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Capitulo 27

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Capitulo 27

Bastián

No tenía suficiente de ella.

No podía.

A estas alturas, estaba seguro de que, aunque lo intentara, no podría arrancármela de la piel. Eliza se había instalado en mis huesos, en mis pensamientos más oscuros, en la parte de mi mente que nunca había permitido que nadie más tocara.

Era jodidamente adictiva.

Me convertía en un hombre que no reconocía, alguien guiado por impulsos que hasta ahora había mantenido a raya. Pero esta vez no lo hice. No cuando me miraba así, con esos ojos que parecían desarmarme y reconstruirme al mismo tiempo.

Pero incluso en medio del deseo abrasador que me consumía, lo supe.

Lo que estábamos haciendo en ese ascensor estaba mal. No por el acto en sí, porque joder, podría pasar toda la noche perdido en su cuerpo, ahogado en el calor de su piel, sino porque ese no era el lugar. No era el espacio en el que quería tenerla.

Ella merecía más.

La tomé de la mano con firmeza, envolviendo sus dedos en los míos antes de que pudiera protestar. Sus labios se entreabrieron, lista para preguntar qué demonios estaba haciendo, pero no le di oportunidad.

Solo la llevé conmigo.

La tensión entre nosotros era un fuego latente mientras cruzábamos la puerta y atravesábamos el estacionamiento. Cada paso que dábamos aumentaba la presión entre nuestros cuerpos, el aire vibrando con la anticipación de lo inevitable.

Cuando subió al auto, sentí su mirada fija en mí. Inquisitiva. Expectante. Pero no dije una palabra.

El motor rugió al encenderse, y el silencio se instaló entre nosotros.

Pero no era un silencio vacío, sino uno cargado de electricidad. De un deseo contenido que rozaba lo insoportable. Su perfume seguía aferrándose a mi piel, una dulce tortura que hacía que mi agarre en el volante se volviera más tenso.

La necesitaba.

Pero esta vez, quería más. No la inmediatez de un maldito ascensor, no la necesidad de esconderme en las sombras.

Esta vez, la quería en mi terreno.

El camino fue un susurro en la noche, una carretera que parecía abrirse solo para nosotros, como si el universo entendiera la urgencia en mi pecho.

Eliza no dijo nada, pero su cuerpo hablaba por ella. La forma en que su pecho subía y bajaba con cada respiración contenida, la manera en que sus manos jugueteaban con el borde de su vestido, como si no supiera qué hacer con ellas.

No necesitábamos palabras.

Las luces de la ciudad titilaban a nuestro alrededor, indiferentes a lo que estaba a punto de suceder.

Pero yo lo sabía.

Y ella también lo sabía.

Porque lo que estaba a punto de pasar no era solo sexo. Era un punto sin retorno y lo peor de todo era que no me importaba.

Porque si Eliza era un peligro, un riesgo capaz de desmoronar todo lo que había construido...

Entonces, joder, estaba dispuesto a apostarlo todo.

Cuando llegamos a casa, sentí cómo la ansiedad se apoderaba de cada fibra de mi ser. Todo el camino había sido un ejercicio de autocontrol, una lucha constante por mantenerme en calma mientras mi mente giraba en círculos alrededor de ella.

Pero en el momento en que cruzamos la puerta, todo ese maldito control se desmoronó.

No esperé.

No podía.

Apenas cerré la puerta, la atraje hacia mí con una urgencia que rozaba la desesperación. Su cuerpo chocó contra el mío, su calor traspasando cada barrera que aún intentaba sostener.

Apoyé mi frente contra la suya, sintiendo su respiración entrecortada mezclándose con la mía, cada exhalación un recordatorio de lo inevitable.

Eliza no se apartó.

No dudó.

Se derritió en mis brazos con una naturalidad que me hizo sentir como si todo este tiempo hubiera estado esperando exactamente esto.

Exactamente a mí.

La sostuve con más fuerza, mis manos trazando cada curva de su espalda. Como si intentaran memorizarla, como si al tocarla pudiera asegurarme de que esto era real. No podía esperar más.

No tenía por qué hacerlo.

Mi boca encontró la suya con una necesidad incontrolable.

El beso fue crudo, sin espacio para dudas. Una mezcla de furia contenida y deseo sofocado. Mordí su labio inferior, arrancándole un jadeo feroz que vibró en mi pecho como una maldita sinfonía hecha solo para mí.

Sus dedos se enredaron en mi cabello, tirando con fuerza. Y esa chispa de dolor solo avivó el incendio que ella misma había provocado en mí.

Con un movimiento rápido la empujé contra la pared más cercana, atrapándola entre mi cuerpo y la porcelana fría. Asegurándome de que no hubiera distancia entre nosotros. Su piel tembló bajo mis manos. Su pecho subía y bajaba en un ritmo errático que coincidía con el mío.

La quería.

Pero más que eso… la necesitaba con una desesperación que me quemaba por dentro.

Mis labios descendieron por su cuello, dejando un rastro de besos ardientes y promesas sin palabras. Sentí cómo se estremecía, cómo su respiración se volvía más errática cada vez que mi boca encontraba un nuevo punto sensible.

Eliza gimió y me aferró con más fuerza. Tirando de mi cabello, acercándome más, como si quisiera fundirse conmigo. Como si entendiera que esto no era solo deseo.

Era algo más.

Algo que me aterraba y me consumía al mismo tiempo.

Apoyé la mano en su nuca y me separé apenas unos centímetros, jadeando, con la respiración hecha un puto desastre.

Mi frente volvió a rozar la suya.

Ella me miró con esos ojos que parecían incendiarlo todo. Y supe, con una certeza devastadora, que ya no había marcha atrás.

—Eliza, necesito que estés completamente segura de lo que vamos a hacer —mi voz salió grave, casi una advertencia—. Porque, cuando te tenga será por completo. No habrá vuelta atrás.

Sus ojos, esos malditos ojos que parecían arrastrarme al abismo, se alzaron para encontrar los míos.

—Estoy muy segura —susurró, con la determinación brillando en su mirada antes de volver a buscar mis labios.

Ese fue mi punto de quiebre.

La atraje hacia mí sin dudarlo. Su cuerpo encajando perfectamente contra el mío, su calor avivando la tensión insoportable que ardía entre nosotros.

Sabía que podía sentir lo que provocaba. Sabía que estaba completamente consciente de lo que desataba en mí.

Mi boca reclamó la suya con una intensidad cruda, sin espacio para la dulzura. No había nada dulce en lo que estaba sintiendo por ella.

Apreté su trasero con firmeza. La levante apenas, arrancándole un jadeo que usé en mi beneficio para profundizar el beso. Para invadir su boca, para someterla y hacerle entender que, desde este momento, ya no había nada más que nosotros dos.

Eliza sabía a pecado.

Sabía a mi condena.

Y joder… no quería escapar de ella.

Ese beso me hizo arder por dentro y por fuera, y no podía estar más excitado y tenso de lo que ya estaba. Mi mano dejo su muy tentador trasero y la lleve en una lenta caricia por su espalda, acariciando cada centímetro de piel desnuda.

Eliza con la misma impaciencia que tenía yo, agarro mi saco y me lo quito, para terminar de arrancarme la camisa. En el momento en que las yemas de sus dedos rozaron mi piel desnuda, mi cuerpo se estremeció por completo.

Mi garganta libero un sonido ronco contra sus labios y mi mano ahueco más su cuello, profundizando el beso.

Definitivamente nunca me cansaría de besarla. Y eso era algo completamente nuevo para mí.

—Llévame a tu habitación —susurró contra mis labios.

—Nuestra… —murmuré sin siquiera pensarlo y volví a reclamar su boca.

Como pudimos llegamos hasta ahí. Ni siquiera alcancé a prender la luz, solo iluminaba la luz que se filtraba de afuera. Tiré de ella, hasta que la parte posterior de su muslo choco contra la cama, y sin soltarla la empuje hacia ella.

Bajé con un camino de besos, recorriendo suavemente la línea de su mandíbula, bajando hasta su cuello y succionando el punto de su pulso.

Era jodidamente hipnotizante.

Y adictiva.

—Bastián… —susurró, deslizando los dedos por mi cabello, cerrando los ojos para concentrarse únicamente en la sensación de mis labios sobre su piel.

Mi pierna se deslizo lenta y deliberada entre las de ella, presionando mi muslo contra su entrepierna.

Mis labios siguieron descendiendo por su garganta. Explorando cada rincón como si su piel fuera el mapa que estaba desesperado por descubrir.

Mordisqueé su cuello, y sus caderas se elevaron inconscientemente, frotándose contra mí.

Levantó las caderas de nuevo, intentando conseguir su liberación de alguna manera.

—Estás tan húmeda para mí, nena —gemí en cuanto roce mis dedos sobre su entrepierna.

Estaba demasiado excitada. El deseo y la lujuria estaban escritos en sus ojos como una llama ardiente que podría quemar el mismo mundo si quisiera.

Y estaba volviéndome loco.

Gimió mi nombre de nuevo y todo dentro mío se removió. Era una sensación que se estaba extendiendo por todo mi cuerpo y prometía destruirme.

Movió la cadera cada vez más alto y con más fuerza, mientras mi muslo ejercía la presión adecuada. Jadeó en cuanto lo quite y perdió la fricción que le estaba dando.

Abrió los ojos y frunció el ceño, claramente molesta por no dejarla correrse.

—Tranquila, voy a dejar que lo hagas —susurre mientras mis labios recorrían sus pechos hasta detenerse en la piel expuesta de su ombligo—. Pero no quiero que te corras todavía, Eliza.

La mire, apoyando mi barbilla en su vientre, solo para pasar mi lengua por su ombligo y bajarla solo un poco.

—Bastián…

—¿Tienes idea de que llevo fantaseando con esto desde que te vi en esa bañera desnuda? —me miró, visiblemente sorprendida con los ojos brillosos y vivaces.

—¿Tú…? —sus palabras fueron un jadeo cuando deslice mi lengua un poco más.

—Lo he hecho una y otra vez mientras me tocaba pensado en ti —gimió solo escuchando mis palabras—. Voy a hacer que te corras tantas veces, que me rogaras porque me detenga.

Lleve mis manos a sus pechos, pellizcando su dureza. Atrapó su labio inferior entre sus dientes, cerrando los ojos.

—Hermosos —susurre, rozando suavemente con mis labios para lamer luego con caricias largas y duras.

Cerré los labios, succionando la punta dura, girando mi lengua. Cerró los ojos y gimió con fuerza, arqueando la espalda.

—Mírame.

—Oh dios, Bastián esto es... —gritó cuando tiré de la punta, tan fuerte que le causé verdadero dolor. Al menos lo suficiente como para provocarla.

Repetí la misma acción con el otro antes de volver a besarla por todo el cuerpo. Deleitándome con la suavidad de su piel, y ese aroma tan suyo que me estaba volviendo demente.

—¿Estás segura de querer esto? —bajé un poco mi boca para besar el hueso de la cadera—. No quiero despertar mañana y que te hayas arrepentido. Porque yo no lo haré y no hay vuelta atrás para mí.

Mordí suavemente y cerró los ojos.

—Ojos abiertos Eliza, necesito verte mirándome a mi —mi voz era grave, apenas reconocible. Tanto por su lujuria como por el esfuerzo sobrehumano que estaba haciendo para contenerme.

Sus ojos, perfectos y envolventes me miraron.

—No voy a arrepentirme —susurró—. Quiero esto Bastián y créeme cuando te digo que lo quiero contigo.

Me relamí los labios, con el placer de escucharla embriagándome poro por poro.

—He sido un completo idiota contigo —dije, mirándola fijamente—, y probablemente no merezca la oportunidad que me estás dando. Pero voy a tomarla, y voy a tomarlo todo de ti Eliza.

Sus ojos recorrieron mi cuerpo y la excitación dio paso a la duda cuando se detuvo en mi dureza, que sobresalía orgullosamente.

Tragó saliva y sonreí.

—Vas a tomarlo todo, nena ¿sabes por qué? —pregunté y negó—. Porque, estás hecha para mí y no tengo dudas de eso.

Empecé a mordisquear su cuello mientras mi mano recorría su vientre hasta ahuecar su parte más íntima, mostrándole con ese gesto, que al menos esta noche me pertenecía.

A mí.

A nadie más.

—Tan buena chica —ronroneé mientras mis dedos recorrían su humedad de arriba abajo.

—Bastián... —gimió.

—Nunca vas a llegar a dimensionar, lo mucho que me está excitando y volviéndome loco, escucharte gemir mi nombre —presione mi pulgar contra su punto sensible antes de introducirlo lentamente dentro de ella—. Es el sonido más erótico y perfecto del mundo.

—Más...

La bese salvajemente. Perdido en el sonido de sus labios, en la forma en que se retorcía por el placer que le estaba dando.

Y yo, joder, nunca en mi vida me había sentido de la forma en que me estaba sintiendo en este preciso momento.

En este instante, con ella.

—Más...por favor, más… —volvió a suplicar.

Rompí el beso solo para sacar mi dedo y llevármelo a la boca mientras Eliza seguía el movimiento completamente hipnotizada.

Dios.

El paraíso.

—Estoy casi desesperado por probarte —dije.

Abrí aún más sus piernas, estremeciéndola con cada aliento cerca de su piel.

Mordí suavemente su muslo, antes de llevar su boca y probar su humedad. Arriba y abajo. Una y otra vez. Eliza dejo escapar un jadeo al tiempo que se aferraba con fuerza a mis hombros.

Clavando sus uñas en mi piel.

Perfecta, eso es lo que era Eliza.

Jodidamente perfecta.

Sujete sus caderas, manteniéndola en su sitio mientas hundía por completo mi cara entre sus piernas. Mis labios y mi lengua la devoraban con una necesidad que me estremecia.

Su respiración estaba tan acelerada como la mía, y me reconfortaba saber que no era el único que estaba sintiendo esto.

Movió las caderas y en el momento en que mordí suavemente su sensibilidad, un orgasmo la atravesó entera. Se dejó ir, gimiendo mi nombre con fuerza.

Levante la cabeza, y relamí mis labios llenos de ella. Volví a besarla incluso con más intensidad que antes.

Sus pupilas se dilataron aún más cuando se saboreó en mis labios, su mano bajo entre nuestros cuerpos tomando mi miembro palpitante. Me estremecí en cuanto recorrió mi longitud. Apretando y robándome los gemidos que su toque me provocaba.

Gemí fuerte contra su boca, incapaz de poder aguantarlo por mucho tiempo más.

—¿Te…? ¿Te lastime?

—No, nena —gemí—. Tu mano en mí, definitivamente es el paraíso. Pero, quiero correrme conmigo muy dentro tuyo.

Con una sonrisa maliciosa, separo las piernas dejándome entre ellas. Rodeo mi cintura y me presiono contra su entrepierna.

—Te quiero dentro mío —susurró.

No la deje terminar. Volví a apoderarme de sus labios, jugando con su lengua mientras mis manos pellizcaban sus pechos.

Sin embargo, me congele al darme cuenta de algo.

—Dios, no tengo un puto condón —intente alejarme, pero ella me detuvo.

—Tomó la pastilla —susurró—, y estoy limpia.

—Yo también estoy limpio.

—Sí, gracias —dijo, respirando hondo.

Me quede mirándola, perdido en ella.

—Tú, Eliza —presioné un poco más—, me vuelves completamente loco.

Me posicioné en su entrepierna y la embestí solo un poco.

—Tú también me vuelves loca, Bastián —jadeó, con sus manos recorriendo mi espalda.

Haciéndome estremecer.

—Joder… —cerré los ojos, encantado con lo que escuchaba—. Dímelo de nuevo.

No sé si se lo pedí o se lo supliqué. Pero necesitaba escucharla de nuevo mientras me deslizaba un poco más dentro de ella.

—Tú también me vuelves… —ahogue sus palabras, embistiéndola de forma dura y profunda.

Eche la cabeza hacia atrás, abrumado por tanto placer.

—Lo siento —dije, disculpándome con la voz rota.

—Estoy bien, Bastián —gimió.

Dejé un camino de besos por toda la piel a mi alcance y empecé a embestir suavemente, entrando y saliendo.

Dejé escapar un gemido gutural.

Y no me pude controlar. O quizás nunca lo había hecho. Mis embestidas se volvieron mas profundas. Más duras. Más... fuertes.

Entraba y salía de ella como si hubiera sido completamente poseído.

Sus caderas empezaron a seguir mis movimientos, y sentí como la tensión crecía con cada estocada que le daba.

Joder, estaba matándome.

—Quiero que te corras para mí, nena —susurré en su oído mientras una de mis manos se deslizaba entre nuestros cuerpos.

Pellizque su piel sensible y Eliza se estremeció debajo de mí.

Sentí el momento exacto en que el orgasmo exploto dentro suyo. Porque, fue en el mismo instante en que sentí que mi mundo explotaba alrededor mío y me arrastraba, aumentando todos mis sentidos.

La oleada post orgásmica fue suficiente para hacerme perder el control y, tras un par de embestidas erráticas, me corrí gimiendo su nombre.

Caí sobre ella, jadeando y a punto de colapsar. Demasiado abrumado por todo.

Solté un suspiro mientras salía de adentro suyo y me acostaba a su lado.

—¿Estas bien? —pregunté, con voz grave y somnolienta. Sonrío calentándome el pecho y la acurruque justo ahí mismo.

—Estoy bien.

La bese de manera inevitable mientras ella de una forma tan natural, se acomodaba en mis brazos.

—¿Qué hay de ti?

—¿Me crees si te digo que es la primera vez que siento que el cuerpo entero puede colapsarme por tanto placer?

Se estremeció en mis brazos y sonrió.

Pero no de cualquier manera. No. Sino de esa forma que era capaz de iluminar hasta el mismísimo sol.

—Eres un exagerado.

—Lo que tú me provocas Eliza, es algo tan nuevo y poderoso que abruma por completo.

—Bastián… —me subí encima suyo, atrapando sus labios entre los míos. La forma en que me estaba acariciando desato una oleada nueva de placer que no pude contener―. Estas…

—Si… —asegure, mordiendo su labio inferior.

Tome mi corbata que había quedado tirada al lado de la cama y sujete sus muñecas, atándolas.

—¿Qué…? ¿Qué haces?

—Tenerte para mi toda la noche…