Capitulo 17
ElizaAl fondo del salón se alzaba un elegante escritorio de madera oscura. Detrás de él, unas estanterías de cristal exhibían collares, pulseras y relojes de alta gama que desprendían una ostentación casi obscena.
El señor Müller rodeó mi silla antes de que pudiera hacerlo yo misma y la apartó con un gesto impecablemente cortés.
—Siéntate.
Lo hice en silencio.
Él tomó asiento a mi lado mientras Rachel ocupaba el lugar frente a nosotros con una sonrisa profesional.
—He seleccionado algunas de las piezas que creo que podrían gustarte —dijo mientras extendía un paño de terciopelo negro sobre el escritorio.
Con un movimiento elegante retiró la tela que cubría una bandeja. Decenas de destellos plateados iluminaron la superficie.
Anillos.
Todos de diamantes.
Todos absurdamente caros.
—Por supuesto, tenemos muchas más opciones si ninguna de estas termina de convencerte —añadió Rachel con amabilidad—. Pero pensé que este sería un buen punto de partida.
Claro.
Porque elegir un anillo cualquiera habría sido demasiado sencillo para Bastián Müller.
Él tenía que cerrar una joyería para nosotros solos y convertir la compra en una exhibición privada.
Deslicé la mirada sobre la bandeja, intentando concentrarme en las distintas monturas, pero era difícil hacerlo cuando podía sentir el peso de los ojos de Bastián sobre mí.
No estaba examinando los diamantes, me estaba observando a mí. Como si le interesara más mi reacción que cualquiera de las joyas que tenía delante.
Rachel tomó uno de los anillos y me lo ofreció.
—Este suele ser uno de nuestros favoritos.
Era una delicada alianza de oro blanco coronada por un diamante de talla brillante. Un halo de pequeñas piedras rodeaba la gema principal, haciendo que la luz estallara en diminutos destellos cada vez que la movía.
Lo sostuve entre mis dedos con cuidado.
Era precioso.
Y completamente desproporcionado para la mentira que estábamos a punto de venderle al mundo.
—¿No te gusta, Eliza?
La voz del señor Müller rompió el silencio que se había instalado en la joyería después de que Rachel nos dejara a solas con la bandeja de anillos.
Levanté la vista despacio. De nuevo, él no estaba mirando los diamantes, me estaba mirando a mí.
Como si la única respuesta que realmente le importara fuera la que pudiera leer en mi rostro.
Bajé nuevamente la vista hacia las joyas.
Había piezas espectaculares. Diamantes de todos los tamaños, monturas de platino, oro blanco y oro amarillo. Eran tan perfectas que parecían pertenecer a un museo y no a una mano.
Pero mi cabeza estaba demasiado llena como para decidir si alguno me gustaba, porque no era un simple anillo. Era el símbolo de una mentira que dentro de unos días estaría en todas las revistas, periódicos y redes sociales.
Respiré hondo antes de responder.
—No lo sé... es bonito.
Alcé los hombros con una sonrisa insegura.
—Podría usarlo.
Él permaneció unos segundos en silencio, después asintió apenas. Como si hubiera esperado exactamente esa respuesta.
—De acuerdo.
Se inclinó ligeramente sobre la bandeja.
—¿Quieres saber cuál elegiría yo?
Mi estómago dio un vuelco.
No debería importarme.
Era un contrato.
Una actuación.
Una estrategia para darle celos a Venus White y cerrarles la boca a todos los que llevaban meses especulando sobre la vida sentimental del intocable Bastián Müller.
Entonces...
¿Por qué sentía tantos nervios?
Solté una risa nerviosa.
—Por Dios... sí, por favor.
—Sabía que dirías eso.
Sus dedos comenzaron a recorrer lentamente la bandeja. No parecía estar buscando, parecía confirmar algo que ya había decidido desde el principio.
Finalmente tomó uno de los anillos.
Rachel lo había colocado discretamente en una esquina, como si supiera que no necesitaba competir con los demás.
Era sencillo.
O al menos lo habría sido... si no fuera por el diamante.
La montura era de platino pulido, limpia, elegante, sin adornos innecesarios. Toda la atención recaía sobre una única piedra sostenida por cuatro delicadas garras.
Una piedra gigantesca.
La luz atravesó el diamante y miles de destellos inundaron la superficie del escritorio.
Mi respiración se quedó suspendida.
—Dios...
No pude evitar decirlo en voz alta porque nunca había visto un diamante así. Ni siquiera en fotografías.
Parecía imposible que una piedra pudiera ser tan grande y seguir viéndose tan perfecta.
—Ven.
Levanté la mirada.
Él ya estaba esperándome con la mano extendida.
—Dame la mano.
Titubeé.
Era absurdo, solo iba a probarme un anillo. Sin embargo, cuando coloqué mi mano sobre la suya, sentí un pequeño vuelco en el pecho.
Su piel estaba cálida y sus dedos envolvieron los míos con una naturalidad desconcertante.
No había prisa.
No había torpeza.
Movía las manos con la seguridad de un hombre acostumbrado a que todo le perteneciera.
Incluyéndome a mí.
Deslizó el anillo lentamente por mi dedo anular. El metal frío rozó mi piel hasta acomodarse en su lugar y, de pronto...
Ahí estaba.
Mi mano dejó de parecerme la misma.
El diamante ocupaba buena parte de mi dedo y lanzaba destellos cada vez que respiraba. Parpadeé varias veces, pero no podía apartar la vista.
Era ridículo.
Exagerado.
Escandalosamente caro.
Y, aun así... era precioso.
Levanté la mano lentamente hacia la luz y la piedra brilló con una intensidad casi hipnótica.
Sentía que pertenecía a otra persona.
A una mujer que viajaba en jet privado, aparecía en portadas de revistas y jamás miraba el precio de nada.
No a mí.
—¿Este...? —pregunté casi en un susurro.
Él observó mi expresión con absoluta calma.
Como si estuviera analizando cada una de mis reacciones, como si aquello fuera una reunión de negocios más.
—No exactamente.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Elegiremos el diamante por separado.
Lo dijo con una tranquilidad que me descolocó, como si estuviéramos hablando de elegir el color de una corbata.
—Este solo sirve para que tengas una idea de las proporciones.
Lo miré.
Luego miré nuevamente la piedra.
Después volví a mirarlo.
—¿Las... proporciones?
Asintió.
—Mandaremos hacer el anillo.
Mi boca se abrió lentamente.
—Así que, si consideras que el diamante debería ser más grande...
Hizo una pausa.
—Solo tienes que decirlo.
Lo miré como si acabara de perder completamente la cordura.
—¿Más grande?
Levanté la mano delante de su cara y el diamante reflejó la luz directamente sobre sus ojos.
—¿Más grande que esto?
Él ni siquiera pestañeó.
—Sí.
Solté una carcajada incrédula.
—No puedo levantar la mano sin sentir que estoy haciendo pesas.
La comisura de sus labios se curvó apenas. Era una sonrisa diminuta, tan rara en él que resultaba casi más peligrosa que cualquiera de sus miradas.
—Estás exagerando.
—¿Exagerando?
Moví la mano de un lado a otro.
—Esto tiene gravedad propia.
Su risa fue baja.
Breve.
Profunda.
Y, por alguna razón, consiguió que algo cálido me recorriera el pecho. Maldita sea, me gustaba escucharlo reír.
—No es tan grande.
Lo miré como si estuviera completamente loco.
—Claro que lo es.
Volví a observar el anillo.
—¿Cómo hace la gente para vivir con una cosa así? Se engancha en la ropa, en el pelo... probablemente también en las puertas.
Él negó con la cabeza.
—La gente se acostumbra.
—Pues yo terminaría rompiendo una ventana antes de llegar a casa.
Su sonrisa se hizo un poco más evidente, solo un poco. Pero fue suficiente para hacer que el ambiente se sintiera extrañamente ligero.
Hasta que volvió a hablar.
—Eliza.
Su voz cambió.
Más grave.
Más firme.
Sin dejar de mirarme, dio un paso hacia mí. La distancia entre nosotros desapareció y su mano ascendió despacio hasta sujetar mi barbilla.
Sus dedos apenas ejercían presión, la suficiente para obligarme a sostenerle la mirada. Mi respiración se volvió irregular.
—Escúchame.
No pude apartar los ojos de los suyos.
Intensos.
Fríos.
Hipnóticos.
—Ese anillo no es para ti.
Fruncí el ceño.
Una punzada inesperada me atravesó el pecho.
Entonces continuó.
—Es para la mujer que el mundo creerá que está comprometida conmigo.
Su pulgar acarició apenas mi mentón, un gesto mínimo.
Pero devastador.
—Y Bastián Müller no le regalaría un anillo discreto a su prometida.
Hizo una pausa.
Sus ojos descendieron hasta el diamante que seguía brillando en mi mano.
—Le regalaría el diamante más espectacular que pudiera encontrar.
Volvió a mirarme.
—Porque eso es exactamente lo que todos esperan de mí.
Guardó silencio un instante.
Luego añadió con esa calma impecable que siempre parecía esconder algo más profundo:
—Y porque volverá completamente loca a Venus.
Sus palabras cayeron sobre mí con la contundencia de un martillo. Toda la conversación seguía resonando en mi cabeza incluso después de que hubiera terminado de hablar.
Sentí un sabor amargo instalarse en la boca del estómago.
Ridículo.
Completamente ridículo.
Todo esto no era más que un acuerdo.
Un contrato.
Una representación cuidadosamente diseñada para convencer al mundo de que Bastián Müller había encontrado a la mujer con la que pensaba casarse.
Nada más.
Entonces, ¿por qué aquella simple aclaración había dolido más de lo que estaba dispuesta a admitir?
Obligué a mis dedos a relajarse alrededor de la mano que seguía sosteniendo en alto. El diamante lanzó un destello cegador bajo la luz de la joyería.
Un símbolo perfecto de una mentira.
Respiré hondo antes de obligarme a sonreír.
—Tienes razón.
Mi voz salió mucho más estable de lo que me sentía por dentro.
—Esto volvería loca de celos a Venus.
Él no respondió de inmediato.
Su mirada permanecía fija en el anillo, recorriendo el brillo de la piedra con la misma atención con la que un empresario inspeccionaría una inversión importante.
Era imposible saber qué estaba pensando.
Finalmente habló.
—Ese es el efecto que espero conseguir.
Su tono era sereno. Demasiado sereno. Como si todo aquello no tuviera ninguna implicación emocional para él.
Solo estrategia.
Solo negocios.
Deslicé el pulgar sobre la montura de platino.
Era fría.
Pesada.
Extrañamente ajena.
Me costaba creer que dentro de unos días millones de personas mirarían fotografías de aquel anillo convencidas de que un hombre como Bastián Müller me había pedido matrimonio.
La sola idea resultaba absurda.
—Supongo que es exactamente el tipo de anillo que ella habría esperado recibir de ti.
Las palabras abandonaron mi boca antes de que pudiera detenerlas. Él levantó la vista y nuestros ojos se encontraron.
No respondió y ese silencio me obligó a seguir hablando.
—Quiero decir... —aclaré rápidamente, intentando restarle importancia—. Venus.
Bajé la mirada hacia el diamante.
—Siempre dio la impresión de que estaba convencida de que terminarían casándose.
Un músculo se marcó apenas en la mandíbula de Bastián. Fue un gesto tan sutil que cualquiera podría haberlo pasado por alto.
Yo no.
—Probablemente.
Solo dijo eso.
Una única palabra.
Ni una explicación, ni una justificación, ni un intento por negar lo evidente. El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
Podía escuchar el suave zumbido del sistema de climatización y, a lo lejos, las voces amortiguadas del personal de la joyería.
Nada más.
Tragué saliva.
Sin dejar de mirar el anillo, murmuré casi para mí misma:
—Ella no quiere el diamante.
Él frunció ligeramente el ceño.
—¿No?
Negué despacio.
—Te quiere a ti.
Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas y en cuanto las escuché salir de mi boca, sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
¿Por qué había dicho eso?
Quise retirarlas, fingir que nunca habían existido, pero era demasiado tarde. Bastián permaneció inmóvil, su expresión no cambió. Sin embargo, sus ojos dejaron de mirar el anillo.
Ahora solo me miraban a mí.
Con una intensidad tranquila.
Insoportable.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló. No era un silencio incómodo, era mucho peor. Era uno de esos silencios que parecían obligarte a escuchar todo aquello que ninguno de los dos estaba dispuesto a decir.
Desvié la vista primero, porque no soportaba que me mirara de esa forma. Me aclaré la garganta y solté una pequeña risa, demasiado forzada para resultar convincente.
—En fin... supongo que ese era el objetivo de toda esta locura, ¿no?
Intenté quitarle importancia. Convertir aquel momento en una simple conversación sobre una exnovia despechada, pero ya era tarde.
Porque una parte de mí acababa de comprender algo que habría preferido seguir ignorando.
No era Venus quien me inquietaba.
Era la posibilidad de que, cuando todo aquello terminara, Bastián Müller volviera a pertenecer únicamente a su mundo...
...y yo tuviera que devolver el anillo, el papel de prometida y la absurda ilusión de que, aunque solo fuera por unas semanas, había ocupado un lugar junto a él.