Capitulo 31
ElizaMe metí en la cama sin saber dónde demonios estaba Bastián.
No había vuelto a la habitación y yo tampoco me había molestado en buscarlo. Tal vez estaba en su despacho, tal vez había salido de la casa.
Tal vez, simplemente, se había largado como si yo no existiera.
Y ¿sabes qué?
No importaba.
No era su prometida, ni siquiera era su novia. Él mismo se había encargado de recordármelo. Con esa frialdad suya que conseguía sacarme de quicio y, al mismo tiempo, romperme un poco por dentro cada vez que la utilizaba conmigo.
Pero joder...
Mentiría si dijera que no me había dolido.
Porque sí.
Claro que había dolido.
¿Y qué esperaba?
¿Que solo porque me había llevado a aquella maldita fiesta, porque me había besado, porque habíamos cruzado una línea que ninguno de los dos parecía capaz de volver a ignorar, significaba que esto había dejado de ser una farsa?
¿Que realmente había algo entre nosotros?
Sí.
Esa era la triste verdad. Eso era exactamente lo que había empezado a pensar y me había equivocado.
Como una idiota.
Me había equivocado en grande.
Había intentado relajarme después de nuestra conversación.
Me di un baño.
Intenté leer.
Intenté convencerme de que podía pasar página y dormir como si nada hubiera ocurrido.
No funcionó.
El agua terminó enfriándose mientras yo seguía sentada allí, con el libro abandonado a un lado y las palabras de Bastián repitiéndose en mi cabeza.
No había nada entre nosotros.
Solo un teatro.
Solo una mentira.
Cada vez que recordaba su voz diciéndolo, sentía el mismo pinchazo en el pecho.
¿Cómo se suponía que iba a disfrutar de aquella bañera de ensueño si lo único que podía sentir era una mezcla insoportable de frustración, tristeza y rabia?
Cuando finalmente salí del baño, estaba agotada. Pero no tenía sueño. Igual me metí en la cama y me cubrí hasta el cuello, intentando encontrar una posición cómoda.
No la encontré.
Mi cuerpo permanecía tenso.
La garganta se me cerraba cada vez que pensaba en él y el pecho me pesaba como si tuviera algo enorme encima. Y lo peor era que seguía sin poder dejar de pensar en Bastián.
En su sonrisa.
En sus manos.
En la forma en que me había mirado.
En cómo me había hecho sentir que, por un instante, yo era algo más que una pieza dentro de su plan.
Cerré los ojos con fuerza.
No.
No iba a hacer aquello.
No iba a llorar por un hombre que acababa de recordarme que lo nuestro no significaba nada.
No sabía cuánto tiempo pasó. Quizás minutos. Quizás horas. En algún momento, el sonido de la puerta abriéndose me sacó de ese estado entre el sueño y la vigilia.
Me quedé completamente quieta.
El corazón me dio un vuelco.
Escuché sus pasos cruzar la habitación. Lentos. Cautelosos. Como si intentara no hacer ruido.
Después, el clic suave de la puerta del baño al cerrarse.
Abrí los ojos en la oscuridad. Así que había vuelto. No sabía si eso me aliviaba o me enfurecía, quizás ambas cosas.
Permanecí inmóvil mientras escuchaba el sonido lejano del agua de la ducha. No quería girarme, no quería siquiera respirar.
Porque sabía que, si lo hacía, toda la rabia que había intentado construir durante las últimas horas podía desaparecer en un segundo.
Y yo no podía permitirme eso.
Un rato después, la puerta del baño volvió a abrirse. Escuché sus pasos acercarse y el colchón se hundió ligeramente cuando se sentó en el borde de la cama.
Después, la luz se apagó y todo volvió a quedar en silencio. Bastián se metió en la cama. Su cuerpo estaba cerca, demasiado cerca.
Sentí cómo las sábanas se movían, cómo el colchón cedía bajo su peso y cómo su presencia llenaba aquel espacio que, hasta hacía unas horas, había parecido demasiado grande para los dos.
Pero no me tocó.
Ni siquiera rozó mi brazo. Solo se acomodó de su lado y comenzó a respirar despacio. Como si nada hubiera pasado, como si no hubiéramos discutido, como si no hubiera conseguido hacerme sentir invisible.
Apreté los ojos.
No iba a llorar.
No delante de él.
No por él.
Sin embargo, en medio de aquel silencio, su respiración se convirtió en lo único que podía escuchar. Y, por primera vez desde que lo conocía, tenerlo tan cerca se sintió mucho más doloroso que tenerlo lejos.
Tragué saliva.
Tenía un nudo en la garganta y otro más abajo, justo en el estómago, donde parecía haberse acumulado todo lo que no me atrevía a decir.
Yo no podía dormir.
Y él...
Él respiraba a mi lado como si estuviera soñando con otra cosa. Con otra vida. Tal vez con una en la que yo no existía.
Quise girarme, sacudirlo y exigirle que dijera algo. Que me explicara qué demonios estaba pasando entre nosotros. Pero no lo hice.
Porque tenía miedo.
Miedo de que dijera exactamente lo que no quería escuchar.
Así que permanecí quieta, mirando la oscuridad, sintiéndome más sola que nunca a pesar de tenerlo a pocos centímetros de distancia.
—Eliza...
Su voz, baja y rasposa, atravesó la oscuridad como una caricia inesperada.
Me quedé inmóvil.
—¿Sí? —respondí, sin moverme.
Hubo un breve silencio.
—¿Estás enfadada conmigo?
¿En serio?
—Estoy bien —mentí.
Lo escuché suspirar y el sonido fue tan resignado que consiguió dolerme más de lo que esperaba.
—Eso es mentira.
—¿Cómo nuestra relación? —espeté antes de poder detenerme.
Un gruñido bajo escapó de su garganta. Y me odié por la forma en que mi cuerpo reaccionó a ese sonido.
No.
No ahora.
No otra vez.
No necesitaba sentir ese calor recorriéndome mientras lo que tenía dentro era dolor.
—No quería decir eso —replicó en voz baja.
—No tienes que dar explicaciones, tranquilo. Tienes razón, todo esto es una farsa. Ese era el trato, ¿no?
El colchón se movió.
Sentí cómo se giraba hacia mí.
No podía verlo con claridad, pero su atención era tan palpable que podía imaginar perfectamente sus ojos sobre mí en la oscuridad.
—Eliza... No estaba fingiendo cuando te besé la primera vez.
Me removí ligeramente.
No sabía qué responder a eso.
—Realmente... —empecé, pero él me interrumpió.
—Ni en la fiesta.
Mi respiración se atascó.
—Eso fue... intenso —admití, sintiendo que hasta recordar aquella noche conseguía alterar mi pulso.
—¿Te pareció que estaba fingiendo en ese ascensor? —preguntó—. ¿O aquí en nuestra cama?
Su voz bajó todavía más, envolviéndome en la oscuridad.
Vacilé.
Un cosquilleo familiar me recorrió el cuerpo.
Maldita sea.
Ese hombre tenía el poder de desarmarme incluso cuando estaba enfadada con él.
—Estábamos... era solo... cualquier hombre respondería a una mujer dispuesta. Y créeme, yo lo estaba.
—Eliza...
—Mira, estoy segura de que tus erecciones fueron muy reales, pero una erección no significa nada —murmure—. Los hombres pueden tener respuestas físicas por todo tipo de razones, incluso sin que les guste una mujer. Es un hecho, comprobado científicamente.
Hubo un silencio.
—Ese no es mi punto —dijo con firmeza.
Finalmente me giré hacia él.
La tenue luz que entraba por las ventanas apenas iluminaba sus facciones, pero pude distinguir sus ojos clavados en los míos.
—Entonces, ¿cuál es tu punto?
Esta vez el silencio fue más largo.
Casi eterno.
Como si estuviera buscando las palabras adecuadas y odiara cada una de las opciones que tenía.
Finalmente habló.
—Que lo siento. Solo quería decirte que mi madre cree que el compromiso es real. Y, bueno… independientemente de lo que pasó entre nosotros… ambos sabemos que no lo es.
Ahí estaba.
La verdad.
Tan sencilla y brutal como un portazo.
—Sí, es verdad —dije con voz queda, bajando la mirada.
Me froté el dedo anular con el pulgar por pura costumbre, buscando el anillo falso que ya había dejado sobre el plato de mi mesita de noche.
Tan simbólicamente vacío.
Respiré hondo.
—Supongo que entiendo tu punto de vista.
Entonces lo sentí.
Ese olor.
Inconfundible.
Alcohol.
Levanté ligeramente la cabeza.
—¿Estás borracho?
—No... bueno, no tanto —vaciló.
Esperé.
Su silencio respondió por él.
Finalmente, habló.
—Me fui a tomar unas copas hace unas horas. Lo necesitaba, y tal vez bebí un poco de más.
—Bastián...
—Pero te juro que el baño me ayudó a bajarla —dijo—. No estoy borracho ahora. Al menos no lo suficiente como para no saber lo que digo, no podría tener esta conversación contigo si lo estuviera, Eliza.
Lo observé en silencio.
No sabía si creerle.
Pero había algo en su voz que sonaba demasiado sincero para ignorarlo.
—De acuerdo —dije finalmente.
Volvió a respirar hondo.
Sentí el movimiento de su pecho en la oscuridad y, por un instante, fui demasiado consciente de lo cerca que estaba.
—Lo que pasó estos días fue... —vaciló.
Me mordí el labio.
¿Fue qué?
¿Un error?
¿Una locura?
¿Una debilidad?
Esperé.
—Fue intenso —terminó diciendo.
Oh, Dios.
Sí.
Lo había sido.
Mucho más de lo que estaba preparada para admitir.
—Sí —repetí en un susurro.
Pensé que ahí terminaría, pero entonces él volvió a hablar. Y las siguientes palabras hicieron que mi corazón se detuviera por un segundo.
—Y me alegro de que haya sido contigo.
Lo miré.
Mi corazón dio un vuelco. Literalmente, como si se hubiera soltado del pecho y estuviera cayendo libremente.
No sabía qué significaba aquello. No sabía si era suficiente. Pero, por primera vez desde nuestra discusión, sentí que quizá no estaba sola en todo aquel caos.
Tragué saliva.
—Yo también —admití.
Un silencio cálido nos envolvió.
Ya no era incómodo. Tampoco estaba cargado de todas aquellas cosas que habíamos evitado decir durante semanas. Era diferente. Íntimo. Casi tranquilo.
Mis pies rozaron los suyos bajo las sábanas. No supe si había sido casualidad o necesidad, lo único que sabía era que ninguno de los dos se apartó.
—¿Eliza?
Su voz llegó desde detrás de mí, baja y todavía áspera por el sueño.
—¿Sí?
Sentí su brazo rodear mi cintura con seguridad y atraerme hacia él.
Su pecho desnudo se apoyó contra mi espalda, firme y cálido. El calor de su piel atravesó la delgada tela de mi camisón y un escalofrío me recorrió entera.
Me quedé quieta.
No porque quisiera alejarme.
Sino porque, por primera vez, no sabía qué hacer con la felicidad que me provocaba estar así.
Bastián se incorporó apenas y se inclinó sobre mí. Sus dedos recorrieron lentamente mis costillas, con una delicadeza que contrastaba con la intensidad que normalmente había entre nosotros.
Como si intentara memorizarme. Como si pudiera descubrir quién era yo simplemente tocándome.
Entonces habló.
—Me gustas mucho.
Mi garganta se cerró durante un segundo.
Aquellas cuatro palabras parecían sencillas, pero viniendo de él eran mucho más. Porque Bastián no decía cosas porque sí.
Nunca lo hacía.
Me giré lentamente hasta quedar frente a él.
—De acuerdo... bien. Tú también me gustas, Bastián.
Una sonrisa apareció en sus labios.
Esa sonrisa.
Leve, torcida, casi imperceptible, acompañada por ese hoyuelo que parecía aparecer únicamente cuando algo lograba atravesar todas sus defensas.
Y precisamente porque sonreía tan pocas veces, cada una de ellas se sentía como una confesión.
Lo observé durante un instante.
Mi jefe.
El hombre que durante tanto tiempo había parecido imposible de alcanzar. Y ahora estaba allí, mirándome como si yo fuera algo que realmente quería conservar.
Se inclinó hacia mí.
Sus labios rozaron los míos con suavidad, sin prisa, sin exigencias. Y lo besé de vuelta.
No hubo desesperación.
No hubo necesidad de demostrar nada.
Solo nosotros.
Le pasé las manos por el pecho, sintiendo bajo mis dedos la firmeza de sus músculos y el calor de su piel.
Era extraño.
Había fantaseado con tocarlo antes, y, sin embargo, ninguna se parecía a esto. Porque ahora podía hacerlo sin fingir.
Sin una excusa.
Sin decirme que todo formaba parte de un acuerdo.
Era él.
Solo él.
Sus manos se deslizaron con lentitud por mi espalda y el contacto hizo que un estremecimiento me recorriera de pies a cabeza.
Me acerqué más, dejando que mi cuerpo encontrara el suyo con una naturalidad que todavía me sorprendía.
Mis dedos recorrieron sus hombros, descendieron por su pecho y volvieron a subir hasta su nuca.
Dios.
Su cuerpo era realmente glorioso. Fuerte, cuidado, perfectamente definido. Pero, por primera vez, no era eso lo que más me impresionaba.
Era la forma en que me miraba. Como si estuviera descubriendo algo que había estado buscando sin saberlo.
Dios.
Era demasiado.
La tensión entre mis piernas crecía mientras él me besaba y me tocaba
¿Por qué dudaba? ¿Por qué no me arrancaba la ropa, se subía encima de mí y lo hacía todo mejor con aquella cosa gloriosa que marcaba su virilidad?
Ya no estaba enfadada y quería un poco de ese fuego que brotaba de él.
Inclinó la cabeza y acercó su boca a la mía. Sabía tan bien que quise morderlo, asiqué lo hice. Le mordisqueé el labio inferior y él gimió, apretando su dureza contra mí.
Su lengua se deslizó contra la mía y cuando se apartó, atrapé su labio entre los dientes y lo sostuve.
Gruñó por lo bajo y mordí más fuerte, tirando de su labio, antes de soltarlo.
Con un gemido ronco, me metió el pulgar por debajo de las bragas y me las bajó de un tirón. La sensación fue exquisita. Me las terminé de quitar de una patada y me puse el camisón por encima de la cabeza mientras él se quitaba el boxer.
Sin perder más tiempo, se subió encima de mí, presionando su miembro contra mi entrepierna.
—Dame tus manos, nena —no entendía, pero hice lo que me dijo.
Sin dejar de mirarme, tomo mis bragas y me ato las muñecas con ella.
—Voy a tomarte tan duro que lloraras pidiendo que me detenga y aun así no lo hare.
Jesucristo.
Me besó el cuello mientras se deslizaba en mi interior. Puse los ojos en blanco, y la presión de su grosor me llenaba.
Dios, sí.
Empujó de nuevo con fuerza y yo me aferré a él, pero no me lo permitió. Puso mis manos atadas sobre mi cabeza, y gruñó en mi cuello, largo y bajo.
Su cuerpo se fundió contra el mío.
Gemí cuando golpeo de una embestida un punto específico y le mordí el labio, en señal de desesperación. Era demasiado intenso.
Y lo volvía loco.
Nunca había sentido a un hombre reaccionar así, gruñó y me embistió con más fuerza. Era un jodido delirio, porque cuanto más lo mordía, más se soltaba.
Era salvaje.
Músculos flexionados, caderas martilleantes y por dios me encantaba. No, este hombre me fascinaba.
Salió y me puso boca abajo, golpeándome el culo mientras me daba la vuelta. Sonriendo, arqueé la espalda y él se echó sobre mí, penetrándome por detrás. Su mano se deslizó bajo mi hombro hasta mi cuello y me rodeo la garganta.
Sentí su boca en mi oído.
Su aliento caliente y delirante.
Estaba inmovilizada. Totalmente bajo su control y era estimulante. Gruñía con cada embestida, metiéndome su miembro hasta el fondo.
En este ángulo, me daba fricción en todos los lugares adecuados.
—No dejes de tomarme, joder —dije jadeando
Me gruñó al oído, mientras me agarraba la garganta con firmeza, pero sin cortarme el aire. Sus embestidas tenían un ritmo constante y el calor crecía en mi interior sin que pudiera manejarlo.
Piel con piel.
La tentadora presión aumentaba.
—Te sientes tan bien, mi Eliza —murmuró—. Voy a correrme tan jodidamente fuerte que vas a sentirme por horas y cuando eso pase en lo único que vas a poder pensar es en mí.
Jadeé cuando volvió a salir, pero me encantó la forma en que me colocaba en la posición que él quería.
Rodó sobre su espalda y me puso encima de él. Me hundí profundamente, deleitándome con la sensación de su grosor llenándome.
Levantó la mano y me enredó los dedos en el cabello, atrayendo mi boca hacia la suya.
Su boca era gloriosa, giré las caderas para deslizarme por su entrepierna mientras él me besaba profundamente.
Montarlo así me hizo sentir tan bien que enseguida estuve al borde del clímax. Le mordí el labio con los dientes y él me soltó el cabello para agarrarme las caderas.
Empujó con fuerza mientras yo lo cabalgaba más rápido. Los dos estábamos perdidos en el momento, saturados de pura lujuria.
Frunció el ceño y gruñó. Perseguí mi orgasmo hasta el borde, dejando que la tensión me dominara.
Sin dejar de apretarme contra él, estallé en gemidos que llenaban el aire. Su miembro palpitaba dentro mío mientras nos corríamos juntos.
Fue mágico.
Único.
Nuestros cuerpos moviéndose en sincronía, y las olas de placer recorriéndonos a los dos.
Volvió a tirar de mí hacia abajo, besándome mientras mi cuerpo temblaba con las últimas pulsaciones de mi orgasmo.
Me desprendí de él y me tumbé sobre las sábanas, recuperando el aliento. Se me cerraron los ojos y no podía moverme.
Él se levantó y me desato las bragas de las muñecas, besándome la piel que estaba ligeramente enrojecida por la presión.
Me acercó hacia él, hasta quedar en el centro de la cama, y me rodeó con sus brazos como si quisiera protegerme de todo. Me dejé envolver sin resistencias, apoyando la cabeza en su hombro, mientras mi brazo buscaba su pecho.
Como si ese contacto pudiera anclarme a una realidad que aún me parecía demasiado buena para ser cierta. Su piel cálida contra la mía era una promesa silenciosa, un consuelo sin palabras.
El calor que emanaba me hizo pensar, con una sonrisa perezosa, que quizás debería dejar de usar pijama para siempre.
Nos quedamos en silencio, respirando juntos en la oscuridad. El eco del orgasmo aún flotaba en el aire, no con la urgencia de antes, sino con una dulzura tibia que me recorría los huesos como si me susurrara al oído que estaba a salvo.
Deslicé los dedos lentamente por el vello de su pecho, en un gesto distraído. Casi reverente, memorizando su textura, su olor, el sonido de su respiración pausada.
Me acurruqué un poco más contra él, entrelazando mis piernas con las suyas, y me permití creer que este instante era real. Que ese hombre increíblemente sexy, el mismo que había alimentado mis fantasías y mis dudas durante tanto tiempo, estaba aquí, sosteniéndome como si también él necesitara aferrarse a algo.
El mundo, allá afuera, podía seguir lleno de incógnitas. De máscaras y acuerdos, de palabras a medias y silencios demasiado pesados. Pero aquí, en esta cama, con su cuerpo tibio envolviéndome y el murmullo pausado de su respiración acariciándome el cabello, todo parecía encajar.
Todo iba a estar bien.
Íbamos a estar bien.
Al menos, eso era lo que quería creer.
Eso… y que, por una vez, la felicidad no viniera acompañada de una nueva forma de romperme el corazón.