Capitulo 22
ElizaLa noche había sido tensa y estaba cargada de palabras no dichas.
Por no decir menos.
En esa batalla con sus padres, había dejado clara mi posición. Mi actuación había sido tan convincente que hasta yo misma estuve a punto de creer mis propias palabras.
Pero la tensión no terminaba ahí. Claro que no. Porque que sus padres se quedaran con nosotros unos días implicaba algo más.
Algo mucho peor.
Significaba que debía compartir la habitación con mi jefe. Y la cama. Sobre todo, la cama.
El solo pensamiento me erizo la piel por razones que prefería no analizar.
Habría hecho cualquier cosa por evitarlo, pero él tenía razón. No era lógico que una pareja, aunque fuera una de mentira, durmiera en habitaciones separadas. Y esta mentira tenía que ser perfecta.
No podía haber fisuras.
No con la manera en que su madre nos observaba. Con esos ojos afilados de quien sospecha que algo no encaja, de quien huele la mentira en el aire y solo espera el momento oportuno para desenmascararla.
No podía permitirme un error.
Apreté los labios, sintiendo el peso de la situación sobre mis hombros mientras entraba a la habitación. Él ya estaba allí, de pie junto a la cama, con la camisa arremangada y el rostro inescrutable.
Mi mirada se desvió sin querer hacia la cama.
Inmensa.
Aparentemente inofensiva, pero que se sentía como un campo de batalla.
Tragué en seco.
—Si sigues con esa cara, van a pensar que te obligué a comprometerte conmigo —su tono tenía un deje de diversión, pero en su mirada había algo más.
Algo que no supe interpretar. Algo que hizo que el aire en la habitación se sintiera un poco más espeso.
Me crucé de brazos, más para ocultar el temblor en mis manos que por desafío.
—Si duermo en el sofá, no se enterarán.
Él negó despacio, con una certeza que hizo que mi estómago se encogiera.
Dio un paso adelante, acortando la distancia entre nosotros lo suficiente como para que su fragancia amaderada me envolviera.
—Mi madre se enterará. Créeme, Eliza —su voz descendió una octava, como si me confiara un secreto—. Tiene un sexto sentido para estas cosas.
Nos sostuvimos la mirada unos segundos que parecieron eternos.
Había compartido habitaciones antes.
No con él, claro.
Durante viajes de trabajo o situaciones similares. Pero esto era diferente. Esto era personal y la intimidad, en este caso, era un arma de doble filo.
Mi piel hormigueó de anticipación.
No debía estar sintiendo nada. No debía prestarle atención al calor que irradiaba su cuerpo ni a la facilidad con la que llenaba el espacio a su alrededor.
Pero lo hacía.
Y eso lo convertía en un problema.
—Está bien —murmuré finalmente, sintiendo cómo mi propia voz temblaba.
Él asintió, como si hubiera esperado esa respuesta. Pero no dijo nada más. Sus ojos recorrieron mi rostro un instante, indescifrables, antes de girarse hacia la puerta.
—Tengo que hacer unas llamadas —dijo, con la mano en ya en la perilla—. Estaré en mi despacho si necesitas algo.
—De acuerdo.
La puerta se cerró tras él, dejando un vacío en la habitación. Exhalé el aire que, al parecer, había estado reteniendo.
El momento de tensa calma entre los dos aún permanecía en el aire, electrizándolo, como si sus pasos todavía resonaran en el suelo. Me pasé las manos por la cara, tratando de despejar la maraña de pensamientos que me asaltaban.
No debía ser tan difícil.
Solo era una cama.
Una cama y el hombre que, en algún momento, sin darme cuenta, se había metido profundamente en mi cabeza.
Suspiré, dejando escapar el peso de una tensión que me había acompañando todo el día.
Necesitaba algo más que solo un respiro.
El baño estaba a un paso, y me dirigí hacia él casi sin pensar, como si la ducha pudiera borrar todo lo que me rondaba la cabeza.
Al abrir el grifo, el sonido del agua al caer sobre la cerámica me dio una falsa sensación de calma. Como un susurro suave que prometía alivio.
Me despojé rápidamente de la ropa, dejándola caer al suelo con un gesto automático. Como si eso me liberara un poco de la pesadez que me oprimía el pecho.
Me metí bajo la lluvia, y al principio, sentí una oleada de alivio. Los chorros de agua caliente recorrían mi cuerpo, masajeando mis músculos tensos y dejándome un leve cosquilleo en la piel.
La temperatura era perfecta, envolviéndome en una sensación de consuelo. Pero incluso así, algo seguía ahí, atrapado en lo más profundo de mi estómago.
Un nudo que se negaba a deshacerse.
Con cada minuto que pasaba bajo el agua, intenté relajarme, centrándome en la sensación de los músculos soltándose. Pero mi mente seguía atrapada en los mismos pensamientos, porque las preocupaciones no se disipaban tan fácilmente.
¿Qué pasará mañana?Esa era la pregunta que se repetía sin descanso.
Cuando finalmente terminé, el vapor me rodeó como una manta densa mientras me envolvía en la toalla.
Caminé hacia el vestidor, donde ya estaban algunas de mis cosas y saqué mi pijama favorito: una camiseta larga que me llegaba hasta los muslos, con un diseño retro que había encontrado en una feria vintage el año pasado, y unos shorts de algodón suaves que abrazaban mis piernas como si quisieran calmarme.
La suavidad de la tela contra mi piel debería haberme reconfortado, debería haberme dado una sensación de paz.
Pero no lo hizo.
Era como si la ropa ya no fuera suficiente para calmar la tormenta que se desataba dentro de mí.
Algo más me faltaba, pensé mientras me miraba en el espejo.
La mujer que me devolvía la mirada parecía agotada, con los ojos algo opacos, como si llevara días sin dormir.
Me paré frente a la cama.
La observé fijamente, como si fuera una criatura desconocida. Sabía que parecía una idiota, pero el problema era que todo esto se sentía demasiado real. No podía moverme, solo podía pensar en que esa era su cama, su espacio, y que ahora yo debía meterme en él.
Jamás habíamos estado tan cerca. Y nunca con algo tan íntimo como compartir el lecho donde él dormía.
Lo sé, era solo una maldita cama. Definitivamente no debería hacer tanto drama, pero era más fuerte que yo.
Hasta hace unos pocos días, apenas nos hablábamos. Ahora, estábamos falsamente comprometidos y, además, íbamos a compartir la cama.
Un ruido en el pasillo me sobresaltó. Tan rápido como pude, apagué la luz de la lámpara y me metí en la cama, tapándome hasta la cabeza. Fingiría dormir. Así evitaría más incomodidad, tanto para él como para mí. Suponía que, para él, tampoco esto era lo ideal.
Contuve la respiración.
La tensión de todo este día estaba acabando conmigo.
Mis ojos pesaban y habían comenzado a cerrarse cuando el señor Müller salió del baño.
Yo me encontraba de espaldas a él, pero podía sentir sus movimientos en la habitación, el leve crujido de la alfombra bajo sus pies descalzos, la manera en que la puerta del baño se cerró con un clic sutil.
Había algo hipnótico en él, en su forma de moverse con elegancia y autoridad. Imaginé que era así con todo en general: preciso, controlado, inalcanzable.
Sin embargo, ahora la realidad era otra.
Desde el otro lado de la cama se movía con tranquilidad, con un cuidado que no esperaba.
¿Estaba tan nervioso como yo? ¿También le parecía raro compartir la cama conmigo?
Joder.
Las sábanas se movieron y sentí su peso deslizarse sobre el colchón.
Jesús.
Estaba en la cama con mi jefe.
¿Qué tan loco sonaba eso?
De acuerdo. No haría un mundo, esto estaba bien. Era una chica grande, perfectamente capaz de manejar esta situación sin alterarme en lo absoluto.
Dios.
¿A quién quería engañar?
Ya estaba enloqueciendo.
Era parte del trato, tal como el señor Müller había dicho antes. Ambos éramos adultos y, después de todo, era solo una cama.
Una cama, tamaño King, lo suficientemente grande como para que ninguno de los dos tuviera que rozarse siquiera un pie. Ninguno de los dos se movió y, a pesar de mi agitación interna, el cansancio comenzó a apoderarse de mí.
Mi piel aún estaba caliente después del baño, y la tensión del día había agotado cada fibra de mi cuerpo. Su cama era increíblemente cómoda, una trampa de lujo que me invitaba a hundirme en ella.
Apenas me acomodé mejor, los párpados me pesaron más y me dejé envolver por la suavidad del colchón.
Entonces, él se movió.
Se giró, y las sábanas crujieron con el roce de su cuerpo. El sonido me recorrió la piel como un escalofrío.
Dios…
¿Qué llevaría puesto? ¿Dormiría desnudo?
Un calor extraño me recorrió el cuerpo. Había una parte de mí —una pequeñita, o, quizá bastante grande— que quería darse la vuelta y echar un vistazo.
Solo un vistazo.
Pero no me atreví a moverme, porque apenas conseguía respirar. Era como si me hubiera quedado paralizada.
En el silencio de la habitación oscura, mi mente comenzó a divagar de la peor manera.
¿Cómo dormiría él si yo no estuviera aquí? ¿Se estiraría a lo ancho de la cama? ¿Dejaría su brazo sobre la almohada, como si abrazara algo? ¿Cómo luciría su torso bajo la tenue luz del cuarto, con la piel caliente contra las sábanas?
Basta, Eliza.
Detente.
Ahora.
Esto claramente no me iba a ayudar a dormir.
¿Qué se suponía que iba a decirle cuando me quedara dormida en el trabajo?
Lo siento, pero me trasnoché fantaseando con tu torso desnudo toda la noche.Sí.
Podía considerarme despedida después de eso.
Me hundí más en las mantas, apretando los ojos con fuerza. Definitivamente, esta noche iba a ser eterna.
Me quedé quieta un rato más, pero la necesidad de cambiar de posición fue más fuerte. Traté de relajarme y destensar los músculos del cuerpo, pero la tensión seguía anidada en cada fibra.
Me giré lentamente, y eso me puso frente a él.
Instintivamente, mantuve los ojos cerrados, como si con eso pudiera evitar la realidad de que estábamos compartiendo la misma cama. Me moví lo más que pude hacia el borde del colchón, intentando poner la mayor distancia posible entre nosotros.
Sin embargo, la curiosidad pudo más. Con el corazón martillando en mi pecho, entreabrí los ojos solo un poco.
Estaba de espaldas a mí, con las mantas subidas hasta el hombro. Parecía completamente relajado, respirando con un ritmo constante y profundo. Era extraño verlo así, en una faceta tan desprovista de la rigidez y el control absoluto con el que se manejaba en el día a día.
Había cierta vulnerabilidad en toda esta situación: estar aquí, en su habitación, en su cama. El señor Müller siempre había sido reservado, meticuloso, un hombre que no tomaba decisiones sin analizarlas hasta el más mínimo detalle.
Y, sin embargo, aquí estábamos.
El hecho de que confiara en mí lo suficiente para mantener esta mentira, para permitirme entrar en su espacio personal de esta manera, era extrañamente conmovedor.
Pero no quería pensar en eso.
No debía.
Suspiré y negué con la cabeza, alejando cualquier tipo de pensamiento que pudiera complicar aún más las cosas.
Me obligué a cerrar los ojos, y a concentrarme en la fatiga acumulada del día.
Sabía que el descanso era imprescindible, porque al igual que hoy, mañana también habría una batalla solapada de cordialidad con sus padres. Y tenía que estar lista para enfrentarla.