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Capitulo 19

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Capitulo 19

Eliza

La música retumbaba entre las paredes del bar, mezclándose con las conversaciones, las risas y el incesante tintinear de las copas. Las luces de neón teñían el ambiente de tonos violetas y azules, envolviendo a todos en una especie de burbuja donde parecía imposible pensar en los problemas que esperaban al otro lado de la puerta.

O, al menos, esa era la teoría.

Me acomodé en una mesa alta, girando distraídamente la copa de Martini entre los dedos antes de llevarla a los labios. El líquido frío descendió por mi garganta mientras mi tacón comenzaba a seguir el ritmo de la música casi por instinto.

Emma todavía no llegaba.

Miré la hora por tercera vez en menos de cinco minutos y resoplé para mis adentros. La conocía lo suficiente como para saber que aparecería sonriendo, con alguna excusa absurda y convencida de que llegar quince minutos tarde era prácticamente puntual.

No pude evitar sonreír.

La necesitaba.

Necesitaba una noche normal. Una noche en la que no hubiera falsos compromisos, reuniones interminables ni un hombre incapaz de abandonar mis pensamientos.

Solo quería volver a sentirme como antes.

Salir con mi mejor amiga, reírnos hasta que nos doliera el estómago, criticar a desconocidos con discreción desde nuestra mesa.

Tal vez, bailar un poco.

Y, por una vez, dejar de analizar cada palabra que el señor Müller decía... o dejaba de decir.

Di otro sorbo al Martini y recorrí el bar con la mirada.

Había parejas riendo, grupos celebrando quién sabía qué y personas que parecían haberse olvidado del mundo por unas horas.

Eso era exactamente lo que yo buscaba.

Olvidarme del mío.

Aunque fuera solo por esta noche.

De repente la vi. Emma apareció entre la multitud con esa seguridad que siempre parecía abrirle camino. Avanzaba esquivando personas con una facilidad envidiable, como si el bar entero se acomodara a su paso.

Su vestido negro se ajustaba a la perfección a su figura y los tacones rojos llamaban la atención con cada paso y el cabello, cayendo en ondas desordenadas sobre los hombros, terminaba de darle ese aire elegante que parecía llevar sin esfuerzo.

En cuanto nuestras miradas se encontraron, sonrió. Y sentí cómo una parte del peso que llevaba encima desaparecía al instante.

Siempre era así con Emma.

Tenía esa extraña capacidad de hacerme creer que, por muy caótico que fuera el mundo, todo terminaría saliendo bien.

Cuando llegó a la mesa dejó su Martini frente a ella y tomó asiento con la naturalidad de quien estaba acostumbrada a convertir cualquier lugar en un espacio seguro.

—¿Cómo estás? —preguntó con una sonrisa sincera.

La observé durante un instante antes de responder.

La última vez que nos habíamos visto mi vida todavía tenía sentido. Ahora... Bueno, ahora llevaba un anillo de compromiso falso valorado en una cantidad obscena de dinero y compartía casa con mi jefe.

No era precisamente la clase de actualización que imaginaba darle.

Suspiré sin darme cuenta y el movimiento hizo que la luz del bar se reflejara sobre el diamante que descansaba en mi mano. No tardó ni un segundo en verlo.

Sus ojos descendieron hasta mi dedo y una ceja se arqueó lentamente.

—¿Qué se supone que es eso? —preguntó, señalando el anillo con una mezcla de sorpresa y absoluta incredulidad.

Bajé la vista hacia la piedra.

Había pensado en dejarlo en casa y durante varios minutos lo tuve sobre la cómoda, convencida de que no quería llevarlo puesto. Pero, antes de salir, recordé la expresión del señor Müller cuando me lo entregó.

No había sido exactamente frustración, tampoco enfado. Había algo más, algo que todavía no conseguía entender. Y, al final, terminé poniéndomelo, como si quitármelo significara romper un papel que todavía seguíamos interpretando.

—Es un anillo de compromiso —dije con cierta vacilación—. Un anillo de compromiso falso.

Emma se relajó visiblemente y dejó escapar un largo suspiro.

—Ya veo —murmuró unos segundos después, llevándose una mano al pecho—. No es real. Por Dios, Eliza, iba a decir... mierda, esa roca es enorme.

No pude evitar soltar una pequeña risa.

—El diamante es real.

Emma abrió los ojos como si acabara de escuchar la mayor locura del planeta. Su atención volvió inmediatamente al anillo.

—¿Qué?

—Quiero decir, el compromiso es falso —aclaré rápidamente—. Es obvio que no me voy a casar con él, pero el diamante... es de verdad.

Durante unos segundos no dijo absolutamente nada. Solo contempló el anillo con una concentración casi científica. Después levantó lentamente la vista hacia mí.

—De acuerdo, ahora ahonda en la parte en la que finges estar comprometida, porque obviamente tienes que contarme de qué carajo va eso —dijo con su habitual tono mordaz mientras tomaba mi mano para examinar la joya más de cerca. Giró mis dedos de un lado a otro, haciendo que el diamante atrapara la luz de los neones—. Pero mira esa cosa. ¿Lo ha comprado? ¿No es un préstamo o algo así? ¿Te volviste loca?

—No, él lo compró. Y respecto a lo de volverse loca... no estoy muy segura.

Mi respuesta salió acompañada de una risa nerviosa. Decirlo en voz alta hacía que toda aquella historia sonara todavía más absurda.

Emma seguía observando el anillo con una mezcla de fascinación y desconcierto.

Finalmente soltó mi mano y me dedicó una mirada larga, inquisitiva. Ya no estaba analizando el diamante, me estaba analizando a mí.

Y conocía esa expresión, era la misma que ponía cada vez que intuía que yo estaba ocultándole algo importante.

—¿No crees que es mucha inversión para un compromiso que no es real?

No pude evitar soltar una risa sin humor.

—Es ridículo —respondí—. No sé cómo la gente lleva cosas así todo el tiempo. No es cómodo, se engancha a todo. A todo.

Emma dejó escapar una pequeña carcajada.

—Eso es un problema que me encantaría tener.

Negué con la cabeza, divertida. Ella volvió a fijar la vista en el anillo y la expresión burlona desapareció poco a poco, sustituida por una curiosidad casi infantil.

—Es precioso —admitió. Lo giró con cuidado para que el diamante atrapara la luz del bar y, antes de que pudiera reaccionar, me lo quitó del dedo.

Levanté una ceja.

—¿Quieres probártelo? —pregunté, incapaz de contener la sonrisa.

Como si hubiera estado esperando mi permiso, se lo colocó enseguida.

—Oh, sí, esto me queda hermoso —dijo, extendiendo la mano frente a su rostro con una sonrisa satisfecha.

La observé unos segundos.

—Te queda bien.

Emma me lanzó una mirada asesina y, casi de inmediato, cambió el anillo a la mano derecha, como si acabara de darse cuenta de lo que implicaba llevarlo en el dedo anular. No pude evitar reír.

—Quizás pronto encuentres al hombre de tus sueños que ponga un anillo en tu dedo —murmuré con un deje de sarcasmo.

Ella resopló.

—Mejor no, gracias.

Se acomodó en la silla, dio un pequeño sorbo a su Martini y volvió a mirarme. Esta vez había dejado de bromear.

—Pero, Eliza, ¿por qué te compró un anillo de compromiso? ¿Acaso la mentira no era lo suficientemente convincente?

Suspiré. Ni yo misma terminaba de entender cómo habíamos llegado hasta ese punto.

—Sí lo era... pero, bueno, como que le solté a Venus que el señor Müller me propuso matrimonio.

Emma parpadeó.

—¿Qué? ¿Por qué?

Me mordí el labio inferior antes de responder.

—Vino una tarde, mientras mi jefe aún estaba en la oficina. Yo la invité a esperar, y acabamos hablando. Dijo que quería advertirme sobre él... que no sabía en lo que me estaba metiendo al salir con un hombre como él.

Emma puso los ojos en blanco con tanta fuerza que pensé que acabarían perdiéndose en algún rincón del bar.

—¿Porque piensas que tuvo una mala intención? ¿No podría ser que realmente quiera advertirte sobre su experiencia con él?

Negué sin dudarlo.

—Claro que no. Esa mujer me odia —me encogí de hombros—. Dijo que Müller no se compromete —hice comillas con los dedos—, y que solo usa a la gente, que es frío, despiadado... y que me dejaría de lado cuando termine conmigo.

Emma apoyó un codo sobre la mesa y me observó durante unos segundos.

—Entonces, ¿trataste de contrarrestar su argumento afirmando que estabas comprometida?

Asentí despacio mientras daba otro sorbo a mi bebida.

—Sí, pero él... no había estado comprometido con ella en ese sentido de la palabra, no realmente. Solo quería su dinero. Así que... tuve que demostrar que ella estaba equivocada.

Emma permaneció unos segundos en silencio, después se quitó el anillo y me lo devolvió. Lo sostuve un instante entre los dedos antes de volver a colocarlo donde pertenecía. El peso del diamante volvió a hacerse presente.

—Bueno, la verdad es que no quería un anillo tan grande, pero el señor Müller me dijo que es lo que ella querría. Me vio con él en un evento y.… tengo que admitir que la cara que puso fue todo un poema.

Emma se recostó en el respaldo de la silla, levantó lentamente su copa y dio un largo trago antes de dejarla nuevamente sobre la mesa.

Una sonrisa divertida apareció en su rostro.

—Joder, habría pagado un buen dinero por ver eso.

No pude evitar reír.

Por primera vez en toda la semana, aquella risa salió sin esfuerzo. Y, aunque solo fuera por un instante, conseguí olvidarme del peso que llevaba en el dedo... y del hombre que me lo había puesto.

Mientras seguíamos hablando y riéndonos, empecé a notar algo curioso.

El bar estaba lleno.

Había grupos celebrando cumpleaños, parejas ocupando las mesas del fondo y más de un hombre recorriendo el lugar con la mirada, claramente buscando compañía.

Y, aun así... nadie se había acercado a nuestra mesa.

Al principio no le di importancia, porque, de hecho, no había salido con Emma para ligar.

De hecho, era exactamente lo contrario.

Lo único que quería era desconectar un rato de todo el caos en el que se había convertido mi vida. Pero, conforme pasaban los minutos, empecé a darme cuenta de que era extraño.

Muy extraño.

Emma era preciosa y yo... bueno, nunca me había considerado una mujer despampanante, pero tampoco invisible.

Normalmente, en un lugar como ese, tarde o temprano aparecía algún valiente dispuesto a invitarnos un trago o a intentar una conversación incómoda. Pero esta noche, nada. Ni una mirada demasiado insistente, ni una sonrisa, ni un intento de acercamiento.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Qué pasa? —preguntó Emma al notar que me había quedado pensativa.

Bajé la vista casi por inercia. El enorme diamante brilló bajo las luces violetas del bar.

—Ah. Claro, el anillo.

No pude evitar soltar una risa por lo bajo, porque resultaba ridículo. Aquella piedra era prácticamente un cartel luminoso que decía ocupada. Nadie en su sano juicio se acercaría a coquetear con una mujer que llevaba semejante anillo de compromiso.

Sin querer, apoyé el pulgar sobre el aro de oro blanco y lo hice girar lentamente alrededor de mi dedo. Qué ironía, aquel anillo había sido comprado para convencer al mundo de una mentira.

Y, sin embargo, estaba cumpliendo su función a la perfección. Alejaba a cualquiera que pudiera acercarse, como si realmente perteneciera a alguien, como si ya hubiera hecho una promesa.

La sonrisa desapareció poco a poco.

Dentro de unas semanas todo aquello terminaría. Devolvería el anillo y volvería a mi apartamento, a mi rutina, a mi antigua vida. Era exactamente lo que había querido desde el principio.

Entonces... ¿Por qué esa idea ya no me hacía sentir aliviada?

Mi mirada permaneció fija en el diamante unos segundos más y recordé el momento en que Bastián lo deslizó en mi dedo. La seguridad con la que dijo que debía llevarlo siempre, la forma en que lo observó después, como si quisiera comprobar que realmente me pertenecía.

Tragué saliva.

No.

No podía empezar a darle significados que no tenía. Aquel anillo era solo una herramienta, una pieza más de una mentira cuidadosamente construida.

Nada más.

Apreté la copa entre las manos y obligué a mis pensamientos a detenerse. Ya tendría tiempo de preocuparme por el futuro.

Esta noche solo quería ser Eliza.

No la falsa prometida de Bastián Müller, solo una mujer compartiendo unas copas con su mejor amiga, intentando olvidar, aunque fuera por un par de horas, que el hombre que ocupaba todos sus pensamientos jamás había sido realmente suyo.