LNCrawler

Capitulo 25

El Contrato 18+ — booknet.com · All chapters

Capitulo 25

Eliza

Lo había besado.

Y había sido la mejor y la peor decisión de mi vida.

Todavía no entendía en qué momento había reunido el valor para hacerlo. No hubo un plan, ni un impulso meditado, ni una voz sensata que me dijera que era buena idea.

Simplemente ocurrió.

Me perdí en sus ojos, en la calidez de sus palabras, en la forma en que me miraba como si, por primera vez, bajara todas las barreras que siempre había levantado entre nosotros.

Y entonces lo besé.

Después de aquel casi beso en la cocina me había prometido que mantendría la distancia. Que recordaría, una y otra vez, que todo aquello era una mentira cuidadosamente construida.

Una farsa.

Un acuerdo temporal entre un jefe y su asistente.

Pero bastó con tenerlo tan cerca para que mi ya escaso sentido común desapareciera por completo.

Todavía podía sentir el peso de sus manos sosteniendo mi rostro. La manera en que respondió a mi beso.

No se apartó.

No dudó.

No me rechazó.

Me besó de vuelta con una intensidad que jamás habría imaginado. Como si hubiera estado esperando ese momento tanto como yo.

Y, durante unos minutos, el mundo dejó de existir.

No había mentiras.

No había contratos.

No había exnovias.

Solo existíamos nosotros.

Su boca. Su respiración mezclándose con la mía. La forma en que me abrazó como si temiera dejarme escapar.

Cerré los ojos con fuerza.

¿Por qué había tenido que ser tan perfecto?

¿Por qué tenía que sentirse tan... correcto?

Un suspiro escapó de mis labios antes de que pudiera contenerlo. No podía seguir pensando en eso, porque si lo hacía, terminaría convenciéndome de algo que no debía creer.

Porque un beso no cambiaba la realidad.

¿O sí?

Sacudí la cabeza con frustración y caminé directamente al baño. Abrí el grifo de la ducha y esperé apenas unos segundos antes de meterme bajo el agua.

Fría.

Necesitaba que estuviera fría.

Tal vez así conseguiría apagar el incendio que él había dejado bajo mi piel. Pero fue inútil. El agua resbalaba por mi cuerpo mientras mi mente volvía, una y otra vez, al mismo instante.

Al roce de sus labios. A la suavidad con la que había acariciado mi mejilla. A la forma en que pronunció mi nombre antes de besarme.

Dios...

Llevé una mano hasta mi boca. Como si todavía pudiera sentirlo allí, como si su beso hubiera quedado grabado en mis labios.

Era ridículo.

Completamente ridículo.

Y, aun así, sonreí.

Una sonrisa pequeña. Involuntaria. La misma que desapareció en cuanto recordé la realidad.

Aquello no podía significar nada.

No debía significar nada.

Él seguía intentando recuperar a Venus, seguíamos interpretando un papel y yo no podía permitirme olvidar eso.

Treinta minutos después, conseguí obligarme a salir de la ducha. El vapor todavía cubría el espejo cuando terminé de arreglarme.

Elegí un vestido negro, largo y ceñido, elegante sin resultar excesivo. La tela abrazaba mi figura con una naturalidad que me hizo dudar un instante frente al espejo, pero terminé convenciéndome de que era la elección correcta para una gala.

Recogí el cabello hacia un lado, dejando que las ondas descansaran sobre un hombro. El maquillaje fue discreto y solo permití una licencia.

Los labios.

Un rojo profundo que contrastaba con mi piel y que, inevitablemente, me recordó que apenas una hora antes alguien los había besado hasta dejarme sin respiración.

Volví a mirarme en el espejo.

La mujer que me devolvía la mirada no parecía la misma. Había algo distinto en sus ojos.

Brillaban.

No sabía si era ilusión.

Miedo.

Esperanza.

O una mezcla peligrosa de las tres.

Solté una risa baja, negando conmigo misma.

—Compórtate, Eliza —murmuré para mi reflejo—. Es solo un beso.

Pero incluso mientras lo decía, sabía que era mentira. Porque aquel beso no había sido solo un beso.

Había derribado todas las certezas que llevaba días intentando sostener.

Tomé aire lentamente, tomé el abrigo, recogí el bolso y salí de la habitación. No sabía qué significaba todo aquello, no sabía qué éramos ahora.

Lo único que tenía claro era que, cuando volviera a verlo esa noche... me resultaría mucho más difícil fingir que mi corazón seguía intacto.

Cuando deje la habitación y baje las escaleras, no lo encontré en la sala.

Deje el abrigo y el bolso sobre el sofá. Respiré hondo y salí al jardín, necesitaba unos minutos para recuperar el control antes de volver a verlo

La noche era fresca.

Una brisa suave acarició mi piel desnuda y movió algunas hebras de mi cabello, llevándose consigo parte del calor que todavía me recorría el cuerpo desde aquel beso.

Cerré los ojos e inhalé profundamente. Exhalé despacio, intentando convencerme de que podía enfrentar la noche como si nada hubiera cambiado.

Fue un intento completamente inútil.

—Despampanante.

Su voz, grave y aterciopelada, sonó tan cerca de mi oído que un escalofrío me recorrió de pies a cabeza.

Sentí el roce cálido de su aliento sobre mi piel antes incluso de girarme.

Lo hice despacio.

Y ahí estaba.

Vestido con un impecable esmoquin negro que parecía confeccionado exclusivamente para él. La corbata oscura, el cabello perfectamente acomodado y esos ojos azules... Dios.

Esos ojos.

Me observaban con una intensidad nueva.

Ya no era la mirada de mi jefe. Era la de un hombre que acababa de besarme y que parecía debatirse entre volver a hacerlo o contenerse.

No pude evitar recorrerlo con la vista de arriba abajo.

—Igual tú... —murmuré con una sonrisa apenas contenida.

Una leve curva apareció en sus labios.

No dijo nada.

Simplemente dio un paso hacia mí.

Luego otro.

Hasta quedar lo bastante cerca para que el aire entre nosotros volviera a sentirse demasiado escaso.

Su mano encontró la mía con absoluta naturalidad.

Entrelazó sus dedos con los míos durante un instante antes de girar lentamente mi mano izquierda.

La del anillo.

Su pulgar acarició apenas el aro de oro blanco. Después levantó mi mano hasta sus labios y depositó un beso lento sobre el anillo.

Mi respiración se detuvo.

El gesto fue tan inesperadamente tierno que sentí cómo algo se deshacía dentro de mí.

Cuando volvió a levantar la mirada, sus ojos volvieron a clavarse en los míos.

—Dios... menos mal que tienes esto —murmuró—. No quiero pelear con nadie esta noche.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Y por qué te pelearías?

Una sonrisa divertida apareció en mis labios, aunque el extraño brillo en sus ojos hizo que el corazón comenzara a latirme más deprisa.

Él soltó una risa baja.

Después acortó la escasa distancia que todavía existía entre nosotros. Su boca quedó muy cerca de mi oído.

—Porque estoy completamente seguro de que esta noche más de un hombre va a olvidarse de respirar cuando te vea.

Sentí un cosquilleo recorrerme la espalda.

—Bastián...

Su voz descendió todavía más, convertida en un murmullo profundo que parecía acariciarme la piel.

—Ese vestido, Eliza... es una jodida fantasía en mi cabeza ahora mismo.

Mi respiración se quebró.

Tuve que morderme el labio para contener la sonrisa que amenazaba con escapar.

No sabía qué responder. Porque una parte de mí seguía convencida de que aquel hombre jamás diría algo así.

Y, sin embargo... lo estaba diciendo.

Él dejó escapar una sonrisa de satisfacción al descubrir el efecto que sus palabras tenían sobre mí.

Entonces tomó mi mano con suavidad.

—Será mejor que nos vayamos antes de que cambie de idea.

Lo miré, confundida.

—¿Cambiar de idea?

Sus ojos descendieron apenas un segundo hasta mis labios antes de volver a encontrar los míos.

—Sobre ir a esa fiesta.

El corazón volvió a golpearme el pecho con fuerza.

Sin darme tiempo a responder, entrelazó sus dedos con los míos y comenzó a guiarme hacia el interior de la casa.

Y, por primera vez desde que toda aquella mentira había comenzado... caminar tomada de su mano dejó de sentirse como parte del papel que interpretábamos.

Se sintió peligrosamente real.

Media hora después, las puertas del ascensor se abrieron en el último piso del hotel. El trayecto había transcurrido en un silencio casi absoluto.

No era un silencio incómodo.

Era mucho peor.

Era uno cargado de todo lo que había quedado suspendido después de aquel beso.

Ninguno de los dos había encontrado las palabras adecuadas para hablar de ello. Y, quizá, ninguno quería romper esa burbuja todavía.

De vez en cuando nuestras manos se rozaban al caminar o al acomodarnos dentro del ascensor, y cada contacto, por breve que fuera, enviaba una descarga eléctrica recorriéndome el cuerpo.

Era absurdo, porque bastaba un roce accidental para hacer que el corazón volviera a latirme con fuerza.

Cuando las puertas terminaron de abrirse, respiré hondo antes de salir a su lado.

La gala ocupaba el salón principal del hotel, un espacio tan espectacular que parecía sacado de una película.

Inmensas lámparas de cristal colgaban del techo, proyectando destellos dorados sobre el mármol pulido. Los arreglos florales, perfectamente distribuidos, aportaban un toque de color entre el negro impecable de los esmóquines y el brillo elegante de los vestidos de gala.

Un cuarteto de cuerdas interpretaba una melodía suave desde uno de los extremos del salón, mientras camareros impecablemente uniformados se deslizaban entre los invitados con bandejas de champán y canapés.

Todo era sofisticación.

Todo era apariencia.

Justo el escenario perfecto para seguir interpretando nuestro papel.

Recorrí el salón con la mirada, intentando ubicar rostros conocidos. No tardé en encontrar a Venus.

Estaba al otro lado del salón, conversando con un pequeño grupo de invitados. En cuanto nuestras miradas se cruzaron, noté cómo su sonrisa se tensaba apenas un instante.

Por suerte, no hizo el menor intento por acercarse.

Solté el aire lentamente.

Ojalá siguiera siendo así durante toda la noche. Seguí observando el salón hasta que otra figura llamó mi atención.

Los señores Müller.

Conversaban con varias personas cerca de los grandes ventanales, completamente integrados en el ambiente, como si aquel lugar les perteneciera.

Así que por eso la casa estaba vacía cuando salimos.

Mi estómago dio un pequeño vuelco. Había olvidado por un momento que esta sería la primera vez que nos verían interpretando nuestro papel en público.

Y, después del beso que acabábamos de compartir... esta actuación acababa de volverse mucho más complicada.

Sentí la mano de Bastián deslizarse lentamente hasta encontrar la mía. Entrelazó nuestros dedos con absoluta naturalidad, e instintivamente giré la cabeza para mirarlo.

Él ya me estaba observando.

—¿Lista? —preguntó en voz baja.

No estaba segura de estarlo.

Pero apreté suavemente su mano y asentí con una pequeña sonrisa.

—Lista.

Aunque, en el fondo, sospechaba que aquella noche iba a poner a prueba mucho más que nuestra capacidad para fingir.