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Capitulo 2

El Contrato 18+ — booknet.com · All chapters

Capitulo 2

Eliza

El señor Müller me había pedido que lo acompañara a la gala.

A mí.

En los tres años que llevaba trabajando para él, jamás había ocurrido algo semejante. Bastián Müller, el hombre más frío, distante y calculador que había conocido, y acababa de invitarme a acompañarlo a un exclusivo evento de beneficencia.

¿Por qué?

La pregunta no dejaba de dar vueltas en mi cabeza.

Como su asistente, era normal que me pidiera organizar reuniones, preparar viajes o resolver cualquier inconveniente de último momento. Pero aquello era diferente. Muy diferente. Acompañarlo a una gala no figuraba en ninguna parte de la descripción de mi puesto.

El desconcierto inicial dio paso a una tormenta de emociones. Incredulidad. Nervios. Ansiedad. Y, para mi desgracia, una emoción que me negaba rotundamente a analizar.

Porque pasar toda una noche junto a Bastián Müller, fuera de la oficina, sonaba tan aterrador como peligrosamente emocionante.

Solté un suspiro largo mientras salía del edificio, obligándome a recuperar la compostura.

No era una cita.

No era una invitación personal.

Era trabajo. Solo trabajo.

Me repetí aquellas palabras una y otra vez, aunque ni yo misma conseguía convencerme del todo.

Pero si lidiar con mi jefe durante varias horas ya era un reto suficiente, había un problema todavía más urgente.

La gala exigía etiqueta rigurosa.

Y mi armario estaba a años luz de cumplir ese requisito.

Podía vestir de manera elegante para la oficina, sí, pero una gala de ese nivel era otra historia. Necesitaba un vestido sofisticado, unos zapatos adecuados, accesorios... Todo aquello que, casualmente, brillaba por su ausencia en mi guardarropa.

Miré la hora en la pantalla del teléfono y sentí que el estómago se me encogía.

Dos horas.

Solo tenía dos horas para convertirme en una mujer capaz de caminar entre empresarios, políticos y millonarios sin parecer una intrusa.

Perfecto.

El señor Müller había conseguido poner mi mundo de cabeza... y ni siquiera había empezado la noche.

Saqué el teléfono del bolso y marqué el número de Emma. Si alguien podía rescatarme de aquella catástrofe, era ella.

—¡Emma! Dime que no estás ocupada. Es una emergencia.

—¿Qué pasó? Respira primero.

—¡El señor Müller me pidió que lo acompañe a una gala!

Hubo un breve silencio.

—¿El señor Müller? ¿Tu jefe?

—Sí, ese mismo. Y no tengo nada que ponerme. Absolutamente nada.

Su risa sonó al otro lado de la línea.

—No entres en pánico. Dame cinco minutos y estoy en tu apartamento. Deja la puerta sin seguro.

Colgué con un suspiro de alivio. Al menos no tendría que enfrentar aquella crisis sola.

Subí las escaleras casi corriendo y, apenas entré al apartamento, dejé el bolso sobre la mesa. Tenía menos de dos horas para convertirme en la acompañante de uno de los empresarios más importantes del país. Solo pensarlo hacía que el corazón me golpeara contra las costillas.

Fui directamente al baño y abrí la ducha. El vapor comenzó a llenar el ambiente mientras el agua caliente caía sobre mi cuerpo, llevándose el cansancio de la jornada... pero no el torbellino de pensamientos.

¿Por qué yo?

En tres años, Bastián Müller jamás me había invitado a un evento. Apenas cruzábamos palabras que no estuvieran relacionadas con el trabajo.

¿Era solo una cuestión de imagen? ¿Necesitaba una asistente que aparentara ser su acompañante? ¿O simplemente estaba buscando la forma de ponerme a prueba?

Resoplé, frustrada conmigo misma. Estaba dándole demasiadas vueltas, fuera cual fuera la razón, seguía siendo mi jefe y aquello seguía siendo trabajo.

Cerré el grifo, me envolví en una bata y terminé de ajustar el cinturón alrededor de mi cintura justo cuando la puerta del apartamento se abrió de golpe.

—¡Llegó el equipo de rescate! —gritó Emma desde la entrada.

La energía de mi mejor amiga inundó el apartamento en cuanto cruzó la puerta, cargando varias bolsas como si estuviera preparada para librar una guerra.

—¿Qué haces entrando así? —pregunté entre divertida y escandalizada.

—No hay tiempo para modales. Estamos en código rojo.

Sin esperar respuesta, desapareció en mi habitación y comenzó a sacar vestidos sobre la cama con una eficiencia admirable.

—¿De dónde salió todo eso?

—Tengo contactos. Ahora dime, ¿qué quieres transmitir esta noche?

Fruncí el ceño.

—Quiero verme elegante, no disfrazada. Que nadie piense que me colé en la gala.

Emma me observó unos segundos antes de asentir.

—Perfecto. Déjalo en mis manos.

La abracé con fuerza.

—No tienes idea de cuánto me estás salvando.

—Lo sé. Esta noche soy tu hada madrina.

Reímos, pero enseguida recuperó su expresión de profesional.

—Ahora, cámbiate.

Me puse un conjunto negro sin tirantes mientras ella revisaba los vestidos. El primero, blanco satinado, quedó descartado al instante.

—Parecerías una novia.

El siguiente, un modelo negro demasiado corto, recibió el mismo destino.

—No. Quiero que deslumbres, no que provoques un infarto colectivo.

Después rechazó un vestido rojo ajustado.

—Demasiado evidente.

Tomé entonces un vestido verde esmeralda de corte elegante y lo sostuve frente a mi cuerpo. La tela caía con una delicadeza que me hizo sonreír.

Emma inclinó la cabeza.

—¿Verde?

—¿Por qué no? Es elegante… y además resalta mis ojos.

—Ah, claro —respondió con una sonrisa traviesa—. Y porque estás convencida de que te ves espectacular.

Le guiñé un ojo.

—Alguien tiene que mantener alta mi autoestima.

Las dos estallamos en carcajadas.

Emma me ayudó a subir el cierre del vestido y me giré hacia el espejo. Me quedé sin palabras.

El vestido verde esmeralda abrazaba mi figura como un guante. Sin tirantes y con una elegante abertura sobre la pierna derecha, era sofisticado y atrevido a la vez.

—¿Ves? —dijo Emma con una sonrisa satisfecha—. Tenías razón era el indicado. Con esos ojos, vas a dejar a más de uno sin respiración.

En pocos minutos recogió mi cabello en un moño elegante, aplicó un maquillaje suave y completó el conjunto con unos pendientes plateados y unas sandalias a juego.

—Ahora sí... perfecta.

Tomé el bolso cuando su voz me detuvo.

—Espera. Hay un problema.

La miré confundida.

—Se marca la ropa interior.

Abrí los ojos como platos.

—Ni se te ocurra...

—Eliza, confía en mí.

Resoplé con dramatismo, pero terminé cediendo.

—Espero que se valore el nivel de sacrificio que estoy haciendo por esta gala.

Emma soltó una carcajada.

—Muchísimo.

Volví a mirarme en el espejo y apenas me reconocí. No era la mujer que cada mañana salía rumbo a la oficina con el cabello suelto y un traje sastre. Esta versión de mí se veía elegante, segura... incluso un poco peligrosa.

El timbre del apartamento me devolvió a la realidad.

—Es el taxi —murmuré, sintiendo cómo los nervios regresaban de golpe.

Tomé el bolso y respiré hondo.

—¿Y si hago el ridículo?

Emma apoyó las manos sobre mis hombros y sonrió.

—No vas a hacer el ridículo. Vas a entrar a esa gala y dejar a todos con la boca abierta. Incluso a tu insoportable jefe.

Reí pese al nudo que tenía en el estómago.

Con una última mirada a mi reflejo, salí del apartamento rumbo a la noche que, sin saberlo, estaba a punto de cambiar mi vida.

Durante todo el trayecto apenas fui consciente de la ciudad que desfilaba al otro lado de la ventanilla.

Solo podía pensar en una cosa.

No cometas un error.

Mi corazón golpeaba con fuerza contra las costillas mientras repasaba mentalmente cada detalle. Sonríe cuando sea necesario. Habla solo si te hablan. No contradigas al señor Müller. No derrames una copa sobre ningún millonario.

Y, sobre todo, no hagas nada que le dé un motivo para despedirte.

Apreté con fuerza el pequeño bolso entre las manos. Necesitaba este trabajo. Lo necesitaba más de lo que mi orgullo estaba dispuesto a admitir.

Diez minutos después, el taxi se detuvo frente al Hotel Ritz. Levanté la vista y el aire se escapó lentamente de mis pulmones.

El edificio parecía sacado de otra época. La fachada, bañada por una iluminación dorada, desprendía una elegancia intimidante. Varias limusinas y vehículos de lujo llegaban uno tras otro mientras hombres de impecables uniformes abrían las puertas a los invitados.

Respiré hondo.

—Puedes hacerlo, Eliza —me susurré.

Pagué el viaje, alisé el vestido por pura inercia y descendí del automóvil.

La brisa nocturna acarició mi piel desnuda y, por un instante, consiguió calmar el torbellino que llevaba dentro.

Solo un instante.

El sonido de mis tacones resonó sobre el mármol de la entrada mientras avanzaba hacia el interior del hotel.

Todo era deslumbrante.

Los enormes candelabros de cristal iluminaban el salón con una luz cálida que hacía brillar cada detalle dorado de la decoración. Arreglos florales impecables adornaban las mesas, una orquesta interpretaba una melodía elegante y el suave murmullo de las conversaciones se mezclaba con el tintinear de las copas de champán.

Era un mundo completamente distinto al mío.

Empresarios, políticos, celebridades... Personas acostumbradas al lujo caminaban por el salón con una naturalidad que yo estaba muy lejos de sentir.

Noté algunas miradas detenerse en mí. Instintivamente levanté la barbilla y enderecé los hombros, si iba a sentirme fuera de lugar, al menos no pensaba demostrarlo.

Un camarero pasó junto a mí ofreciendo champán.

Estuve a punto de aceptar una copa para tranquilizar los nervios, pero desistí enseguida. Lo último que necesitaba era que el alcohol me jugara una mala pasada.

Continué avanzando entre los invitados, buscando con la mirada el único rostro conocido del lugar.

Y entonces lo encontré.

Bastián Müller.

Estaba al otro extremo del salón, conversando con un reducido grupo de empresarios. Su presencia eclipsaba todo lo que lo rodeaba.

Vestía un esmoquin negro perfectamente entallado que realzaba su amplia espalda y su porte impecable. Una mano descansaba dentro del bolsillo del pantalón mientras la otra sostenía una copa de whisky.

Escuchaba a uno de los hombres con esa expresión impasible que conocía tan bien, aunque de vez en cuando esbozaba una leve sonrisa, suficiente para captar la atención de todos.

Jamás lo había visto fuera de la oficina.

Sin la rigidez de los pasillos de la empresa, parecía incluso más imponente. Más atractivo. Muchísimo más peligroso.

Desvié la mirada de inmediato.

No era momento de admirar a mi jefe. Era momento de recordar por qué estaba allí, esto no era una cita, no era una invitación romántica.

Eran horas extras.

Respiré profundamente una vez más y reuní todo el valor que pude. Alcé la cabeza, y comencé a caminar hacia él.

Con cada paso, tenía la sensación de que mi vida estaba a punto de cambiar... aunque todavía no imaginaba hasta qué punto.