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Capitulo 12

El Contrato 18+ — booknet.com · All chapters

Capitulo 12

Eliza

Estaba acurrucada en el sofá, con una taza de café caliente entre las manos, intentando convencerme de que aquel había sido un lunes como cualquier otro.

No lo había sido.

El calor de la taza resultaba reconfortante, igual que el silencio que envolvía la casa a estas horas de la noche, pero mi cabeza seguía demasiado llena para disfrutar de cualquiera de las dos cosas.

Ya habían pasado cinco días desde que Bastián y yo comenzamos aquella absurda farsa.

Cinco días viviendo bajo el mismo techo.

Cinco días fingiendo una relación que, sorprendentemente, parecía funcionar mejor de lo que había imaginado y a veces eso era, precisamente, lo que más me preocupaba.

En la oficina todo seguía casi igual.

Él continuaba siendo el director exigente, perfeccionista e implacable de siempre. Yo seguía organizando su agenda, preparando su café y recordándole reuniones que, probablemente, ya sabía de memoria.

Sin embargo, algo había cambiado.

Pequeños detalles.

Un «buenos días» pronunciado con una calidez que antes no existía.

Un «gracias, Eliza» acompañado de una mirada menos distante.

Nada extraordinario.

Y, aun así, suficiente para descolocarme.

Era como si, por momentos, el hombre que conocía desde hacía tres años dejara entrever una versión distinta de sí mismo.

Una que nunca había visto.

En casa, la situación era diferente.

Las barreras de la oficina desaparecían y convivir con él me obligaba a descubrir facetas que jamás habría imaginado.

Bastián era, sin lugar a dudas, un adicto al trabajo.

Podía encerrarse durante horas en su despacho sin levantar la vista del ordenador, enlazando reuniones, llamadas y documentos con una disciplina casi obsesiva.

A veces me preguntaba si realmente sabía descansar. O si trabajar era la única forma que conocía de mantener el control sobre su vida. Y, por alguna razón, ese pensamiento me producía una extraña mezcla de curiosidad y tristeza.

Por mi parte, intentaba llenar los días con pequeñas rutinas que me ayudaran a no pensar demasiado.

Y si bien había gente en días específicos que se encargaban de las cosas como para que yo no tuviera que mover un dedo, me gustaba cocinar.

No porque hiciera falta, sino porque cortar verduras, remover una salsa o preparar una taza de café tenía un efecto extrañamente relajante. Era una forma de mantener la cabeza ocupada.

También había terminado por adueñarme de un rincón del salón.

Aquel sofá, junto al enorme ventanal, se había convertido en mi refugio. Pasaba horas allí, con un libro entre las manos o la música sonando de fondo mientras la luz de la tarde se colaba por los cristales.

Era curioso.

Cinco días atrás aquella mansión me había parecido inmensa, fría e intimidante. Ahora empezaba a conocer sus silencios.

Y eso era peligroso.

Porque cuanto más cómoda me sentía aquí, más fácil era olvidar que todo tenía fecha de caducidad.

Di otro sorbo al café, el silencio de la casa era casi absoluto. Bastián todavía no había regresado de la oficina. A veces me preguntaba si realmente disfrutaba de trabajar tanto o si, simplemente, no sabía hacer otra cosa.

La idea apareció sin permiso.

¿Cómo sería él cuando dejaba de ser el director ejecutivo?

¿Existía siquiera ese hombre?

Sonreí para mí misma, porque era ridículo. Una semana atrás, jamás me habría hecho una pregunta así y, sin embargo, ahora me descubría intentando descifrarlo constantemente.

Un gesto.

Una mirada.

Una palabra dicha con un tono distinto.

Era suficiente para que mi cabeza comenzara a darle vueltas durante horas. Suspiré, porque aquello tenía que parar, pero mi memoria decidió llevarme, una vez más, a esa mañana.

A la cocina.

A la forma en que me había mirado.

Todavía podía sentir el peso de sus ojos recorriéndome con una intensidad que me había dejado completamente inmóvil.

Y después...

Ese instante en el que se acercó.

Tan cerca que el aire pareció desaparecer entre nosotros.

Su mano se elevó lentamente y la yema de sus dedos rozó la comisura de mis labios para apartar un mechón de cabello.

Había sido un gesto insignificante.

Inocente, incluso.

Entonces, ¿por qué mi corazón había empezado a latir como si quisiera escapar de mi pecho?

Cerré los ojos con fuerza, no podía seguir dándole vueltas. Bastián era mi jefe, yo era su asistente y esta relación no era más que un acuerdo. Una representación cuidadosamente construida para convencer a su ex prometida.

Nada de esto era real.

Me repetí esas palabras en silencio.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Pero cuanto más intentaba convencerme, menos segura me sentía.

Porque una parte de mí empezaba a sospechar que el verdadero peligro no era fingir enamorarme de Bastián Müller.

Era descubrir que, poco a poco, todo se volvía más confuso.

El sonido de una puerta principal interrumpió mis pensamientos. Levanté la vista hacia el recibidor.

Fruncí el ceño.

Eran apenas las siete de la tarde.

Durante estos cinco días, Bastián nunca regreso temprano. Llegaba cerca de las diez de la noche, agotado y se encerraba en su habitación.

Por eso, verlo aparecer a esa hora me tomó completamente por sorpresa.

Entró mientras aflojaba el nudo de la corbata y en cuanto nuestras miradas se encontraron, se detuvo.

No dijo nada.

Solo me miró.

Y, otra vez, tuve la absurda sensación de que aquellos ojos podían leer cada uno de mis pensamientos.

Bajé la vista hacia la taza que sostenía entre las manos.

De pronto, el café parecía muchísimo más interesante que él.

—Llegó temprano... —comenté, rompiendo un silencio que empezaba a hacerse insoportable.

—Sí.

Solo eso.

Sí.

Después de cinco días viviendo con él, empezaba a descubrir que Bastián Müller era capaz de mantener una conversación completa con una sola palabra.

Finalmente dejó el maletín sobre una consola y caminó hacia el salón.

—La reunión terminó antes de lo previsto.

Asentí.

—Eso explica muchas cosas.

Sus labios amagaron una sonrisa.

Muy leve.

Tan fugaz que, si hubiera parpadeado, la habría perdido.

—¿Ya cenaste? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—Todavía no.

—¿Y qué estabas haciendo?

Levanté el libro que descansaba sobre mis piernas.

—Leyendo.

Sus ojos descendieron hasta la portada.

—Siempre estás leyendo.

—Es un buen pasatiempo.

—¿Más entretenido que ver series?

Sonreí.

—Muchísimo.

Soltó un resoplido que sonó sospechosamente parecido a una risa. Aquello me tomó completamente desprevenida, nunca imaginé que Bastián pudiera tener sentido del humor.

O que me gustaría descubrirlo.

—¿Quiere que le prepare algo para cenar? —pregunté, aferrándome desesperadamente a mi papel de asistente.

Negó con la cabeza.

—No hace falta, Eliza. Y puedes tutearme.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros.

Pero ya no era incómodo, era... extraño.

Como si ambos estuviéramos esperando que el otro dijera algo más. Bastián rompió primero el silencio.

—¿Cómo te has sentido estos días aquí?

La pregunta me descolocó.

No esperaba que le interesara.

—Bien... —respondí con sinceridad—. La casa es enorme, pero empiezo a acostumbrarme.

Él asintió lentamente.

—Me alegro.

Había algo diferente en su voz.

Más suave, más cercana. Y eso me desconcertaba más que el Bastián frío al que estaba acostumbrada.

Pensé que la conversación había terminado. Él también pareció darla por concluida, porque se dio media vuelta y comenzó a subir las escaleras.

Respiré aliviada.

Hasta que se detuvo a mitad del primer tramo.

Sin girarse del todo, habló con absoluta naturalidad.

—Mañana cenamos.

Parpadeé.

—¿Perdón?

Ahora sí volvió la cabeza.

—A las siete.

Lo miré completamente confundida.

—No recuerdo ninguna reserva en su agenda.

—Porque no es una cena de trabajo.

Mi ceño se frunció todavía más.

Él sostuvo mi mirada unos segundos antes de añadir, con esa tranquilidad desesperante que lo caracterizaba:

—Es nuestra primera cita.

Sentí que el cerebro dejaba de funcionar.

—¿Nuestra... qué?

—Si queremos que la relación resulte creíble, tendremos que comportarnos como una pareja de verdad.

Mi boca se abrió, pero ninguna palabra salió. Él, en cambio, parecía perfectamente tranquilo, como si acabara de informarme que al día siguiente llovería.

—Ponte algo bonito.

Y, sin esperar una respuesta, continuó subiendo las escaleras. Lo vi desaparecer por el pasillo del segundo piso y solo entonces reaccioné.

Parpadeé una vez.

Después otra.

Miré mi taza de café.

Volví a mirar las escaleras.

—¿Una cita...? —murmuré para mí misma.

Sentía el corazón golpeándome las costillas.

No.

No era una cita.

Era parte del plan.

Una estrategia.

Una actuación.

Entonces...

¿Por qué mi primer pensamiento no había sido que restaurante elegiría, sino que demonios iba a ponerme?

Me quedé inmóvil durante varios segundos, no porque quisiera, sino porque simplemente mi cerebro había decidido dejar de funcionar.

¿Nuestra primera cita?

No.

No había dicho exactamente eso.

Bueno... sí.

Sí lo había dicho.

—Es nuestra primera cita.

Cerré los ojos con fuerza.

Dios mío.

Empecé a caminar de un lado a otro por el salón con la taza todavía entre las manos, sintiendo que el café ya se había quedado completamente frío.

—No es una cita... —murmuré para mí misma—. Es una estrategia.

Seguí caminando.

—Una estrategia muy bien pensada.

Dos pasos más.

—Una estrategia brillante, de hecho.

Me detuve.

Fruncí el ceño.

Entonces...

¿Por qué demonios la había llamado cita ?

Apoyé la taza sobre la mesa de centro y me llevé ambas manos al rostro.

No.

No.

No iba a darle más vueltas.

Bastián era un hombre práctico. Calculador. Si había decidido que necesitábamos salir juntos era porque formaba parte del plan.

Nada más.

Seguramente quería que alguien nos viera, que apareciéramos en alguna revista. Que Venus recibiera una fotografía.

Sí.

Eso tenía muchísimo sentido. Respiré un poco más tranquila, hasta que otra idea cruzó mi cabeza.

Entonces...

¿por qué me dijo que me pusiera algo bonito?

Abrí los ojos como platos.

—Ay, Dios...

Volví a empezar a caminar, aquello ya no tenía tanta lógica. Porque una cosa era asistir juntos a un evento.

Otra muy distinta era que él...

No.

Me negaba siquiera a terminar esa idea.

Después de varios minutos dando vueltas por la sala comprendí que no conseguiría tranquilizarme aquí abajo.

Subí a mi habitación casi arrastrando los pies.

En cuanto cerré la puerta apoyé la espalda contra ella y dejé escapar un largo suspiro. Mi vida era mucho más sencilla antes de aceptar aquel contrato.

Muchísimo más aburrida.

Pero también infinitamente menos complicada.

Me reí sola.

¿Quién iba a decirme que terminaría viviendo en la casa de mi jefe y preparándome mentalmente para una cita falsa con él?

Si Emma estuviera aquí...

No.

Mejor que no estuviera.

Probablemente ya habría organizado una expedición completa dentro de mi armario y me obligaría a probarme veinte vestidos distintos.

Sonreí al imaginarla.

Después negué con la cabeza, no pensaba contarle nada. Al menos no todavía, porque necesitaba entender primero qué demonios estaba pasando.

Entré al baño con la esperanza de que una ducha caliente consiguiera apagar el incendio que tenía dentro de la cabeza.

Sin embargo, al abrir el armario recordé las compras del día anterior. Había encontrado unas sales de baño con aroma a lavanda y vainilla.

Las había comprado por impulso.

Porque te las mereces , me había dicho la dependienta con una sonrisa.

Quizá tenía razón.

Abrí el grifo y observé cómo el agua comenzaba a llenar la bañera. Vertí un puñado de sales y al instante el baño se llenó de un aroma cálido y relajante.

Después puse una lista de reproducción instrumental en el teléfono.

Piano.

Violín.

Nada que pudiera distraerme con letras.

Solo música.

Cuando la bañera estuvo lista, me desnudé despacio y me sumergí hasta los hombros. El calor hizo que todos los músculos de mi cuerpo se relajaran de inmediato.

Cerré los ojos.

Inspiré profundamente y durante unos segundos conseguí no pensar absolutamente en nada.

Hasta que apareció él.

Bastián.

Otra vez.

Su voz.

Su mirada.

La forma en que aquella mañana había apartado con los dedos el mechón de cabello que rozaba mis labios.

Abrí los ojos de golpe.

—No.

Hundí un poco más el cuerpo en el agua, no iba a recordar eso y no pensaba hacerlo. Pero mi memoria parecía disfrutar llevándome exactamente al lugar del que intentaba escapar.

Podía sentir otra vez la cercanía de su cuerpo. El ligero aroma de su colonia. Aquellos ojos fríos sosteniendo mi mirada durante unos segundos de más.

¿Por qué me había mirado así?

¿Era parte del papel?

¿O yo estaba imaginando cosas donde no las había?

Solté un largo suspiro. Quizá todo era mucho más simple, quizá él era así con todas las mujeres.

La idea me produjo una molestia inesperada.

Fruncí el ceño.

¿Por qué eso me molestaba?

Ni siquiera tenía derecho a sentir algo parecido.

Él era mi jefe.

Y yo... yo solo era la mujer que había aceptado ayudarlo a recuperar a su ex prometida.

Nada más.

Volví a cerrar los ojos e intenté concentrarme en la música, en el agua, en el aroma de la lavanda.

Inútil.

Mi cabeza ya había cambiado completamente de tema. Ahora estaba delante del armario de mi habitación, mentalmente, repasando cada vestido que tenía.

El negro era demasiado elegante.

El azul quizá demasiado serio.

El rosa parecía demasiado inocente.

¿Y el vino?

No...

Era demasiado llamativo.

Espera.

¿Por qué estaba pensando en vestidos?

Abrí los ojos otra vez.

Esto era ridículo.

Completamente ridículo.

Ni siquiera sabía a qué restaurante iríamos. Tal vez fuera un lugar informal, tal vez solo quisiera cenar en una pizzería.

Aunque...

No.

Bastián Müller jamás improvisaría una primera aparición pública con su supuesta novia.

Seguramente elegiría un sitio exclusivo.

Discreto.

Elegante.

Y esa sola idea hizo que los nervios regresaran con más fuerza. Me hundí un poco más entre las burbujas.

—Cálmate, Eliza...

Esto no es una cita.

Es trabajo.

Trabajo.

Repetí esa palabra varias veces.

Trabajo.

Contrato.

Acuerdo.

Farsa.

Cada una sonaba más convincente que la anterior. Hasta que apareció una pregunta que desarmó todos mis argumentos.

Si realmente era solo trabajo...

¿Por qué Bastián había sonreído al decírmelo?

Mi corazón dio un vuelco.

Negué con fuerza.

No.

Seguramente había imaginado esa sonrisa, porque últimamente imaginaba demasiadas cosas.

Me levanté ligeramente para recoger una esponja. Sin querer, mi mirada se encontró con el espejo empañado que tenía enfrente.

Sonreí con ironía.

—Estás metiéndote en un problema enorme, Eliza Harper.

Lo peor era que ni siquiera estaba segura de querer salir de él.

Y esa idea...

Esa idea fue la única capaz de ponerme todavía más nerviosa que la cena del día siguiente.