Capitulo 28
ElizaMe desperté con una sensación extraña.
No fue el sonido de la alarma ni la luz filtrándose entre las cortinas lo que me sacó del sueño.
Fue el calor.
Un calor firme y envolvente que me rodeaba por completo.
Durante unos segundos permanecí inmóvil, todavía atrapada en ese punto borroso entre el sueño y la vigilia, intentando entender por qué me sentía tan cómoda. Una pierna estaba entrelazada con la mía y un brazo pesado descansaba alrededor de mi cintura, manteniéndome contra un cuerpo cálido que respiraba lentamente detrás de mí.
Entonces lo sentí.
Su aroma.
Amaderado, limpio, inconfundible.
Abrí los ojos de golpe, la memoria de la noche anterior regresó como un torrente y me quedé sin respiración.
Bastián.
Mi jefe.
El hombre que llevaba semanas ocupando demasiado espacio en mi cabeza.
El mismo hombre que había pasado de ser una presencia distante e intimidante a convertirse, de alguna manera, en la persona cuya cercanía ahora parecía extrañamente natural.
El hombre con el que había cruzado una línea que ninguno de los dos se había atrevido siquiera a nombrar.
Una sonrisa apareció lentamente en mis labios.
No pude evitarlo.
Era pequeña, íntima y completamente involuntaria.
Había pasado.
De verdad había pasado.
Y, por primera vez desde que todo aquello comenzó, no sentí inmediatamente la necesidad de buscar una explicación racional.
No pensé en Venus. No pensé en nuestro acuerdo. No pensé en la mentira que habíamos construido.
Durante unos segundos simplemente dejé que el recuerdo existiera.
Y Dios...
Qué noche.
Había sido intensa. Mucho más de lo que había imaginado cuando todo comenzó. Bastián había conseguido derribar defensas que yo ni siquiera sabía que todavía mantenía levantadas.
Pero lo más desconcertante no era él.
Era yo.
La mujer que había aparecido la noche anterior.
Esa versión de mí que no dudó, que no se escondió detrás de excusas, que no se preguntó constantemente qué estaba bien y qué estaba mal.
Había dejado de pensar.
Había dejado de tener miedo.
Y, por una vez, simplemente había sentido.
Me había permitido querer. Me había permitido ser vulnerable. Y aquello era quizá lo que más me asustaba.
Porque no sentía vergüenza, no me arrepentía y ni siquiera podía convencerme de que había sido un error.
Giré lentamente la cabeza sobre la almohada.
Él dormía.
La expresión de Bastián era completamente distinta a la que conocía. Sin el ceño ligeramente fruncido, sin esa mirada calculadora que parecía analizar cada detalle a su alrededor.
Dormido parecía más joven.
Más tranquilo.
Más humano.
Me quedé observándolo. Era extraño descubrir que el hombre que podía intimidar a una sala entera con una sola mirada también podía verse así.
Vulnerable.
Relajado.
Casi... tranquilo.
Su cabello estaba ligeramente desordenado, la luz tenue del amanecer dibujaba los contornos de su rostro y, por primera vez, pude mirarlo sin sentir que tenía que esconderlo.
Sin sentir que me descubriría observándolo.
Sonreí apenas.
—Bastián Müller... —susurré para mí.
Como si pronunciar su nombre pudiera ayudarme a comprender qué demonios había hecho con mi vida.
No funcionó.
Su brazo se ajustó alrededor de mi cintura de manera inconsciente y me quedé quieta. El gesto fue tan natural que algo dentro de mí se derritió, porque no parecía dispuesto a soltarme ni siquiera dormido.
Y eso provocó una sensación extraña en mi pecho.
Una especie de ternura.
Apoyé suavemente una mano sobre su antebrazo y sentí el calor de su piel bajo mis dedos. Entonces, comprendí que aquello era lo que más me estaba afectando.
No era la noche.
No era el deseo.
No era siquiera el hecho de haber cruzado aquella frontera.
Era esto.
Despertar entre sus brazos. Sentir que, por unas horas, no existían las mentiras ni las reglas ni las condiciones de nuestro acuerdo.
Solo nosotros.
Cerré los ojos.
Su respiración tranquila rozaba mi nuca y el ritmo constante de su corazón parecía marcar un compás contra mi espalda.
Me permití disfrutarlo. Solo un poco. Sin preguntarme cuánto duraría, sin pensar qué ocurriría cuando él despertara.
Porque sabía que, tarde o temprano, tendríamos que hablar. Tendríamos que decidir qué significaba todo esto. Y quizá esa conversación sería mucho más difícil que cualquier cosa que hubiéramos hecho la noche anterior.
Porque había algo que ya no podía negar.
Yo sentía algo por él.
Algo real.
Algo que había empezado mucho antes de que nuestros labios se encontraran y que había crecido lentamente entre cenas improvisadas, miradas demasiado largas, conversaciones que no deberían haber significado tanto y pequeños gestos que ninguno de los dos se atrevía a reconocer.
Había intentado convencerme de que todo era parte del juego.
De la farsa.
De nuestro acuerdo.
Pero ya no podía hacerlo, no después de esta noche. No después de despertar entre sus brazos y descubrir que mi primer pensamiento no había sido huir.
Había sido quedarme.
Y entonces me permití pensar algo que hasta ese momento había evitado incluso formular.
¿Qué pasaría si esto fuera real?
La pregunta me provocó un nudo en el estómago. Porque si era real, entonces todo podía cambiar.
Nuestra relación.
Nuestro acuerdo.
Su historia con Venus.
Mi trabajo.
Mi vida.
Todo.
Y, aun así...
No quería apartarme.
No quería volver atrás.
No quería despertar mañana y descubrir que Bastián había decidido que aquello había sido un error.
Quería que me mirara de la misma manera que lo había hecho toda la noche. Quería volver a escuchar mi nombre en su voz. Quería saber qué había detrás de esa mirada que durante tanto tiempo había intentado descifrar.
Quería conocer al hombre que existía debajo de todas aquellas capas de control. Y, quizá lo más peligroso de todo...
Quería que él conociera a la mujer que yo había descubierto en mí misma.
La mujer que no tenía miedo de sentir. La mujer que podía mirarlo a los ojos y admitir que lo deseaba cerca. La mujer que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba pensando en cómo protegerse del futuro.
La habitación seguía en silencio.
Bastián continuaba dormido.
Y por un instante, mientras permanecía entre sus brazos, tuve la extraña sensación de que estaba exactamente donde quería estar.
No sabía cuánto duraría. No sabía qué sucedería cuando él despertara. No sabía si aquella noche había sido el principio de algo o el final de nuestra absurda farsa.
Pero sí sabía una cosa.
Ya no podía fingir que no sentía nada, porque esta noche no solo había cambiado nuestra relación.
Me había cambiado a mí.
Y quizá, solo quizá, también había cambiado a Bastián.
Respiré profundamente y apoyé la cabeza contra la almohada. Por primera vez, no intenté encontrar respuestas.
Solo cerré los ojos.
Y me quedé allí.
Entre sus brazos.
Esperando que el mundo tardara un poco más en volver.
Cuando volví a despertar, la cama estaba vacía.
La luz de la mañana se filtraba suavemente a través de los ventanales, derramándose sobre las sábanas desordenadas y bañando la habitación con una calidez casi irreal.
Permanecí unos segundos inmóvil, todavía atrapada entre el sueño y la vigilia, disfrutando de esa extraña sensación de paz que parecía haberse instalado en mi cuerpo.
Había dormido profundamente.
Mucho más de lo que recordaba haber dormido en años.
Busqué a mi lado por puro instinto y mis dedos encontraron únicamente las sábanas frías.
Él ya no estaba.
Me incorporé lentamente y recorrí la habitación con la mirada. Era enorme, elegante, silenciosa.
Demasiado silenciosa.
Un suspiro escapó de mis labios. La noche anterior regresó a mi memoria con una claridad que me hizo sonreír.
No era solo el recuerdo de la intensidad. Era la sensación de haber estado cerca de él de una manera que jamás imaginé posible, de haber bajado todas mis defensas y descubierto que, detrás del hombre que parecía tener siempre el control, existía alguien capaz de hacerme sentir segura.
Alguien que, por unas horas, había dejado de ser mi jefe.
Había sido simplemente Bastián.
Miré alrededor en busca de mi ropa y no encontré nada.
—Genial —murmuré.
Entonces vi una camisa sobre el respaldo del sofá.
Su camisa.
La tomé entre mis dedos. Podía ir al vestidor y buscar algo mío. Era lo lógico. Lo sensato.
Pero la tela conservaba su aroma. Y, por alguna razón que preferí no analizar, eso fue suficiente para convencerme.
Me la puse.
Me quedaba enorme. Las mangas cubrían parte de mis manos y el borde inferior rozaba la mitad de mis muslos. Abroché solo algunos botones y me observé en el espejo.
Descalza.
Despeinada.
Vestida con la ropa de Bastián.
La imagen debería haberme resultado ridícula. En cambio, me hizo sonreír, porque había algo íntimo en ella. Algo sencillo. Y, por primera vez, no sentí que estuviera interpretando un papel.
Me sentía cómoda.
Demasiado cómoda.
Fui al baño, me lavé la cara y me enjuagué la boca antes de recogerme el cabello en un moño desordenado. Mientras lo hacía, mis dedos se detuvieron por un instante.
Recordé sus manos.
Sacudí la cabeza.
No.
No iba a pasarme la mañana reviviendo cada segundo de la noche anterior. Lo que necesitaba ahora mismo era encontrarlo.
Y no sabía por qué esa idea me producía tanta expectativa, pero mi corazón comenzó a latir un poco más rápido mientras salía de la habitación.
Bajé las escaleras, caminé unos pasos y entonces lo vi, Bastián estaba en la cocina. Me detuve en la puerta y me quedé observándolo.
Llevaba una camiseta blanca ajustada y unos pantalones deportivos oscuros. Su cabello todavía estaba húmedo, desordenado de una manera que jamás habría permitido en la oficina.
Se movía frente a la estufa con una naturalidad desconcertante, concentrado en una sartén mientras el aroma del café recién hecho y algo que se cocinaba lentamente llenaba la cocina.
Era una escena tan doméstica que casi parecía pertenecer a otra vida. Una en la que nosotros no éramos jefe y asistente, una en la que no fingíamos estar enamorados.
Una en la que esto era normal.
Él levantó la mirada.
Nuestros ojos se encontraron.
Y sonrió.
No fue esa sonrisa pequeña y calculada que a veces aparecía en la oficina. Fue una sonrisa cálida.
Real.
—Creo que puedo acostumbrarme a la idea de ti despertando en mi cama y usando mis camisas —dijo con ligereza.
Mi estómago dio un pequeño vuelco. Porque su tono podía parecer casual, pero su mirada no lo era.
Había algo diferente en ella, algo que me hizo olvidar durante un segundo cómo respirar.
Me acerqué lentamente hasta quedar frente a la isla de la cocina. Necesitaba esa pequeña barrera entre nosotros para recordar cómo comportarme.
Bastián dejó la sartén a un lado.
Me observó.
No como mi jefe. No como el hombre que estaba acostumbrado a evaluar contratos, balances y decisiones importantes.
Me miró como si yo fuera algo que quería memorizar.
—Ven aquí, Eliza.
La forma en que pronunció mi nombre hizo que un escalofrío recorriera mi espalda.
No discutí.
Rodeé la isla y caminé hacia él.
Apenas estuve lo suficientemente cerca, sus manos encontraron mi cintura. El movimiento fue tan natural que mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Me atrajo hacia él.
Y me besó.
Esta vez no hubo sorpresa.
No hubo dudas.
Fue un beso más tranquilo, pero cargado de todo lo que había sucedido entre nosotros. Una confirmación silenciosa de que ninguno de los dos estaba dispuesto a fingir que anoche no había ocurrido.
Mis manos se apoyaron sobre sus hombros y sus labios se separaron de los míos apenas unos centímetros.
—Buenos días —susurré, sonriendo.
—Buenos días —respondió él.
Su voz seguía siendo grave, ligeramente ronca, pero había una calidez nueva en ella.
No me soltó.
Sus manos permanecieron en mi cintura como si mantenerme cerca fuera lo más natural del mundo.
Como si ese fuera mi lugar.
—He preparado el desayuno. Espero que te guste.
Miré hacia la sartén.
—Estoy segura de que sí.
Sonrió.
Me dejó un último beso, breve y casi tierno, antes de apartarse.
Volvió a la estufa y retomó lo que estaba haciendo con una tranquilidad que me dejó observándolo durante unos segundos.
Era extraño.
Bastián cocinando.
Bastián preparando café.
Bastián besándome por la mañana como si lo hubiera hecho cientos de veces.
Me pregunté si alguna vez había compartido una mañana así con alguien. Si alguna mujer había visto esta versión de él.
La pregunta apareció en mi cabeza sin permiso y, por alguna razón, no me gustó demasiado.
—Siéntate, Eliza —dijo mientras colocaba dos tazas humeantes sobre la isla—. Quiero que te relajes.
Obedecí.
Me acomodé en uno de los taburetes, cruzando las piernas mientras tomaba la taza entre mis manos.
El primer sorbo de café fue perfecto.
Quizá porque estaba con él, quizá porque todo se sentía demasiado sencillo. Demasiado normal.
—¿Tus padres? —pregunté.
Bastián se encogió de hombros.
—No tengo idea. No estaban cuando me levanté —respondió con un tono despreocupado—. Quizás entraron en razón y se fueron de forma definitiva.
Solté una risa.
—¡Bastián! No hables así, son tus padres.
—Es justamente por eso que hablo así.
La sonrisa ladeada que acompañó sus palabras me hizo reír otra vez.
Tomó el plato y lo dejó frente a mí antes de sentarse a mi lado.
—Come.
—Sí, señor.
Me lanzó una mirada divertida.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Hablarme como si todavía estuvieras en la oficina.
Sonreí.
—Es difícil acostumbrarse.
—¿A qué?
Lo miré.
A ti.
La respuesta apareció inmediatamente en mi cabeza.
Pero no la pronuncié.
—A esto —dije finalmente, señalando la cocina, el desayuno, la camisa que llevaba puesta y, de manera casi imperceptible, el espacio que existía entre nosotros.
Sus ojos descendieron hacia mi camisa.
Luego volvieron a los míos.
—Yo podría acostumbrarme bastante rápido.
Mi corazón dio un vuelco.
Bajé la mirada hacia mi plato para ocultar la sonrisa.
Durante unos minutos comimos en silencio, pero no era un silencio incómodo. Era diferente.
Cómodo.
Familiar.
Y mientras lo observaba beber su café, con el cabello todavía ligeramente húmedo y la expresión relajada, comprendí algo que me inquietó más que cualquier beso.
Me gustaba verlo así. Me gustaba esta versión de nosotros. Y me gustaba compartir una mañana con él.
Porque no era por una cámara, ni por personas a las que convencer, ni un acuerdo que cumplir.
Solo éramos nosotros dos sentados en una cocina, compartiendo café y desayuno. Y eso era precisamente lo peligroso.
Porque si esto era una farsa...
¿por qué empezaba a sentirse tanto como una vida real?
Después del desayuno, mientras el agua caliente de la ducha resbalaba por mi cuerpo, cerré los ojos y respiré hondo.
No era solo la noche. Ni la química. Era la forma en la que me miraba, era su risa leve en la cocina.
La forma en la que decía mi nombre.
Bastián tenía esa manera de estar presente sin invadir, de proteger sin encerrar, de cuidar incluso cuando no decía una palabra.
Y por más que mi mente intentara resistirse, mi corazón ya había cedido antes de que pudiera entenderlo. No hubo lógica ni defensa posible cuando se trataba de él.
Sin embargo, la línea de mis pensamientos se desvaneció como vapor en el aire al sentir unas manos grandes y firmes cerrarse sobre mi cintura.
Me sobresalté apenas un segundo, sin haber escuchado el más mínimo indicio de su llegada.
¿Cómo había logrado entrar sin que lo notara?
Cerré los ojos al instante, rendida al contacto de su pecho desnudo contra mi espalda.
Sólido.
Cálido.
Como un ancla que me recordaba que estaba allí.
Su aliento rozó mi cuello, enviando un escalofrío por mi columna. Sus manos comenzaron a explorar mi piel con una mezcla de devoción y dominio.
—Es de mala educación tomar una ducha y no invitar al dueño de casa —susurró con una voz grave y aterciopelada. Tan cerca que sentí el roce de sus labios en mi oreja—. Voy a tener que corregirte, Eliza.
Una de sus manos se deslizó hacia mi cuello, sujetándome con firmeza. No con violencia, sino con la autoridad con la que alguien toma posesión de lo que le pertenece.
Su otra mano descendió lentamente. Como si quisiera torturarme con cada milímetro de caricia, bajando por mi abdomen hasta detenerse peligrosamente en el centro de mi cuerpo.
—Está claro que debo enseñarte modales —murmuró.
Su aliento haciéndome temblar de anticipación.
Mi respiración se volvió errática, atrapada entre el vapor del agua caliente y el calor que él encendía dentro de mí con cada gesto.
Estaba inmovilizada por su cuerpo, por su tacto, por el deseo incontrolable que se desataba entre nosotros como una fuerza inevitable.
—¿Así es como educas a las mujeres desobedientes? —pregunté. Mi voz apenas un hilo provocador, cargado de una valentía temblorosa que solo él podía despertar.
Sus labios encontraron el hueco entre mi hombro y mi cuello, dejando un beso que ardía como una promesa.
—No a las mujeres —susurró contra mi piel—. Solo la que me importa.
Y entonces todo pensamiento desapareció.
Solo quedaban sus manos. Su cuerpo. Su boca reclamándome. Como si la noche anterior no hubiera sido suficiente, como si necesitara recordarme, una vez más, a quién pertenecía. A quién elegía, incluso cuando el mundo gritaba lo contrario.
Y, sobre todo, cuando toda nuestra relación era una farsa.