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Capitulo 32

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Capitulo 32

Eliza

Todavía seguía en las nubes, reviviendo mentalmente cada instante de esta última semana.

Los padres de Bastián ya se habían marchado, y al parecer la fiesta de compromiso había quedado suspendida, al menos por el momento.

Él no había querido contarme nada, pero yo lo intuía. Estaba casi segura de que había discutido con su padre la misma noche que llegó borracho.

Esa noche en la que también nosotros peleamos.

Lo cierto es que ahora, con la casa vacía y sin el peso de las apariencias, ya no había límites entre nosotros. Bastián se había vuelto insaciable. Apenas cruzábamos la puerta de su casa, me tomaba ahí mismo, sin importarle el lugar.

El sofá, su despacho, la cocina, incluso la piscina, parecía que nunca tenía suficiente.

Y yo… yo me sentía flotar entre algodones.

Y ese era justamente el problema. Porque, en teoría, todo esto no era real, todo esto, nosotros, era parte de un elaborado plan suyo para recuperar a su ex prometida.

¿Y yo?

Solo un medio para un fin.

Sacudí la cabeza, tratando de quitarme esas ideas de encima. Me forcé a concentrarme y abrí el correo para comenzar a trabajar. Bastián no estaba en la oficina esa mañana; tenía reuniones fuera agendadas hasta el mediodía, y no sabía si regresaría para almorzar o lo haría directamente afuera.

No supe en qué momento la mañana se escurrió tan rápido, pero como si hubiera sentido mi necesidad de verlo, levanté la vista justo cuando las puertas del ascensor se abrieron.

Y ahí estaba él.

Una visión.

Impecable en su traje negro hecho a medida, el cabello perfectamente peinado, esa expresión impasible y elegante… y esos ojos.

Esos ojos capaces de dejarme sin aliento con una sola mirada.

Pasó por mi lado sin decir palabra, directo a su oficina. Solo me dedicó una sutil sonrisa, y eso fue suficiente para que mi corazón se acelerara.

Estaba a punto de levantarme para seguirlo, cuando el timbre de mi teléfono me sobresaltó.

Era mi madre.

Mis padres solían llamarme tres o cuatro veces al mes, no querían molestar, decían y ahora que vivían entre viajes y remodelaciones, sus mensajes eran aún menos frecuentes.

Por eso, cuando vi su nombre en la pantalla, supe que algo andaba mal.

—Mamá, ¿qué pasó? —pregunté apenas atendí, con la voz temblorosa.

—Oh, cariño… tu padre tuvo una arritmia —dijo y mi corazón se aceleró—. Ya está controlado, pero deben hacerle más estudios para descartar cualquier anomalía en su corazón. En unas horas le darán el alta.

—¿Qué? ¿Y por qué no me avisaste antes? —pregunté, con un nudo cerrándome la garganta.

Mi papá lo era todo para mí.

Mi mamá también, claro, pero él… yo era la hija de papá.

—No queríamos preocuparte, amor —murmuró con suavidad―. Además, estando tan lejos, no podías hacer mucho. Pero está bien, ahora está estable y lo están controlando.

Respiré hondo, intentando calmar la ansiedad que me oprimía el pecho.

—Está bien… los llamaré más tarde. Avísame si pasa algo, ¿sí? Voy a hablar con mi jefe para ver si puedo tomarme unos días y viajar a casa.

—Eso sería maravilloso, mi amor. Te extrañamos muchísimo.

—Yo también. Los quiero —dije, antes de colgar con el corazón encogido.

Ahora solo quedaba un pequeño detalle: pedirle unos días de licencia… a mi sexy y complicadísimo jefe.

Estaba en su despacho.

La puerta entreabierta dejaba escapar un leve murmullo del teclado. No tenía reuniones programadas para el resto del día, así que era ahora o nunca.

Me levanté, respiré hondo, me alisé el vestido con manos temblorosas, y caminé hasta su oficina como quien se acerca a una hoguera sabiendo que va a quemarse.

Golpeé suavemente con los nudillos.

—¿Hola? ¿Puedo hablar contigo un minuto? —pregunté, asomándome por la rendija.

Levantó la vista del portátil y me dedicó esa sonrisa suya que era capaz de detener el tiempo.

—Por supuesto —respondió, con voz grave y tranquila.

Entré, cerrando la puerta tras de mí con un clic que sellaba el mundo allá afuera. Él me miró desde su escritorio, expectante, con esa mezcla de poder y ternura que me hacía sentir vulnerable y segura al mismo tiempo.

—Estoy un poco decepcionado —dijo, sin apartar la vista de mí—. Estás muy lejos.

Dios.

Ese tono, esa sonrisa ladeada. Esos hoyuelos.

¿Cómo era posible que hasta su forma de respirar me pareciera sexy?

Se reclinó en la silla, cruzando una pierna sobre la otra con esa confianza natural que me volvía loca.

Estaba tan jodidamente enamorada de este hombre.

—Lo siento, es que... creo que deberíamos estar... —me detuve.

¿Cómo poner en palabras algo que ni siquiera yo comprendía del todo?

Las líneas entre lo real y lo fingido se habían difuminado, y ahora todo era una mezcla peligrosa de deseo y confusión.

Su ceño se frunció apenas.

—¿Eliza? ¿Está todo bien?

—Sí... sí, está bien —me pasé el cabello por encima del hombro, buscando aplomo—. La verdad es que mi papá está enfermo. Tuvo una arritmia esta mañana y.… necesito pedirte unos días de licencia para viajar a casa.

Su rostro cambió de inmediato.

Esa intensidad en su mirada me desarmó por completo. Dejó lo que estaba haciendo y se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre el escritorio.

—¿Está bien? ¿Está estable?

—Mi mamá dice que lo tienen controlado. Que le harán estudios para descartar algo más grave, pero... —tomé aire—, quiero estar con ellos. Aunque digan que no es necesario, quiero estar ahí.

—Entonces ve —dijo sin titubeos—. Puedes usar mi jet privado si lo necesitas.

Parpadeé.

¿Había oído bien?

—¿En serio?

—Por supuesto —aseguró—. No hay nada más importante que la familia.

Bajé la mirada hacia mis manos y sentí las lágrimas acumularse tras los párpados.

No quería llorar, no ahora.

Pero lo hacía igual.

Lágrimas silenciosas, sinceras.

—¿Estarás bien sin mí por unos días? —pregunté, con voz apenas audible.

Él sonrió, sacudiendo ligeramente la cabeza, como si quisiera decirme que era una pregunta tonta, pero sin quitarle peso.

—Eliza, eres la mejor asistente que he tenido. Eres brillante, confiable... y sí, estoy bastante encariñado contigo —sostuvo con voz cálida—. Pero tengo que aprender a sobrevivir unos días sin ti. Sobre todo, porque, pase lo que pase entre nosotros, no podría ni querría ponerme en el medio si tu familia te necesita.

Y ahí estaban, las lágrimas.

Rebeldes.

Indomables.

Recorriéndome las mejillas sin permiso, allí mismo, en su despacho.

—Gracias, en serio —susurré.

—Ven aquí, mi Eliza.

Me levanté y caminé hacia él.

Giró su silla y me recibió en su regazo con un abrazo firme, envolvente. Apoyé la cabeza en su hombro y cerré los ojos. Lo respiré, porque él era mi lugar seguro.

El centro de mi tormenta.

Por un segundo, pensé en decírselo. Decirle que lo amaba, que lo había amado desde el momento en que me sonrió por primera vez con esa mezcla de arrogancia y dulzura. Que, aunque nuestra historia había comenzado como una farsa, mis sentimientos no lo eran.

Pero no lo hice.

No podía arruinar este momento. No cuando las cosas estaban, al menos por ahora, bien.

—Sólo prométeme una cosa —dijo él, acariciándome la mejilla, borrando las lágrimas con sus dedos.

—¿Qué?

—Si necesitas que vaya contigo, si en algún momento crees que no puedes sola... me lo dices, ¿de acuerdo?

Mi corazón dio un vuelco.

—Te lo prometo.

Entonces inclinó el rostro y rozó mis labios con un beso suave, casi reverente.

Cerré los ojos y quise quedarme allí para siempre. Pero la realidad me tiraba de nuevo.

—¿Almuerzas conmigo? —preguntó, todavía con sus manos en mi cintura—. Donde tú quieras.

—¿En serio? ¿A dónde yo quiera?

—Absolutamente. Lo que te haga feliz.

No pude resistirme.

—Bueno... a unas calles de aquí hay un puesto de tacos callejeros que siempre quise probar.

Él me miró en silencio y vi cómo empezaba a buscar una excusa diplomática en su cabeza.

Me eché a reír.

—Estoy bromeando.

Suspiró, aliviado, y luego sonrió como un niño al que le acaban de perdonar un castigo.

—Iremos donde tú quieras, Eliza.

Volví a mi escritorio con una sonrisa en los labios, el corazón más liviano y una certeza latiendo fuerte en el pecho; estaba enamorada de ese hombre.

Y aunque todavía no supiera qué hacer con eso, por ahora, era suficiente.

Abrí el correo y me puse a trabajar, pensando que, tal vez, unos días en casa me ayudarían a aclarar lo que realmente sentía... y lo que iba a hacer con todo eso cuando volviera.

Para cuando llegó la hora del almuerzo, nos encaminamos hacia un restaurante elegante, de esos que claramente estaban al nivel del gusto del señor Müller.

No hizo falta reservar. Bastó con que dijera su nombre para que, como por arte de magia, una mesa quedara libre.

La comida fue espectacular. Platos servidos como obras de arte, vino suave, conversaciones suaves... y él.

Cada vez me era más fácil estar a su alrededor.

Me gustaba, en todos los sentidos.

Su forma de hablar, de mirarme, de preocuparse... y sí, había química. Mucha. Pero eso no significaba que sintiera algo real por mí. Yo solo era parte del plan, una actriz más en su puesta en escena para recuperar a Venus.

Y fue entonces que ella apareció.

—Hola, Bastián —dijo con esa voz que era todo lo que yo no quería escuchar en ese momento—. Qué sorpresa encontrarte de nuevo.

¿De nuevo? ¿Habían estado viéndose?

El corazón me dio un vuelco.

—Hola, Venus —respondió él con frialdad, sin dignarse a mirarla.

Me tranquilizó… un poco.

—Hola, Eliza, tanto tiempo sin verte —murmuró mirándome, y su sonrisa falsa era tan evidente como molesta—. Se ven adorables juntos —añadió con sorna, soltando una risita irónica—. Bastián, te veo por ahí.

No me molesté en responder más que con una sonrisa de cortesía.

No me interesaba interactuar con ella, y por suerte, él ya había pedido la cuenta. Nos iríamos pronto, a buscar unas cosas a la oficina… y luego a casa.

Juntos.

—Espérame aquí, Eliza. Voy al toilette y ya regreso —asentí con la cabeza, sacando mi teléfono para distraerme.

Pasaron diez minutos, luego quince.

Algo no cuadraba.

Iba a dejarle un mensaje diciéndole que lo esperaría afuera, pero decidí ir yo también al toilette.

Me puse de pie y caminé por el pasillo alfombrado, pero no llegué. Me congelé en seco al doblar la esquina y encontrarme con aquella escena.

Ahí estaban.

En un pequeño jardín privado, apenas visible desde el pasillo.

Él.

Ella.

Bastián y Venus.

Ella lo sostenía por el saco. Él parecía tenso, sí, pero no se apartaba, no lo suficiente. No lo bastante rápido.

Mi pecho se comprimió en un puño invisible. Las lágrimas ardieron detrás de mis ojos, pero esta vez no quise detenerlas, no podía. Comenzaron a caer con furia silenciosa.

Venus me miró… y sonrió. Esa sonrisa triunfal, venenosa, como si supiera que había ganado.

Y quizá lo había hecho.

Me sequé el rostro con la manga, intentando serenarme. No haría una escena, no aquí. No ahora. Todo esto había empezado como una farsa, una actuación. Él me necesitaba para un plan, nada más, sería ridículo sentirme engañada.

Pero me sentía así.

Antes de poder girar y marcharme, él se volvió y me vio.

Y la expresión en su rostro fue de horror puro. Inmediatamente apartó a Venus, casi con brusquedad, y corrió hacia mí. Ella lo siguió, por supuesto, nunca dejaba pasar una oportunidad para clavar otra daga.

—Eliza, no es lo que parece —me dijo con la voz rota.

Tenía los ojos llenos de culpa.

Pero no era suficiente.

—Déjame darte un consejo, cariño —interrumpió ella con crueldad—. Aléjate antes de que sufras más. Te lo dije, esto iba a pasar. Y no es la primera vez.

—¿De qué habla? —le pregunté a él, con el corazón tambaleando.

Silencio.

—Hace unas noches atrás… nos hemos besado —dijo Venus, relamiéndose del placer de destruirme—. Llámame cuando quieras, Bastián.

Y se fue.

Dejando su veneno desparramado como aceite hirviendo. Me quedé ahí, de pie, con el alma destrozándose en mil pedazos.

—¿Cuándo? —pregunté. Y ni siquiera sabía por qué.

¿Qué esperaba que dijera?

—Eliza...

—¿Cuándo? —repetí.

Esta vez grité.

Me temblaban los labios.

—La noche que discutimos —casi susurró—. Cuando dije aquello de que nuestra relación no era real. Estaba muy borracho. Ella se me acercó, me besó, pero la quite de inmediato y luego me fui… me fui contigo.

Sentí náuseas.

—Esa noche viniste... y me tomaste en tu cama —susurré con voz rota, sintiendo una traición que me partía en dos.

—No fue planeado. No fue lo que quise, dios te juro que nunca, nunca, intenté lastimarte.

—No te preocupes —dije con una sonrisa amarga—. Ahora podrás volver con ella más rápido de lo que pensabas.

—¡No, Eliza, por favor! Escúchame, lo del plan ya no... —no lo dejé terminar.

Di media vuelta y caminé.

Necesitaba escapar.

Aire.

Distancia.

Silencio.

Él me siguió. Me alcanzó justo cuando abría la puerta del taxi.

—¿A dónde vas? No quiero que te alejes así. Por favor... puedes gritarme, golpearme, lo que tú quieras, pero no te vayas. No me dejes.

No lo miré.

—Necesito estar sola.

—De acuerdo... vamos a casa. Te juro que me encierro en mi despacho. No te molestaré.

—No. Necesito un lugar donde tú no estés.

—Eliza...

Su voz se quebró.

Pero me dejó ir.

Subí al taxi, y mientras me alejaba, no pude dejar de pensar en lo estúpida que había sido al creer que esto era real.

Que él podía sentir lo mismo que yo.

Cuando llegué a mi apartamento, todo estaba igual que antes. Polvo en los muebles. Aire viciado. Nada de eso importaba.

Me quité los zapatos, fui directo a la cama y me dejé caer. Lo único que deseaba era dormir durante días y no pensar más.

Pero no pude.

Porque cada imagen, cada palabra, cada gesto suyo se repetía en mi mente como una tortura.

Yo ya estaba perdida por ese hombre.

Y ahora, también estaba rota por él.