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Capitulo 29

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Capitulo 29

Eliza

Mi mente no estaba donde tenía que estar.

Me sentía rara. Desconectada. Con una lista kilométrica de tareas pendientes. Y, sin embargo, ahí estaba yo, con los ojos desenfocados y la cabeza en las nubes.

O más bien, en el señor Müller.

No podía dejar de pensar en él. En su aroma, en su tacto, en su cuerpo junto al mío. En cómo se había sentido tenerlo así, tan cerca. En como el calor entre nosotros había sido abrasador.

Y eso... solo había sido el principio.

Ahora, sin temor a equivocarme, podía afirmar que me había dado el mejor sexo de toda mi vida.

Toda. Mi. Vida.

Nunca había acabado tantas veces seguidas. Siempre había creído que eso de los orgasmos múltiples era un mito urbano, uno de esos cuentos entre amigas con mucho vino de por medio.

Bueno, mito cancelado.

Pero no fueron solo los orgasmos. Fue todo. La fiesta, la forma en que me sostenía al bailar, su mirada clavada en la mía, su habitación, la mañana siguiente, las cosas que hizo... y las que le dejé hacerme.

Sentí una conexión profunda, cruda, innegable. Algo que jamás había experimentado antes.

Y ahora... era un desastre.

Un desastre emocional andando.

Bastián se había levantado temprano para una reunión con alguien en Roma y ya no estaba cuando me fui esta mañana. Cuando entró en la oficina, se limitó a saludar con unos buenos días al pasar por mi mesa.

A simple vista, nada parecía diferente.

Pero yo lo noté.

Se detuvo un segundo.

Hubo una ligera vacilación, me miró a los ojos, y la comisura de su boca se curvó apenas. Fue ahí cuando uno de sus hoyuelos se marcó de ese modo tan... íntimo.

Fugaz como fue, esa mirada bastó para hacerme sonrojar como una colegiala.

Recogí mi bloc de notas y un par de expedientes que encontré sobre mi escritorio, aunque ninguno de ellos era realmente necesario. Necesitaba aparentar normalidad.

Necesitaba, sobre todo, que nadie hubiera notado mi cara.

Aunque, por la forma en que Linda me observaba desde el otro lado de la oficina, probablemente ya era demasiado tarde para eso.

Seguí al señor Müller hasta su despacho intentando recuperar la compostura. Él caminaba delante de mí con esa seguridad irritantemente natural que parecía tener incluso para respirar, como si no acabara de dejarme completamente desorientada con una sola mirada.

Cuando regresé a mi escritorio, me senté y encendí el ordenador.

Trabajo.

Eso necesitaba.

Trabajo.

Nada de Bastián.

Nada de sus besos.

Nada de sus manos.

Nada de…

—Eliza.

La voz de Linda me hizo dar un respingo.

Levanté la cabeza de golpe.

—¡Por Dios, Linda! Me has asustado. ¿Por qué susurras?

Ella miró discretamente hacia ambos lados antes de inclinarse sobre mi escritorio con un aire conspirador que no auguraba nada bueno.

—Solo quiero que sepas que tu secreto está a salvo conmigo.

Mi estómago se contrajo.

—¿Qué secreto?

Linda arqueó una ceja.

—Tu enamoramiento con el señor Müller.

Sentí que la sangre me abandonaba el rostro.

Sus ojos se desviaron hacia la puerta de su despacho antes de regresar a mí.

—Estás haciendo un buen trabajo ocultándolo, pero después de tanto tiempo trabajando juntas... me doy cuenta.

Me quedé mirándola.

¿Mi enamoramiento?

Técnicamente, no estaba equivocada. Ese era precisamente el problema, me había enamorado de él.

Aunque, por supuesto, Linda no tenía ni la más remota idea de hasta qué punto había llegado aquella situación.

No sabía que vivía con él. No sabía que nuestra relación había comenzado como una farsa. No sabía que ahora compartíamos mucho más que una dirección. Y definitivamente no necesitaba saber nada de lo ocurrido durante el fin de semana.

Decidí que lo más inteligente era darle la razón.

Después de todo, no sería ni la primera ni la última mujer de esta oficina que encontraba atractivo a su jefe. Tal vez admitir una pequeña parte de la verdad bastaría para satisfacer su curiosidad.

Me llevé un dedo a los labios.

—Linda, por favor... silencio. Es complicado.

Sus labios se curvaron en una sonrisa cómplice.

—¿Complicado?

—Muy.

Y aquello era quedarse corta.

Linda soltó una risita y me palmeo el hombro suavemente.

—No pasa nada. A la mayoría de las mujeres aquí les pasa en algún momento. Francamente, me sorprende que hayas aguantado tanto.

Tuve que contener una sonrisa.

Si supiera.

—No te metas en problemas —continuó, bajando todavía más la voz—. Me caes bien. Odiaría verte irte.

—No tienes que preocuparte por mí. No es para tanto.

Mentirosa.

Linda me estudió durante unos segundos, como si intentara decidir si creerme o no. Finalmente, sonrió.

—Está bien. Pero si algún día necesitas hablar...

—Lo tendré en cuenta.

Me dio otra palmadita en el hombro y regresó a su escritorio.

Esperé hasta que se alejó antes de soltar el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.

Genial.

Simplemente genial.

Ahora resulta que todo el mundo podía ver lo que yo llevaba semanas intentando esconder.

Me giré hacia la pantalla. El mismo documento seguía abierto, no había avanzado ni una sola línea.

Suspiré.

¿Qué le había hecho pensar a Linda que me gustaba el señor Müller?

¿Me había quedado mirándolo demasiado? ¿Había sido la forma en que me sonrojé?

¿O quizá la manera en que últimamente me quedaba perdida mirando al vacío mientras mi cerebro reproducía, una y otra vez, recuerdos que definitivamente no tenían lugar en horario laboral?

Probablemente todo.

Me dejé caer contra el respaldo de la silla y cerré los ojos durante un segundo. Necesitaba recomponerme y rápido.

No podía pasarme el día pensando en Bastián.

Tenía trabajo.

Una carrera.

Una reputación.

Y, aparentemente, una capacidad bastante cuestionable para comportarme con normalidad después de haber descubierto que mi jefe podía hacer que olvidara hasta mi propio nombre.

Abrí los ojos y miré el reloj.

Por suerte, tenía un salvavidas.

Emma.

Habíamos quedado para almorzar y, en ese momento, necesitaba verla más que nunca. Si alguien podía escucharme sin juzgarme, decirme que estaba perdiendo completamente la cabeza y devolverme un poco de sentido común, era ella.

Aunque, conociendo a Emma, probablemente también se divertiría a mi costa durante al menos una hora.

Y, sinceramente, me lo merecía.

Pasó otra hora.

Una hora durante la cual conseguí leer el mismo correo cuatro veces, organizar dos carpetas que no necesitaban organización y escribir tres líneas de un informe antes de descubrir que llevaba cinco minutos mirando la misma palabra.

Entonces levanté la vista.

Emma apareció al final del pasillo.

Y nunca había estado tan feliz de ver a alguien.

Se acercaba hacia mí con esa seguridad despreocupada que siempre la caracterizaba, como si fuera completamente ajena al caos que llevaba instalado en mi cabeza.

Sonreí.

Por fin.

Mi salvación había llegado.

—¿Estás lista? —preguntó Emma con una sonrisa al llegar a mi escritorio.

—Sí, por favor.

Tomé el bolso con tanta rapidez que casi parecía estar agarrándome de una cuerda de rescate.

—¿A dónde vamos?

Emma abrió la boca para responder, pero se quedó completamente quieta.

Seguí la dirección de su mirada.

Y mi corazón hizo exactamente lo que parecía hacer últimamente cada vez que él aparecía.

Se aceleró.

El señor Müller acababa de salir de su despacho.

Se detuvo en el umbral, con una mano todavía apoyada en la perilla, y sus ojos encontraron los míos de inmediato.

No fue una mirada casual.

Ni profesional.

Se quedó observándome durante un segundo más de lo necesario, recorriéndome con una intensidad silenciosa que hizo que el calor me subiera directamente al rostro.

Después de lo ocurrido entre nosotros, ya no podía mirarlo de la misma manera. Y, aparentemente, él tampoco a mí.

Sentí que el corazón me latía en la garganta.

Entonces pareció recordar que no estábamos solos y su atención se desplazó hacia Emma.

La observó con ese escrutinio frío y preciso que utilizaba con todo el mundo, como si estuviera evaluándola sin necesidad de hacer una sola pregunta.

Finalmente, volvió a mirarme.

—¿Vas a almorzar? —preguntó.

Su voz grave resonó en el espacio entre nosotros.

Tragué saliva.

El bolso resbaló ligeramente de mi hombro y tuve que sujetarlo antes de que terminara en el suelo.

—Sí, almuerzo. Con ella, mi amiga.

Señalé a Emma como si acabara de descubrir que mi mejor amiga podía presentarse por sí misma.

Bastián asintió lentamente.

Pero no se movió. Se quedó allí, mirándome con las cejas apenas levantadas. Como si esperara algo.

¿Una explicación?

¿Una invitación?

¿O simplemente quería verme retorcerme un poco?

Con él, ya no sabía qué pensar.

Finalmente, dio un paso hacia nosotras y extendió la mano hacia Emma.

—Bastián Müller. Un placer.

Emma estrechó su mano con naturalidad.

Aunque la chispa de reconocimiento que apareció en sus ojos me indicó que acababa de unir algunas piezas.

Mi mejor amiga era demasiado perceptiva. Y yo estaba empezando a sospechar que aquello iba a convertirse en un problema.

—Emma Roberts —respondió ella, con una sonrisa curiosa.

Intenté intervenir antes de que pudiera empezar a hacer preguntas.

—¡Qué grosera! No la había presentado, lo siento. Ella es... bueno, ya lo dijo. Emma. Mi amiga. Con la que voy a comer. Sí.

Emma giró lentamente la cabeza hacia mí, podía sentir su diversión desde donde estaba. Bastián, en cambio, apenas pareció contener una sonrisa.

—Encantado de conocerte —repitió.

Pero esta vez no estaba mirando a Emma.

Me estaba mirando a mí.

Y aquella mirada fue suficiente para hacerme olvidar momentáneamente cómo funcionaban las palabras.

Era como si estuviera diciendo algo que solo nosotros dos podíamos entender. Como si recordara perfectamente lo que había ocurrido entre nosotros.

Mi corazón dio un vuelco.

—Que tengan un buen almuerzo —añadió finalmente.

Una media sonrisa apareció en sus labios, dejando ver apenas uno de sus hoyuelos.

Ese maldito hoyuelo.

Luego se giró y comenzó a alejarse por el pasillo con esa seguridad irritante que parecía acompañarlo incluso cuando no estaba intentando impresionar a nadie.

Me quedé mirándolo.

Bueno.

Más concretamente, mirando su espalda.

Y sí.

Su trasero tampoco ayudaba precisamente a que recuperara la cordura.

—Eliza...

La voz de Emma me devolvió a la realidad.

Parpadeé.

—¿Sí?

Ella se cruzó de brazos.

—¿Estás bien?

—Perfectamente.

—¿Segura?

—Completamente.

Emma miró hacia el pasillo por el que Bastián acababa de desaparecer y luego volvió a mirarme.

—¿O planeas hiperventilar aquí mismo?

Abrí la boca.

La cerré.

—¿Qué? No. Solo... estaba observando el paisaje.

Lo dije demasiado rápido.

Muchísimo.

Emma arqueó una ceja.

—Claro.

Su expresión decía que no me creía ni una palabra.

Miró hacia la puerta cerrada del despacho de Bastián y luego volvió a clavar los ojos en mí.

—¿Quieres contarme qué demonios fue eso?

Sentí que el calor regresaba a mis mejillas.

Miré alrededor.

Linda seguía en su escritorio.

Y, como si hubiera estado esperando exactamente ese momento, levantó la mirada y me hizo un guiño exageradamente cómplice.

Quise desaparecer.

—Por favor, vámonos ya —dije en voz baja.

Emma sonrió.

No una sonrisa normal.

La sonrisa de una mujer que acababa de descubrir que tenía información jugosa y pensaba aprovecharla.

—Oh, sí. Pero vamos a hablar de esto.

Tomó mi brazo y comenzó a arrastrarme hacia los ascensores.

—Lo sabes, ¿no?

Suspiré.

—Lo sé.

Y mientras caminaba junto a ella, no pude evitar echar una última mirada hacia el despacho de Bastián.

La puerta seguía cerrada.

Pero podía imaginarlo detrás de ella.

Trabajando.

Serio.

Concentrado.

Como si no acabara de desarmarme con una sola mirada delante de mi mejor amiga.

Perfecto.

El almuerzo con Emma acababa de convertirse oficialmente en un interrogatorio. Y, sinceramente, quizá era exactamente lo que necesitaba.

Porque si seguía guardándome todo lo que estaba pasando entre Bastián y yo, probablemente terminaría explotando.

Y algo me decía que Emma estaría encantada de estar presente cuando eso ocurriera.

Elegimos un restaurante a una manzana de la empresa. El aire fresco de la calle no fue suficiente para apagar el incendio de mis mejillas, pero agradecí el cambio de escenario.

Necesitaba distancia.

Del edificio.

De la oficina.

Y, sobre todo, de Bastián Müller.

Aunque, después de lo que acababa de ocurrir, dudaba seriamente que unos cuantos metros fueran suficientes.

La camarera nos recibió con una sonrisa y nos condujo hasta una mesa junto a la ventana. Apenas me senté, tomé el menú y me escondí detrás de él, como si aquel pedazo de cartón plastificado pudiera protegerme de la vergüenza que todavía me ardía en la piel.

No tuve tanta suerte.

Cuando llegó el momento de pedir, todavía debía parecer un desastre rosa brillante cubierto de purpurina. Balbuceé mi ensalada, entregué el menú y evité mirar a la camarera durante todo el proceso.

Al otro lado de la mesa, Emma me observaba.

Sus ojos brillaban con una mezcla de emoción, travesura y un hambre que, definitivamente, no tenía nada que ver con la comida.

En cuanto la camarera se alejó, dejó caer los codos sobre la mesa.

—A ver, dime —exigió—. ¿Cuánto tiempo llevas follándotelo?

Abrí la boca, escandalizada.

—Lo dices como si fuera una conclusión inevitable.

—Lo es —replicó con absoluta seguridad, como si acabara de leer mi horóscopo y confirmara una predicción cumplida.

Solté el aire lentamente.

—Desde el viernes por la noche —confesé en voz baja—. Anoche dormimos juntos y… Dios mío, Emma… fue la noche más increíble de toda mi vida.

Sus ojos se abrieron como platos.

Estiró una mano hacia mí.

—Necesito detalles. Ahora.

Tragué saliva.

Había demasiadas cosas que todavía no sabía cómo decir en voz alta. Como que estaba enamorada. Que pensar en él me estaba consumiendo. Que el simple sonido de su voz podía hacerme perder el equilibrio.

Pero lo del sexo… eso sí podía contárselo.

Al menos a ella.

—Va a sonar a locura. El viernes salimos del trabajo y, después de estar distante todo el día, se ofreció a llevarme a casa. Bueno, su casa. En el garaje me dio las gracias por todo lo que estaba haciendo y luego...

—¿Lo hicieron sobre su auto? —soltó Emma, ya con el tenedor suspendido en el aire.

—¡No! No en el garaje —suspiré, conteniendo una sonrisa—. Nos besamos. Fue increíble. Después fuimos a una fiesta, estuvimos juntos y sentí… que conectamos de verdad. Luego vino el ascensor, y más sexo después de eso.

Emma dejó caer la mandíbula.

—¡No quiero decir "te lo dije", pero te lo dije! —canturreó—. En realidad, creo que predije que desarrollarías sentimientos, no que terminarías desnuda en su cama.

—Emma…

—Lo ves, eso es lo que quiero decir —me apuntó con el tenedor—. Estás enamorada.

—No lo estoy —mentí tan rápido que me odié al instante.

Emma soltó una carcajada.

—Claro que lo estás. Pero antes de que empieces con la negación, cuéntame más. ¿Cuántos orgasmos? ¿Fue ardiente?

Me mordí el interior de la mejilla.

—Cinco la primera noche. Y sí, fue jodidamente ardiente —suspiré, sintiendo que el simple recuerdo me hacía perder temperatura en la cara—. Ese hombre es un dios sexual. Y no exagero.

Emma se recostó en la silla, satisfecha, como si acabara de recibir el mejor chisme del mes.

—¿La tiene grande? Porque con ese cuerpo, me imagino que sí.

—¡¿Qué?!

Justo entonces apareció la camarera con nuestros platos.

Le dediqué una sonrisa nerviosa, como si no acabáramos de estar hablando de la anatomía de mi jefe.

Esperé hasta que se alejó.

—No voy a responder a eso —dije, todavía con las mejillas al rojo vivo.

—¿Dónde fue entonces? ¿Cama? ¿Cocina? ¿Sofá?

—Todo empezó en el ascensor del hotel al que fuimos después de la fiesta.

Emma me miró como si acabara de revelarle un secreto de Estado.

—¿Follaste en un ascensor, Eliza? ¡Muy bien, chica!

Me chocó los cinco antes de que pudiera reaccionar.

—¡No follamos en el ascensor! Solo… me tocó un poco.

—¿Por qué no lo hicieron ahí?

—Me dijo que no iba a follarme por primera vez en un lugar así.

Emma se quedó callada durante un segundo.

Su expresión cambió.

—¿Primera vez? Eso suena a que planea seguir haciéndolo.

Bajé la mirada hacia mi ensalada.

—Créeme, yo también me di cuenta.

Emma sonrió lentamente.

—¿Y él? ¿Se vino o solo tú?

—En su cama, me corrí dos veces… y luego dos veces más. Una fue en la ducha.

Emma dejó el tenedor a un lado y se llevó una mano al pecho, dramatizando una reverencia.

—Estoy impresionada. No solo por él, sino por ti. ¡Cuatro orgasmos en una noche! ¡Eres mi heroína! Y con ese hombre... uff. Impresionante.

No pude evitar sonreír.

—Fue... muy excepcional.

Emma continuó observándome durante unos segundos. Esta vez no había diversión en sus ojos, solo preocupación.

—Pero, cariño… ¿estás segura de que esto es sensato? Finges estar comprometida, pero ya no estás fingiendo tener sexo.

La sonrisa desapareció de mis labios.

Solté un suspiro largo.

—Créeme, Emma, lo sé. No tengo ni idea de lo que esto significa. Tal vez era inevitable. ¿Cuánto tiempo se suponía que iba a aguantar? Estoy durmiendo junto a él todas las malditas noches y huele como el cielo de los hombres.

Emma sonrió de lado.

—Y a él le encanta cómo hueles tú.

La miré, desconcertada.

—¿Qué?

—¿No te diste cuenta de cómo se inclinaba hacia ti? Ese hombre está absolutamente encantado contigo. Se le nota. Y no me digas que me equivoco, porque nadie me mira así, ni siquiera el tipo que me hizo el café esta mañana.

Señaló mi plato con el tenedor.

—Pero él... él te devora con los ojos.

Me quedé callada.

La seguridad con la que lo dijo hizo que algo se removiera dentro de mí.

—¿De qué demonios estás hablando?

—Solo digo que esto puede ir mal de muchas formas, Eliza. Pero también puede no hacerlo.

Emma tomó su copa y bebió un sorbo antes de dejarla nuevamente sobre la mesa.

—Y tal vez… solo tal vez, esto no sea tan simple como pensábamos.

No respondí.

Porque, por primera vez desde que todo aquello había comenzado, la idea no me pareció tan absurda.

Y eso era precisamente lo que más miedo me daba.