Capitulo 30
BastiánCon la cadera apoyada en la encimera, di otro sorbo a mi whisky. El hielo tintineó suavemente contra el cristal mientras mi mirada volvía, una vez más, al sofá.
A Eliza.
Estaba acurrucada en una esquina, con un libro abierto sobre las rodillas y una copa de vino sostenida distraídamente entre los dedos, tan despreocupada que apenas parecía consciente de que estaba a punto de derramarla.
Llevaba una camiseta roja que dejaba uno de sus hombros al descubierto y unos shorts azul claro que mostraban más de sus piernas de lo que mi autocontrol estaba dispuesto a tolerar.
Era un estallido de color en medio de mi salón sobrio.
Como si alguien hubiera llevado un pedazo de verano a una casa acostumbrada al invierno.
Y, maldita sea, no solo iluminaba la habitación. También había empezado a iluminar mi vida.
Ese pensamiento me hizo fruncir el ceño.
No debería pensar así.
Normalmente habría terminado mi whisky y me habría refugiado en el despacho. Era mi rutina, mi forma de mantener todo bajo control. No me quedaba en la cocina contemplando a una mujer como un adolescente incapaz de apartar los ojos de ella.
Pero esta noche no podía moverme.
Mis ojos seguían cada pequeño movimiento suyo. La forma en que cruzaba las piernas, el modo distraído en que pasaba una página, las ondas de su cabello cayendo sobre sus hombros.
Y esa maldita boca que parecía hecha para hacerme olvidar incluso de mi propio nombre.
El problema ya no era que quisiera besarla. Era que empezaba a imaginar demasiadas cosas que no tenía derecho a querer.
Tomé otro trago, intentando apagar aquellos pensamientos.
No funcionó.
Como si pudiera sentir mi mirada sobre ella, Eliza levantó finalmente la mirada del libro.
Nuestros ojos se encontraron y me quedé inmóvil.
Había algo en su expresión que me desarmó. Un atisbo de timidez mezclado con ese desafío que empezaba a reconocer demasiado bien. Como si supiera exactamente el efecto que estaba provocando en mí y, aun así, estuviera dispuesta a descubrir hasta dónde podía llevarlo.
Entonces sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Lenta.
Peligrosa.
Se mordió el labio inferior y cerró el libro con calma. Mi pulso se aceleró, Eliza dejó la copa sobre la mesa y se puso de pie.
No apartó los ojos de los míos.
Comenzó a caminar hacia mí.
Despacio.
Sin ninguna prisa.
Y con cada paso que daba, sentía cómo la poca distancia que quedaba entre nosotros se convertía en una amenaza.
Una que no iba a evitar.
—Hola —saludó, con esa voz suave que últimamente tenía el poder de desarmarme más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Terminó el vino de un solo trago y dejó la copa sobre la repisa. Yo no dije nada durante un segundo, simplemente la miré.
De arriba abajo.
Sin disimulo. Sin filtros.
—Hola —respondí finalmente, con la voz más ronca de lo habitual.
Era magnética.
Irresistible.
Y, después de todo lo que había ocurrido entre nosotros, fingir que no me afectaba se había convertido en una tarea imposible.
Acorté la distancia entre nosotros en dos pasos. Rodeé su cintura con una mano y bajé la cabeza hasta que mis labios rozaron los suyos.
El contacto fue mínimo, pero suficiente para incendiarme.
Esta mujer, tan pequeña frente a mí, tenía el absurdo poder de desatar un huracán dentro de mi pecho.
—Bastián... —gimió, mezclando anhelo y advertencia mientras se apartaba apenas—. Espera...
—Eliza —murmuré, sujetándola con un poco más de firmeza—, si te paras frente a mí con esos pantaloncitos, no esperes que me comporte como un santo. Estás provocando a un hombre al borde del colapso.
—Yo... quiero... —intentó decir algo, pero las palabras se perdieron en un suspiro.
Volví a besarla, apenas un instante, mordiendo suavemente su labio inferior antes de obligarme a detenerme.
Porque sabía perfectamente qué ocurriría si no lo hacía.
Una cosa era perder el control cuando estábamos solos. Otra muy distinta era hacerlo cuando mis padres podían aparecer en cualquier momento.
Con un esfuerzo sobrehumano, me alejé.
No quería hacerlo.
Pero tenía que hacerlo.
—¿Qué quieres, Eliza? —pregunté, todavía demasiado cerca de ella.
La alcé con cuidado y la senté sobre la isla de la cocina. Mis manos descansaron sobre sus muslos durante un segundo, antes de obligarme a apartarlas.
—¿Qué sucede, mi Eliza?
No me perdí el leve parpadeo que acompañó a mis palabras.
Mi Eliza.
La había llamado mía.
Y, para mi propia sorpresa, no me arrepentía en absoluto.
—Tu mamá... —tartamudeó—, habló conmigo sobre la fiesta de compromiso.
La expresión de mi rostro cambió.
—¿Qué pasa con eso?
—Quería discutir detalles. Salones. Recepciones. Un fotógrafo. Todo.
—Por Dios —suspiré, pasándome una mano por la nuca.
No era la idea de una fiesta lo que me preocupaba.
Era mi madre.
Con su entusiasmo, bien podía terminar contratando una banda de jazz, cerrando un hotel entero y lanzando fuegos artificiales.
—Traté de frenarla, pero... dijo que sería algo elegante, discreto. Lo hizo sonar increíble —explicó, jugueteando nerviosamente con sus dedos—. Además, mencionó que sería un secreto y que eso aumentaría el atractivo.
—Maldita bruja —musité entre dientes—. Sabe cómo manipular.
Eliza soltó una pequeña risa.
—Vamos, Bastián. Solo sería una pequeña fiesta.
—Claro —dije con sorna—. Y tendremos que invitar a tus padres, ¿no?
Su sonrisa desapareció.
—Mis padres... viven lejos —murmuró nerviosa—. Están ocupados, no creo que puedan venir.
—Pero tu amiga, Emma, vive cerca —añadí, disfrutando secretamente de su incomodidad.
Sus ojos se abrieron.
—Tendré que ver si está disponible...
—Perfecto —respondí con una sonrisa torcida—. Mi madre empezará a mover cielo y tierra en cualquier momento.
Y entonces pareció comprender algo.
Su expresión cambió por completo.
—Espera... —dijo, frunciendo el ceño—. ¿Invitar a mi familia? ¿A mis amigos?
—La fiesta suena mejor cada vez, ¿no? —respondí con ironía.
—Bastián —exhaló, frustrada—. No puedo invitar a mi familia. ¿Qué se supone que les diga? Hola, mamá y papá, ¿pueden volar hasta aquí para celebrar mi compromiso falso con mi jefe? ¿Crees que van a aceptar eso con una sonrisa?
—¿Lo harían? —pregunté, incapaz de contener una sonrisa ante su reacción.
—¡No, claro que no! Sería un desastre.
—Entonces no invites a nadie. Nadie tiene que saberlo.
—Pero tu madre...
—Eliza, ella cree que esto es real —dije.
Las palabras salieron demasiado rápido. Y en cuanto vi su rostro, supe que había cometido un error.
Sus ojos se apagaron.
Fue apenas un cambio.
Un segundo.
Pero lo vi.
Y algo dentro de mí se contrajo.
—Claro —murmuró—. No hay nada entre nosotros. Solo un teatro.
Bajó la mirada.
Después sonrió. Una sonrisa pequeña, forzada, que dolía mucho más de lo que debería.
—Supongo que le diré a Emma. Al menos ella sabe que esto es una farsa.
—Eliza, eso no fue lo que quise decir...
—No importa —me interrumpió suavemente, aunque su voz estaba teñida de algo que no conseguí identificar—. Lo entiendo. De verdad.
Se bajó de la isla y dio unos pasos atrás, evitando mi mirada.
Quise detenerla. Decirle que no era eso, que había mucho más, que, precisamente por eso, me aterraba tanto la idea de aquella fiesta.
Pero las palabras volvieron a quedarse atrapadas en mi garganta.
—Creo que voy a darme un baño. Y a leer un rato —dijo antes de desaparecer por el pasillo.
Me quedé inmóvil.
El silencio volvió a apoderarse de la cocina.
Bajé la mirada hacia el vaso que todavía sostenía entre los dedos. Ni siquiera recordaba cuándo había vuelto a tomarlo.
Miré hacia el pasillo por donde había desaparecido y, por primera vez, comprendí algo que me golpeó con una fuerza inesperada.
No me molestaba que ella creyera que aquello era una farsa. Me molestaba que yo acabara de recordárselo.
Porque, en algún momento entre los besos, las noches compartidas y aquella necesidad absurda de tenerla cerca, la mentira había dejado de ser suficiente para explicar lo que estaba pasando entre nosotros.
Y acababa de herirla por miedo a admitirlo.
Sentí un nudo en el pecho. Había pasado meses intentando recuperar a Venus y ahora, por primera vez, la idea de perder a Eliza era la que verdaderamente me aterraba.
Me quedé allí, quieto, mirando el lugar por donde se había ido. Sintiendo como si acabara de perder algo que no sabía que había ganado.
Dios.
No había querido herir sus sentimientos.
Pero lo había hecho.
Y lo peor era que no podía dejar de pensar en la expresión de Eliza mientras se alejaba. Esa pequeña sonrisa forzada, la manera en que había evitado mirarme... como si hubiera levantado una pared entre nosotros justo cuando yo empezaba a creer que, por fin, estábamos derribándolas.
Caminé hacia mi despacho y dejé el vaso sobre el escritorio con un golpe seco. Necesitaba pensar, necesitaba espacio.
Lo último que necesitaba era otra complicación.
La puerta se abrió sin siquiera un golpe previo. Mi padre entró como si el lugar le perteneciera.
Simplemente genial.
—Hola, padre. Buenas noches —dije, terminando mi bebida de un solo trago—. Pasa, siéntete como en tu casa.
Ni siquiera se molestó en responder al sarcasmo.
—No hemos tenido la oportunidad de hablar.
—¿Sobre qué? —pregunté, sin mirarlo.
Ya sabía la respuesta.
—Ese compromiso con tu asistente.
Inspiré hondo y tensé la mandíbula.
—Es mi prometida. Y se llama Eliza.
Mi padre hizo un gesto despectivo con la mano.
—Como sea —murmuró mientras encendía un puro sin siquiera pedirme permiso—. Si quieres mi consejo…
—No lo quiero —repliqué seco.
Sus ojos se clavaron en los míos.
Conocía perfectamente esa expresión.
Era la misma que había visto durante toda mi infancia cada vez que alguien se atrevía a contradecirlo.
Mi padre odiaba que le llevaran la contraria.
—Esa chica no es para ti, Bastián —continuó—. No tiene clase, ni apellido, ni estatus. Es una empleada más. Le estás regalando quince minutos de fama.
Sentí cómo la sangre comenzaba a hervirme.
—Su nombre es Eliza —repetí, esta vez más despacio, dejando que cada sílaba cargara con toda mi furia contenida.
Él soltó el humo del puro con absoluta tranquilidad.
—Es bonita, tengo que concedértelo. Pero insulsa. ¿Cómo terminaste con ella? ¿Está embarazada?
Me dejé caer en la silla, rechinando los dientes.
—No. No está embarazada.
—¿Entonces qué? ¿Chantaje? ¿Cuánto dinero quiere?
Lo miré, incrédulo.
¿Qué carajo...?
—No. No me está chantajeando —respondí.
Mi padre guardó silencio durante unos segundos, como si estuviera intentando encontrar una explicación lógica para algo que, desde su perspectiva, no la tenía.
—¿Entonces por qué demonios te casas?
Me quedé callado.
Porque me enamoré completamente de ella.
La respuesta apareció en mi cabeza con una claridad brutal.
Jesús.
¿Acaso lo había pensado de verdad?
No como una posibilidad. No como una sospecha. Lo había dicho dentro de mi propia cabeza como si fuera un hecho.
Porque lo era.
—¿Es tan difícil de creer que haya encontrado a alguien que me complemente? —pregunté finalmente—. ¿Que la ame tanto que quiera pasar mi vida con ella?
Mi padre soltó una carcajada.
Amarga.
Seca.
Sin una pizca de humor.
—Viniendo de ti, sí. El matrimonio es para siempre, Bastián. No es un juego, no en nuestra familia —sostuvo convencido—. Si esta chica es una fase, juega a la casita un rato más y luego haz lo que haces siempre. Pero por el amor de Dios, no te cases.
Mi mandíbula se tensó tanto que comenzó a dolerme.
—Bueno, has dejado clara tu opinión —murmuré, cerrando los ojos ante el inminente dolor de cabeza.
—Y por el amor de Dios, no la dejes embarazada —añadió con cinismo—. Un hijo es una atadura de por vida.
Abrí los ojos lentamente.
Lo miré como si acabara de escuchar algo imposible.
—Eso es... algo interesante para decirle a un hijo.
—No empieces con la moralina. Has trabajado demasiado por lo que tienes como para arriesgarlo todo por una mujer.
Tragué saliva.
Había algo en sus palabras que me golpeaba más profundamente de lo que quería admitir.
No porque tuviera razón.
Sino porque, durante años, había pensado exactamente como él. El amor era una debilidad, el matrimonio, una obligación, los hijos, una responsabilidad.
Y las mujeres... una complicación que debía mantenerse bajo control.
Hasta que apareció Eliza.
—No tienes que venir a la fiesta —dije—. Tampoco lo espero, esto fue idea de mamá. Pero Eliza no es...
Me detuve.
No sabía si debía decirlo.
—¿No es qué? —preguntó.
Lo miré directamente.
—No es lo que tú crees. No me está coaccionando, ella no sabría cómo chantajear a nadie, aunque quisiera. Ella... no ve a las personas como herramientas.
Mi padre arqueó una ceja.
—Entonces es ingenua.
—No.
—Perfecto. Pero que firme un prenupcial.
Solté una carcajada seca, completamente agotado.
—Por Dios —bufé—. Vete.
Él frunció el ceño.
—¿Qué?
Me puse de pie.
—Vete de mi casa. No voy a seguir escuchando cómo insultas a la mujer que amo.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros.
La mujer que amo.
Las había dicho en voz alta. Y, por primera vez, no sentí la necesidad de corregirme.
Mi padre me observó como si acabara de hablar en otro idioma.
—Parece que realmente piensas casarte con esa chica.
—Así es.
—Entonces no me llames cuando arruines tu vida.
—Perfecto por mí.
Se levantó con brusquedad. Su expresión dejaba claro que no había conseguido lo que buscaba.
Manipularme.
Convencerme.
Hacerme dudar.
Pasó junto a mí sin decir nada más y cerró la puerta con un portazo. El silencio que dejó detrás fue casi ensordecedor.
Me dejé caer en la silla y me froté el puente de la nariz.
¿Cuándo se había vuelto mi padre tan amargado?
Siempre había sido distante. Frío. Exigente. Pero aquello era diferente, ahora parecía casi una parodia de sí mismo.
Un hombre que despreciaba su propia vida como esposo, como padre, incluso como ser humano. Y lo peor era que yo me parecía a él más de lo que quería admitir.
Había nacido del hielo.
Su frialdad estoica había sido mi escuela.
Aprendí de él que mostrar demasiado era peligroso. Que necesitar a alguien significaba darle poder, que los sentimientos debían mantenerse encerrados detrás de una puerta que nadie pudiera abrir.
A veces quería pensar que mamá me había salvado de convertirme completamente en él. Que algo de ella se me había quedado dentro.
Su calidez.
Su capacidad para querer sin calcular.
Pero no tenía pruebas. Porque, cuando estaba en el trabajo, seguía siendo el cabrón de siempre.
Frío.
Impasible.
Respetado.
Pero no querido.
Y mis relaciones...
Un desfile interminable de decepciones. Mujeres interesadas en mi apellido, en mi dinero, en lo que mi nombre podía ofrecerles.
Nunca en mí.
Hasta Eliza.
Ella era diferente y precisamente por eso me daba miedo. Porque no sabía cómo tratar con algo real.
Me levanté de golpe.
Necesitaba escapar.
Tomé mis llaves, mi cartera y salí de la casa sin siquiera pensar demasiado en hacia dónde iba.
No quería estar allí. No quería pensar en la fiesta. No quería pensar en mi padre. Y, sobre todo, no quería pensar en Eliza.
Aunque sabía perfectamente que era imposible.
Terminé entrando en un bar donde, con un poco de suerte, nadie me reconocería. Me senté en la barra y pedí un trago.
Luego otro.
Y otro.
El alcohol comenzó a hacer lo que el trabajo, el silencio y la lógica nunca conseguían.
Adormecerme.
A medida que el whisky descendía por mi garganta, el peso que llevaba en el pecho pareció aflojarse.
Solo un poco.
Pero era suficiente.
Joder.
Estaba tan ebrio.
Apoyé los codos sobre la barra y cerré los ojos. Por un momento, no existió nada. Hasta que una mano se apoyó sobre mi brazo.
Delicada.
Fría.
Un aroma intenso y familiar llegó hasta mí. No era el perfume dulce y cálido que últimamente asociaba con Eliza.
Este era diferente.
Más fuerte.
Más invasivo.
Abrí los ojos lentamente.
Giré el rostro.
Y el pasado estaba allí, sonriéndome.
—Bastián, cariño…
Sentí cómo el estómago se me cerraba.
—¿Venus?