Capitulo 24
BastiánHabía salido de la oficina antes de que amaneciera.
La mañana había sido una sucesión interminable de reuniones, llamadas y decisiones que, sobre el papel, exigían toda mi atención. Inversiones, contratos, proyecciones. Horas enteras hablando de cifras que normalmente conseguían mantener mi cabeza exactamente donde debía estar.
Hoy no.
Porque, por mucho que intentara concentrarme, mi mente siempre regresaba al mismo lugar.
A mi cocina.
Ayer había estado a unos centímetros de besar a Eliza. Y la imagen aparecía una y otra vez con una claridad insoportable.
Su respiración entrecortada, la forma en que se había humedecido los labios sin darse cuenta, sus ojos fijos en los míos y aquel instante en el que ambos dejamos de fingir que aquello era solo un acuerdo.
Había querido besarla.
No era una sospecha.
Era una certeza.
Y lo peor era que también había visto el mismo deseo reflejado en ella. Apreté la mandíbula mientras caminaba por el pasillo de la empresa.
En el último segundo había retrocedido.
Como siempre.
Cobarde.
Porque eso era exactamente lo que hacía cada vez que algo amenazaba con derribar el control que tanto me había costado construir.
Huía.
Después del incidente en la cocina apenas la había visto.
Me refugié en reuniones que perfectamente podían haber esperado, alargué jornadas de trabajo absurdamente largas y pasé más horas encerrado en mi despacho de las que realmente eran necesarias.
Cualquier excusa servía. Mientras no tuviera que enfrentarla, ni enfrentarme a mí mismo.
La conversación con mi padre la noche anterior tampoco había ayudado. Nunca ayudaba.
Él llevaba toda una vida convencido de que las emociones eran una debilidad. Los problemas se resolvían, los sentimientos se ignoraban.
Y yo, aunque me costara admitirlo, había aprendido demasiado bien esa lección.
Cada vez que algo conseguía atravesar mi armadura, mi primera reacción era levantar un muro todavía más alto.
Por eso mis relaciones siempre habían sido sencillas, superficiales. Mujeres que nunca me exigieron abrir una puerta que llevaba años cerrada.
Era cómodo.
Seguro.
Hasta que apareció Eliza.
La simple idea me hizo soltar una risa amarga.
Seguí caminando hasta que llegué a mi despacho. Ella estaba allí, sentada frente a su ordenador.
Concentrada.
El ceño apenas fruncido mientras revisaba unos documentos y una taza de café olvidada junto al teclado.
Ni siquiera se había dado cuenta de que me acercaba.
Me detuve una fracción de segundo y la observé más de lo que debía. Había algo extrañamente tranquilizador en verla trabajar.
Era su lugar, donde siempre parecía tener el control. Justo lo contrario que yo cada vez que estaba cerca de ella.
Entonces levantó la vista.
Nuestros ojos se encontraron y sentí un golpe seco en el pecho. Durante un instante ninguno dijo nada, me limité a hacer un leve gesto con la cabeza.
Un saludo demasiado frío.
Demasiado distante.
Vi cómo la confusión cruzaba fugazmente por su rostro antes de que volviera a esconderla detrás de esa impecable profesionalidad que tan bien dominaba.
Seguí caminando, porque no confiaba en mí lo suficiente como para detenerme. Entré en mi despacho y cerré la puerta con más fuerza de la necesaria.
El sonido retumbó en la habitación.
Aflojé el nudo de la corbata y me dejé caer en la silla.
Necesitaba recuperar el control.
Abrí el portátil, repasé el informe financiero que debía presentar aquella tarde y obligué a mi mente a concentrarse en gráficos, porcentajes y balances.
Funcionó.
Durante unos minutos.
Porque, incluso rodeado de números, seguía viendo unos ojos verdes. Seguía recordando unos labios a escasos centímetros de los míos y seguía preguntándome qué habría pasado si aquel teléfono no hubiera sonado.
Lo verdaderamente preocupante no era no saber la respuesta. Era darme cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo...
Una parte de mí deseaba haberla descubierto.
Unos golpes suaves en la puerta interrumpieron mi concentración. Levanté la vista del informe y masajeé distraídamente el puente de mi nariz antes de responder.
―Adelante.
La puerta se abrió apenas unos centímetros.
Eliza asomó la cabeza.
Su cabello rojo caía sobre uno de sus hombros y sostenía una carpeta contra el pecho, como si necesitara una barrera entre los dos.
—Hola... Perdón. Sé que estás a punto de entrar en una reunión, pero... ¿podría hablar contigo cuando tengas un momento?
Su voz sonó serena, profesional.
Demasiado profesional.
No entró en el despacho, ni siquiera cruzó el umbral. Y tampoco me miró, sus ojos permanecían fijos en algún punto detrás de mí, evitando deliberadamente los míos.
Sentí una punzada incómoda en el pecho.
Ella también estaba huyendo.
—Claro —respondí, procurando que mi voz sonara neutra.
Aunque no lo conseguí del todo.
Sonó más grave, más áspera de lo habitual.
Eliza asintió enseguida.
—Gracias.
Permaneció inmóvil un segundo más. Como si quisiera decir algo, como si estuviera reuniendo el valor para hacerlo.
Pero al final solo bajó ligeramente la cabeza.
—Que tengas una buena reunión.
Se dio la vuelta y cerró la puerta con un cuidado casi excesivo, procurando no hacer el menor ruido.
El clic de la cerradura resonó en el despacho con mucha más fuerza de la que debería. Me quedé mirando la puerta durante varios segundos.
Inmóvil.
La reunión.
Los informes.
Los números.
Todo dejó de importar.
Maldición.
Debería haberla detenido, debería haber dicho algo. Cualquier cosa. Un
lo siento. Un
tenemos que hablar.Un maldito
¿estás bien?Lo que fuera.
Porque había sido yo quien había cruzado la línea. Yo quien había invadido su espacio en mi cocina, yo quien había permanecido demasiado cerca.
Demasiado tiempo.
Mirándole la boca como un hombre que llevaba semanas muriéndose de sed.
Y ella lo había notado, claro que lo había notado. Era imposible que no lo hubiera hecho.
Cerré el portátil de golpe y me dejé caer contra el respaldo de la silla.
¿Por qué demonios era tan difícil?
Era capaz de negociar contratos de cientos de millones de dólares sin pestañear. Podía enfrentarme a consejos de administración enteros. Convencer a inversionistas, resolver crisis empresariales en cuestión de horas.
Pero bastaba con que Eliza apareciera delante de mí para convertirme en un completo inútil.
Las palabras simplemente...
No salían.
Nunca salían.
Algo dentro de mí levantaba un muro justo cuando más necesitaba derribarlo. Siempre había sido así, con cualquiera que intentara acercarse demasiado.
Solo que con Eliza era peor.
Porque esta vez no quería guardar silencio. Quería explicarle que no había retrocedido porque no la deseara, había retrocedido precisamente porque la deseaba demasiado.
Porque si la hubiera besado...
No habría sabido cómo detenerse.
Solté una risa amarga y me pasé una mano por el rostro. Era ridículo. Había pasado toda mi vida creyendo que el autocontrol era mi mayor virtud.
Y ahora una mujer de ojos verdes y cabello rojo era capaz de hacerlo pedazos con una sola mirada.
Apoyé los codos sobre el escritorio y cerré los ojos durante un instante. La reunión podía esperar unos minutos, ahora mismo necesitaba recuperar la compostura.
Porque si seguía reaccionando así cada vez que Eliza entraba en mi despacho... el primero en descubrir que todo aquello había dejado de ser una mentira iba a ser yo.
El día se escurrió entre reuniones, llamadas y documentos con una rapidez desesperante. Cuando levanté la vista del ordenador, el reloj ya marcaba el final de la jornada.
Y todavía tenía que asistir a esa maldita gala.
No tenía el menor interés en ir. Las galas siempre eran iguales: sonrisas falsas, conversaciones vacías y personas demasiado preocupadas por aparentar.
Pero esta noche había algo diferente.
Eliza iría conmigo y eso convertía un simple evento social en una prueba de resistencia.
Desde esa mañana en la cocina no había dejado de pensar en ella y había intentado enterrarlo bajo horas de trabajo.
No había servido de nada.
Porque ella seguía allí.
En mi cabeza.
En cada maldito pensamiento.
Cuando salí del despacho, la encontré guardando unos documentos dentro de su bolso. Sus movimientos eran tranquilos, meticulosos, pero había algo distinto en ella.
Seguía evitándome.
Y esa distancia, una que yo mismo había creado, me golpeó con más fuerza de la que estaba dispuesto a admitir.
—Eliza.
Levantó la cabeza al escuchar mi voz.
Nuestros ojos se encontraron apenas un segundo y después volvió a bajar la mirada. Como si hacerlo fuera más fácil que sostener la mía.
Sentí un vacío incómodo en el pecho.
—Vamos a casa.
—Oh... —respondió con una ligera vacilación—. Yo... no te molestes. Pedí un taxi. Ya debe estar por llegar.
Negué despacio.
—Cancélalo.
Ella dudó apenas un instante.
—De acuerdo.
No añadió nada más.
El trayecto hasta el ascensor transcurrió en silencio. Uno de esos silencios que pesan más que cualquier discusión.
Ninguno encontraba las palabras y, por primera vez en mucho tiempo, descubrí que el silencio también podía doler.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron, nuestras miradas coincidieron reflejadas en el acero pulido.
Ella apartó los ojos primero.
Yo fui incapaz.
Una vez dentro del coche, puse el motor en marcha sin decir una palabra. La ciudad comenzaba a encenderse a nuestro alrededor, pero apenas era consciente del tráfico o de las luces.
Toda mi atención estaba sentada en el asiento del acompañante.
Eliza miraba por la ventanilla, completamente absorta. Parecía tranquila, pero sus manos permanecían entrelazadas sobre el regazo con demasiada fuerza.
Ella también estaba incómoda.
Y la culpa era mía.
¿Por qué demonios era tan complicado estar cerca de ella?
No.
La verdadera pregunta era otra.
¿Por qué estar cerca de ella se sentía tan condenadamente bien?
El resto del camino pasó deprisa. Demasiado deprisa y cuando crucé la entrada de la mansión y detuve el coche en la cochera, el silencio volvió a instalarse entre nosotros.
Apagué el motor.
Ninguno de los dos hizo el menor intento por bajar.
Respiré hondo.
Sentía algo creciendo dentro de mí desde hacía días. Algo que llevaba demasiado tiempo intentando contener.
Abrí la puerta y salí.
Eliza hizo lo mismo.
La observé rodear el vehículo con la intención de entrar en la casa, pero antes de que pudiera dar otro paso, mi cuerpo decidió por mí.
—Eliza...
Ella se giró.
No pensé.
No analicé.
No calculé las consecuencias.
Simplemente acorté la distancia que nos separaba.
Y la abracé.
La atraje contra mí con una lentitud casi reverencial, como si temiera que desapareciera si la sujetaba demasiado fuerte.
Durante una fracción de segundo sentí cómo su cuerpo se tensaba por la sorpresa.
Después...
Se relajó.
Sus brazos terminaron rodeándome con una timidez que me desarmó por completo. Cerré los ojos y su perfume me envolvió.
Dulce.
Suave.
Inconfundiblemente suyo.
Apoyé apenas la frente sobre su cabello y respiré despacio. Hacía demasiado tiempo que necesitaba aquello.
Demasiado.
Mi mano recorrió lentamente su brazo, apenas una caricia. No había deseo en ese gesto, había alivio.
Había paz.
Había una necesidad desesperada de sentirla cerca, aunque solo fuera unos segundos. Y por primera vez desde que todo aquello había empezado...
Dejé de fingir.
Ese abrazo no era para convencer a Venus. Ni a mis padres. Ni al mundo entero. Era para mí, porque la necesitaba. Más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
Cuando finalmente reuní fuerzas para apartarme, lo hice muy despacio. Sus ojos verdes buscaron los míos de inmediato.
Había sorpresa.
Confusión.
Y algo más.
Algo que hizo que mi pecho se contrajera.
Levanté una mano casi por instinto y aparté un mechón de cabello que había caído sobre su rostro. Mis dedos rozaron su mejilla con una suavidad que jamás había permitido tener con nadie.
—Gracias, Eliza... —murmuré sin apartar la mirada de la suya—. Por todo lo que haces por mí.
Sus labios se curvaron en una sonrisa pequeña.
Sincera.
Y sentí que algo dentro de mí terminaba de romperse.
—Sé que no siempre lo demuestro —continué con voz baja—. Sé que muchas veces parezco un completo imbécil...
Soltó una risa casi inaudible.
Yo sonreí por primera vez en todo el día.
—Pero valoro cada cosa que haces. Más de lo que imaginas.
Hice una breve pausa.
Respiré.
Y dejé escapar una verdad que llevaba demasiado tiempo encerrada.
—Y.… me alegra muchísimo que seas tú quien esté aquí.
No tenía idea de por qué estaba diciéndole todo aquello, solo sabía que era la verdad. Y que, desde hacía demasiado tiempo, había algo más peleando por salir.
Una necesidad insoportable.
La necesidad de besarla.
Porque intuía, con una certeza casi dolorosa, que en el instante en que nuestros labios se encontraran, nada volvería a ser igual.
No aparté la mirada.
No pude.
Sus ojos verdes me mantenían completamente cautivo. Siempre habían tenido algo que me desarmaba, una mezcla imposible de dulzura, fortaleza y luz que nunca había sabido interpretar.
Ella tampoco dejó de mirarme.
El silencio entre los dos dejó de ser incómodo, para volverse expectante. Como si ambos estuviéramos esperando que el otro diera un paso.
Vi cómo su respiración cambiaba, cómo sus labios se separaban apenas un poco. Cómo aquella pequeña sonrisa desaparecía lentamente, sustituida por una expresión mucho más decidida.
Entonces levantó una mano.
Sus dedos se cerraron sobre el centro de mi camisa, justo encima del corazón. Apreté la mandíbula. Sentí el leve tirón de la tela, como si quisiera asegurarse de que no iba a escapar.
Y comprendí que ya no tenía escapatoria.
Eliza se puso lentamente de puntillas. Su respiración rozó mi boca y durante una fracción de segundo permanecimos inmóviles.
Tan cerca que podía sentir el calor de sus labios. Tan cerca que un solo movimiento bastaba para cambiarlo todo.
Y fue ella quien lo hizo.
Me besó.
Fue apenas un roce.
Suave.
Vacilante.
Un beso lleno de dudas y, al mismo tiempo, de un valor inmenso.
Como si hubiera decidido lanzarse al vacío sin saber si habría alguien dispuesto a sostenerla.
El mundo entero pareció detenerse. Era un contacto mínimo, pero me atravesó como una descarga.
Jamás habría imaginado que unos labios pudieran sentirse así.
Cálidos.
Delicados.
Perfectos.
El beso duró apenas un instante.
Cuando comenzó a apartarse, sus ojos se abrieron ligeramente, sorprendidos por lo que acababa de hacer.
Respiraba deprisa.
Parecía a punto de disculparse, pero no iba a permitirlo. Le sujeté el rostro entre las manos con toda la delicadeza de la que fui capaz.
Mis pulgares acariciaron sus mejillas.
Y entonces fui yo quien cerró la distancia.
Me abalancé sobre ella, envolviendo su rostro entre mis manos mientras la besaba de vuelta con toda la desesperación que había estado conteniendo.
Por un instante, ambos nos quedamos tensos. Como si nuestras mentes intentaran procesar lo que nuestros cuerpos ya sabían.
Y entonces… todo se derritió.
Se fundió conmigo como si hubiera estado esperando este momento tanto como yo. Su cuerpo se volvió lánguido, se moldeó al mío con una facilidad pasmosa. Como si hubiera nacido para encajar aquí, justo entre mis brazos.
Deslizó las manos por mi pecho y luego las llevó a mi cuello, tirando de mí, queriéndome más cerca.
Y joder, yo también quería estar más cerca.
Rastreé con la lengua el borde de sus labios. Provocándola, tentándola, y ella se abrió para mí con un suspiro que me dejó sin aliento.
Inclinó la cabeza y nuestras lenguas se encontraron en una danza lenta y abrasadora.
Dios.
Sentirla así.
Saborearla de verdad.
Era jodidamente perfecto.
¿Han sentido alguna vez esa sensación en la que, de repente, todo lo que parecía no tener sentido encaja en su lugar y da forma a algo maravilloso?
Así me sentía en este preciso momento.
Como si finalmente hubiese encontrado la pieza que había estado buscando toda mi vida sin darme cuenta.
La besé con hambre, con urgencia, con todo lo que había estado sofocando durante tanto tiempo. Y ella me devolvió cada caricia, cada roce, cada jadeo con la misma intensidad.
Me invadió una profunda sensación de satisfacción. Había querido hacer esto desde hacía más tiempo del que estaba dispuesto a admitir.
Y ahora que lo hacía, se sentía incluso mejor de lo que había imaginado. Porque era como estar en el maldito cielo.
Nuestras bocas se enredaron, nuestras lenguas se entrelazaron, y todo lo demás desapareció.
No existía el pasado.
No existía el futuro.
Solo existíamos ella y yo.
Y el beso que lo estaba cambiando todo.
Cuando finalmente reuní fuerzas para separarme, lo hice despacio, casi a regañadientes.
Nuestras frentes permanecieron apoyadas.
Compartíamos el mismo aire. Las respiraciones seguían aceleradas. Y su pecho subía y bajaba contra el mío.
Sus ojos...
Dios.
Jamás nadie me había mirado así.
Había deseo. Había ternura. Había una confianza que no estaba seguro de merecer. Y había algo más.
Algo que hizo que el miedo regresara de golpe. Porque aquello ya no era una mentira, no después de este beso.
Mi mirada descendió otra vez hacia sus labios.
Todavía quería volver a besarlos.
Quería llevarla arriba, cerrar la puerta de nuestra habitación y olvidarme del mundo entero durante unas horas.
Pero entonces la realidad irrumpió con toda su fuerza.
La gala.
Maldición.
La había olvidado por completo.
Cerré los ojos un segundo antes de obligarme a dar un paso atrás y cada músculo de mi cuerpo protestó por eso.
—Hay una fiesta a la que ir.
Las palabras sonaron absurdas incluso para mí.
La ilusión que había aparecido en sus ojos se apagó apenas un poco.
No intentó ocultarlo.
—Oh... claro. No pasa nada.
Mentía.
Y yo también.
Porque sí pasaba.
Muchísimo.
Me aclaré la garganta, intentando arreglar el desastre.
—Es esta noche, iremos juntos Eliza. Empieza a las nueve, es una gala.
Ella tardó unos segundos en asentir.
—De acuerdo. Estaré lista.
Me dedicó una pequeña sonrisa.
Bonita.
Pero distinta.
La vi alejarse hacia el interior de la casa y tuve la absurda necesidad de correr detrás de ella.
De volver a abrazarla.
De besarla otra vez.
No lo hice.
Permanecí inmóvil en medio de la cochera hasta que desapareció escaleras arriba. Solo entonces comprendí la magnitud de lo que acababa de ocurrir.
Ese beso había roto el equilibrio que tanto me había esforzado por mantener.
Ya no existía un plan.
Ya no existía una estrategia.
Solo existía una mujer que acababa de cambiar mi mundo con un beso tan sencillo como inolvidable.
Y, por primera vez en mucho tiempo...
No estaba seguro de querer recuperarlo.