Capitulo 18
BastiánHabían sido los dos días más largos de mi vida.
Siempre me había gustado viajar.
Los aeropuertos, los vuelos, las reuniones en ciudades distintas... todo formaba parte de una rutina que dominaba desde hacía años. Cambiaban los países, los hoteles y los clientes, pero yo seguía funcionando igual.
Esta vez fue diferente.
Desde que el avión despegó, tuve la incómoda sensación de haber dejado algo importante atrás.
Intenté ignorarlo.
Abrí el portátil, respondí correos, revisé contratos. Incluso adelanté trabajo que ni siquiera era urgente.
Nada funcionó.
Cada momento de silencio terminaba llevándome al mismo lugar.
A ella.
Era ridículo.
Llevaba apenas un par de días fuera. Y, aun así, me sorprendía preguntándome qué estaría haciendo a esa hora.
Si habría desayunado, si seguiría dejando libros abiertos por toda la casa. Si estaría cantando mientras cocinaba, convencida de que nadie podía escucharla.
Apreté la mandíbula.
No.
Aquello no tenía ningún sentido.
Era solo costumbre. Después de varias semanas compartiendo la misma casa, era lógico notar su ausencia, eso era todo.
Tenía que ser eso.
Porque la alternativa...
La alternativa era demasiado peligrosa y no estaba dispuesto a ponerle nombre. Ni siquiera quería formular la idea.
Cada vez que mi cabeza se acercaba a esa posibilidad, la apartaba de inmediato y volvía al trabajo.
Pero ella siempre regresaba.
En el reflejo de una ventana, en una cafetería donde una mujer reía con el mismo entusiasmo, en una librería del aeropuerto. En una canción que sonó por los altavoces de la sala VIP.
Era como si el mundo entero hubiera decidido recordármela.
Y yo estaba perdiendo la batalla.
La reunión terminó antes de lo previsto y en cuanto cerré el último acuerdo, cancelé todo lo que podía posponer y pedí un vuelo para regresar esa misma tarde.
No había ninguna razón empresarial para volver tan deprisa, solo una necesidad que me negaba a analizar.
El vuelo de regreso duró poco.
Demasiado poco para ordenar mis pensamientos. Demasiado largo para soportar la ansiedad que empezaba a instalarse en mi pecho.
Miré por la ventanilla durante el descenso.
Por primera vez en mucho tiempo, no ansiaba volver por mi casa. Ni por mi cama, ni por mi oficina, sino porque había una sola persona en la que podía pensar.
Y cuanto más me acercaba a ella, más difícil me resultaba seguir engañándome.
La necesitaba.
Todavía no entendía hasta qué punto.
Pero ya era incapaz de seguir fingiendo que su ausencia no había cambiado algo dentro de mí.
Era viernes por la noche cuando por fin crucé la puerta de la mansión y el silencio me recibió de inmediato.
No había música.
Ni el aroma de algo cocinándose.
Ni una voz tarareando desde la cocina, como tantas veces había encontrado al regresar del trabajo.
Solo oscuridad.
Y una calma extrañamente incómoda.
Dejé la maleta junto al sofá sin preocuparme por deshacerla. Podía hacerlo después, lo primero era verla.
El pensamiento apareció con una naturalidad que me hizo fruncir el ceño. Ni siquiera intenté justificarlo, simplemente caminé hacia la planta superior.
Durante los dos días que había estado fuera apenas habíamos hablado.
Un par de llamadas, algunos mensajes relacionados con la empresa. Nada más. Sin embargo, cada vez que su nombre aparecía en la pantalla del teléfono, mi atención se concentraba únicamente en ella.
Era absurdo.
Ridículo.
Y cada vez me costaba más encontrar una explicación lógica.
Llegué al pasillo.
La puerta de su habitación permanecía cerrada. Me detuve frente a ella y levanté la mano con la intención de llamar.
Entonces lo escuché.
Un sonido.
Tan tenue que, durante un segundo, pensé que era producto de mi imaginación.
Fruncí el ceño.
Esperé.
Silencio.
Negué para mis adentros. El viaje había sido largo, probablemente solo estaba cansado.
Pero el sonido volvió a repetirse, esta vez un poco más claro. Una respiración entrecortada, un murmullo apenas audible.
Mi mandíbula se tensó.
¿Qué estaba ocurriendo?
Durante unos segundos permanecí inmóvil, debatiéndome entre respetar su intimidad o comprobar que todo estuviera bien.
Podía haberse sentido mal, podía haberse caído, podía haber cualquier explicación razonable y me aferré a esa idea.
Con cuidado, apoyé la mano sobre la perilla y la giré apenas unos centímetros, procurando no hacer ruido.
La puerta se abrió lentamente.
Y entonces la vi.
El aire abandonó mis pulmones de golpe y todos los pensamientos desaparecieron al mismo tiempo.
Solo quedó la imagen frente a mis ojos.
Y comprendí, demasiado tarde, que acababa de cruzar un límite del que ya no habría forma de regresar.
La luz de la luna se colaba por las ventanas, bañando su habitación con un resplandor plateado. Y ahí estaba ella.
Eliza.
Acostada sobre su cama como un cuadro pintado por manos divinas. Llevaba puesto un conjunto de encaje negro que parecía hecho a medida para torturarme.
El delicado tejido abrazaba cada curva de su cuerpo, dejando poco, o casi nada a la imaginación. Su piel, luminosa bajo la luz, tenía el tono perfecto de la porcelana más fina, y su cabello, ese rojo ardiente que siempre me había fascinado, estaba desparramado sobre las sábanas como una corona de fuego.
Era una visión devastadora.
Absolutamente devastadora.
Mi garganta se cerró y por un segundo, olvidé cómo respirar. Todo mi cuerpo se tensó, cada músculo reclamando lo que no podía tener.
Era la perfección.
Y lo peor de todo, la quería para mí.
En ese instante, más que nunca.
Mis manos se cerraron en puños a mis costados, luchando contra el impulso de cruzar la habitación y reclamar lo que, en mi mente, ya era mío. Pero no podía, y lo sabía.
Tenía que irme.
Si me quedaba, si seguía mirándola, esa imagen se grabaría en mi mente y me perseguiría hasta el fin de mis días. Pero mis pies se negaban a moverse. Algo en mí no quería apartar la mirada.
Eliza se movió ligeramente. Un pequeño gesto, pero lo suficiente como para que un gemido suave escapara de sus labios. Uno que me destrozó por completo.
Un calor abrasador se extendió por mi pecho.
Estaba jodido.
Más de lo que ya lo estaba.
Dios, esto era una tortura.
El pantalón me apretaba y esta tensión no se me iba a bajar con nada. Por mi bien decidí irme, estaba invadiendo su privacidad y me sentía un maldito acosador.
Estaba a punto de cerrar la puerta cuando la escuché gemir mi nombre.
Mi garganta se secó y algo dentro mío exploto. La necesidad de entrar y hacerla gritar fueron abrumadoras, porque quería tanto en este momento subirme a esa cama y enterrarme profundo dentro suyo.
Apreté mi dureza, pero sabía que nada aliviaría esto excepto una cosa y era algo que no podía tener.
—Dios, Bastián… sí.
Estaba completamente seguro que esa frase cuando exploto en su orgasmo me iba a torturar por el resto de mis días.
La observé por última vez.
Tenía el cabello desordenado, la respiración todavía irregular y el rostro completamente relajado, ajena a que yo acababa de invadir un momento que jamás debí presenciar.
Aparté la mirada.
Cerré la puerta con el mayor cuidado posible y me obligué a alejarme. Cada paso me costó más que el anterior.
Podría haberme quedado allí durante horas.
Y ese era precisamente el problema, porque ya no confiaba en mí, no después de lo que acababa de sentir. No después de descubrir que mi primer impulso no había sido marcharme, sino acercarme.
Apreté la mandíbula.
Todavía me quedaba una mínima parte de cordura. Y era esa parte la que me obligaba a poner distancia antes de cometer un error que ninguno de los dos podría deshacer.
Estaba perdido.
Completamente perdido.
Regresé a la sala casi por inercia. Recogí la maleta y caminé hasta el estudio. Al entrar, cerré la puerta con más fuerza de la necesaria.
El golpe resonó por toda la habitación.
Me quedé inmóvil unos segundos, respirando hondo. Como si aquel simple gesto pudiera mantenerme lejos de ella.
Dejé la maleta junto al escritorio y me desplomé sobre el sofá. Apoyé los codos en las rodillas y me pasé ambas manos por el rostro.
Inhalé despacio.
Exhalé aún más lento.
Inútil.
Cada vez que cerraba los ojos, la imagen volvía con una claridad desesperante. Su cabello extendido sobre las sábanas. La delicadeza de su silueta recortándose entre las sombras de la habitación.
La forma en que gimió mi nombre.
—Joder... —murmuré para mí mismo.
Me incorporé de golpe.
Necesitaba ocupar las manos, pensar en otra cosa. Hacer cualquier cosa. Abrí el pequeño mueble junto al sofá y saqué la botella de whisky que siempre permanecía allí. Serví un vaso generoso, sin preocuparme por el hielo.
El cristal tintineó suavemente.
Di un primer trago largo.
El licor descendió por mi garganta con ese ardor familiar que, en cualquier otra ocasión, habría bastado para despejarme la cabeza.
Esta vez no.
No importaba cuánto bebiera. La imagen seguía allí, inalterable, implacable. Me recosté contra el respaldo del sofá y solté una risa seca, carente de humor.
Qué ironía.
Había negociado contratos multimillonarios sin perder la calma, había tomado decisiones capaces de cambiar el rumbo de empresas enteras. Siempre encontraba una solución, siempre mantenía el control.
Hasta que apareció ella.
Y bastó una sola imagen para hacer añicos una disciplina que llevaba construyendo toda una vida.
Cerré los ojos con fuerza.
Necesitaba recuperar la cabeza.
Bajé la mirada al problema que llevaba lidiando desde que la vi. Esta jodida dureza en mis pantalones no iba a desaparecer por arte de magia. Me pasé la lengua por los labios, maldiciendo en voz baja. Esto no era lo que deseaba, no era lo que realmente quería, pero de momento, tendría que ser suficiente.
Desabroché el cinturón con dedos tensos, abriendo el botón del pantalón mientras inclinaba la cabeza hacia atrás en el sofá. Cerré los ojos, dejándome llevar por las imágenes de ella que seguían invadiendo mi mente.
Eliza.
Maldita seas, Eliza.
Sabía que esto no solucionaría nada. Esto no apagaría el deseo ni cambiaría lo que sentía cada vez que estaba cerca de ella. Pero en este momento, era lo único que podía hacer para no perder completamente la cabeza.
No era sexo.
Y definitivamente no era ella.
Pero servía.
Sin embargo, mientras mi respiración se estabilizaba y el whisky quemaba un poco menos en mi garganta, las preguntas comenzaron a golpearme con fuerza. Una tras otra, sin tregua.
¿Qué carajos iba a hacer con ella? ¿Tomarla y acabar de una vez? ¿Exorcizarla de mi mente y cuerpo con una sola noche?
Era una idea tan tentadora como absurda, y aun así no lograba desecharla por completo.
Se suponía que mi mente debía estar ocupada en Venus. En cómo recuperarla, en cómo demostrarle que todo lo que pasó fue un error y que aún podíamos salvar lo nuestro.
Eliza no tenía cabida en este plan.
Ella no era parte de mi futuro.
No debía serlo.
Y, sin embargo… lo era.
Me pasé una mano por el rostro, tratando de sacarme ese maldito anillo de la cabeza. Un maldito anillo que no simbolizaba nada, pero que me estaba jodiendo igual.
Ese anillo no la hacía mía. No realmente. Dios, todo esto estaba tan mal que apenas podía soportarlo.
No era mi novia.
No era mi prometida.
Era mi asistente.
Mi brillante y deslumbrante asistente.
Pero ya no podía seguir engañándome. Durante días me repetí que todo era consecuencia de la convivencia, que solo me había acostumbrado a verla cada mañana.
A escucharla llenar la casa con su voz.
Costumbre.
Eso era todo.
Una explicación lógica, una explicación segura. El problema era que había dejado de creerme mi propia mentira.
Abrí los ojos y fijé la vista en el techo.
La línea que tanto me había esforzado por mantener ya no existía y no sabía exactamente cuándo había desaparecido. Quizá fue la primera vez que la vi reír sin preocuparse por nada, o cuando defendió mi nombre delante de Venus creyendo que nunca la escucharía.
Tal vez había sido mucho antes.
Lo único que sabía era que Eliza había dejado de ser únicamente mi asistente y yo había dejado de verla como tal.
Solté una exhalación lenta.
Esto no podía complicarse.
No debía complicarse.
Porque todo tenía un objetivo. Siempre lo había tenido y era recuperar a Venus. Ese había sido el motivo por el que empecé toda esta farsa.
La única razón.
Entonces...
¿Por qué ya no conseguía imaginar ese futuro con la misma claridad?
Fruncí el ceño.
Durante mucho tiempo estuve convencido de que Venus era la mujer con la que terminaría mi vida. Era lo lógico, lo esperado, lo que había planeado.
Pero cada vez que intentaba visualizar ese futuro... aparecía otra persona.
Eliza.
Apreté el vaso con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. No podía seguir permitiéndolo, porque esto ya no era una simple atracción.
Tampoco una costumbre.
Era algo mucho más peligroso. Algo que llevaba semanas creciendo delante de mis ojos mientras yo insistía en ignorarlo.
Y lo peor de todo... era que ya no estaba seguro de querer seguir ignorándolo.
Cuando salí de mi habitación a la mañana siguiente, Eliza no estaba por ningún lado. Era sábado, no había oficina y lo más lógico era pensar que estaría ocupada con sus propios planes.
Entonces, ¿por qué mi primer impulso fue preguntarme dónde estaba?
La idea apareció tan rápido que apenas tuve tiempo de reconocerla. La aparté de inmediato. No. No iba a empezar el día buscándola por la casa como un adolescente incapaz de controlar sus impulsos.
Tenía problemas mucho más importantes de los que ocuparme. Entre en la cocina y preparé café. El aroma comenzó a extenderse lentamente por la estancia mientras el silencio envolvía la mansión.
En otro momento me habría parecido una mañana cualquiera, ahora no. Agradecí aquella calma, porque era el único lugar donde mi cabeza dejaba de luchar consigo misma.
Regresé al estudio con la taza entre las manos y cerré la puerta detrás de mí. Apenas me acomodé en el sofá, dispuesto a disfrutar de unos minutos de tranquilidad, el teléfono empezó a vibrar sobre el escritorio.
Miré la pantalla.
Mi padre.
Solté un suspiro. Ni siquiera había contestado y ya sentía el comienzo de un dolor de cabeza.
—¿Se puede saber qué es eso de que estás comprometido? —fue lo primero que dijo, con ese tono seco y autoritario que convertía cualquier conversación en un interrogatorio.
Ni un saludo.
Ni una cortesía.
Nada.
—Hola a ti también, padre.
Intenté mantener la voz neutra, aunque sabía que era un esfuerzo inútil.
—No pruebes mi paciencia, Bastián. Tu madre está muy afectada por no haberse enterado por su propio hijo de que estaba comprometido.
Claro.
Porque en mi familia las apariencias siempre habían sido más importantes que las personas. No importaba cómo me sintiera, importaba la imagen.
Lo que los demás vieran.
Lo que pudieran comentar.
Todo lo demás era secundario.
—No es tan importante —respondí, sin la menor intención de explicar una mentira que ni yo mismo terminaba de comprender.
—Ya hablaremos de ello cuando nos veamos.
Sentí cómo todos los músculos de mi espalda se tensaban, porque mi padre jamás decía algo así por casualidad.
—¿Qué significa eso?
—En dos semanas volaremos con tu madre a Nueva York. Espero que prepares la habitación de invitados; nos quedaremos contigo. Queremos conocer a la nueva afortunada.
Cerré los ojos durante un instante.
Por supuesto.
Era cuestión de tiempo.
Venus jamás habría desaprovechado una noticia así. Si ya había conseguido que media ciudad creyera que estaba comprometido, era lógico que la información terminara llegando hasta mis padres.
—Padre...
—No hay peros, Bastián. Además, tenemos cosas que discutir.
La llamada terminó antes de que pudiera responder. Bajé lentamente el teléfono y permanecí varios segundos mirando la pantalla apagada. Como si esperara que, por algún milagro, acabara de decirme que todo había sido una broma.
No ocurrió.
Dejé el móvil sobre el escritorio y me pasé ambas manos por el rostro. Mis padres iban a quedarse en mi casa y la sola idea era suficiente para provocarme un agotamiento anticipado.
No conocía a dos personas más expertas en analizar cada detalle de mi vida.
Mi padre cuestionaba cada decisión que tomaba, mi madre sonreía mientras hacía exactamente lo mismo. Y ahora tendría que convencerlos de que estaba perdidamente enamorado.
Solté una risa breve, completamente carente de humor.
Qué ironía.
Hasta hacía unos días me preocupaba únicamente que Venus creyera nuestra historia. Ahora tendría que convencer a las dos personas que mejor me conocían. Me levanté y caminé hasta la ventana con la taza de café en la mano.
Dos semanas.
Ese era todo el tiempo que tenía para construir una mentira lo suficientemente sólida como para engañar a mis padres. Tendríamos que parecer una pareja real, natural, cómplice.
Tendríamos que discutir, reír, compartir espacios y mirarnos como si estuviéramos enamorados. Mi mandíbula se tensó.
Eliza.
Su nombre apareció en mi cabeza con una facilidad que empezaba a resultar peligrosa. Hasta ese momento, el mayor desafío había sido fingir delante de los demás. Ahora el verdadero problema era otro.
Era convivir con ella bajo el mismo techo mientras mis padres observaban cada gesto, cada palabra y cada silencio. Porque si a duras penas conseguía mantener el control estando a solas con ella... no quería imaginar lo que ocurriría cuando tuviera que tomarla de la mano, abrazarla o besarla delante de mi familia.
Tomé un largo sorbo de café.
El amargor apenas consiguió distraerme. La cafeína no iba a resolver aquello, lo que necesitaba era algo mucho más difícil de conseguir.
Necesitaba recuperar el control de mí mismo antes de que alguien descubriera que el único que había dejado de distinguir entre la mentira y la realidad... era yo