Capitulo 26
ElizaLa noche transcurrió con una tranquilidad casi sospechosa.
Durante más de dos horas, Bastián fue de conversación en conversación, saludando inversionistas, empresarios y viejos conocidos con esa elegancia fría que parecía formar parte de su naturaleza.
Sonreía lo justo, hablaba lo necesario y escuchaba con esa atención calculada que siempre imponía respeto.
Pero había algo diferente.
No me soltó ni una sola vez.
Su mano permanecía sobre la parte baja de mi espalda cuando caminábamos entre la multitud o entrelazaba nuestros dedos cada vez que alguien se acercaba a saludarnos.
Eran gestos pequeños, casi imperceptibles para cualquiera, pero yo era dolorosamente consciente de cada uno de ellos.
Y, después del beso de esta tarde, resultaba imposible fingir que no significaban nada.
Aun así, después de dos horas de sonrisas diplomáticas y copas de champán, sentía que necesitaba algo mucho más fuerte.
—¿Te importa si voy por una bebida? —pregunté en voz baja.
Bastián desvió la mirada de la conversación que mantenía con un grupo de empresarios y me observó apenas un instante.
—No tardes.
Asentí con una pequeña sonrisa antes de escabullirme entre los invitados. Respiré aliviada apenas llegué a la barra.
Por primera vez en toda la noche estaba sola.
Me acomodé en uno de los taburetes mientras el barman terminaba de atender a otra pareja.
—Un whisky, por favor.
El hombre asintió y comenzó a preparar mi bebida.
—Lo mismo que la hermosa señorita.
Una voz masculina sonó a mi lado.
Giré la cabeza.
El hombre que acababa de sentarse junto a mí era, sin lugar a dudas, atractivo. Alto, cabello oscuro cuidadosamente peinado y unos ojos claros llenos de esa confianza relajada que parecía abrirle puertas en cualquier lugar.
Pero fue su sonrisa lo primero que llamó mi atención.
Era cálida.
Genuina.
—Déjame decirte que me has deslumbrado desde que te vi acercarte a la barra.
No pude evitar soltar una pequeña risa.
—Qué directo.
Él se llevó una mano al pecho con fingida solemnidad.
—La vida es demasiado corta para perder oportunidades.
El barman dejó nuestras bebidas sobre la barra.
Mi inesperado acompañante tomó el vaso de whisky y lo levantó ligeramente en mi dirección antes de volver a mirarme.
—¿Tiene nombre esta hechicera de ojos verdes?
Sonreí.
—Eliza Harper.
—Un hermoso nombre para una hermosa mujer.
Tomó mi mano con absoluta naturalidad y depositó un beso cortés sobre mis nudillos.
—Henry Blackwell.
Le devolví la sonrisa.
—¿Inglés?
Una chispa divertida apareció en sus ojos.
—¿Se nota tanto?
—El acento te delata.
Rio por lo bajo.
—Culpable.
Le dio un sorbo a su whisky antes de apoyarse cómodamente sobre la barra.
—¿Has estado en Inglaterra?
Negué con la cabeza.
—Todavía no he tenido la oportunidad de salir del país.
Henry chasqueó la lengua con exagerada decepción.
—Eso es imperdonable.
Negué divertida.
—Ah, ¿sí?
—Absolutamente. Tendrás que dejar que arregle semejante tragedia.
Arqueé una ceja.
—¿Y cómo piensas hacerlo?
—Muy fácil. Vienes conmigo a Londres, te enseño cada rincón de mi hermoso país y haces el mejor viaje de tu vida. Serás mi invitada de honor.
Reí mientras giraba distraídamente el vaso entre los dedos.
—Suena tentador.
Él sonrió satisfecho.
—Sabía que terminaría convenciéndote.
Después inclinó apenas la cabeza hacia mí, bajando ligeramente la voz.
—Dime una cosa, Eliza...
Esperó a que levantara la vista.
—¿Has venido sola?
El ambiente cambió de golpe.
—No.
La voz grave de Bastián sonó justo detrás de mí y sentí su presencia antes incluso de verlo.
Un segundo después, su mano se deslizó con absoluta naturalidad hasta rodear mi cintura, atrayéndome suavemente hacia él.
Mi espalda chocó contra su pecho.
El calor de su cuerpo me envolvió de inmediato.
—Ella está conmigo, Henry —dijo con una calma que resultaba mucho más intimidante que cualquier grito—. Así que deja de coquetear con mi prometida.
Henry parpadeó.
Su expresión pasó de la sorpresa a la incredulidad en apenas un segundo.
—¿Ella es tu prometida?
Miró a Bastián.
Luego a mí.
Y otra vez a Bastián.
—Espera... ¿cómo es que no sabía que estabas comprometido?
Fruncí ligeramente el ceño mientras alternaba la mirada entre ambos.
—¿Se conocen?
—Algo así —respondió Bastián con aparente indiferencia.
Henry soltó una carcajada.
—¿Algo así? Fuimos juntos a la universidad, maldito robot sin sentimientos.
No pude contener una sonrisa.
Bastián resopló con evidente paciencia.
—Sí, sí... lo que quieras.
Sus dedos ejercieron una ligera presión sobre mi cintura.
—Pero no te quiero cerca de ella.
Henry levantó ambas manos en gesto de rendición.
—En primer lugar, no tenía la menor idea de que era tu prometida.
Contó con un dedo.
—Y, en segundo lugar, no puedes culparme.
Su mirada volvió a posarse sobre mí.
—Es una belleza. Tu gusto por las mujeres es exquisito.
Sentí cómo el cuerpo de Bastián se tensaba a mi lado. Sus ojos adquirieron ese brillo peligroso que ya empezaba a reconocer.
—No te pases, Henry.
Su voz descendió varios tonos.
—Porque puedo volver a dejarte el ojo morado.
Hizo una pausa.
—¿Lo recuerdas?
Henry resopló con teatral indignación.
—Bastardo.
Bastián ni siquiera sonrió.
Solo volvió ligeramente la cabeza hacia mí, sin apartar la mano de mi cintura.
—Baila conmigo, Eliza.
Y, por la forma en que lo dijo, comprendí que aquello no era una invitación. Y estaba en lo cierto cuando no me dio oportunidad de protestar.
Antes de que pudiera articular una respuesta, ya me estaba guiando hacia la pista de baile. Apenas alcancé a girarme para ver a Henry levantar su copa con una sonrisa divertida y despedirse con una ligera inclinación de cabeza.
No supe si sentir alivio... o decepción.
El centro de la pista estaba envuelto en una penumbra dorada. Las lámparas suspendidas proyectaban destellos cálidos sobre las parejas que se movían lentamente al compás de la música, mientras el murmullo elegante de la gala quedaba reducido a un ruido lejano.
Pero yo no veía nada de eso.
Solo lo veía a él.
Bastián deslizó una mano hasta mi cintura con una naturalidad que me robó el aire. La otra tomó mi mano y la sostuvo con firmeza, guiándome en un movimiento lento, seguro, como si bailar conmigo fuera lo más sencillo del mundo.
Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza.
Nos habíamos besado.
Y, desde ese instante, todo había cambiado.
Ya no sabía dónde terminaba la mentira y dónde empezaba la realidad. Nuestro acuerdo seguía siendo el mismo sobre el papel, pero cada mirada, cada roce y cada palabra parecían borrar una línea más de aquella frontera que ambos habíamos prometido no cruzar.
Él me acercó un poco más.
La distancia que nos separaba desapareció hasta que apenas quedó espacio para respirar entre los dos.
Su perfume de nuevo comenzó a envolverme. Ese aroma limpio, masculino y peligrosamente familiar.
Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que estaba convencida de que él podía sentirlo. Y fue entonces cuando la verdad terminó de alcanzarme.
No era una simple atracción. No era el efecto del beso. Ni la emoción de estar fingiendo una relación.
Me estaba enamorado de mi jefe.
La certeza cayó sobre mí con la fuerza de un edificio derrumbándose y me aterró. Porque aquello no tenía futuro, porque todo esto tenía fecha de vencimiento.
Porque, tarde o temprano, él volvería con Venus... y yo tendría que desaparecer de su vida.
Su mano dibujó una lenta caricia sobre mi espalda.
Un movimiento casi imperceptible, pero suficiente para hacerme contener el aliento. Se inclinó apenas hacia mí hasta que sus labios quedaron junto a mi oído.
—Estás hermosa, Eliza.
Su voz grave recorrió mi piel como una descarga.
—Me está costando demasiado no llevarte de aquí.
Un escalofrío me atravesó de pies a cabeza. No fui capaz de responder, ni siquiera estaba segura de recordar cómo se respiraba.
Él volvió a mirarme.
Y por primera vez no vi al hombre frío que dirigía una de las empresas más importantes del país.
No vi al estratega.
No vi al jefe.
Vi a Bastián.
El hombre me estaba mirando como si fuera lo único que importaba en el universo.
Sus ojos descendieron lentamente hasta mi boca y los míos hicieron exactamente el mismo recorrido.
El tiempo pareció detenerse.
Podía sentir el calor de su respiración mezclándose con la mía. El suave roce de nuestras narices, la tensión creciendo entre ambos hasta resultar insoportable.
Ninguno de los dos hablaba.
No hacía falta.
Todo estaba ocurriendo en nuestras miradas.
Fue él quien terminó de romper la distancia. Sus labios rozaron los míos apenas un instante.
Tan solo un roce.
Una pregunta silenciosa.
Una oportunidad para detenerlo.
No lo hice.
Al contrario.
Fui yo quien terminó de cerrar el espacio que quedaba entre nosotros y entonces me besó de verdad.
Con una intensidad contenida durante demasiado tiempo.
Con hambre.
Con desesperación.
Como si hubiera estado imaginando este instante tantas veces como yo.
Mis dedos buscaron su nuca casi por instinto, hundiéndose entre su cabello mientras me acercaba todavía más. Sentí cómo su brazo rodeaba mi cintura con firmeza, pegándome completamente a él.
Ya no existía espacio entre nuestros cuerpos.
Todo a nuestro alrededor desapareció.
La música.
Las conversaciones.
Las risas.
Las cientos de personas presentes.
Solo existíamos nosotros.
Su boca reclamaba la mía con una mezcla perfecta de paciencia y necesidad, mientras yo respondía incapaz de pensar en otra cosa que no fuera seguir besándolo.
El mundo entero dejó de importar.
Cuando finalmente se apartó unos centímetros, ambos respirábamos con dificultad. Permanecimos inmóviles, con las frentes casi rozándose. Con los labios todavía demasiado cerca.
Sus ojos eran más oscuros que nunca.
Más sinceros.
Más peligrosos.
—Esto no es suficiente... —murmuró con la voz ronca.
Sus dedos acariciaron apenas la piel de mi espalda.
—Pero aquí no puedo hacer lo que realmente quiero hacer.
Un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo, porque no sabía qué era más peligroso. Si sus palabras... o el modo en que me estaba mirando.
Fue entonces cuando la realidad regresó de golpe.
Seguíamos en medio de la pista. Rodeados de empresarios, políticos, periodistas y algunas de las personas más influyentes de la ciudad. Decenas de ojos estaban puestos sobre nosotros, pero, por primera vez en mucho tiempo... no me importó.
Intenté recuperar el aliento y dar un pequeño paso atrás.
Necesitaba pensar. Necesitaba recordar dónde estábamos. Pero apenas retrocedí unos centímetros, él volvió a sujetar mi mano.
Sus dedos se entrelazaron con los míos con una urgencia imposible de ocultar.
—Vamos.
Su voz sonó baja.
Ronca.
Decidida.
Antes de que pudiera decir nada, tiró de mí con tal determinación que mis tacones casi tropezaron contra el suelo de mármol.
Nos abrió paso entre los cuerpos de la élite más poderosa de la ciudad como si fueran insignificantes, como si no existieran.
Caminaba rápido, como si nos persiguiera el mismísimo infierno, y quizás así era. Porque esto… esto que estábamos haciendo solo podía llevarnos a la perdición.
Llegamos al ascensor.
Él golpeaba el suelo con el pie impaciente, sus dedos aún envueltos alrededor de mi mano, como si temiera que me esfumara.
El tiempo se sintió eterno y cuando las puertas se abrieron, prácticamente me empujó dentro.
Presionó un botón sin apartar los ojos de mí, Sin darme un respiro. Y entonces avanzó, haciéndome retroceder hasta que mi espalda chocó contra el espejo del ascensor.
El aire se volvió denso.
Mi corazón latía desbocado en mi pecho, y él lo sabía. Lo veía en su expresión, en la forma en que sus ojos oscuros se clavaban en los míos, bebiéndose cada reacción, cada maldito jadeo que escapaba de mi boca.
Colocó sus brazos a cada lado de mí, encerrándome entre su calor y su peligro. Su cercanía era un incendio descontrolado, uno del que no podía escapar.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté con la voz temblorosa.
Una pregunta absurda.
Sabía lo que estaba haciendo.
Sabía lo que quería.
Y lo peor de todo es que lo quería también.
Él sonrió,
Una sonrisa torcida, peligrosa, cargada de pura y absoluta confianza.
—¿Qué crees que hago, Eliza? —susurró.
Sus dedos rozaron mi sien con ternura, un contraste devastador con la intensidad de su mirada.
Inhalé con fuerza. Mis ojos atrapados en los suyos, en ese color tempestuoso que parecía atravesarme hasta el alma.
Se veía peligroso esta noche.
Y jodidamente sexy.
Su mano descendió hasta mi nuca y por un momento se quedó ahí, su pulgar trazando círculos suaves, apenas perceptibles. Luego, con un movimiento calculado, deslizó los dedos hasta enredarlos en mi cabello y tiró de él con suavidad, obligándome a inclinar el rostro hacia el suyo.
Mi respiración se volvió errática.
—¿No te has dado cuenta aún de lo loco que me vuelves? —su voz era un susurro grave. Cada palabra deslizándose por mi piel como un roce eléctrico.
Apoyó su frente contra la mía.
Casi podía saborear su aliento. Solo un poco más, solo unos milímetros y sus labios volverían a atraparme.
Y Dios… lo deseaba.
No debería quererlo. No debería dejarme llevar por esta locura. Porque esto era una farsa, porque dejarme consumir por el deseo solo haría todo más complicado.
Pero ya no podía resistirme. Porque nunca debí desearlo, nunca debí cruzar esa línea.
Pero ahora… ahora era lo único que quería.
Y me estaba quemando viva.