Capitulo 14
ElizaEntramos juntos al restaurante.
El lugar era sencillamente espectacular.
Las lámparas de cristal proyectaban una luz cálida sobre las mesas, los detalles en dorado aportaban un aire elegante sin resultar ostentosos y, al fondo, un pianista interpretaba una melodía suave que envolvía el ambiente con una calma casi hipnótica.
Era el tipo de sitio que solo había visto en revistas.
Un maître nos recibió con una sonrisa impecable y nos condujo hasta una mesa junto a un enorme ventanal desde donde podía verse parte de la ciudad iluminada.
Bastián esperó a que llegara hasta la silla.
Con absoluta naturalidad retiró mi abrigo y lo entregó a un camarero antes de acomodarlo cuidadosamente.
Después acercó la silla para que pudiera sentarme.
—Gracias.
—No hay de qué.
Su voz sonó tranquila.
Casi... cálida.
Cuando ocupó el asiento frente a mí, por primera vez desde que llegamos pude observarlo sin prisas.
La tenue iluminación resaltaba los ángulos de su rostro. La camisa blanca contrastaba con el negro del traje.
Y aquellos ojos...
Dios.
Era injusto que alguien pudiera verse así de bien.
Tomé el menú con la esperanza de distraerme. No funcionó, porque sentía su presencia incluso cuando no lo estaba mirando.
El camarero apareció pocos segundos después.
—¿Qué desean beber?
—Una copa de vino blanco, por favor —respondí.
—Un whisky. Solo.
El camarero asintió y se retiró.
Volvimos a quedarnos solos. Levanté la vista del menú, él también había dejado de leer. Nuestros ojos se encontraron durante apenas unos segundos, ninguno habló.
Y, sorprendentemente...
No hizo falta.
Porque, por primera vez desde que todo aquello había empezado, tuve la incómoda sensación de que ninguno de los dos estaba pensando en Venus.
Ni en el contrato.
Ni en la mentira.
Solo estábamos él y yo. Sentados frente a frente y eso era infinitamente más peligroso que cualquier parte del plan.
—¿Ya sabes qué vas a pedir? —preguntó Bastián sin apartar la vista del menú.
Lo repasé una vez más antes de responder.
—Creo que el risotto de setas.
Levantó la mirada.
—¿No comes carne?
—Sí, pero intento no abusar. Una o dos veces por semana, como mucho.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Por elección?
—Por salud.
—¿La carne hace mal?
No pude evitar sonreír.
—En exceso, sí.
Me observó unos segundos, claramente escéptico.
—Estoy bastante seguro de que la mitad del mundo estaría en desacuerdo contigo.
—Entonces la mitad del mundo está equivocada.
Las comisuras de sus labios se movieron apenas.
—Eres sorprendentemente obstinada.
—Lo tomo como un cumplido.
—No era un cumplido.
—Demasiado tarde. Ya lo acepté.
Por un instante, el silencio volvió a instalarse entre nosotros. Pero esta vez era diferente.
Más ligero.
Más cómodo.
El camarero regresó para tomar nuestro pedido y, cuando volvió a marcharse, me di cuenta de que seguíamos sin hablar.
Inspiré hondo.
—Tengo una confesión.
Bastián apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Te escucho.
—Hasta ahora, esta debe de ser la cita más normal que he tenido.
Sus cejas se alzaron.
—¿Normal?
Asentí.
—Créeme, eso ya es decir mucho.
Una expresión de curiosidad cruzó su rostro.
—Ahora necesito saber por qué.
Sonreí.
—Una vez me atraganté con una bebida en plena cita.
Esperó.
—¿Y?
—Y empecé a ahogarme.
Parpadeó.
—¿De verdad?
—Completamente. Tuvo que venir un camarero a ayudarme porque el chico con el que había salido se quedó mirándome como si estuviera presenciando un documental.
Bastián soltó una breve risa por la nariz.
—No.
—Sí.
—¿Y qué hizo cuando dejaste de ahogarte?
Tomé mi copa de vino.
—Pagó la cuenta y desapareció.
Esta vez sí levantó la vista del todo.
—¿Te dejó sola?
—Sin despedirse.
Negó lentamente con la cabeza.
—Eso roza la incompetencia.
—Yo también lo pensé.
Su expresión seguía siendo una mezcla entre incredulidad y desconcierto.
Me reí.
—Esa ni siquiera fue la peor.
—Me preocupa que exista una peor.
Apoyé un codo sobre la mesa.
—Salí con un hombre que seguía completamente obsesionado con su ex.
—Eso es más habitual de lo que debería.
—Espera, que aún no llega la mejor parte.
Bastián hizo un gesto para que continuara.
—Su casa estaba llena de fotografías de ella.
Frunció el ceño.
—¿Llena?
—Literalmente llena.
Asintió despacio.
—Eso ya empieza mal.
—Después me dijo que me parecía muchísimo a ella.
—Peor.
—Y me preguntó si podía llamarme por su nombre.
Hubo un segundo de silencio.
—No.
—Sí.
—Dime que lo echaste inmediatamente.
—No hizo falta.
Sonreí.
—Ella lo llamó por teléfono.
Bastián esperó el remate.
—Y él salió corriendo para verla.
Por primera vez desde que nos sentamos, soltó una carcajada. No una sonrisa, una carcajada auténtica. Fue breve, pero completamente real. Y tuve que contenerme para no quedarme mirándolo.
Nunca lo había oído reír.
—No deberías reírte —protesté entre risas.
—Lo intento.
—No lo parece.
Negó con la cabeza.
—Lo siento.
Volvimos a reír.
Cuando conseguimos calmarnos, lo señalé con un dedo.
—Ahora te toca.
Se acomodó en la silla.
—No estoy seguro de querer competir con eso.
—Demasiado tarde. Ya aceptaste.
Resopló divertido.
—Hace unos años acepté salir con una mujer que acababa de terminar una relación.
—Eso nunca acaba bien.
—Lo descubrí demasiado tarde.
Tomó un sorbo de whisky antes de continuar.
—Cuando pasé a recogerla ya había bebido.
—Mala señal.
—Durante la cena pidió una botella de champán.
—¿Para compartir?
Me miró.
—No. Era para ella.
No pude evitar reír.
—Antes de terminar el plato principal había llorado dos veces.
Me llevé una mano a la boca.
—No...
—Y, mientras intentaba convencerla de que tomara un vaso de agua, llamó a su ex.
—¿Desde la mesa?
—Desde la mesa.
—¿Y qué le dijo?
Imitó un tono dramático.
—Cometí el peor error de mi vida.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos de tanto reír.
—No puedo creerlo...
—Yo tampoco podía.
—¿Y tú qué hiciste?
—Pedí la cuenta.
Eso terminó por hacerme estallar en carcajadas. Él también sonreía, una sonrisa amplia.
Relajada.
Muy distinta a cualquiera que hubiera visto antes.
Cuando por fin conseguimos calmarnos, levantó lentamente su vaso.
—Supongo que podemos concluir que ninguno de los dos tiene un historial especialmente brillante en las citas.
Tomé mi copa.
—Eso explica por qué esta está siendo sorprendentemente agradable.
Nuestras miradas se encontraron durante un instante.
Ninguno de los dos apartó la vista.
Después, casi al mismo tiempo, alzamos las copas.
—Por dejar atrás las malas citas —dijo él.
Sonreí.
—Y porque esta no termine convirtiéndose en otra historia de terror.
El cristal de nuestras copas chocó suavemente.
Y, por primera vez en toda la noche, olvidé que aquello había empezado como una mentira.
La cena terminó mucho antes de lo que me habría gustado. Y eso, por sí solo, ya era una sorpresa.
Si alguien me hubiera dicho una semana atrás que disfrutaría una noche entera con Bastián Müller, me habría reído en su cara.
Sin embargo, aquí estaba.
Sonriendo mientras abandonábamos el restaurante.
Durante aquellas dos horas no había existido el director ejecutivo frío e inaccesible que conocía desde hacía tres años.
Había descubierto a un hombre inteligente, irónico y con un sentido del humor tan seco que conseguía hacerme reír cuando menos lo esperaba.
Habíamos hablado de todo y de nada. Nos habíamos interrumpido, nos habíamos llevado la contraria.
Incluso habíamos discutido sobre si la carne roja era buena o mala.
Y, en algún momento que no supe identificar, dejé de sentir que estaba interpretando un papel.
Solo...
Estaba con él.
Caminábamos hacia la salida cuando la realidad decidió alcanzarnos.
—Hemos adelantado la boda.
La voz de Venus atravesó el aire como una cuchilla y mis pasos se detuvieron por pura inercia.
Giré apenas lo suficiente para verla.
Ella permanecía junto a Lucien Kingston y otra pareja, sosteniendo una copa de champán con una sonrisa impecable.
—El vestido es absolutamente de ensueño —continuó con una naturalidad casi estudiada.
No supe si realmente nos estaba hablando, o si simplemente quería asegurarse de que alguien la escuchara.
Pero no hacía falta preguntarlo.
Porque sentí el cambio en Bastián incluso antes de mirarlo. Todo su cuerpo se tensó y la calidez que había visto durante la cena desapareció de golpe.
Su mandíbula volvió a endurecerse, los hombros recuperaron aquella rigidez que tan bien conocía.
Y sus ojos...
Sus ojos volvieron a ser los del hombre que dirigía un imperio.
Fríos.
Inexpugnables.
Inalcanzables.
Sin decir una sola palabra, apoyó una mano en la parte baja de mi espalda. El gesto fue discreto, firme. Lo suficiente para indicarme que nos marchábamos.
No miró a Venus.
No respondió.
Simplemente siguió caminando.
Yo hice lo mismo.
No sabía qué otra cosa hacer.
El trayecto hasta el coche transcurrió envuelto en un silencio completamente distinto al de la ida.
Antes había sido cómodo, ahora pesaba y podía sentir la tensión emanando de él. Cuando arrancó el motor, ninguno de los dos habló.
Miré por la ventanilla intentando ordenar mis propios pensamientos.
La ciudad seguía brillando igual que unas horas antes. Pero yo ya no la veía de la misma manera.
Apoyé la frente contra el cristal.
Y, por primera vez desde que aquella noche había comenzado, recordé por qué estábamos haciendo todo aquello.
No era por nosotros.
Nunca lo había sido.
Era por ella.
Venus.
Todo había empezado por Venus.
La cena. La convivencia. Las miradas. Las sonrisas. Incluso aquella mano apoyada unos segundos antes sobre mi espalda.
Todo formaba parte de un plan cuyo objetivo siempre había sido el mismo.
Recuperarla.
Sentí un nudo extraño instalándose en el pecho. Porque, durante un par de horas, había olvidado ese pequeño detalle y ese había sido mi error.
Si aquella hubiera sido una cita de verdad...
Probablemente habría llamado a Emma en cuanto llegara a casa. Le habría contado que Bastián sabía hacerme reír, que detrás de aquel hombre insoportablemente serio existía alguien mucho más interesante.
Que sus silencios ya no me intimidaban y que, sorprendentemente, me había sentido cómoda a su lado.
Pero no era una cita de verdad.
Era una representación.
Y yo solo interpretaba un papel.
Cuando el coche se detuvo frente a la mansión, Bastián apagó el motor y permaneció unos segundos inmóvil.
Después abrió la puerta y salió sin decir una sola palabra.
Observé cómo se alejaba hacia la entrada de la casa, ni siquiera miró hacia atrás. Esperé unos instantes antes de bajar.
El aire frío de la noche me golpeó el rostro.
Respiré profundamente.
Necesitaba recordar dónde estaba mi lugar. Porque esa noche había estado peligrosamente cerca de olvidarlo y ese era un lujo que no podía permitirme.
No cuando el corazón de Bastián Müller seguía perteneciéndole a otra mujer.