Capitulo 23
ElizaCuando desperté, el lado izquierdo de la cama estaba vacío.
Parpadeé un par de veces, todavía atrapada entre el sueño y la realidad, antes de estirar la mano sobre las sábanas.
Frías.
Llevaba un buen rato despierto, o quizá nunca había vuelto a acostarse. La idea me hizo fruncir ligeramente el ceño.
Había sido extraño compartir la cama con él. Mucho menos incómodo de lo que imaginé y, al mismo tiempo, infinitamente más peligroso. Porque dormir a su lado había terminado sintiéndose... demasiado normal.
Y eso era precisamente lo que me preocupaba.
Me incorporé despacio y recorrí la habitación con la mirada. La puerta del baño permanecía entreabierta y el interior estaba completamente oscuro.
Había salido.
Solté el aire sin darme cuenta de que lo había estado conteniendo.
Al menos podría cambiarme sin pasar por el incómodo momento de cruzármelo recién levantado.
Entré al baño, me lavé la cara con agua fría y me cambié por una camiseta vieja y mis inseparables pantalones cortos de fin de semana. No eran precisamente elegantes, pero después de una noche compartiendo habitación con mi jefe, lo último que me preocupaba era verme sofisticada.
Me recogí el cabello en un moño improvisado, me calcé las zapatillas rojas que Emma insistía en llamar
las zapatillas con personalidad y salí de la habitación.
La casa seguía completamente en silencio.
Ni una voz.
Ni siquiera el sonido de algún empleado trabajando.
Quizás los señores Müller aún no se habían levantado, o quizá habían salido. No tenía idea, lo único que sabía era que necesitaba café con urgencia.
Mientras caminaba por el pasillo, pasé frente al despacho. La puerta estaba apenas entreabierta y no pude evitar mirar.
Allí estaba él.
Sentado detrás del escritorio, completamente concentrado en la pantalla del portátil.
Llevaba las mangas de la camisa arremangadas hasta los antebrazos y tenía una taza de café olvidada junto al ordenador. Sus dedos recorrían el teclado con rapidez mientras el ceño permanecía ligeramente fruncido, esa expresión tan característica que aparecía cada vez que algo captaba toda su atención.
Era curioso.
Podía reconocer perfectamente cuándo estaba resolviendo un problema importante sin necesidad de leer una sola línea de la pantalla.
Después de tantos años trabajando juntos, había aprendido a interpretar cada uno de sus gestos.
Me quedé observándolo apenas unos segundos. Solo unos segundos. Lo suficiente para preguntarme si habría dormido bien, lo suficiente para notar el ligero cansancio que rodeaba sus ojos.
Y lo suficiente para recordar que aquella noche tampoco había debido de ser fácil para él.
Estuve a punto de entrar.
Podría preguntarle si quería desayunar. O si necesitaba otro café, o simplemente darle los buenos días.
Pero enseguida descarté la idea.
Estaba completamente absorto en el trabajo.
Además...
¿Qué iba a decirle?
Buenos días, señor Müller. ¿Cómo ha dormido después de compartir cama conmigo?No.
Definitivamente no.
Sentí cómo el calor me subía hasta las mejillas solo de imaginar una conversación semejante. Sacudí la cabeza para espantar el absurdo pensamiento y seguí caminando hacia la cocina. El café podía esperar unos minutos, mi dignidad, probablemente, no.
La cocina, era mi lugar favorito de toda la casa.
Era enorme, luminosa y tan impecable que todavía me costaba creer que alguien cocinara allí de verdad. Las encimeras de mármol blanco brillaban bajo la luz de la mañana y cada utensilio parecía estar exactamente donde debía.
Era el tipo de cocina con la que cualquiera soñaría.
Y, curiosamente, también era el único lugar de esta mansión que empezaba a sentir un poco mío.
La tarde anterior había sido un auténtico respiro.
Después de entrenar con Emma, terminamos en su apartamento. Nos duchamos, salimos al centro comercial, compramos un par de tonterías que ninguna necesitaba y acabamos compartiendo una pizza gigante y varias cervezas mientras nos reímos hasta que nos dolió el estómago.
Necesitaba esa noche.
Necesitaba recordar que mi vida no giraba únicamente alrededor del señor Müller, de sus padres y de esta absurda mentira que cada día parecía complicarse un poco más.
La ligera resaca con la que me había despertado era un precio bastante razonable por unas horas de absoluta normalidad.
Abrí la nevera con la intención de prepararme algo ligero.
Yogur.
Fruta.
Quizá unas tostadas.
Pero mi estómago tenía otros planes.
—Bacon y huevos... —murmuré para mí misma antes de soltar una risa resignada—. Muy bien, ustedes ganan.
Saqué los ingredientes mientras la cafetera comenzaba a trabajar.
Poco después, el aroma del café recién hecho empezó a mezclarse con el del tocino chisporroteando en la sartén.
Suspiré satisfecha.
Había algo casi terapéutico en cocinar.
No era especialmente buena haciéndolo, pero me gustaba. Me obligaba a concentrarme en algo sencillo: cortar, remover, esperar. Durante unos minutos, mi cabeza dejaba de imaginar escenarios imposibles y simplemente seguía el ritmo de una receta.
Le di la vuelta al bacon y observé cómo adquiría ese tono dorado perfecto.
Justo entonces ocurrió.
Primero fue una sensación, esa extraña certeza de que ya no estaba sola. Después llegó el silencio.
No era un silencio distinto.
Era el mismo de hacía unos segundos. Pero había cambiado algo en el ambiente, como si el aire se hubiera vuelto más pesado de repente.
Un escalofrío me recorrió lentamente la espalda.
No había escuchado pasos.
Ni una puerta.
Nada.
Y, aun así, sabía que había alguien detrás de mí.
Tragué saliva.
Con el corazón latiendo un poco más deprisa de lo normal, giré despacio sobre mis talones. Allí estaba él, apoyado con absoluta tranquilidad contra el marco de la puerta.
No sabía cuánto tiempo llevaba observándome.
Llevaba el cabello ligeramente despeinado, como si todavía conservara las huellas de la almohada, y una camiseta gris de mangas largas que marcaba sin esfuerzo la amplitud de sus hombros.
Sus manos descansaban dentro de los bolsillos del pantalón de chándal, en una postura sorprendentemente relajada para alguien que siempre parecía vivir bajo control.
Pero no fue eso lo que hizo que mi respiración vacilara.
Fueron sus ojos.
Me observaban en silencio, con una intensidad serena que empezaba a resultarme peligrosamente familiar.
Como si estuviera intentando descifrarme.
O peor aún...
Como si llevara varios segundos haciéndolo.
—Hola.
—Buenos días.
Su voz conservaba esa aspereza propia de quien acababa de despertarse. Levanté la vista y, por un instante, olvidé por completo lo que estaba haciendo.
No sonreía.
Al menos no de la manera en que lo haría cualquier otra persona. Pero conocía demasiado bien al señor Müller para no notar el cambio. Había algo distinto en su expresión. Sus ojos parecían más cálidos de lo habitual y la rigidez de su boca se había suavizado apenas unos milímetros.
En él, aquello equivalía prácticamente a una sonrisa. Y, por alguna razón, eso me puso nerviosa.
—Huele bien —comentó, con esa voz grave que parecía llenar toda la cocina.
Tardé un segundo más de la cuenta en reaccionar.
—¿Quieres desayunar?
Aquella sombra de sonrisa se hizo apenas un poco más evidente.
—Sí, gracias.
Asentí, agradecida de tener algo que hacer con las manos.
—¿Y café?
Su mirada cayó sobre la cafetera que seguía humeando sobre la encimera.
—Sí. Negro.
Tomé una taza y empecé a servir el café, procurando concentrarme únicamente en el sonido del líquido al caer.
Era una tarea absurdamente sencilla. Y, aun así, me costaba mantener el pulso firme, porque sabía que él seguía allí.
No hacía falta mirarlo.
Lo percibía.
Su presencia parecía llenar cada rincón de la cocina.
—No sabía que sería el tocino lo que te haría salir de tu refugio secreto.
Una leve risa escapó de sus labios.
—El tocino es muy tentador.
Alcé la vista justo a tiempo para encontrarme con la suya. Su mirada descendió un instante antes de volver a mis ojos.
Fue un movimiento mínimo.
Probablemente insignificante.
Y, aun así, un cosquilleo me recorrió la espalda.
No.
Estaba imaginando cosas. Tenía que estar imaginándolas, porque el señor Müller jamás me miraría de esa manera.
Seguramente hablaba del desayuno.
Solo del desayuno.
—Y no hay nada secreto aquí, Eliza —añadió con tranquilidad—. Tú ya dominas cada rincón de esta casa.
No supe qué responder.
Volví a concentrarme en la sartén y retiré las primeras tiras de bacon, dejándolas sobre papel absorbente.
Respira.
Solo respira.
Añadí más tocino y me lavé las manos con una lentitud innecesaria. Fue entonces cuando volví a sentirlo.
Esa sensación.
Como si la distancia entre nosotros hubiera desaparecido. No escuché ningún paso, pero estaba convencida de que se había acercado.
No quería comprobarlo.
Porque, si me daba la vuelta y lo encontraba demasiado cerca, dudaba mucho que mi corazón sobreviviera a la experiencia.
Joder, Eliza.
Concéntrate.
Estás preparando el desayuno.
Nada más.
Pero era difícil.
Demasiado.
Había algo profundamente doméstico en aquel momento. El olor del café recién hecho, el bacon chisporroteando en la sartén, la luz de la mañana entrando por los ventanales, él esperando el desayuno mientras yo cocinaba.
Era una escena tan cotidiana que resultaba peligrosa, no porque tuviera nada de extraordinario.
Sino porque se sentía... natural.
Como si lleváramos años compartiendo aquella cocina. Como si pudiera girarme, apoyarme contra la encimera y preguntarle qué planes tenía para el resto del día. Como si él respondiera mientras se acercaba lo suficiente para apartarme un mechón de cabello del rostro. Como si después apoyara un beso distraído sobre mi hombro antes de robar un trozo de bacon de la sartén.
La imagen apareció en mi cabeza con tanta claridad que tuve que cerrar los ojos un segundo.
Dios mío.
¿Qué demonios me estaba pasando?
Sacudí la cabeza con fuerza y volví a centrarme en el desayuno.
Esto no era real y no podía permitirme olvidar que todo lo que compartíamos era prestado.
Una mentira cuidadosamente construida.
Y, sin embargo...
Cada día me costaba un poco más recordar dónde terminaba la actuación y dónde empezaban mis propios sentimientos.
Me giré.
Y casi choqué con él.
No supe en qué momento había acortado la distancia, pero estaba allí, demasiado cerca. Apenas unos centímetros nos separaban.
El señor Müller no dijo nada.
Su mirada recorrió mi rostro con una lentitud desesperante.
Mis ojos.
Mi nariz.
Y, finalmente...
Mis labios.
Sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones.
Joder.
Joder.
Joder.
El mundo pareció ralentizarse.
El chisporroteo del bacon en la sartén dejó de existir, y el aroma del café desapareció. Todo se redujo a aquellos ojos hipnóticos y a la forma en que me observaban.
—Llegaste tarde anoche.
No era una pregunta, solo una observación. Una que consiguió tensar cada músculo de mi cuerpo.
Tragué saliva antes de obligarme a responder.
—Sí. Estuve con Emma.
Él extendió la mano para tomar la taza de café y cuando sus dedos rozaron los míos, apenas un instante, una descarga eléctrica me recorrió el brazo.
Fue breve.
Pero suficiente para hacerme contener el aliento.
No apartó la mano enseguida, tampoco la mirada. Dejó la taza sobre la encimera, justo detrás de mí.
Ahora estaba todavía más cerca.
—Deberías tener más cuidado.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Con qué?
No respondió.
Y ese silencio fue mucho peor.
¿Con la hora?
¿Con haber vuelto sola?
¿Con los periodistas?
¿O.… conmigo?
No tenía forma de saberlo.
Me humedecí los labios sin pensar, un gesto completamente inconsciente. Pero lo vi. Vi cómo su mandíbula se tensaba, vi cómo sus ojos descendían otra vez hasta mi boca.
Y ya no volvieron a subir.
Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que estaba convencida de que él también podía escucharlo.
No decía nada.
Yo tampoco.
Solo nos mirábamos.
Había algo diferente en él hoy. Como si estuviera librando una batalla silenciosa consigo mismo.
Respiró hondo y durante un segundo pensé que iba a dar un paso atrás.
No lo hizo.
Fue apenas un movimiento, casi imperceptible, pero suficiente para borrar los pocos centímetros que aún nos separaban.
Mi respiración vaciló.
Su aliento tibio rozó mi piel.
Olía a café.
A su perfume.
A él.
No podía apartar la vista de sus ojos. Ni de su boca y sentía el impulso irracional de cerrar la distancia.
De poner una mano sobre su pecho. De descubrir si su corazón latía tan rápido como el mío.
De inclinarme apenas unos centímetros... y besarlo.
Dios.
Quería besarlo.
La idea apareció con una claridad tan brutal que me asustó. Porque no era un impulso nacido de la mentira que compartíamos.
Era completamente mío.
Él seguía inmóvil.
Tan cerca que bastaba el más mínimo movimiento para que nuestros labios se encontraran.
Su mirada volvió a la mía.
Había deseo.
Pero también miedo.
Como si supiera que, si cruzábamos esa línea, ya no habría forma de regresar.
Entonces...
Sonó un teléfono.
El sonido atravesó el silencio como un disparo. Bastián cerró los ojos apenas un instante, como si despertara de golpe.
Retrocedió un paso.
Luego otro.
El aire frío volvió a instalarse entre nosotros con una violencia que casi dolía. Carraspeó y se pasó una mano por la nuca, evitando mirarme durante un segundo.
—Debo responder.
Su voz había recuperado esa firmeza habitual. Pero era demasiado tarde, yo había visto la grieta y estaba segura de que él también había visto la mía.
Se marchó sin decir nada más.
Escuché sus pasos alejarse por el pasillo hasta que el silencio volvió a envolver la cocina.
Permanecí inmóvil.
Todavía podía sentir el calor de su respiración sobre mis labios. Lentamente llevé la yema de mis dedos hasta mi boca.
Como si necesitara comprobar que aquel instante realmente había existido.
¿Qué demonios acababa de pasar?
No podía besarlo.
Era mi jefe.
Todo esto seguía siendo una mentira cuidadosamente construida para recuperar a Venus.
Ese era el plan.
Siempre había sido el plan.
Entonces...
¿Por qué una parte de mí no podía dejar de lamentar que ese teléfono hubiera sonado justo en ese momento?