Capitulo 15
BastiánRevisaba algunos correos en el teléfono mientras daba un sorbo al café.
Era uno de esos escasos momentos en los que la oficina parecía respirar. Después de una mañana repleta de reuniones, llamadas y contratos, por fin tenía unos minutos de silencio.
O al menos eso intentaba.
Porque el silencio ya no significaba tranquilidad. Significaba pensar y, últimamente, pensar siempre terminaba llevándome al mismo lugar.
Eliza.
Dejé el teléfono sobre el escritorio y me recosté en la silla. Desde que aceptó formar parte de esta absurda farsa, algo había cambiado.
No en ella.
En mí.
Durante tres años había sido, simplemente, mi asistente. La mejor que había tenido, eficiente, organizada.
Capaz de anticiparse a mis necesidades antes incluso de que las expresara.
Nunca me había permitido verla de otra manera, ni siquiera había reparado en el color exacto de sus ojos. Ahora era incapaz de ignorar cualquier detalle.
Sabía que le gustaba leer antes de dormir, que siempre tomaba café por la mañana y té por la noche. Que cocinaba por gusto, aunque la casa tuviera empleados. Que cantaba bajito cuando creía que nadie podía escucharla y que, cuando estaba concentrada, se mordía apenas el labio inferior.
¿Cómo demonios había empezado a fijarme en todo eso?
Resoplé con frustración.
Convivir con ella estaba siendo un error. No porque hubiera hecho algo mal, al contrario, era demasiado fácil acostumbrarse a su presencia.
A cruzármela cada mañana en la cocina con el cabello todavía desordenado. A encontrarla por las noches en el salón, acurrucada bajo una manta, completamente absorta en alguno de sus libros. A escuchar su música recorriendo los pasillos de una casa que durante años había permanecido en un silencio casi absoluto.
Había llenado aquel lugar de vida sin proponérselo y eso empezaba a ser un problema. Porque, sin darme cuenta, también había empezado a ocupar un espacio en mi rutina.
Había mañanas en las que, al bajar las escaleras, mi primera reacción era buscarla con la mirada.
Y cuando no estaba... la echaba de menos.
Apreté la mandíbula.
No.
Eso era imposible.
Yo no echaba de menos a nadie. Mucho menos a la mujer que había aceptado ayudarme a recuperar a otra.
Me levanté de la silla y caminé hasta el ventanal de mi despacho. Desde aquí podía verse parte de la ciudad extendiéndose hasta el horizonte.
Siempre había encontrado claridad contemplando el paisaje, hoy no funcionó. Porque, por mucho que intentara convencerme de lo contrario, la realidad seguía siendo la misma.
Había diseñado aquel plan con una precisión casi perfecta. Cada movimiento tenía un propósito, cada paso nos acercaba a Venus.
Entonces...
¿Por qué cada día sentía que era yo quien se alejaba un poco más del objetivo?
Joder.
Eso no estaba en el plan.
Tomé otro sorbo de café, como si el amargor pudiera despejarme la cabeza, no funcionó. Cada vez que intentaba concentrarme en el trabajo, terminaba pensando en ella.
En su risa, en la facilidad con la que conseguía llenar cualquier habitación. En la manera en que fruncía apenas el ceño cuando algo no le parecía justo, en cómo hablaba con las manos cuando se entusiasmaba con algún tema.
Era absurdo.
Llevaba tres años trabajando a mi lado.
Tres años.
Y, sin embargo, era ahora cuando empezaba a reparar en detalles que antes habían pasado completamente desapercibidos.
Eso no tenía ningún sentido.
Yo tenía un objetivo, uno muy claro y era recuperar a Venus. Todo lo demás era secundario.
Eliza también.
O, al menos, eso era lo que debía ser.
Me pasé una mano por la nuca con frustración. Últimamente parecía incapaz de mantener los pensamientos donde debían estar.
Ella aparecía sin permiso.
En mitad de una reunión, mientras revisaba contratos. Cuando sonaba una canción que había escuchado reproducirse en la cocina, cuando encontraba un libro abandonado sobre la mesa del salón.
Estaba en todas partes.
Y lo peor era que ya no sabía si intentaba apartarla de mi cabeza... o si, en el fondo, buscaba cualquier excusa para volver a pensar en ella.
Esa idea resultaba peligrosamente incómoda.
Miré la hora.
Las siete.
Decidí dar por terminado el día. Guardé el teléfono, apagué el ordenador y abandoné el despacho.
Eliza ya se había marchado hacía más de una hora. Aun así, al pasar frente a su escritorio, mi mirada se detuvo por pura costumbre.
Vacío.
El silencio de aquella planta se sintió extrañamente pesado. Resoplé para mis adentros, era ridículo.
Subí al coche y emprendí el camino de regreso. El tráfico avanzaba con lentitud, pero apenas le presté atención.
Sin darme cuenta, empecé a preguntarme qué estaría haciendo ella.
¿Estaría leyendo en la biblioteca? ¿Habría invadido otra vez la cocina para preparar alguna receta imposible?
¿O estaría en el sofá, envuelta en una manta, completamente concentrada en uno de esos libros que parecía devorar en cuestión de días?
Una imagen cruzó mi mente.
La visión de su piel mojada, sus rodillas apenas separadas, el agua jabonosa golpeando los bordes de la tina... Me dio un latigazo en el pecho y en otras partes que no quería admitir.
Apreté con más fuerza el volante. Maldita sea. Necesitaba dejar de pensar en ella de esa manera, porque no podía permitirme confundir las cosas. No cuando todo aquello tenía una fecha de caducidad, no cuando el motivo por el que ella vivía bajo mi techo era otro completamente distinto.
Cuando llegué a la mansión, aparqué más deprisa de lo habitual. Ni siquiera me di cuenta de que tenía ganas de verla hasta que abrí la puerta principal.
Esperaba encontrar la casa llena de aquella calma distinta a la que ya me estaba acostumbrando. Tal vez el sonido de la música escapando desde la cocina, o su risa perdiéndose por el pasillo.
Cualquier señal de que estaba ahí.
Sin embargo, en cuanto crucé el umbral, comprendí que algo era diferente. Una voz resonó desde el salón y fruncí el ceño.
Sin saber por qué, una desagradable sensación comenzó a instalarse en mi pecho.
—Me lo imaginaba.
Me detuve en seco.
Reconocería esa voz en cualquier parte.
Venus.
Sentí cómo todos los músculos de mi cuerpo se tensaban al instante.
¿Qué demonios hacía en mi casa?
Avancé en silencio por el pasillo hasta quedar a pocos pasos del salón. No podía verlas, pero sí escuchar cada palabra.
—Hay algo que quiero decirte... de mujer a mujer.
Su voz sonaba amable, demasiado amable. Pero la conocía lo suficiente para saber que, cuando hablaba así, estaba a punto de clavar el cuchillo.
—Aunque, siendo sincera, nunca me caíste bien.
No hubo respuesta inmediata. Imaginé a Eliza observándola con esa calma suya que desesperaba a cualquiera.
—Sea lo que sea lo que crees que está pasando entre tú y Bastián... no es real.
Sentí la mandíbula endurecerse.
—¿Y eso cómo lo sabes? —preguntó Eliza con serenidad.
Venus soltó una risa breve.
—Porque yo estuve donde tú estás ahora.
Hizo una pausa deliberada.
—Y conozco a Bastián mejor que nadie.
Apreté los puños.
—Él no sabe tener una relación de verdad. Al principio puede parecer atento. Incluso encantador, a su manera. Pero tarde o temprano siempre vuelve a lo mismo.
Silencio.
—Al trabajo.
Su voz se volvió más fría.
—Ese hombre vive para su empresa. Cuando deja de necesitarte... simplemente se marcha. No mira atrás, no siente culpa, no siente nada.
Por un instante solo se escuchó el tic tac del reloj del salón.
Entonces habló Eliza.
—No lo creo.
Su respuesta fue tranquila.
Segura.
—¿No?
—No.
Otra pausa.
—Y, si mal no recuerdo, fuiste tú quien terminó esa relación.
Venus soltó un suspiro impaciente.
—Sí y fue la mejor decisión que pude tomar. Pero eso no cambia quién es él.
—¿Y quién es?
—Un hombre incapaz de amar.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
—Te preocupa que acabe sufriendo, ¿es eso? —preguntó Eliza.
—Me preocupa que estés viviendo una fantasía. La secretaria enamorando al jefe multimillonario, qué romántico.
Su tono destilaba veneno.
—Pero la realidad no funciona así. Bastián no cambia por nadie, no se enamora, no construye una vida con otra persona. Y, desde luego, nunca va a elegirte a ti.
El calor comenzó a subir por mi pecho. Cada palabra era una puñalada, no porque creyera lo que decía.
Sino porque seguía convencida de conocerme mejor que yo mismo.
—Bastián nunca te va a amar, Eliza. Nunca ha amado a nadie.
Esta vez Eliza no respondió enseguida, pero cuando finalmente habló, su voz había cambiado.
Seguía siendo tranquila, pero había una firmeza que nunca antes le había escuchado.
—Eso te encantaría, ¿verdad?
Se hizo un silencio.
—Que creyera todo lo que acabas de decir. Que saliera corriendo, que te dejara el camino libre.
—Eliza...
—No. Ahora escúchame tú.
Su tono era firme.
Inquebrantable.
—Tal vez tú pienses que conoces a Bastián, y yo no voy a discutir lo que viviste con él, pero tampoco voy a permitir que me digas quién es. Porque el hombre que yo conozco no se parece al que acabas de describir.
Sentí un extraño nudo formarse en el estómago.
—Es exigente, es perfeccionista. Puede ser desesperante cuando se obsesiona con el trabajo, pero también es respetuoso, es honesto. Y jamás ha hecho nada para que yo dude de él.
Cada palabra golpeó algo dentro de mí, con más fuerza de la que estaba dispuesto a admitir.
Venus soltó una risa incrédula.
—¿De verdad estás tan convencida?
—Completamente.
—Qué ternura. De verdad crees que eres diferente.
Eliza no respondió de inmediato, pero cuando lo hizo, habló con una tranquilidad que me desconcertó.
—Si no lo fuera... ¿Por qué me habría pedido matrimonio?
El silencio fue absoluto.
Durante un segundo dejé incluso de respirar.
¿Qué...?
Mi mente se quedó completamente en blanco.
¿Matrimonio?
¿De qué demonios estaba hablando?
Escuché el sonido de una silla moviéndose. Después unos pasos apresurados, Venus apareció primero.
Al verme en el pasillo, el color abandonó su rostro.
—Bastián...
No respondí, la miré fijamente y fue suficiente. Desvió la vista, tomó su bolso y salió de la casa sin añadir una sola palabra
La puerta principal se cerró con un golpe seco. Entonces levanté la vista, Eliza permanecía inmóvil al otro lado del salón.
Nuestros ojos se encontraron y, por primera vez desde que la conocía, parecía no tener idea de qué decir.
Yo tampoco, porque solo había una frase dando vueltas en mi cabeza.
¿Por qué demonios acababa de decir que yo le había pedido matrimonio?
—¿Comprometidos?
La palabra salió de mi boca como un siseo.
Lenta.
Peligrosa.
Eliza levantó las manos de inmediato.
—Espera. Puedo explicarlo.
—Más te vale.
Di un paso hacia ella.
No alcé la voz.
No hizo falta.
—¿En qué demonios estabas pensando?
Ella tragó saliva.
—Bastián...
—¿Por qué dijiste eso?
—Porque...
Vaciló apenas un segundo.
—Porque no iba a permitir que siguiera hablando de ti de esa manera.
Fruncí el ceño.
—No era asunto tuyo.
—Claro que lo era.
Su respuesta fue inmediata.
Sin miedo.
Sin titubeos.
—Estaba en tu casa hablando del hombre con el que estoy saliendo. Aunque sea mentira, no iba a quedarme callada.
Apreté la mandíbula.
—Podías haberle dicho cualquier otra cosa.
—Lo intenté, pero ella no quería escuchar. Solo quería convencerme de que tú eres exactamente el hombre que describía.
Respiré hondo.
—Pero no tenías que inventarte un compromiso.
—Lo sé.
Bajó la vista un instante.
—Fue lo primero que se me ocurrió.
—¿Lo primero?
—Entré en pánico.
Volvió a mirarme, había culpa en sus ojos. Pero también una sinceridad imposible de fingir.
—Solo quería que se fuera.
Guardé silencio.
Ella continuó hablando antes de que pudiera responder.
—No podía soportarlo.
—¿Soportar qué?
—Escucharla hablar de ti como si fueras un monstruo incapaz de sentir absolutamente nada.
Sus palabras me hicieron contener la respiración.
—No eres así.
La convicción con la que lo dijo me desconcertó más que la mentira.
—No me conoces tanto, Eliza.
Sonrió apenas.
Una sonrisa pequeña.
Triste.
—Creo que te conozco más de lo que tú piensas.
Aquella frase cayó entre los dos con un peso inesperado y durante unos segundos ninguno habló. No sabía qué responder, porque una parte de mí quería discutirle.
Y otra...
Otra se preguntaba cuándo había empezado ella a verme de esa manera.
Me pasé una mano por la nuca. Necesitaba aire, necesitaba distancia.
—Voy a salir.
Ella parpadeó.
—¿Ahora?
Asentí.
—Sí.
—¿He hecho algo mal?
La pregunta fue tan baja que casi pasó desapercibida.
Levanté la vista hacia ella. Había dejado caer los brazos a ambos lados del cuerpo, ya no discutía, ya no intentaba justificarse.
Solo esperaba mi respuesta.
Y, por alguna razón, aquello me hizo sentir peor.
—No.
Mi voz salió más suave de lo que pretendía.
—Solo necesito pensar.
No esperé a escuchar nada más, salí de la casa antes de que pudiera arrepentirme. El aire frío de la noche me golpeó el rostro en cuanto crucé la puerta.
Subí al coche y arranqué sin un destino concreto. Conducir siempre me ayudaba a ordenar las ideas, esta noche no funcionó.
Las imágenes se repetían una y otra vez.
Venus.
Eliza.
Las dos frente a frente.
Y aquella frase.
El hombre que yo conozco no se parece al que acabas de describir.¿Por qué?
¿Por qué estaba tan convencida?
Ella conocía mi peor versión. La del trabajo, la del hombre que exigía demasiado, la que jamás sonreía, la que vivía pendiente de resultados y plazos.
Sin embargo...
Había sido capaz de ver algo distinto, algo que ni siquiera yo sabía si seguía existiendo.
Apreté con más fuerza el volante.
Después apareció otro recuerdo.
¿Por qué me habría pedido matrimonio?Solté una maldición entre dientes.
Maldita sea.
Aquella mentira acababa de complicarlo todo, porque si Venus repetía una sola palabra de aquella conversación, el rumor se extendería como la pólvora.
Tendríamos que sostener una promesa que nunca había existido. Otro problema, otra mentira. Otra consecuencia de un plan que, hasta hacía unas semanas, me parecía impecable.
Exhalé lentamente.
Y entonces comprendí qué era lo que realmente me estaba inquietando. No era el supuesto compromiso, ni siquiera el riesgo de que la mentira se propagara.
Era otra cosa.
Era la facilidad con la que Eliza me había defendido cuando creía que yo no estaba escuchando.
No había intentado impresionarme y tampoco buscaba obtener nada. Simplemente... había salido en mi defensa.
Y eso, por alguna razón que todavía no entendía, había conseguido desarmarme mucho más que cualquier discusión con Venus.
Porque aquella farsa había empezado para convencer al mundo.
Pero, por primera vez, tuve la incómoda sensación de que la única persona que estaba empezando a creérsela... era yo.