Capitulo 20
BastiánLlevaba cinco días enteros ensayando aquella conversación en mi cabeza.
Cinco días buscando la manera de decirle a Eliza que mis padres vendrían a Nueva York.
Cinco días intentando encontrar una forma elegante de añadir que, para mantener la mentira, tendríamos que compartir habitación.
Y, probablemente, la misma cama.
Solté una exhalación lenta, todavía me costaba creer que hubiéramos llegado a ese punto. Aunque, siendo sincero, sabía perfectamente cómo había ocurrido.
Cada decisión nos había empujado un poco más lejos.
Primero el falso noviazgo.
Después la convivencia.
Más tarde el compromiso.
Y ahora... esto.
Me dejé caer contra el respaldo de la silla y cerré los ojos durante unos segundos. La imagen de Eliza probándose aquel maldito anillo volvió a aparecer sin pedir permiso.
Recordé la forma en que el diamante brillaba sobre su mano, lo natural que se veía allí y la absurda satisfacción que había sentido al verla llevarlo puesto.
Apreté la mandíbula.
¿En qué momento había empezado a reaccionar así?
Era un anillo.
Solo una joya.
Nada más.
Y, sin embargo, bastó imaginarla quitándoselo para que una parte de mí lo rechazara de inmediato.
No era el anillo.
Nunca lo había sido.
Era ella.
Siempre había sido ella.
Me pasé una mano por la nuca con gesto cansado y consulté la hora por quinta vez. Seguía retrasando lo inevitable.
Ridículo.
Había negociado con empresarios capaces de destruir compañías enteras con una sola firma. Había tomado decisiones que comprometían millones de dólares sin perder el pulso.
Y, aun así...
La idea de hablar con Eliza conseguía ponerme más nervioso que cualquiera de esas reuniones.
Porque los negocios tenían reglas, las personas no. Y Eliza, mucho menos. Nunca sabía con qué iba a sorprenderme, nunca reaccionaba como esperaba.
Y, para mi desgracia, empezaba a darme cuenta de que esa imprevisibilidad era una de las cosas que más me atraían de ella.
Me incorporé de golpe.
Seguir dándole vueltas no iba a cambiar nada. Tomé la chaqueta del respaldo de la silla y salí del despacho.
La oficina estaba prácticamente vacía a esas horas, saludé con un leve movimiento de cabeza al guardia de seguridad y descendí hasta el estacionamiento.
La ciudad ya se había vestido de noche.
Las luces de los edificios se reflejaban sobre el asfalto húmedo mientras el tráfico avanzaba con esa lentitud caótica tan característica de Nueva York.
Subí al coche y permanecí inmóvil unos segundos, con ambas manos apoyadas sobre el volante.
Respiré hondo.
Una vez.
Dos.
Tres.
No sirvió de mucho.
Encendí el motor y mientras abandonaba el estacionamiento comprendí que ya no tenía más tiempo para seguir posponiéndolo.
Eliza tenía derecho a saber lo que se venía y yo tenía la obligación de decírselo. Aunque eso significara pedirle algo que, unas semanas atrás, jamás habría imaginado.
Dormir juntos.
La sola idea hizo que mis dedos se tensaran sobre el volante. Manejar más rápido no cambiaría lo que nos esperaba, tampoco ensayar otra explicación. Porque el verdadero problema no era convencer a Eliza de compartir una habitación.
El verdadero problema era convencerme a mí mismo de que sería capaz de dormir a su lado... sin olvidar que todo aquello seguía siendo una mentira.
Cuando llegué a la mansión, apagué el motor y permanecí unos segundos inmóvil.
Las manos seguían apoyadas sobre el volante y los dedos, tensos alrededor del cuero. Podía retrasarlo unos minutos más, pero no evitarlo.
Solté una exhalación lenta, abrí la puerta del coche y crucé la entrada de la casa.
El silencio me recibió de inmediato. Dejé la chaqueta sobre el respaldo del sofá y el maletín junto a la mesa de centro mientras recorría el vestíbulo con la mirada.
Fruncí el ceño.
Era extraño.
A esta hora Eliza normalmente ya estaba en casa. O leyendo en la biblioteca, o cocinando alguna receta imposible mientras tarareaba canciones que jamás reconocía.
La casa nunca estaba completamente en silencio cuando ella estaba aquí y, de pronto, me descubrí echando de menos ese ruido. Subí las escaleras y me detuve frente a la puerta de su habitación. Llamé un par de veces con los nudillos, pero no hubo respuesta.
Abrí apenas la puerta. La habitación estaba vacía y una sensación incómoda me atravesó el pecho. No era preocupación o, al menos, eso intenté convencerme. Simplemente necesitaba saber dónde estaba.
Nada más.
Cerré la puerta y caminé hasta la biblioteca. Empujé la hoja de madera con cuidado y la encontré enseguida. Dormía en el sofá, con un libro abierto sobre el pecho y las piernas recogidas bajo una manta que, evidentemente, había olvidado acomodar.
La lámpara de lectura iluminaba apenas una parte de su rostro y un mechón de cabello caía sobre su mejilla. Su respiración era lenta, profunda, tranquila.
Me quedé inmóvil.
Toda la tensión con la que había regresado de la oficina desapareció en cuestión de segundos. Era absurdo. Llevaba cinco días preparándome para aquella conversación y bastó verla dormida para que dejara de importarme durante un instante.
No quería despertarla.
No todavía.
Me acerqué despacio, con cuidado de no hacer ruido. Sin pensar demasiado, tomé el libro que descansaba sobre su pecho y lo cerré lentamente. Ella apenas murmuró algo ininteligible y se acomodó un poco más sobre el sofá, aferrándose a la manta como una niña.
Una sonrisa apareció en mis labios antes de que pudiera impedirlo.
Negué para mis adentros.
Era increíble la facilidad con la que esta mujer conseguía desarmarme. La observé unos segundos más y después me obligué a apartarme. Si seguía aquí, terminaría retrasando la conversación indefinidamente.
Subí a mi habitación y me deshice de la corbata, la camisa y los zapatos con movimientos mecánicos antes de entrar en la ducha. El agua caliente golpeó mis hombros y cerré los ojos.
Cinco días.
Cinco días buscando la forma adecuada de decirle que mis padres vendrían, que tendríamos que fingir delante de ellos las veinticuatro horas del día, que compartir una habitación sería inevitable.
No existía una forma amable de decir algo así.
Y cuanto más lo pensaba, peor sonaba. Apoyé las manos contra la pared de la ducha y dejé que el agua corriera durante unos segundos más. Tarde o temprano tendría que enfrentarlo, no había otra opción.
Cuando terminé de vestirme bajé nuevamente a la planta baja. La biblioteca seguía en silencio. Me asomé por la puerta, no se había movido, seguía profundamente dormida.
Solté una risa silenciosa.
Dormía como si el mundo entero no pudiera alcanzarla. La envidiaba. Me acerqué otra vez, esta vez sin esconder la sonrisa, había algo casi hipnótico en contemplarla así. Tan serena, tan ajena al desastre que estaba a punto de caer sobre nosotros.
Me incliné apenas lo suficiente para apartarle con cuidado el mechón de cabello que volvía a cubrirle el rostro. Sus pestañas temblaron levemente.
Esperé.
Nada.
Continuó dormida.
Retiré la mano despacio.
—Disfruta unos minutos más de paz, Eliza... —murmuré casi para mí.
Porque, en cuanto despertara... Tendría que pedirle algo que jamás habría imaginado pedirle a ninguna mujer.
Y tenía el presentimiento de que, después de aquella conversación, nuestras vidas volverían a cambiar una vez más.
Sin nada mejor que hacer, decidí refugiarme en la cocina, hacía años que no cocinaba.
Normalmente bastaba con una llamada para que alguien se encargara de la cena, pero aquella noche necesitaba ocupar las manos, si me quedaba sentado en el despacho, terminaría repasando la misma conversación una y otra vez sin encontrar una forma menos desastrosa de plantearla.
Abrí la nevera y revisé lo que había.
Pasta. Verduras frescas. Una botella de vino blanco.
Era suficiente.
Si iba a arruinarle la tranquilidad con la visita de mis padres, al menos podía hacerlo con una buena cena de por medio.
Porque decirle:
Eliza, mis padres vendrán a visitarnos. Tenemos que convencerlos de que estamos profundamente enamorados y, por cierto... también tendremos que compartir habitación. No parecía la clase de conversación que debiera empezar con el estómago vacío.
Resoplé para mis adentros y empecé a cortar las verduras.
El cuchillo golpeaba la tabla con más fuerza de la necesaria. Media hora después, la salsa hervía lentamente, la pasta reposaba en el colador y el aroma del ajo, el tomate y la albahaca había invadido toda la cocina.
Entonces escuché unos pasos, lentos, arrastrados.
Giré apenas la cabeza y Eliza apareció en la puerta todavía adormilada. Tenía el cabello revuelto, las mejillas ligeramente marcadas por el sofá y los ojos entrecerrados por el sueño.
Durante un segundo simplemente se quedó observándome, como si no terminara de procesar la imagen.
—¿Estoy soñando o realmente estás cocinando?
Una sonrisa terminó escapándoseme.
—Ambas cosas pueden ser ciertas.
Frunció el ceño con evidente desconfianza y se acercó hasta la cocina. Inspiró profundamente.
—Huele bien… pero aún no me fío. No estarás envenenándome, ¿verdad?
Rodé los ojos.
—Por favor, si quisiera matarte, lo haría de formas más sutiles.
Ella soltó una risita y el sonido consiguió aflojar un poco la tensión que llevaba encima desde hacía días.
Solo un poco.
Su mirada recorrió la cocina hasta detenerse en la mesa. Dos platos. dos copas y la botella de vino ya abierta.
Volvió a mirarme.
—¿Qué estamos celebrando? —preguntó, apoyando las manos sobre la barra.
La sonrisa desapareció lentamente de mi rostro. Apoyé una mano sobre la encimera y respiré hondo, ya no había manera de seguir retrasándolo.
—No lo llamaría celebrar exactamente…
Sus ojos verdes se clavaron en los míos.
—¿Bastián?
Tomé un largo sorbo de vino antes de reunir el valor suficiente.
—Mis padres vienen de visita. En unos días.
Eliza permaneció inmóvil.
Parpadeó una vez.
Luego otra.
—Oh.
Esperé.
Vi exactamente el instante en que comprendió que esa no era toda la historia. Su expresión cambió.
—Oh.
Crucé los brazos.
—Sí, "oh".
Guardó silencio unos segundos antes de soltar el aire con dramatismo.
—¿Qué más? Porque sé que hay más.
Me froté la nuca.
—Tendremos que fingir que nos amamos… de manera magistral.
Una de sus cejas se arqueó.
—Ajá…
Inspiré profundamente. Ya estaba, no había forma elegante de decirlo.
—Y también vamos a tener que compartir habitación.
Su mandíbula cayó.
—¿Qué?
—Sí. Genial, ¿verdad?
Durante unos segundos solo me miró.
Esperé que protestara, que se negara, que me llamara loco. En cambio, simplemente negó con la cabeza mientras una sonrisa incrédula aparecía en sus labios.
—Definitivamente voy a necesitar más vino.
No pude culparla, yo también lo necesitaba.
Eliza tomó la copa y bebió un largo trago antes de volver a levantar la vista hacia mí.
—Dios. Pero entonces tú y yo… —frunció el ceño, intentando asimilar la idea—. Oh, Dios.
Apoyé ambas manos sobre la encimera.
Necesitaba que entendiera que aquello no cambiaría nada entre nosotros. O, al menos, eso intentaba convencerme a mí mismo.
—Mira, Eliza, los dos somos adultos y somos conscientes de que esto es solo un acuerdo. La cama es lo suficientemente grande para que podamos dormir sin problemas.
Ella dejó escapar una risa nerviosa.
—Claro. Porque dormir a centímetros de ti suena súper natural y no incómodo en absoluto.
Decidí ignorar el comentario. No porque no tuviera razón, sino porque, si me detenía a pensar demasiado en ello, acabaría tan incómodo como ella.
—Hay otro baño por si deseas usarlo y quieres más intimidad, no tienes que preocuparte, respetaré eso. Puedes tener tu espacio si así lo deseas. Confía en mí, haré que funcione.
Sus ojos permanecieron sobre los míos unos segundos más. Como si estuviera intentando averiguar si realmente hablaba en serio.
—Confío en ti —dijo al fin, con una suavidad que no esperaba—. No hubiera aceptado ayudarte en esto si no lo hiciera.
Aquellas palabras hicieron que algo en mi pecho cediera.
Asentí despacio.
—Solo serán unos pocos días. Nunca duran mucho en Nueva York de todos modos.
Ella dio otro sorbo a su vino.
—Cuando se vayan, volveré a mi habitación.
No era una pregunta, era un límite.
Uno completamente razonable.
—Exactamente.
El silencio que siguió fue breve, pero incómodo.
Tuve la extraña sensación de que Eliza estaba intentando leer algo detrás de mis palabras, algo que ni siquiera yo quería examinar demasiado de cerca. Preferí cortar ese momento antes de que cualquiera de los dos dijera algo de más.
Levanté la copa.
—Por nuestra actuación ganadora.
Eliza resopló con una sonrisa resignada y chocó suavemente su copa contra la mía.
—Por nuestra actuación ganadora. Y por sobrevivir a esto sin matarnos.
Sonreí de lado.
—Eso está por verse.
Ella puso los ojos en blanco, pero sonrió. Y, por un instante, el peso de todo lo que nos esperaba pareció un poco más llevadero.
La cena transcurrió mucho mejor de lo que había imaginado.
Durante un rato dejamos de hablar de mis padres, de la mentira, del anillo y de todo lo que nos esperaba la semana siguiente, simplemente cenamos.
Eliza hablaba de cualquier cosa con una facilidad desconcertante. Saltaba de una anécdota de la oficina a una historia absurda de la universidad, y de ahí a discutir conmigo cuál era la mejor forma de cocinar la pasta.
La escuché más de lo que hablé.
Como casi siempre.
No porque no tuviera nada que decir, sino porque escucharla era sorprendentemente agradable. Tenía una manera muy particular de llenar los silencios, porque nunca resultaban incómodos.
Al contrario.
Con ella, el silencio parecía formar parte de la conversación.
La observé mientras hablaba. La luz cálida de la cocina dibujaba reflejos dorados sobre su cabello y hacía brillar sus ojos cada vez que sonreía.
No era solo inteligente. Ni divertida. Había algo en ella imposible de definir, algo que hacía que cualquier habitación pareciera distinta cuando entraba. Algo que convertía una cena corriente en el mejor momento de mi día.
Y eso empezaba a ser un problema.
Cuando terminamos, se levantó con la intención de recoger los platos, la detuve antes de que alcanzara el primero.
—Déjalo. Yo me encargo.
Intentó protestar.
No la dejé.
Al final terminó suspirando con resignación mientras negaba con la cabeza.
—Siempre tan necio —murmuró con una sonrisa, ocultando un bostezo detrás de la mano.
No pude evitar corresponderle con otra media sonrisa.
—Vete a dormir.
No hizo falta insistir, todavía arrastraba el sueño de la biblioteca y el cansancio seguía notándose en sus movimientos.
Me dio las buenas noches y desapareció escaleras arriba.
Esperé hasta escuchar cómo se cerraba la puerta de su habitación. Entonces la casa volvió a quedarse en silencio.
Comencé a lavar los platos casi por inercia. El agua caliente corría sobre mis manos mientras mi cabeza volvía, inevitablemente, al mismo lugar. Dentro de una semana, Eliza dejaría esa habitación y dormiría en la mía.
Compartiríamos el mismo espacio.
La misma rutina.
La misma cama.
Apreté con más fuerza el plato que estaba secando. Hasta hacía unas semanas, aquello me habría parecido un simple inconveniente logístico, ahora no estaba tan seguro.
Apoyé ambas manos sobre la encimera y cerré los ojos un instante. Intenté convencerme de que no cambiaría nada. Seguía siendo el mismo acuerdo, seguían siendo las mismas reglas, seguía siendo una mentira.
Pero había algo que ya no era igual.
Yo.
Porque compartir una habitación con Eliza no me preocupaba por la posibilidad de que ella malinterpretara las cosas, me preocupaba por mí. Por la facilidad con la que me acostumbraba a su presencia, por lo natural que empezaba a parecerme llegar a casa y buscarla con la mirada.
Por lo mucho que disfrutaba las conversaciones más insignificantes con ella.
Y por la certeza, cada vez más difícil de ignorar, de que verla todas las noches antes de dormir iba a ser una tentación constante.
Solté una risa baja, amarga.
Qué ironía.
Había construido toda mi vida alrededor del control y la única persona capaz de hacerlo tambalear vivía ahora bajo mi mismo techo.
Quizá lo difícil no sería fingir delante de mis padres.
Quizá lo verdaderamente difícil sería recordar, cada noche, que solo estábamos fingiendo.