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Capitulo 16

El Contrato 18+ — booknet.com · All chapters

Capitulo 16

Eliza

Todo se había ido al demonio por culpa de mi maldita boca.

Si hubiera pensado medio segundo antes de hablar, nada de aquello habría pasado.

Pero no.

Venus había empezado a hablar de Bastián con esa seguridad insoportable, como si fuera la única persona en el mundo con derecho a opinar sobre él, y yo había reaccionado antes de que el sentido común pudiera detenerme.

Solté un largo suspiro.

—Muy bien, Eliza… brillante movimiento.

Me cubrí el rostro con las manos.

Lo del compromiso había sido una auténtica catástrofe. No estaba en el plan, ni siquiera había cruzado por mi cabeza.

Simplemente salió.

La primera locura que encontré para conseguir que Venus dejara de atacarlo y ahora tenía que vivir con las consecuencias.

Cerré los ojos.

Todavía podía ver la expresión de Bastián cuando escuchó aquella mentira. Primero desconcierto, después enfado. Y, finalmente, ese silencio suyo que siempre resultaba mucho peor que cualquier grito.

No me sorprendería que estuviera furioso conmigo.

Yo también lo estaría.

Había conseguido que nuestra pequeña farsa pasara de ser un simple noviazgo falso a un compromiso inexistente.

Como si fingir ser pareja no fuera ya suficientemente complicado.

Lo peor fue que no regresó a la mansión hasta muy tarde, ni siquiera escuché cuándo entró.

Solo supe que había vuelto porque, al levantarme para beber agua de madrugada, encontré las luces apagadas y su coche aparcado frente a la entrada.

Eso solo hizo que el peso de la culpa creciera un poco más.

Seguramente había pasado horas intentando averiguar cómo solucionar el desastre que yo había provocado.

Y, por mucho que quisiera convencerme de lo contrario, no podía culparlo. Había complicado un plan que ya era bastante delicado.

Apreté los labios.

Aun así…

Si retrocediera unos minutos en el tiempo, volvería a hacer exactamente lo mismo.

Bueno…

Casi.

No inventaría un compromiso. Eso había sido una estupidez monumental, pero tampoco permitiría que Venus siguiera hablando de él de aquella manera.

Porque había algo que me molestaba profundamente.

No era solo el desprecio con el que pronunciaba su nombre. Era esa forma de hablar de Bastián como si fuera un hombre incapaz de sentir absolutamente nada.

Como si todo en él fuera frialdad y cálculo.

Y eso no era cierto.

No era el hombre que yo había conocido. Sí, era exigente. Perfeccionista hasta la exasperación, adicto al trabajo. Pero también era respetuoso, jamás me había levantado la voz y nunca me había humillado delante de nadie.

Siempre había valorado mi trabajo. A su manera, claro.

Y, aunque probablemente moriría antes de reconocerlo, tenía pequeños gestos que desmentían por completo la imagen que Venus intentaba vender.

La nota que dejó para hacerme sentir cómoda en su casa. La manera en que se aseguraba de que nunca me faltara nada.

Los detalles.

Siempre eran los detalles.

Venus hablaba del Bastián con el que había compartido una relación. Yo estaba empezando a conocer al hombre que existía detrás de esa fachada.

Y, por extraño que pareciera, no se parecían tanto.

Quizá por eso me había dolido escucharla. Porque, durante unos minutos, había sentido que intentaba convencerme de que todo lo que yo había visto era mentira.

Y no.

No lo era.

Lo que sí era una auténtica locura había salido de mi propia boca. Solté una risa breve, completamente derrotada.

—Comprometidos… —murmuré para mí misma—. ¿En serio, Eliza? ¿Eso fue lo mejor que se te ocurrió?

Negué con la cabeza.

No podía cambiar lo que había dicho. La mentira ya estaba ahí y, conociendo a Venus, no tardaría demasiado en convertirse en un rumor.

Lo único que podía hacer ahora era afrontar las consecuencias.

Aunque una parte de mí tenía la incómoda sensación de que este falso compromiso acababa de cambiar las reglas del juego mucho más de lo que cualquiera de los dos estaba preparado para admitir.

Cuando el señor Müller llegó a la oficina esta mañana, comprendí al instante que algo había cambiado.

No hizo falta que dijera una sola palabra. No hubo aquel leve gesto de cabeza con el que últimamente respondía a mi saludo. Ni esa mirada fugaz que, sin saber cuándo había empezado, siempre terminaba encontrándome antes de encerrarse en su despacho.

Pasó junto a mi escritorio con la misma elegancia impecable de siempre, pero también con una frialdad que me golpeó de lleno.

La puerta de su oficina se cerró tras él. Y el silencio que dejó en la planta fue casi ensordecedor. Tragué saliva. Bueno, supongo que aquello era lo mínimo que merecía después del desastre que había provocado.

Intenté concentrarme en el trabajo. Respondí correos, reorganicé reuniones, preparé informes, envié la documentación para la reunión del mediodía.

Hice todo lo que llevaba haciendo desde que empecé a trabajar para él, solo que aquella mañana cada tarea parecía costarme el doble.

Porque, cada pocos minutos, mi cabeza volvía al mismo lugar.

¿Por qué me habría pedido matrimonio?

Madre mía.

No podía creer que esas palabras hubieran salido de mi boca.

La mañana transcurrió lentamente. El señor Müller no salió de su despacho ni una sola vez. Toda nuestra comunicación se redujo a un par de correos escuetos y una solicitud de documentos.

Nada más.

Y, por extraño que resultara, aquella distancia me pesaba mucho más de lo que debería. Habíamos empezado a hablar por fuera de cuestiones laborales.

Ahora, en cambio... Su silencio dolía.

A la hora del almuerzo terminé comiendo sola en la sala de descanso. Ni siquiera tenía hambre, empujé la comida de un lado a otro del plato mientras imaginaba todas las maneras posibles en las que aquello podía acabar.

Ninguna era especialmente buena.

Cuando regresé a mi escritorio respiré hondo, solo tenía que terminar el día. Después ya pensaría cómo arreglar el desastre. O cómo sobrevivir a él.

Abrí un expediente e intenté concentrarme.

Entonces escuché el sonido de la perilla y el corazón me dio un vuelco. La puerta del despacho se abrió lentamente, pero no levanté la vista enseguida. No hizo falta. Sentí su presencia antes incluso de verlo.

Sus pasos se acercaron con esa calma que siempre lo caracterizaba.

Uno.

Dos.

Tres.

Hasta detenerse justo frente a mi escritorio.

Mis dedos dejaron de moverse sobre el teclado. Respiré despacio, porque no quería parecer nerviosa. Aunque estaba bastante segura de que el temblor de mis manos ya me había delatado.

—Eliza.

Su voz sonó inesperadamente tranquila. Sin dureza, sin impaciencia. Eso consiguió inquietarme todavía más.

Levanté la cabeza despacio y nuestros ojos se encontraron.

Su expresión seguía siendo difícil de leer. No parecía enfadado, pero tampoco relajado. Era como si hubiera tomado una decisión mientras yo seguía intentando entender qué estaba ocurriendo.

—¿Sí, señor Müller?

Durante unos segundos simplemente me sostuvo la mirada.

Después habló.

—Ven conmigo.

Parpadeé.

—¿Perdón?

—Y trae tus cosas.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Mis cosas?

Asintió una sola vez, pero no añadió ninguna explicación. Se dio media vuelta y comenzó a caminar.

Me quedé inmóvil un segundo, intentando encontrarle sentido a aquella petición.

¿Mis cosas? ¿Por qué necesitaba mis cosas? ¿Íbamos a reunirnos con algún cliente? ¿Me despedía? ¿Había ocurrido algo?

Mi cabeza empezó a construir escenarios cada vez más absurdos. Tomé el bolso, el portátil y mi libreta casi por instinto antes de seguirlo. Mientras avanzábamos por la planta, sentí varias miradas posarse sobre nosotros.

Era imposible que pasara desapercibido.

El director general caminando delante, su asistente siguiéndolo con todas sus pertenencias detrás. Perfecto. Justo el tipo de escena que alimentaría las conversaciones de la oficina durante semanas.

Mantuve la vista al frente, fingiendo no notar los murmullos. Pero los sentía. Uno tras otro, como pequeñas agujas clavándose entre los omóplatos.

Bastián, en cambio, caminaba con la misma seguridad de siempre. Como si el resto del edificio hubiera dejado de existir.

Llegamos al ascensor, las puertas se abrieron con un suave tintineo.

Él entró primero, yo lo seguí en silencio. Las puertas comenzaron a cerrarse y, mientras el ascensor iniciaba el descenso, tuve la extraña sensación de que, una vez más, mi vida estaba a punto de cambiar... sin que yo tuviera la menor idea de cómo.

El trayecto transcurrió en un silencio absoluto. No pregunté a dónde íbamos y el señor Müller tampoco pareció tener intención de explicarlo. Me limité a mirar por la ventanilla, intentando adivinar el destino mientras el coche avanzaba por calles que conocía casi de memoria.

Cuando finalmente se detuvo, él apagó el motor y descendió sin decir una palabra. Lo seguí por pura inercia.

Nada más poner un pie en la acera levanté la vista. Fruncí el ceño, porque no tenía la menor idea de que era este lugar.

El edificio era elegante, moderno, con una fachada de cristal impecable y un enorme escaparate iluminado que apenas dejaba entrever el interior. Bastián rodeó el coche y se detuvo a mi lado.

—Ven.

No pregunté, simplemente lo seguí. Abrió la puerta de cristal y esperó a que entrara primero. En cuanto crucé el umbral comprendí que aquello no era una simple tienda, era una joyería. Una de esas que solo había visto en revistas.

Todo brillaba.

Las vitrinas parecían suspendidas sobre el suelo de mármol blanco, la iluminación estaba cuidadosamente colocada para hacer que cada piedra reflejara la luz y el ambiente desprendía un lujo silencioso, casi intimidante.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué...?

Giré lentamente hacia él.

—¿Qué estamos haciendo aquí?

Bastián sostuvo mi mirada unos segundos, después dio un paso hacia mí. Tan cerca que pude percibir el aroma de su colonia. Apoyó una mano en mi codo con una suavidad inesperada y se inclinó apenas lo suficiente para hablar solo para mí.

—Eliza...

Su voz fue baja, casi confidencial.

—Si estamos comprometidos...

Hizo una breve pausa.

—Necesitamos un anillo.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

Claro.

Por supuesto.

¿Cómo no se me había ocurrido?

Un compromiso implicaba un anillo y un compromiso falso... también.

Asentí lentamente, incapaz de encontrar algo inteligente que responder. Mientras esperábamos a que alguien nos atendiera, empecé a caminar entre las vitrinas. Había joyas de todos los estilos imaginables.

Collares.

Pulseras.

Pendientes.

Anillos cubiertos de diamantes que parecían demasiado perfectos para pertenecer al mundo real.

Avancé despacio, sin prisa, hasta detenerme frente a una vitrina mucho más pequeña. La dedicada a los anillos de compromiso.

Mi respiración vaciló.

Había decenas.

Clásicos.

Modernos.

Minimalistas.

Ostentosos.

Todos preciosos.

Entonces lo vi.

Era mucho más sencillo que los demás. Un aro de oro blanco delicado. Una única piedra central rodeada por un fino halo de pequeños diamantes que atrapaban la luz con cada movimiento.

No era el más grande, ni el más caro.

Pero era... Perfecto.

Exactamente el tipo de anillo con el que había fantaseado alguna vez. Sentí un nudo extraño en el pecho.

Aparté la vista.

No.

Ese no.

No podía ser ese.

Porque, si terminaba llevando aquel anillo, dejaría de ser el anillo con el que siempre había imaginado comprometerme. Se convertiría en el recuerdo de una mentira y eso me rompía el corazón mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

—¿Te gusta?

La voz de Bastián sonó muy cerca. Demasiado cerca. Negué rápidamente con la cabeza.

—No. Solo estaba mirando.

Él no pareció convencido. Su mirada pasó de mi rostro al anillo y volvió a mí. Frunció ligeramente el ceño, como si supiera que acababa de mentir.

Antes de que pudiera decir nada más, una mujer rubia, impecablemente vestida con un elegante traje negro, se acercó con una sonrisa profesional.

—¿Señor Müller?

Él asintió.

—Bienvenido. Soy Rachel. Será un placer atenderlos.

Entonces comprendí que aquello no había sido una decisión improvisada. Había concertado una cita. Lo tenía todo perfectamente planeado.

Mi estómago volvió a encogerse. Bastián dio un paso hacia mí, su mano abandonó mi codo y se deslizó con naturalidad hasta la parte baja de mi espalda. Después rodeó suavemente mi cintura. El gesto fue firme, protector, sorprendentemente natural.

—Ella es mi Eliza.

Rachel sonrió con calidez.

—Encantada de conocerte. Y felicidades por el compromiso.

Sentí que el calor me subía hasta las mejillas.

—Gracias... —murmuré casi en un susurro.

Rachel nos invitó a seguirla hacia una sala privada donde varias bandejas de terciopelo negro descansaban sobre una mesa de cristal. La mano de Bastián seguía apoyada en mi cintura y, contra toda lógica, en lugar de ponerme más nerviosa... Consiguió tranquilizarme.

Como si, por unos instantes, aquel contacto silencioso me estuviera diciendo que no tenía que enfrentar esta locura sola.