Capitulo 33
ElizaMe desperté con la cabeza latiéndome como si mil martillos golpearan mis sienes al mismo tiempo.
Durante unos segundos no supe dónde estaba. Solo sentía el peso de mi cuerpo, el dolor sordo que me recorría desde la nuca hasta los hombros y una presión insoportable detrás de los ojos.
Entonces recordé.
Todo.
Solté un gemido bajo y me cubrí el rostro con ambas manos. Perfecto. No recordaba la última vez que me había sentido tan miserable.
Giré la cabeza hacia el reloj de la mesita.
Seis treinta de la mañana.
Genial.
Tenía que estar en la oficina antes de las ocho.
Lo último que quería era levantarme. Mi cuerpo parecía haber decidido declararse en huelga y, por primera vez en mucho tiempo, no tenía ninguna intención de discutir con él. Pero no podía darme el lujo de faltar.
No era la jefa.
Era una empleada.
Una más.
Y aunque hacía apenas unas horas había dormido en la misma cama que mi jefe, eso ya no significaba absolutamente nada.
El señor Müller.
Solo pensar en él hizo que el nudo que tenía en el estómago se apretara.
Tomé el teléfono de la mesita y la pantalla se iluminó de inmediato. Treinta y tantas llamadas perdidas y una catarata de mensajes.
Me quedé mirándolos durante unos segundos, incapaz de abrir siquiera uno.
No sabía si estaba haciendo lo correcto. Ni siquiera sabía si estaba huyendo de él o de mí misma.
Probablemente de ambas cosas.
Siempre había sabido que Bastián quería recuperar a Venus. Lo había visto desde el principio. Había sido parte de nuestro acuerdo y, aun así, en algún punto del camino, había empezado a creer que aquello podía convertirse en algo diferente.
Me había permitido soñar.
Había confundido sus besos con promesas, sus miradas con sentimientos y aquella intimidad con algo que quizá nunca había existido para él.
Me había dejado engañar por mis propios sentimientos y ahora estaba pagando el precio. Qué equivocada había estado.
Cerré los ojos y respiré hondo.
No podía quedarme aquí toda la mañana lamentándome.
Me incorporé lentamente y enseguida tuve que llevarme una mano a la frente cuando una punzada me atravesó la cabeza.
—Dios…
Necesitaba una ducha.
Y café.
Mucho café.
Me levanté con más esfuerzo del que estaba dispuesta a admitir y fui hasta el baño. Me lavé la cara con agua fría, intentando borrar de mi expresión todo lo que había sucedido durante las últimas horas.
Después me arreglé lo mejor que pude, aunque mi reflejo no ayudaba demasiado.
Parecía una mujer que acababa de perder una batalla y, probablemente, eso era exactamente lo que era.
El problema era que tampoco tenía ropa decente en mi apartamento para ir a trabajar. Así que tendría que volver a su casa. A su maldita casa.
Solo esperaba que, cuando llegara, Bastián ya se hubiera marchado.
No quería verlo.
No todavía.
Necesitaba unos minutos, unas horas, quizá un día entero antes de enfrentarme a él y fingir que todo estaba bien.
Pedí un taxi y bajé del edificio con el bolso colgado del hombro, deseando poder desaparecer.
El trayecto hasta la casa, que normalmente no duraba más de veinte minutos, se sintió interminable.
Apoyé la cabeza contra el vidrio de la ventanilla y cerré los ojos. Cada semáforo parecía durar una eternidad, pero cada minuto me acercaba un poco más a él.
Y mientras el dolor de cabeza seguía martillándome las sienes, comprendí que lo peor no era regresar a aquella casa.
Lo peor era no saber qué encontraría cuando cruzara esa puerta. Ni qué quedaría de nosotros después de hacerlo.
Al llegar, todo estaba en silencio.
La casa permanecía a oscuras, y un pequeño alivio se instaló en mi pecho. Quizá Bastián ya se había ido. Quizá, por una vez, el universo estaba dispuesto a concederme una tregua.
Miré el reloj.
Pasaban de las siete.
No tenía mucho tiempo.
Entré deprisa, dejando que la puerta se cerrara detrás de mí, y subí las escaleras con la intención de darme una ducha rápida, cambiarme y salir de aquí antes de tener que enfrentar cualquier conversación incómoda.
Pero, como si el universo tuviera un sentido del humor particularmente cruel, lo primero que vi al abrir la puerta de la habitación fue a él.
Bastián estaba allí.
Se quedó inmóvil en cuanto me vio.
—Eliza…
Su voz llevaba una preocupación que no esperaba escuchar.
—Te llamé muchas veces. Estaba preocupado. Incluso llamé a Emma, pero tampoco sabía nada de ti.
Bajé la mirada.
No quería ver sus ojos. No quería descubrir preocupación donde yo necesitaba indiferencia.
—Fui a mi apartamento —respondí, dejando el bolso a un lado—. Hacía tiempo que no iba y… necesitaba estar sola.
Caminé hacia el vestidor, pero apenas había dado un par de pasos cuando su voz volvió a detenerme.
—Sobre lo de ayer… quiero que sepas que…
—No pasa nada, de verdad —lo interrumpí.
No quería escuchar aquella explicación.
No quería que me diera otra razón para seguir esperando algo que probablemente nunca llegaría.
—No tienes nada que explicarme —sostuve—. Siempre supimos que a quien querías era a ella.
—No, Eliza. Déjame explicarte.
Sentí sus pasos detrás de mí.
Antes de que pudiera alejarme, sus dedos rozaron mi mejilla. El contacto fue suave.
Demasiado suave.
Y mi cuerpo reaccionó antes que mi orgullo, estremeciéndose bajo su caricia.
—¿Estás bien? Estás caliente.
Solté una pequeña risa amarga.
—No lo estoy —admití, mirándolo por fin—. Créeme que, aunque me gustes, lo último que siento ahora es deseo por ti.
Su expresión cambió de inmediato.
—No hablo de eso.
Frunció el ceño y volvió a tocarme la frente.
—Estás ardiendo en fiebre.
—Estoy bien.
—No, no lo estás.
Una tos seca escapó de mi garganta. Me doblé ligeramente, llevándome una mano al pecho mientras intentaba recuperar el aire.
Bastián me observó con una preocupación cada vez más evidente.
—Estás pálida y con fiebre. Vamos, ven a la cama.
—Estoy bien, de verdad.
—Eliza…
—En mi apartamento había polvo. Es solo eso.
Volví a toser.
Esta vez fue peor.
Bastián ni siquiera discutió. Simplemente pasó un brazo alrededor de mi cintura y me sostuvo cuando mis piernas vacilaron.
—Esa tos no suena bien. No pienso dejarte ir a trabajar así.
—Pero tengo que ir.
—No.
—Bastián…
—No vas a ninguna parte.
Quise protestar, pero la verdad era que apenas tenía fuerzas para hacerlo.
Cada paso hacia la cama parecía consumir la poca energía que me quedaba. La cabeza me daba vueltas y el cuerpo me pesaba como si llevara horas despierta.
Cuando llegamos, me sentó con cuidado sobre el colchón.
—No necesitas hacer esto —murmuré.
—Sí, necesito hacerlo.
Su tono no admitía discusión.
Me ayudó a quitarme la ropa con una naturalidad que, en cualquier otra circunstancia, me habría puesto nerviosa. Esta vez apenas tuve fuerzas para pensar en ello.
Poco después, me puso una de sus camisetas y unos pantalones cortos. El simple olor de su ropa me resultó extrañamente reconfortante.
—Estoy segura de que estaré bien en unas horas —cerré los ojos cuando una nueva punzada me atravesó la cabeza—. Tal vez solo necesito dormir un poco.
—Veremos cómo te encuentras —dijo con seguridad—. Pero si sigues así, no vas a ningún lado. Te quedas aquí.
Me arropó con cuidado y se sentó en el borde de la cama. Durante unos segundos no dijo nada, solo me observó.
Después, apartó algunos mechones de cabello que se habían pegado a mi frente y el gesto fue tan tierno que algo dentro de mí se quebró un poquito más.
—Nunca me pongo enferma… —murmuré.
—Seguro que no.
La respuesta arrancó de mis labios una sonrisa débil.
—Solo un momento y estaré lista para ir a trabajar…
No terminé la frase.
El sueño cayó sobre mí de golpe, pesado e inevitable.
La última cosa que recuerdo fue su mano deslizándose suavemente por mi cabello y su voz, baja y tranquila, diciéndome algo que ya no alcancé a entender.
La fiebre seguía ardiéndome por dentro.
Pero, por primera vez desde que había despertado esta mañana, no sentía que tuviera que enfrentarla sola.
Cerré los ojos.
Y me dejé vencer.
—Eliza, despierta.
Unas caricias suaves, casi etéreas, me sacaron poco a poco del sueño. Mis párpados pesaban como si llevaran siglos cerrados y cada músculo de mi cuerpo parecía dolerme.
Intenté abrir los ojos, pero la luz me resultó insoportable.
—Jesús, estás volando de fiebre… —la voz de Bastián sonó preocupada, muy cerca de mi oído.
Escuché sus pasos alejarse y regresar apenas unos segundos después.
Todo a mi alrededor se sentía borroso, como si estuviera atrapada bajo una capa de niebla. La cabeza me palpitaba con tanta fuerza que cada latido parecía golpearme desde dentro.
—Bastián… —gemí.
Mi voz apenas fue un susurro.
—Abre los ojos, Eliza.
Me ayudó a incorporarme con cuidado y sentí su mano firme sosteniéndome la espalda.
—Toma esto, es un analgésico. Luego te daré un baño, tenemos que bajarte esa fiebre.
Me esforcé por entreabrir los ojos.
—¿Qué hora es? —pregunté, con la garganta completamente seca.
—Casi las diez y media.
Parpadeé, intentando procesarlo.
—¿Qué haces aquí? Tenías un millón de reuniones hoy…
Bastián me sostuvo con más firmeza cuando intenté levantarme y comenzó a guiarme hacia el baño.
—Cancelé todo muy temprano —respondió con una calma que contrastaba con la preocupación de su mirada—. De ninguna manera iba a dejarte sola en este estado.
—Pero…
—Soy el jefe, Eliza —me interrumpió con una media sonrisa—. Creo que puedo darme el lujo de hacer lo que quiera… y estar aquí, cuidándote, es lo único que quiero.
No respondí.
No solo porque me costaba demasiado pensar con claridad, sino porque, incluso en medio de la fiebre, había algo que seguía doliendo.
Venus.
Las imágenes de él con ella regresaron a mi cabeza una y otra vez. Y aunque estuviera aquí, conmigo, aunque me cuidara como si yo fuera lo más importante del mundo, nada de eso cambiaba lo esencial.
Él nunca había dicho que el plan había terminado. Nunca había dicho que ella ya no formaba parte de su futuro.
Yo sí lo amaba.
Lo amaba con una intensidad que me asustaba.
Y, aun así, me quedé callada.
La bañera terminó de llenarse con agua tibia y Bastián me ayudó a entrar con una delicadeza que contrastaba con la fuerza que siempre parecía acompañarlo.
Tirité cuando el agua tocó mi piel ardiente.
Se sentó en el borde y comenzó a pasarme una esponja con movimientos lentos y cuidadosos.
No había nada sensual en aquello, nada que pudiera confundirse con deseo. Solo estaba cuidándome y eso fue precisamente lo que más me dolió.
Porque Bastián estaba haciendo todo lo que haría alguien que amara a otra persona. Pero no estaba enamorado de mí.
¿Cierto?
Quise preguntárselo. Quise decirle que lo amaba. Pero el miedo me cerró la garganta.
Nos mantuvimos en silencio durante todo el baño. Solo se escuchaba el suave movimiento del agua y su respiración tranquila mientras se aseguraba de que la fiebre comenzara a ceder.
Cuando consideró que había sido suficiente, me ayudó a salir.
Me secó con cuidado, me peinó y acomodó mi cabello con una ternura que parecía no tener fin.
—Ven, volvamos a la cama —dijo mientras dejaba el cepillo sobre el lavabo.
Me llevó de regreso y me acomodó entre las mantas con una dedicación que me desarmó.
—Gracias —murmuré, aferrándome a su mirada durante un instante.
Bastián se inclinó y dejó un beso en mi frente antes de desaparecer hacia el vestidor.
Cerré los ojos.
Intenté dormir, pero la cabeza todavía me palpitaba y los pensamientos no dejaban de girar.
No supe cuánto tiempo pasó. En algún momento sentí que el colchón se hundía a mi lado y la manta se levantó.
Abrí los ojos, sorprendida.
—¿Qué haces? —pregunté, con la voz quebrada.
—Te cuido.
—Bastián, no es necesario, en serio…
No me dejó terminar.
—Ven aquí, mi Eliza.
Me atrajo suavemente hacia su pecho y me envolvió entre sus brazos.
Su cuerpo estaba cálido. Protector.
Sus caricias lentas en mi espalda fueron un bálsamo contra todo lo que me dolía, incluso contra aquello que no tenía nada que ver con la fiebre.
Cerré los ojos.
Por primera vez en horas, sentí que podía respirar.
—Por favor… perdóname.
Su voz se quebró.
Abrí los ojos.
Algo en ese tono me hizo tensarme.
—Ya está, en serio —intenté sonar convincente, pero no pude sostenerle la mirada—. No estoy enojada contigo, estoy ayudándote a recuperarla. Era lógico que pasara…
—Mírame.
Sus dedos levantaron mi barbilla con suavidad hasta obligarme a encontrarme con sus ojos.
—Jamás quise lastimarte. Y lo hice, lo sé. Pero nunca fue mi intención, Eliza.
—Bastián, en serio…
—Déjame terminar.
Sus ojos me suplicaban que lo escuchara.
Asentí.
—Nunca la busqué. Ni siquiera con el plan. Porque, desde el principio, estaba demasiado ocupado sintiéndome vivo a tu lado.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
—Todo lo que te digo, todo lo que hago, es real. Me gustas demasiado, y aquí dentro…
Tomó mi mano y la llevó hasta su pecho.
Su corazón latía con fuerza bajo mi palma.
—Siento cosas que me asustan, porque nunca me sentí así por nadie más.
Mi respiración se quedó atrapada.
—Bastián… por favor…
—No me importa el plan, no me importa el pasado. Porque eres tú, siempre tú.
Sus palabras se hundieron en mí una por una.
—En mi cabeza, en mis días, en mis noches. Solo estás tú, Eliza.
Su voz perdió toda aquella seguridad que acostumbraba llevar consigo. Por primera vez, parecía vulnerable.
Realmente vulnerable.
—Y tengo miedo, porque no quiero que te vayas. Porque sin ti… estoy perdido.
Algo dentro de mí terminó de romperse.
Me aferré a él como si pudiera anclarme a su cuerpo, como si sus brazos fueran el único lugar donde podía estar segura.
—Abrázame más fuerte, Bastián.
Lo hizo.
Si aquello era posible, todavía más fuerte.
Me acunó contra su pecho como si pudiera protegerme de todo lo que existía fuera de aquella habitación.
Como si yo fuera su mundo entero.
—Yo también siento mil cosas por ti —susurré.
Lo sentí relajarse contra mí.
Como si finalmente pudiera respirar. Como si hubiera estado conteniendo el aire durante demasiado tiempo.
—Déjame cuidarte, mi Eliza.
Sus labios rozaron mi frente con una ternura que me hizo cerrar los ojos.
—Déjame cuidarte siempre.
Y allí, entre sus brazos, con el corazón temblando y la fiebre comenzando lentamente a ceder, entendí que algo había cambiado.
Quizás todavía no tenía todas las respuestas. Quizás seguía teniendo miedo. Pero por primera vez, ya no sentía que estuviera enamorándome sola.
Porque mientras Bastián me sostenía contra su pecho, tuve la certeza de que él también estaba empezando a caer.
Y quizá, solo quizá, esta vez todo iba a ser real.