Capitulo 13
ElizaDormí poco.
O, mejor dicho, dormí a ratos.
Cada vez que conseguía quedarme dormida, mi cerebro encontraba la manera de recordarme la misma frase.
Es nuestra primera cita.
Abría los ojos, miraba el reloj, resoplaba y volvía a cerrar los ojos. Pero cinco minutos después, la escena se repetía.
Cuando el despertador sonó, sentí que apenas había descansado.
Me levanté con un bostezo y me recogí el cabello en un moño desordenado antes de salir de la habitación.
Solo tenía un objetivo.
Conseguir café.
Mucho café.
Bajé las escaleras con cuidado, agradeciendo el silencio que reinaba en la casa. Perfecto, todavía no había señales de Bastián.
Preparé una taza enorme y, sin perder tiempo, regresé a mi habitación como si estuviera huyendo de la escena de un crimen.
Cerré la puerta con un suave clic y solo entonces respiré tranquila. Apoyé la taza sobre la mesita y me dejé caer de espaldas sobre la cama.
El techo blanco volvió a convertirse en mi peor enemigo. Porque, inevitablemente, empecé a pensar en esta noche.
No conocía a Bastián fuera de la oficina. O al menos fuera de esta forma. Conocía al director ejecutivo, al hombre obsesionado con la puntualidad, al perfeccionista incapaz de tolerar un error.
Al jefe que hablaba poco, trabajaba demasiado y parecía vivir únicamente para su empresa.
Pero...
¿Quién era cuando dejaba de ser todo eso?
¿Existía siquiera un Bastián diferente?
Fruncí el ceño.
Jamás me lo había preguntado, hasta ahora. Me incorporé apoyándome sobre los codos.
¿Cómo sería una conversación con él sin hablar de contratos, reuniones o balances financieros?
¿Le gustaría el cine?
¿Escucharía música?
¿Leería novelas?
No.
Definitivamente no parecía un hombre que leyera novelas románticas.
Una risa escapó de mis labios. La imagen de Bastián leyendo una historia de amor en un sofá era tan absurda que resultaba imposible no sonreír.
Pero la sonrisa desapareció casi tan rápido como había llegado.
¿Y si no teníamos absolutamente nada de qué hablar?
Podía imaginar la escena con demasiada claridad. Yo intentando sacar conversación, él respondiendo con un
sí .
Un
no.Un
tal vez.Y yo hablando durante toda la cena solo para llenar los silencios.
—Qué horror... —murmuré.
Me pasé una mano por el rostro.
No.
Necesitaba dejar de inventar catástrofes antes de que ocurrieran. Respiré hondo y me levanté, porque había un problema mucho más urgente.
El vestido.
Abrí las puertas del vestidor, las observé durante unos segundos y después suspiré.
—No tengo nada que ponerme.
Mentira.
Tenía demasiadas cosas.
El problema era que ninguna parecía adecuada. Saqué un vestido azul y lo sostuve frente al espejo.
Demasiado formal.
Volvió a su sitio.
Después uno color crema.
Demasiado romántico.
No.
Definitivamente no.
El siguiente era rojo. Lo observé unos segundos antes de negar con la cabeza, demasiado evidente.
Parecía que estuviera intentando impresionar a alguien y eso era exactamente lo que no quería. O, al menos, eso era lo que seguía repitiéndome.
Continué revisando el armario hasta que encontré un vestido negro.
Sencillo.
Ceñido al cuerpo.
Con un largo justo por encima de la rodilla.
Elegante sin resultar exagerado.
Lo sostuve frente a mí.
—Puede funcionar.
Busque unos tacones negros terminaban de estilizar la figura y el abrigo largo elegido aportaba el toque justo de elegancia.
Me quedé observando las prendas unos segundos más. La verdad es que me vería bien.
Muy bien.
Quizá demasiado bien.
Fruncí el ceño.
¿Era demasiado?
Volví al vestidor.
Busque otro vestido, pero no porque se veía demasiado discreto. Regresé al negro y después cambié los zapatos.
Volví a los primeros.
Cinco minutos más tarde seguía exactamente donde había empezado.
Solté una carcajada.
—Estás perdiendo la cabeza, Eliza Harper.
Era ridículo.
Completamente ridículo.
Aquello no era una cita, era una actuación, una estrategia cuidadosamente planeada. Nada más.
Entonces...
¿Por qué llevaba casi media hora intentando decidir cómo verme más bonita?
Me mordí el labio y no respondí, porque conocía perfectamente la respuesta. Aunque todavía no estuviera preparada para admitirla.
Tomé aire una última vez.
—Es solo una cena.
Dije mirándome en el espejo, pero mi reflejo no parecía muy convencido. Y, siendo completamente sincera...
Yo tampoco.
El día pasó mucho más rápido de lo que me hubiera gustado. Cuando miré el reloj, casi se me cayó el alma a los pies.
Faltaba apenas una hora.
Corrí escaleras arriba con el corazón acelerado.
La ducha fue un desastre de prisas, el secador parecía tardar una eternidad y, por supuesto, el delineador decidió jugar en mi contra justo esa noche.
—Perfecto... —murmuré al limpiarlo por tercera vez.
Respiré hondo.
No había motivo para ponerme nerviosa. Era solo una cena, una cena falsa. Con un novio falso.
Que, casualmente, también era mi jefe.
Sí.
No había absolutamente nada raro en eso.
Terminé de maquillarme, me coloqué el vestido negro y dejé el cabello suelto, cayendo en ondas suaves sobre mis hombros.
Me observé unos segundos frente al espejo.
El vestido abrazaba mi figura sin resultar exagerado, los tacones estilizados completaban el conjunto y el maquillaje apenas resaltaba mis facciones.
Sonreí con nerviosismo.
—Bueno... ya no hay vuelta atrás.
Tomé el abrigo y salí de la habitación. Cada escalón que descendía hacía que el corazón me golpeara un poco más fuerte.
Cuando llegué a la sala, él ya estaba allí.
Esperándome.
Bastián levantó la vista en cuanto escuchó mis pasos.
Y dejó de moverse.
Vestía un traje negro perfectamente entallado, sin una sola arruga. La camisa blanca contrastaba con el color oscuro de la corbata y el reloj de acero asomaba discretamente bajo el puño de la chaqueta.
Siempre había sabido que era un hombre atractivo.
Pero verlo así...
Era otra cosa.
Parecía sacado de la portada de una revista.
Durante unos segundos ninguno habló. Solo nos miramos y sentí cómo sus ojos recorrían lentamente mi figura.
No fue una mirada descarada.
Fue peor.
Fue lenta.
Detenida.
Como si estuviera memorizando cada detalle.
De repente, me sentí terriblemente consciente del vestido que llevaba puesto. De mis piernas, de mis manos, incluso de mi respiración.
Él dio un paso hacia mí.
Después otro.
Hasta quedar lo suficientemente cerca para que pudiera percibir el inconfundible aroma de su colonia.
Amaderada.
Elegante.
Peligrosamente adictiva.
—Estás... muy hermosa, Eliza.
Su voz sonó más grave de lo habitual. Más baja. Como si las palabras hubieran escapado antes de que pudiera detenerlas.
Noté cómo el calor subía por mi cuello hasta instalarse en mis mejillas.
—Gracias... —respondí con una sonrisa tímida—. Tú también te ves muy bien.
Las comisuras de sus labios se curvaron apenas un instante.
—¿Solo "muy bien"?
No pude evitar reír.
—Está bien... Se ve peligrosamente bien.
Una expresión divertida cruzó su rostro antes de desaparecer tan rápido como había llegado.
—Eso suena mejor.
Se acercó un poco más.
—Dame el abrigo.
Se lo entregué casi por inercia. Lo sostuvo abierto frente a mí y esperó. Comprendí la invitación y giré ligeramente los hombros para introducir los brazos en las mangas.
Sus movimientos fueron pausados.
Cuidadosos.
Cuando acomodó la tela sobre mis hombros, la yema de sus dedos rozó apenas la piel de mis brazos.
Fue un contacto mínimo, apenas un instante. Y, sin embargo, sentí un escalofrío recorrerme de arriba abajo. Mi respiración vaciló y él también pareció notarlo. Porque, por un segundo, permaneció completamente inmóvil.
Después levantó una mano con una lentitud desesperante.
Un mechón de cabello había quedado atrapado bajo el cuello del abrigo y lo liberó con suavidad, dejando que las ondas cayeran nuevamente sobre mi espalda.
Sus dedos rozaron la curva de mi cuello, solo un instante. Pero fue suficiente para que el aire pareciera desaparecer entre nosotros.
Levanté la vista.
Él ya me estaba mirando.
Y había algo distinto en sus ojos.
Algo más cálido.
Más vulnerable.
Como si, por un momento, hubiera olvidado que todo aquello formaba parte de un acuerdo.
Su pulgar se detuvo apenas un segundo sobre mi mejilla, rozándola con una delicadeza que contrastaba por completo con el hombre frío e implacable que conocía en la oficina.
Mi corazón dio un vuelco.
No fui capaz de moverme, ni de respirar, ni siquiera de apartar la mirada. Entonces él pareció volver en sí.
Retiró la mano con lentitud, carraspeó discretamente y dio un paso atrás.
—Será mejor que nos vayamos.
Asentí en silencio.
Porque, si intentaba hablar en ese momento, estaba completamente segura de que mi voz me traicionaría.
Al salir de la mansión, Bastián recuperó inmediatamente la distancia que había desaparecido unos minutos antes.
Caminó a mi lado, pero sin rozarme.
Las manos en los bolsillos del abrigo.
La espalda recta.
La expresión nuevamente imperturbable.
Como si aquel instante en el recibidor nunca hubiera ocurrido. No supe si sentirme aliviada o decepcionada.
Ninguno de los dos habló mientras atravesábamos el camino de piedra que conducía al coche. El único sonido era el de nuestros pasos rompiendo el silencio de la noche.
Bastián abrió la puerta del acompañante para mí.
—Gracias.
Asintió apenas con la cabeza antes de rodear el vehículo y ocupar el asiento del conductor.
El motor cobró vida y el silencio volvió a instalarse entre nosotros. Curiosamente, ya no me incomodaba.
Durante años había pensado que el silencio era algo que debía llenarse con palabras.
Con explicaciones.
Con cualquier conversación trivial.
Pero con Bastián era distinto.
Él parecía sentirse cómodo dentro del silencio. Y, poco a poco, yo también empezaba a estarlo.
Me acomodé en el asiento y observé la ciudad a través de la ventanilla.
Las luces de los edificios se reflejaban sobre el cristal, dibujando destellos dorados que desaparecían tan rápido como aparecían.
Inspiré profundamente.
Era solo una cena.
Nada más.
Entonces...
¿Por qué el corazón seguía latiéndome tan deprisa?
Deslicé una mirada hacia él. Conducía con una concentración casi impecable. Una mano descansaba sobre el volante, la otra cambiaba las marchas con movimientos precisos, su mandíbula permanecía tensa y había una pequeña arruga entre sus cejas que aparecía cada vez que estaba demasiado concentrado.
Nunca me había fijado en ese detalle.
Sonreí para mis adentros.
Era curioso.
Llevaba tres años trabajando con él y apenas ahora empezaba a observarlo de verdad. Aparté la vista antes de que pudiera sorprenderme mirándolo.
El resto del trayecto transcurrió con la misma tranquilidad.
Cuando el coche se detuvo frente al restaurante, un empleado se acercó de inmediato para recibirnos.
Bastián descendió primero.
Rodeó el vehículo.
Abrió mi puerta.
Y, por un instante, simplemente permaneció allí.
Esperando.
Después extendió una mano hacia mí. No un brazo, Una mano. La miré unos segundos, porque no era necesario. Nadie nos estaba observando, nadie aquí conocía nuestra historia.
Sin embargo...
La acepté.
Sus dedos rodearon los míos con firmeza mientras me ayudaba a bajar. El contacto duró apenas unos segundos, los suficientes para que un agradable cosquilleo me recorriera la piel.
Él tampoco soltó mi mano inmediatamente.
Lo hizo solo cuando estuve completamente de pie. Después me ofreció el brazo, esta vez no dudé, apoyé suavemente la mano sobre su antebrazo.
A través de la tela del traje podía sentir la firmeza de sus músculos, e intenté no pensar demasiado en ello.
Pero fracase… como siempre.