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Capitulo 3

El Contrato 18+ — booknet.com · All chapters

Capitulo 3

Bastián

Cuando entré al gran salón, me detuve apenas un instante.

El lugar rebosaba elegancia. Las enormes lámparas de araña proyectaban una luz cálida sobre el mármol, mientras el murmullo de las conversaciones y el tintinear de las copas componían la banda sonora de una noche destinada a impresionar.

Recorrí el salón con la mirada, buscando a mi asistente.

No estaba.

Fruncí el ceño.

Su ausencia solo podía significar dos cosas: o seguía de camino... o, por primera vez en tres años, iba tarde.

Lo segundo era difícil de creer.

Porque Eliza Harper jamás fallaba. Era organizada, eficiente y resolvía cualquier problema antes de que siquiera tuviera que pedirlo. No por nada había sobrevivido tres años trabajando conmigo, una hazaña que ninguna de sus predecesoras había conseguido. La mayoría renunciaba antes de cumplir el primer mes.

Ajusté el nudo de mi corbata mientras seguía observando a los invitados.

Resultaba curioso.

Su carácter amable y optimista chocaba de frente con el mío, pero detrás de aquella sonrisa había una mujer obstinada y sorprendentemente fuerte. Más de una vez me había demostrado que sabía mantener la calma incluso cuando yo hacía todo lo posible por poner a prueba su paciencia.

Y, aunque jamás lo admitiría en voz alta, hacía tiempo que me había acostumbrado a tenerla cerca.

Volví a recorrer el salón con la mirada sin encontrarla.

Fruncí el ceño y caminé hasta la barra, deteniéndome apenas unos segundos para intercambiar saludos de compromiso con algunos conocidos. El murmullo de las conversaciones y la música quedaron relegados a un segundo plano.

—Un whisky doble.

El camarero atendió mi pedido de inmediato. Di un largo sorbo, dejando que el alcohol disipara, aunque fuera por un instante, el peso de la noche.

Quizá había llegado el momento de olvidarme de las relaciones.

Trabajar era infinitamente más sencillo que lidiar con personas que siempre terminaban decepcionándome.

Entonces, sin invitación alguna, mi mente volvió a ella.

A Eliza Harper.

Recordé la discusión de esta mañana, la seguridad con la que había cuestionado una de mis decisiones y la forma en que me sostuvo la mirada sin retroceder un solo segundo.

Era desesperantemente obstinada.

Y eso era, precisamente, lo que la convertía en la mejor asistente que había tenido.

No se intimidaba. No bajaba la cabeza. Discutía cuando estaba convencida de tener razón y, para mi desgracia, la mayoría de las veces la tenía.

Resoplé para mis adentros.

Lo realmente irritante era el efecto que provocaba su presencia. Bastaba con que entrara en mi oficina para alterar la rutina del día con esa mezcla de profesionalismo, sonrisas insolentes y vestidos demasiado elegantes y jodidamente sexys para alguien que trabajaba a escasos metros de mi escritorio.

Era un auténtico dolor de cabeza. Una provocación constante, y yo no sabía si odiarla o admirarla por ello.

Un pecado.

Ella era un pecado con piernas largas y una sonrisa afilada.

Y, aun así...

Volví a buscarla entre los invitados.

No estaba.

¿Dónde demonios se había metido mi asistente?

Antes de que pudiera seguir perdiéndome en mis pensamientos, una voz conocida me hizo tensar la mandíbula.

—Bastián... hola.

Giré la cabeza.

Venus White.

Mi ex prometida. Su cabello castaño caía en suaves ondas sobre sus hombros, y sus ojos brillaban con esa chispa que tanto me había atraído una vez. Seguía igual de elegante que la última vez que la había visto y su sonrisa conservaba esa facilidad para desarmar a cualquiera.

—No esperaba verte aquí.

—Podría decir lo mismo de ti —respondió, alzando su copa.

Durante unos segundos intercambiamos comentarios triviales, hasta que lanzó la pregunta que terminó de descolocarme.

—¿Viniste solo?

Negué con naturalidad.

—Mi cita esta algo retrasada, pero llegara en cualquier momento.

La mentira salió antes de que pudiera pensarlo. Orgullo, quizá. O la simple necesidad de no parecer el hombre al que habían dejado atrás.

Venus sonrió como si no terminara de creerme.

—Ya veo. Espero que disfrutes la noche.

Me quedé mirándola mientras desaparecía entre la multitud. Había algo distinto en ella, un brillo diferente, pero no quise analizarlo. Terminé mi whisky de un trago y me obligué a sacarla de mi mente.

No tuve tiempo de pedir otro.

Lucien Kingston, mi mayor rival comercial se acercó con paso lento y seguro. Altanero y ególatra, era el tipo de hombre que disfrutaba pavonearse con su éxito. Se acercó con su habitual arrogancia, y su sonrisa cínica me indicó que venía con segundas intenciones.

—Müller —dijo al llegar frente a mí—. Pensé que no tendríamos el placer de verte esta noche.

—Bueno, yo siempre tengo el acto altruista de dejar que la gente disfruté de mi presencia —respondí con ironía.

—Siempre tan humilde —contratacó, riendo—. Quiero presentarte a alguien.

Sentí un mal presentimiento antes incluso de girarme.

Venus se detuvo a su lado. La abertura de la falda dejaba al descubierto sus piernas, y el brillo del vestido combinaba con el resplandor de su piel.

Y entonces lo vi. La forma en que Kingston la rodeó con su brazo, atrayéndola hacia él como si quisiera marcar territorio.

—Mi prometida.

El golpe fue seco.

Durante un segundo fui incapaz de reaccionar.

—Creo que ya se conocen, ¿verdad?

—Sí —respondí con frialdad.

Venus sostuvo mi mirada.

—¿Y tú cita? ¿Ya llegó?

—Está por hacerlo.

Lucien soltó una risa apenas disimulada.

—Qué raro. Llevo un buen rato aquí y juraría que estabas solo.

Apreté la mandíbula.

No pensaba darle el gusto de verme perder la compostura. Con una excusa cualquiera me alejé de ellos, atravesando el salón sin mirar atrás.

Necesitaba otro whisky.

Y, más urgente aún, necesitaba que mi supuesta cita apareciera cuanto antes. Porque si Lucien descubría que había mentido, no dejaría de recordármelo jamás.

Mi mirada volvió a recorrer el salón en busca de mi asistente.

Pero entonces, la vi.

Una mujer que parecía una fantasía viviente. Estaba de espaldas en la barra, esperando una copa.

El vestido verde abrazaba cada curva con una elegancia peligrosa. La espalda descubierta descendía hasta la cintura, mientras el moño alto dejaba al descubierto la delicada línea de su cuello.

Era imposible apartar la vista.

Sin pensarlo, empecé a caminar hacia ella.

Si aquella mujer aceptaba hacerse pasar por mi cita durante unos minutos, resolvería dos problemas de una vez: le cerraría la boca a Lucien y evitaría que Venus sospechara que había mentido.

A medida que me acercaba, un perfume suave y sofisticado llegó hasta mí.

Perfecto.

Todo en ella desprendía una seguridad silenciosa que resultaba tan elegante como provocadora.

Estaba a un par de pasos cuando, con la copa de vino entre los dedos, se dio la vuelta. Y el mundo pareció detenerse.

Maldita sea.

La señorita Harper.

Mi impecable, eficiente e insufriblemente obstinada asistente.

Sentí cómo todos mis planes se desmoronaban en cuestión de segundos. Por supuesto que tenía que ser ella.

¿Quién más podía entrar en un salón lleno de personas importantes y eclipsarlas a todas sin proponérselo?

La observé de arriba abajo, incapaz de disimular mi sorpresa. Aquel vestido no solo la favorecía.

La transformaba.

Por primera vez desde que la conocía, no veía a la asistente que organizaba mi agenda y discutía conmigo cada vez que consideraba que estaba equivocado.

Veía a una mujer deslumbrante.

Y eso era un problema.

—Señorita Harper —dije, esforzándome por salir del estupor lo más rápido posible y recuperar mi habitual compostura. Tenía que ser el jefe firme y profesional que siempre aparentaba ser—. No esperaba verla aquí.

Ella arqueó una ceja, su expresión vagando entre la incredulidad con algo que probablemente era burla contenida. Podía notar cómo, internamente, se reía de la estupidez de mi comentario.

Sí, era un idiota.

—Bueno, usted fue quien me dijo que debía venir —remarcó con una claridad cortante, como si hablara con un niño que necesitaba que le explicaran lo obvio—. Es mi trabajo como su asistente, después de todo.

Estuve a punto de retroceder ante el filo de su voz, pero me obligué a mantener la compostura.

—Por supuesto —respondí con calma, dejando que mi mirada se detuviera en la copa que sostenía—. No sabía que bebía.

Sus ojos verdes se clavaron en los míos con esa mezcla de desafío y serenidad que siempre conseguía desarmarme.

—Hay muchas cosas que no sabe de mí, señor Müller.

Llevó la copa a sus labios y bebió un pequeño sorbo sin apartar la vista de mí.

Entonces los vi.

Lucien y Venus avanzaban entre los invitados, conversando con esa tranquilidad irritante de quienes creen tener la partida ganada.

Apreté la mandíbula.

No iba a permitir que Lucien disfrutara un segundo más de su victoria. Mucho menos que descubriera que había mentido.

Volví la mirada hacia Eliza.

Seguía observándome con el ceño apenas fruncido, claramente confundida por mi presencia y esperando alguna explicación.

No tenía tiempo para dársela.

Una idea tan impulsiva como absurda cruzó por mi cabeza. Era una locura, pero también era mi única salida.

Respiré hondo, sostuve su mirada y hablé con una firmeza que no admitía discusión.

—Serás mi novia esta noche.

Eliza parpadeó varias veces, como si no estuviera segura de haber escuchado correctamente. Su expresión osciló entre el desconcierto y el asombro absoluto.

—¿Qué? —balbuceó. Sus mejillas comenzando a teñirse de un leve rubor que, en cualquier otra circunstancia, habría pasado desapercibido para mí.

No en este momento.

—Solo por esta noche, Eliza —dije, mi tono bajo, urgente—. Confía en mí.

No esperé su respuesta.

Había algo en mi voz, quizá en la firmeza con la que la miraba, que la hizo permanecer inmóvil. No dio un paso atrás ni cuestionó mis palabras. Solo noté cómo inspiraba profundamente, aferrando la copa con un poco más de fuerza.

Bien.

Porque yo tampoco sabía exactamente qué demonios estaba haciendo.

Era un plan improvisado, nacido del orgullo y de la necesidad de no permitir que Lucien creyera que me había derrotado.

Pero ya era demasiado tarde para echarse atrás.

Volví a mirar de reojo. Ellos seguían acercándose y tomé una decisión. A partir de ese momento, Eliza Harper dejaba de ser mi asistente.

Al menos por esta noche.

Y, quisiera ella o no, ambos acabábamos de entrar en un juego del que ninguno de los dos saldría ileso.