa.
Avancé despacio entre las estanterías, dejando que las yemas de mis dedos rozaran los lomos de algunos libros.
Aquello sí me sorprendió.
Siempre había imaginado a Bastián viviendo entre contratos, balances y reuniones interminables.
Nunca rodeado de historias.
Una pequeña sonrisa apareció en mis labios. Quizá todavía no conocía tanto a ese hombre como creía.
Me dejé caer en uno de los sillones de cuero y respiré hondo. Por primera vez desde que había llegado, sentí que había encontrado un lugar donde podía relajarme.
Tenía el presentimiento de que acabaría pasando muchas horas aquí. Y, por alguna extraña razón, esa idea me hizo sentir un poco más en casa.
Al salir de la biblioteca continué explorando la casa. El siguiente espacio fue la piscina interior.
El agua permanecía completamente inmóvil, reflejando la luz del techo como un espejo. Todo estaba impecable, desde las tumbonas perfectamente alineadas hasta las toallas cuidadosamente dobladas.
Era difícil imaginar a Bastián relajándose aquí. Más bien parecía un lugar diseñado para ser admirado, no vivido.
El gimnasio no era muy distinto. Máquinas de última generación, pesas perfectamente ordenadas y ni un solo objeto fuera de sitio.
Sonreí para mis adentros.
Hasta un gimnasio podía parecer intimidante si pertenecía a Bastián Müller.
Seguí caminando hasta que unas puertas de cristal dieron paso al jardín. El aire fresco acarició mi rostro al instante. Respiré hondo. Este lugar transmitía una calma que no había encontrado dentro de la casa.
El césped perfectamente cuidado se extendía alrededor de una enorme piscina exterior, rodeada de árboles y rincones donde el sol se filtraba entre las ramas.
Avancé despacio, disfrutando del silencio.
Me detuve bajo uno de los árboles y giré para contemplar la casa. Desde aquí parecía todavía más imponente.
Moderna.
Elegante.
Y, al mismo tiempo, extrañamente solitaria.
Era una casa enorme para una sola persona y quizá por eso se sentía tan vacía. Cerré los ojos durante unos segundos y dejé que la brisa disipara parte de la tensión que había acumulado desde que acepté aquel acuerdo.
Por primera vez desde mi llegada, conseguí relajar los hombros. Tal vez no me acostumbraría nunca a vivir aquí, pero empezaba a descubrir pequeños rincones donde, por unos minutos, podía olvidar que esta era la casa de mi jefe y sentir que simplemente... estaba en paz.
El resto del día transcurrió con una calma casi desconcertante. No hubo llamadas, ni mensajes, ni una sola noticia de Bastián.
Por un instante llegué a pensar que, quizá, él estaba evitando cruzarse conmigo tanto como yo intentaba evitarlo a él. La distancia parecía haberse convertido en un acuerdo silencioso entre los dos, uno que ninguno necesitaba mencionar.
Después de cenar un sándwich improvisado, recogí la cocina y miré el reloj. Apenas eran las nueve, demasiado temprano para dormir, demasiado tarde para seguir dando vueltas por la casa.
Resoplé.
La tensión seguía instalada en mi cuerpo desde que había llegado, como si cada músculo permaneciera en estado de alerta.
Necesitaba desconectar.
Así que decidí regalarme un baño caliente.
Entré al cuarto de baño de mi habitación y, una vez más, me sorprendió el tamaño del lugar. Era casi tan grande como el salón de mi apartamento.
Las paredes de mármol claro, la iluminación cálida y la enorme bañera exenta convertían aquel espacio en algo más parecido a un spa que a un baño.
Abrí el grifo.
El sonido del agua llenó la habitación mientras el vapor comenzaba a elevarse lentamente.
Me desvestí con calma, dejando la ropa doblada sobre un banco. Entonces reparé en que la puerta había quedado entreabierta.
Sentí un pequeño escalofrío. Era absurdo, porque sabía que estaba sola. Tomé el teléfono, elegí una lista de reproducción tranquila y dejé que la música llenara el baño.
Solo entonces conseguí relajarme.
Cuando la bañera estuvo lista, me sumergí despacio, dejando escapar un suspiro al sentir el agua caliente envolver mi cuerpo.
Cerré los ojos.
Por primera vez desde que acepté aquel acuerdo, sentí que podía respirar con normalidad.
Me recosté contra el respaldo de la bañera y estiré los brazos sobre el borde. Hubiera sido perfecto tener sales de baño o espuma.
Sonreí para mis adentros.
Dudaba mucho que Bastián Müller fuera el tipo de hombre que pasara una tarde relajándose entre burbujas aromáticas.
La sola imagen resultaba casi cómica.
Poco a poco, el calor comenzó a aflojar la tensión acumulada en mi espalda, en mis hombros, incluso en mi mandíbula, que llevaba horas apretada sin darme cuenta.
El tiempo perdió importancia.
No sabía si habían pasado diez minutos o media hora.
Solo existían el agua caliente, la música y el sonido lejano de la lluvia golpeando los ventanales de la casa.
Hasta que algo cambió.
Fue apenas un ruido.
Un golpe seco.
Muy leve.
Abrí los ojos de inmediato. La música seguía sonando, y el agua continuaba moviéndose alrededor de mi cuerpo.
Permanecí completamente inmóvil.
Esperando.
El corazón empezó a latirme con fuerza. Quizá había sido una rama golpeando una ventana, o alguna tubería.
Esta casa era enorme.
Seguro hacía ruidos todo el tiempo.
Intenté convencerme de ello. Entonces volvió a escucharse, esta vez estaba segura. Alguien acababa de caminar por el pasillo.
Contuve la respiración.
El agua dejó de moverse y todo mi cuerpo se tensó. Miré instintivamente hacia la puerta. No podía ver nada y no se oía ninguna voz.
Solo el silencio.
Un silencio demasiado denso.
—No hay nadie... —susurré, más para convencerme a mí misma que porque realmente lo creyera.
Tragué saliva.
Bastián me había dicho que volvería tarde y aquella casa no tenía por qué dar miedo. Pero, aun así...
Había algo en el ambiente que ya no se sentía igual.
Algo que hizo que dejara de disfrutar del baño y empezara a preguntarme si realmente seguía estando sola.