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Capitulo 21

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Capitulo 21

Eliza

Estaba nerviosa.

No…

Tacha eso, estaba aterrada.

Hoy llegarían los padres de Bastián y, a estas alturas, dormir en la misma cama que él era el menor de mis problemas.

¿En qué momento todo se había complicado tanto?

Quizás…

Quizás en el preciso instante en que abrí la boca y solté aquella locura sobre el compromiso.

Suspiré, sintiendo la opresión en mi pecho aumentar. No estaba segura de poder enfrentarme a su familia. Una cosa era lidiar con Venus y sus comentarios venenosos, pero sus padres…

Dios.

Eso era completamente diferente.

Ellos lo conocían mejor que nadie. Cada gesto, cada mirada, cada palabra que saliera de su boca. Si había alguien capaz de ver a través de esta farsa, eran ellos.

Nuestra actuación no solo debía ser creíble.

Debía ser impecable .

Majestuosa.

Cualquier error, cualquier pequeño desliz… y todo se derrumbaría.

El corazón me latía en los oídos mientras me miraba en el espejo una última vez. El vestido que había elegido era sencillo, pero elegante.

Algo seguro.

Algo apropiado.

Mi cabello está recogido en un moño pulcro, sin un solo mechón fuera de lugar. Una imagen perfectamente calculada.

Pero, ¿será suficiente? ¿será capaz de estar a la altura?

No tenía otra opción, porque una vez que esa puerta se abriera… no habría vuelta atrás.

En cuanto bajé y puse un pie en la sala, lo vi.

Bastián Müller estaba sentado en el sofá, con las piernas cruzadas y la mirada fija en su teléfono. Aparentemente relajado, impecable.

Siempre perfectamente compuesto. Pero incluso en su tranquilidad había algo en él que irradiaba poder.

Control.

Y, por supuesto, esa maldita presencia.

No pude evitar mirarlo. Porque, sin importar cuántas veces lo viera, sin importar cuánto intentara convencerme de que esto no significaba nada…

Mi jefe seguía siendo condenadamente sexy.

Como si sintiera el peso de mi mirada, alzó la suya y nuestros ojos se encontraron. Bastián dejó el teléfono a un lado, enfocando toda su atención en mí.

No me acostumbraba a eso. A ser el centro de su mirada, a ser el blanco de su análisis silencioso, de su escrutinio calculado.

Tener la atención de Bastián Müller era, por decir menos…

Intenso.

—Estás hermosa, Eliza —dijo con su tono grave y sin prisas cuando estuve frente a él.

Su mirada descendió brevemente, recorriendo mi figura antes de volver a mis ojos. Un escalofrío me recorrió la espalda.

Me humedecí los labios y forcé una sonrisa.

—Gracias. Tú no estás nada mal.

No esperaba que mi respuesta lo divirtiera, pero su expresión cambió. Entrecerró los ojos, con esa media sonrisa de lado que siempre me ponía en alerta.

Esa que decía "te estoy leyendo, Eliza."

Esa que significaba que sabía perfectamente lo que pasaba por mi cabeza antes de que yo misma lo hiciera.

—¿Estás lista? —preguntó, incorporándose con la elegancia de quien domina cada espacio en el que pisa.

Dudé un segundo.

—¿No…?

—No pasará nada —interrumpió, con la misma calma exasperante de siempre—. Solo es una cena.

Una pausa.

Sus ojos atraparon los míos.

—Y los siguientes días, mi padre estará ocupado con negocios y mi madre de compras. No creo que sean un problema.

Su tono era despreocupado.

Como si esto no fuera gran cosa, como si todo esto fuera fácil. Mi estómago se retorció.

Lo miré, insegura.

—¿Tú crees que les agrade?

Bastián sostuvo mi mirada, evaluándome.

—Estoy seguro de que sí.

Por un instante, algo cálido se instaló en mi pecho.

Pero lo destruyó en segundos.

—Pero no te preocupes —continuó—. No es como si fueras a ser parte de su vida.

Golpe directo.

Mi sonrisa se congeló.

—Es solo una cena y un par de días.

Bastián ladeó la cabeza, como si no entendiera por qué esto significaba algo .

—Relájate, Eliza.

Ahí estaba.

El recordatorio.

La realidad cruda y afilada, de que esto no era real. No importaba cómo me sintiera, no importaba cuánto me afectara.

Solo era un papel.

Solo era una mentira bien construida.

Inhalé profundamente y enderecé la espalda, poniendo la mejor cara para interpretar mi papel esta noche.

Después de todo era lo único que podía hacer.

El sonido del timbre me sobresaltó. Escuché la puerta abrirse y, segundos después, el murmullo de voces en el hall de entrada.

Mi respiración se aceleró.

Dios… ya estaban aquí.

Antes de que pudiera hacer algo para controlar mis nervios, sentí cómo Bastián se situaba a mi lado y, con una naturalidad inquietante, tomaba mi mano.

Firme.

Segura.

Como si lo hubiera hecho mil veces antes.

Odiaba que se sintiera tan natural. Odiaba que mi cuerpo reaccionara como si perteneciera a este gesto.

Pero no tuve tiempo de procesarlo porque, un par de segundos después, sus padres entraron a la sala.

Hans y Greta Müller.

Su sola presencia lo abarcó todo. No hicieron falta palabras para dejar claro que eran los amos y señores del lugar.

La postura de su padre, recta, imponente. La elegancia de su madre, delicada pero calculada.

Cada paso que daban parecía medido.

Cada mirada, un análisis silencioso.

Y entonces, los vi bien.

Bastián había heredado mucho de su padre. La estructura de su rostro, la firmeza de su porte. Pero sus ojos…

Definitivamente, sus ojos eran de su madre.

Respiré hondo y di un paso al frente.

—Buenas noches —dije, extendiendo mi mano—. Es un placer tenerlos en casa. Bienvenidos.

El silencio se hizo más pesado.

Hans Müller no se apresuró en responder. Primero, me examinó con una mirada afilada, como si pudiera diseccionarme con solo observarme.

Como si intentara leer cada uno de mis pensamientos. Mi piel se erizó bajo su escrutinio, pero me obligué a mantenerme firme.

Greta, en cambio, fue más cálida. Sonrió suavemente, aunque sus ojos también me estaban evaluando en secreto.

Y entonces, Hans habló.

—Esta jovencita… —su voz era grave, implacable—. ¿No era tu asistente?

El aire pareció detenerse en la habitación.

Tragué fuerte, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en mi espalda. Pero antes de que pudiera responder, la voz de Bastián cortó el aire como un cuchillo.

Firme.

Definitiva.

—Eliza es mi asistente y mi prometida. ¿Algún problema?

No era una pregunta.

Era un desafío.

Un duelo silencioso entre padre e hijo.

Hans lo miró, con la mandíbula apretada y los ojos calculadores. El aire entre ellos se cargó con una energía densa, casi eléctrica. Por un segundo, sentí que el suelo bajo mis pies se volvía inestable.

Pero entonces, Greta intervino, rompiendo la tensión con una sonrisa serena.

—Por supuesto que no —dijo con dulzura—. Estamos encantados de conocer finalmente a la mujer que le ha robado el corazón a mi hijo.

Y luego, me miró.

—Eres hermosa.

Su voz era suave, pero su mirada seguía escudriñándome. Medí mis palabras con cuidado.

—Gracias, usted también lo es.

Greta sonrió con más amplitud, como si mi respuesta la hubiera complacido. Hans, en cambio, solo asintió con rigidez, como si aún estuviera decidiendo qué pensar de mí.

—Pasemos al comedor —dijo Bastián entonces, sin soltar mi mano—. La cena se servirá pronto.

Asentí, sabiendo que esto recién comenzaba.

Que la verdadera prueba aún estaba por venir. Y que, por más que intentara ignorarlo…

Bastián y su familia jugaban en un nivel muy diferente. Uno donde, si cometía un solo error.

Lo perdería todo.

La entrada la comimos en un silencio denso. Cada uno midiendo al otro. Analizando. Escudriñando.

La dinámica en esta mesa no se parecía en nada a la de mi familia. Allí las conversaciones eran fluidas, llenas de risas y calidez.

Aquí…

Aquí todo era más rígido. Más calculado. Más frío.

Y aunque la cena transcurría con una elegancia ensayada, la sensación de que esto era una contienda nunca desapareció.

Para cuando el plato principal llegó, también lo hizo la verdadera batalla.

—Estoy intrigada por saber cómo nació está historia de amor entre ustedes —preguntó su madre, dándole un sorbo a su copa de vino.

No fue una simple curiosidad.

No.

Fue una prueba.

Una con trampa incluida.

Lo supe por la forma en que me miró. Con una sonrisa perfectamente medida, como si esperara encontrar una grieta en mi respuesta.

Como si esperara descubrir la mentira.

Bastián giró el rostro hacia mí y me miró con dulzura, con suavidad. Era la mirada de un hombre enamorado.

O, mejor dicho, la de un hombre que quería que todos se creyeran que estaba enamorado.

Incluso nosotros mismos.

—Ella es más delicada para contar eso, ¿no, cariño? —dijo con una sonrisa que parecía diseñada para encajar a la perfección en la escena.

Puse mi mejor expresión de ternura, le sonreí y le acaricié la mejilla con una suavidad calculada.

—Los hombres no son muy detallistas.

—Dímelo a mí —suspiró su madre, relajándose lo suficiente como para hacerme creer que tal vez me había ganado un poco de su favor—. Pero cuéntanos, su padre y yo morimos por saber.

No me dio opción.

No había escapatoria.

Así que lancé mi mejor actuación.

—La realidad es que cuando empezamos a trabajar juntos, lo detestaba. Era tan odioso —dije con una sonrisa cómplice.

Porque, bueno… eso al menos era verdad.

Bastián arqueó una ceja, divertido.

—Lo siento mi amor, pero lo eras —agregué, dándole un toque juguetón a mis palabras.

—Estoy de acuerdo contigo —murmuró él con su voz grave y pausada, arrancando una risa discreta de su madre.

—Pero ya saben… muchas horas en la empresa, y empezamos a vernos de otra manera. A convivir diferente.

Hice una pausa.

Dejé la copa en la mesa, como si estuviera recordando aquellos días con nostalgia.

—Primero fue un buen día, luego una invitación a almorzar, una cosa llevó a la otra y cuando nos quisimos dar cuenta… estábamos sintiendo cosas el uno por el otro.

Era una mentira hermosa.

Creíble.

Incluso sonaba como una historia real. Pero entonces, la estocada llegó sin previo aviso.

—Estoy seguro de que aceptarías firmar un acuerdo prenupcial, ¿no es así?

El aire en la mesa cambió de inmediato.

Bastián se tensó a mi lado.

—Padre… —su voz fue dura, pero su padre continuó como si ni siquiera lo hubiera escuchado.

—No tengo que ser adivino para saber que el número en su cuenta bancaria está muy por debajo de la fortuna de mi hijo.

Sus ojos oscuros se posaron en mí con una intensidad helada.

Un hombre que estaba acostumbrado a estudiar a la gente. A medir sus reacciones. A saber, cuándo alguien estaba mintiendo.

—No se ofenda —continuó con calma afilada—, solo estoy cuidando los intereses de mi familia.

No había preguntas aquí.

Era una advertencia. Un recordatorio de que, para él, yo no era más que una oportunista con una historia bonita.

Bastián deslizó su mano sobre mi rodilla bajo la mesa. Un gesto sutil. Pero una clara muestra de apoyo.

Le sostuve la mirada a su padre y sonreí con la misma seguridad con la que lo haría si realmente fuera la prometida de su hijo.

—No me ofendo —murmuré, sintiendo la ligera presión de la mano de Bastián en mi pierna,

Como si intentara sostenerme en mi lugar.

Lo miré, y le sonreí como si todo estuviera perfectamente bajo control. Luego volví mi atención a su padre.

—Usted puede querer proteger los intereses de su familia y estamos de acuerdo en eso. Llegado el momento, haré lo que Bastián me pida.

Tomé un sorbo de vino y añadí:

—Pero hay muchas cosas que están por encima del dinero, señor Müller.

El silencio se espesó.

La mirada de su padre se afiló.

—No creo que haya algo que esté por encima de la seguridad económica de una fortuna valuada en millones.

Su tono fue seco.

Un dictamen.

Un veredicto final.

Pero yo no pestañeé. No dudé. No titubeé. Sonreí con calma y, sin apartar la mirada, murmuré con seguridad absoluta:

—Sí —dejé la copa sobre la mesa y crucé una pierna sobre la otra—. El amor.

El peso de mis palabras cayó sobre la mesa como una losa.

El silencio que siguió fue denso.

Pesado.

Inquebrantable.

Definitivamente, esta era la cena más tensa en la que había estado en toda mi vida. Y lo peor de todo era que, como Bastián había dicho antes de que llegaran sus padres…

Ni siquiera era real.