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Capitulo 11

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Capitulo 11

Bastián

Era algo tarde cuando volví a casa, agotado.

Lo único que deseaba era darme un buen baño, comer algo rápido y caer rendido en la cama. Pero sabía que no sería tan sencillo.

Porque desde que Eliza se había mudado, mis días eran un maldito infierno.

Y ya había perdido la cuenta de cuántas noches esta semana no había dormido bien. Porque ahora, en lugar de solo fantasear con ella en aquel vestido que la hacía ver simplemente irresistible, la tenía al alcance de mi mano.

Nunca, en los tres años que llevábamos trabajando juntos, me había permitido verla de esa manera. Siempre había sido mi asistente. Eficiente, organizada, insoportablemente competente. Nada más.

Pero ahora todo era distinto.

Por primera vez compartíamos el mismo espacio, y la cercanía hacía imposible ignorar detalles que antes pasaban desapercibidos.

Su perfume era uno de ellos.

No era intenso ni buscaba llamar la atención. Era un aroma suave, cálido, con una dulzura sutil que parecía quedarse flotando a su alrededor. Lo percibía cada vez que pasaba cerca de mí y, por alguna razón, empezaba a asociarlo con ella.

Jamás habría imaginado que un perfume así pudiera resultarme atractivo. Y, sin embargo, en Eliza funcionaba de una manera peligrosamente perfecta.

Joder… demasiado perfecta.

Pero no era solo era su aroma, la había visto desnuda.

El recuerdo me golpeó como una corriente eléctrica, haciendo que el cansancio se esfumara. Había irrumpido en su privacidad de la peor manera, invadiendo un momento que no me pertenecía.

Un accidente, sí, pero eso no cambiaba lo devastador que había sido.

Cuando entré en la que ahora es su habitación, no esperaba encontrarla relajada en la bañera. El agua caliente brillaba sobre su piel desnuda, resbalando por sus hombros y su cuello. Todo en ella parecía diseñado para provocar estragos, y los provocó.

Mi cuerpo reaccionó como nunca antes. No hubo un roce, ni siquiera un cruce de palabras. Solo la imagen de su cuerpo y el calor de su presencia. Fue suficiente para dejarme con una tensión en mis pantalones tan intensa que apenas podía pensar.

Me encerré en mi habitación, buscando alejarme de ella y recuperar el control. Pero incluso ahí, la tentación seguía presente. Su aroma impregnaba mi ropa, su imagen rondaba mi mente, y yo terminé haciendo lo que nunca hacía; perder el control.

Intenté aliviar la tensión, frotándome con furia, esperando que mi cuerpo cediera, que mi mente se despejara. Pero, aunque logré correrme con rapidez, el alivio fue temporal. Porque ella seguía ahí, ocupando cada espacio de mi cabeza.

Esto era ridículo.

Una semana con Eliza bajo mi techo, y me sentía como un maldito adolescente descubriendo el cuerpo femenino por primera vez. Yo era un hombre, por Dios. Sabía cómo manejar mis deseos, cómo mantener mis emociones bajo control. Pero con ella, todo eso desaparecía.

Me sentía fuera de control. Fuera de mi elemento.

Cuando le propuse fingir ser mi novia, imaginé un acuerdo sencillo. Un trato frío, práctico, sin espacio para las emociones. Ella interpretaría un papel, yo recuperaría a Venus y, cuando todo terminara, cada uno seguiría con su vida.

Al menos ese era el plan.

Lo que nunca imaginé fue que convivir con Eliza resultaría tan peligroso.

Su risa. Su espontaneidad. Esa absurda facilidad que tenía para llenar cualquier habitación con solo entrar. Poco a poco, había empezado a desordenar un mundo que llevaba años manteniendo bajo un control absoluto.

Y ahora estaba aquí, atrapado entre el orgullo, un deseo que me negaba a reconocer y una mentira que amenazaba con salirse de control.

Solté un suspiro y me pasé una mano por el rostro.

Necesitaba recuperar la cabeza.

Sin detenerme, caminé hacia mi dormitorio. Al pasar frente a la habitación de Eliza, mis pasos vacilaron apenas un instante.

La puerta permanecía cerrada.

Apreté la mandíbula y seguí caminando. No podía acercarme, no debía. Porque empezaba a sospechar que el verdadero peligro de este acuerdo no era que Venus descubriera la verdad.

Era que yo dejara de distinguir dónde terminaba la mentira y dónde empezaban mis propios sentimientos.

Ya en mi habitación, me quito la ropa y me meto directamente bajo la ducha. El agua caliente ayuda a calmar los músculos tensos, pero mi mente sigue llena de imágenes que no debería estar permitiéndome.

Me seco rápidamente, me pongo un bóxer y me meto en la cama. Todo esto que estoy sintiendo, lo que mi cuerpo está experimentando, debe ser producto del cansancio. Es lo único que tiene sentido.

Sin embargo, la noche no trae descanso.

Me despierto a las cinco de la mañana, habiendo dormido apenas unas horas. No vale la pena seguir intentándolo. Me levanto, me pongo la ropa de entrenamiento y bajo directo al gimnasio en el ala derecha de la mansión.

Necesito descargar esta tensión de alguna manera, y golpear algo siempre ha sido mi manera de lidiar con el caos.

Con los guantes de boxeo puestos, empiezo a golpear el saco con fuerza, golpe tras golpe, hasta que siento que los músculos me queman. Sigo con abdominales y planchas, llevando a mi cuerpo al límite. Una hora y media después, finalmente decido que es suficiente por hoy.

De camino a mi habitación, con una toalla sobre el hombro, la veo. Eliza cruza el pasillo rumbo a la cocina.

Frunzo el ceño.

¿Qué hacía despierta tan temprano?

Sacudo la cabeza y continúo caminando. No debería importarme. Mi plan era simple: ducharme, desayunar e ir a trabajar. Mantener la mente ocupada, mantenerme lejos de ella.

Últimamente ninguna de esas dos cosas estaba funcionando.

Resoplo con frustración, sin saber en qué momento tomé esa decisión, mis pies cambian de dirección.

Cuando reacciono, ya estoy frente a la cocina.

Permanezco junto al marco de la puerta, lo bastante lejos para que no me descubra enseguida.

La observo en silencio.

Abre la nevera con expresión pensativa, como si debatiera qué preparar. Finalmente saca un cartón de huevos y leche.

Después deja el teléfono sobre la isla y segundos más tarde, la cocina se llena de música.

Sonrío para mis adentros.

Esta casa llevaba años envuelta en un silencio casi absoluto y bastó una sola mañana para que ella lo cambiara.

Mientras bate los huevos, empieza a moverse distraídamente al ritmo de la canción. Apenas balancea las caderas, completamente ajena a que alguien la observa.

Se la ve...

Feliz.

Relajada.

Como si, por unos minutos, hubiera olvidado que estaba viviendo en casa de su jefe.

No sé cuánto tiempo permanezco allí. Tal vez unos segundos, tal vez demasiado. Solo sé que, cuando quiero darme cuenta, ya estoy caminando hacia ella.

—¿Señor Müller...? —dice al girarse de golpe. Sus ojos verdes se abren por la sorpresa—. Yo... iba a preparar el desayuno. Espero que no le moleste.

Su nerviosismo me golpea de inmediato.

Lo último que quiero es que se sienta incómoda por mi culpa.

—Tranquila, Eliza —respondo con calma—. No tienes que pedir permiso. Mientras estés aquí, quiero que te sientas cómoda.

Su expresión se suaviza.

Incluso sonríe.

Y, por alguna razón, esa simple sonrisa consigue desarmarme más que cualquier otra cosa.

Me acerco un paso.

Luego otro.

Su perfume comienza a envolverme. Es ese aroma dulce y cálido que, sin saber cómo, ya empiezo a asociar únicamente con ella.

Levanta la vista y nuestros ojos se encuentran. Durante unos segundos ninguno dice una palabra.

Mi mirada desciende casi sin querer hasta sus labios. Los mismos labios que no he podido sacar de mi cabeza desde la gala.

Antes de que pueda detenerme, alzo una mano.

Con la yema de mi pulgar aparto un pequeño mechón de cabello que se había pegado a la comisura de su boca. El roce es apenas un instante, pero basta para que un escalofrío me recorra el cuerpo.

¿Qué demonios estoy haciendo?

Retiro la mano de inmediato.

—Hoy nos iremos juntos a la oficina —digo con una voz mucho más grave de lo habitual, aferrándome a cualquier tema que me permita recuperar el control.

—S-sí... claro —responde ella casi en un susurro.

Asiento una sola vez. Después me doy media vuelta y abandono la cocina antes de cometer otra estupidez.

Necesito alejarme, porque empiezo a comprender que el verdadero problema no es seguir fingiendo que Eliza es mi novia. El verdadero problema es que cada día me resulta más difícil recordar que todo esto no es real.

Con una puntualidad casi obsesiva, Eliza ya me esperaba junto a la puerta principal cuando bajé.

Llevaba un conjunto sencillo, de líneas elegantes, que realzaba su belleza sin esfuerzo. El cabello le caía en suaves ondas sobre los hombros y, cuando me acerqué para abrirle la puerta del coche, el inconfundible aroma dulce de su perfume volvió a envolverme.

Otra vez.

Era increíble cómo un detalle tan insignificante podía alterar tanto mi concentración. Ella subió al asiento del acompañante y yo ocupé mi lugar al volante.

Ninguno habló mientras abandonábamos la propiedad.

El silencio nos acompañó durante varios kilómetros, roto únicamente por el sonido constante del motor y la música suave que salía del sistema de audio.

No era un silencio incómodo.

Solo... nuevo.

Todavía estábamos aprendiendo a convivir y fue Eliza quien terminó rompiéndolo.

—Hay algo que necesito preguntarte.

Desvié la vista un segundo hacia ella antes de volver a la carretera.

—Te escucho.

Jugó distraídamente con el cinturón de seguridad antes de hablar.

—¿Cómo vamos a actuar en la oficina? —preguntó—. Porque... estamos fingiendo ser pareja, pero allí también somos jefe y asistente. Empiezo a marearme con tanta actuación.

Una risa baja escapó de mi garganta antes de que pudiera contenerla. Ella giró la cabeza hacia mí, claramente sorprendida.

—¿Acabas de reírte?

Negué con una leve sonrisa.

—No te acostumbres.

Resopló con exageración.

—Qué decepción.

Volví a concentrarme en el camino.

—En la empresa no cambia absolutamente nada. Allí seguiré siendo tu jefe y tú mi asistente. Nadie debe notar una diferencia en nuestra forma de trabajar.

Ella asintió lentamente.

—Entonces... ¿nada de miradas cómplices ni cosas raras?

La miré de reojo.

—Preferiría evitar cualquier cosa rara.

—Perfecto. Porque tampoco sabría hacer una mirada cómplice.

No pude evitar que la comisura de mis labios volviera a curvarse. Aquella mujer tenía una habilidad irritante para aligerar cualquier conversación.

Permaneció unos segundos en silencio antes de volver a hablar.

—¿Y si alguien descubre que vivimos juntos?

La pregunta hizo que mi expresión recuperara la seriedad.

—Eliza, no tienes que mentirle a nadie.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—¿Entonces?

—Tu vida privada sigue siendo tuya. Si alguien pregunta, simplemente no respondas. No debes explicaciones a nadie.

Eliza permaneció pensativa unos instantes.

—Así que... en la oficina seguimos siendo exactamente los mismos.

—Exacto.

—Y solo somos pareja cuando haga falta convencer a Venus.

Asentí.

—Ese siempre fue el plan.

La vi relajarse visiblemente.

Sus hombros descendieron y una sonrisa pequeña apareció en sus labios.

—Bien... eso hace que todo sea un poco menos extraño.

No respondí. Porque, para mí, estaba ocurriendo exactamente lo contrario. Cada minuto que pasaba a su lado hacía que todo resultara mucho más complicado.

Continuamos el trayecto en silencio.

Ella apoyó la cabeza contra la ventanilla y comenzó a contemplar el paisaje que desfilaba al otro lado del cristal.

Yo, en cambio, luchaba por mantener la vista fija en la carretera. Porque cada vez que la miraba de reojo descubría un detalle nuevo. La forma en que el sol iluminaba su perfil, cómo un mechón de cabello caía sobre su mejilla, la tranquilidad con la que parecía respirar.

Y entendí que ese era mi verdadero problema.

No era la mentira, no era el acuerdo. Era que empezaba a acostumbrarme demasiado a tenerla sentada a mi lado.

Y eso era infinitamente más peligroso que cualquier plan que hubiera ideado para recuperar a Venus.

El resto del trayecto transcurrió en silencio.

Eliza permaneció mirando por la ventanilla, completamente ajena al torbellino que había provocado en mi cabeza.

Cuando llegamos a la empresa, todo volvió a la normalidad. O, al menos, eso aparentaba.

Ella me entregó el café, repasó conmigo la agenda del día y, con la misma eficiencia de siempre, regresó a su escritorio. Cualquiera que nos viera habría pensado que la conversación del coche jamás existió.

Y eso era exactamente lo que necesitábamos.

Me encerré en mi despacho decidido a concentrarme. Abrí el portátil, revisé varios informes y traté de sumergirme en el trabajo.

Inútil.

Mi mente seguía regresando al mismo punto.

Eliza tenía razón.

Si quería que Venus creyera en nuestra relación, no bastaba con una aparición en una gala o con vivir bajo el mismo techo.

Necesitábamos una historia.

Una que pareciera auténtica.

Eso significaba cenas, salidas, eventos y fotografías. Momentos que cualquiera pudiera interpretar como los de una pareja real.

Era la única manera de que la mentira resultara convincente y desde un punto de vista estratégico, era impecable.

Desde un punto de vista personal...

Era un problema.

Me recliné en el respaldo de la silla y crucé los brazos. La idea de compartir tiempo con Eliza fuera del trabajo ya no me parecía únicamente una obligación.

Y eso era precisamente lo que me inquietaba.

Pensé, casi sin querer, en cómo reaccionaría cuando la invitara a nuestra primera "cita".

Probablemente pondría esa expresión de incredulidad que siempre aparecía cuando yo decía alguna locura. Después discutiría conmigo durante cinco minutos y al final aceptaría.

Una sonrisa involuntaria apareció en mis labios.

La borré de inmediato.

¿En qué demonios estaba pensando?

Aquello no era una cita.

Era una estrategia.

Nada más.

Cerré los ojos durante un instante, intentando recuperar la claridad. Pero mi memoria decidió traicionarme.

La vi de nuevo con aquel vestido verde de la gala. Segura de sí misma, sonriendo. Mirándome como si fuera la única persona en aquel salón.

Solté un suspiro y me pasé una mano por el rostro.

Necesitaba dejar de recordar aquella noche. Necesitaba volver a pensar en Venus, porque ella era el motivo de todo esto, ella era el objetivo.

Eliza solo era parte del plan.

Me repetí esa idea una y otra vez, como un mantra.

Pero, por primera vez desde que todo había empezado, la mentira ya no sonaba del todo convincente.

Y eso era mucho más peligroso que cualquier error que pudiéramos cometer durante esta farsa.