Capitulo 34
BastiánEliza había pasado todo el día anterior con fiebre y un malestar que la había dejado prácticamente sin fuerzas. Terca como siempre, se negó rotundamente a que llamara a un médico, aunque terminé consiguiendo que comiera algo y bebiera suficiente agua.
Por suerte, esta mañana parecía un poco mejor.
La fiebre había bajado y, aunque seguía pálida y agotada, al menos podía mantenerse despierta durante unos minutos sin quejarse.
Parecía una gripe común, pero la había golpeado con una fuerza considerable. Y yo no me había separado de ella, ni un segundo.
Creo que era la primera vez, en casi diez años, que faltaba dos días consecutivos al trabajo.
Y, por primera vez, no me importaba.
Eliza lo valía.
Ella lo valía todo.
Desde que me disculpé y le confesé lo que realmente sentía, algo dentro de mí había cambiado. Era como si me hubieran quitado de encima un peso que llevaba años cargando sin siquiera darme cuenta.
Como si alguien hubiera arrancado de mi espalda una mochila llena de cemento.
Había pasado una noche terrible sin saber dónde estaba. Angustiado. Furioso conmigo mismo. Sintiendo que era el peor de los imbéciles por haberla lastimado.
No lo hice a propósito.
Lo sabía.
Pero debí haber sido más firme.
Más claro.
Debí haber puesto límites con Venus desde el principio y haber dejado de fingir que todavía existía algo entre nosotros.
Porque la verdad era mucho más sencilla de lo que había querido admitir.
Venus ya no me interesaba. No ahora y probablemente tampoco desde hacía mucho tiempo.
Todo aquello de recuperarla se había convertido en una excusa barata. Una manera cómoda de evitar enfrentar lo que realmente estaba ocurriendo.
No hice nada para recuperarla.
No la llamé.
No la busqué.
No intenté acercarme a ella.
Si hubiera querido hacerlo, lo habría hecho. Pero no lo hice. Porque, desde que Eliza cruzó la puerta de mi casa y comenzó a formar parte de mi vida, algo en mí había empezado a cambiar sin que pudiera evitarlo.
Se fue apoderando de cada rincón de mi existencia.
De mis pensamientos.
De mis rutinas.
De mis silencios.
De mí.
Era como si, después de pasar años en la oscuridad, alguien hubiera encendido una luz. Y ahora podía ver cosas que antes ni siquiera sabía que estaba perdiendo.
Eliza me hacía querer ser mejor.
Me hacía cuestionarme.
Me hacía reconocer que había pasado demasiado tiempo escondiéndome detrás de una versión de mí mismo que ya no quería seguir siendo. Y lo más extraño era que no sentía que estuviera perdiendo nada.
Al contrario.
Sentía que, por primera vez, estaba encontrando algo.
A ella.
No recordaba haber sentido nunca tanto por una mujer.
Era la única persona en la que pensaba desde que amanecía hasta que cerraba los ojos por la noche.
Necesitaba su alegría.
Su risa contagiosa.
Esa manera tan suya de mirar el mundo como si, incluso en los peores días, todavía existiera una posibilidad de que las cosas mejoraran.
Eliza llenaba de color espacios de mi vida que yo ni siquiera sabía que estaban vacíos.
Antes de ella, todo había sido gris. Ordenado. Predecible. Seguro. Y ahora estaba aquí, desordenándolo todo.
Y me encantaba.
Su forma de ser tenía algo adictivo. Te atrapaba sin que te dieras cuenta y, cuando finalmente comprendías lo que había sucedido, ya era demasiado tarde.
Ya estabas enamorado.
Ya estabas perdido.
Y yo estaba jodidamente perdido por ella.
Quería todo.
Sus besos suaves. Sus sonrisas tímidas. Sus carcajadas espontáneas. Incluso esos pequeños sonidos que escapaban de sus labios cuando olvidaba por completo el mundo que existía alrededor de nosotros.
Quería compartirlo todo con ella.
No porque creyera tener algún derecho sobre su vida. Sino porque, por primera vez, quería que alguien compartiera la mía.
La quería a ella.
Completa.
Con sus virtudes, sus defectos, sus inseguridades, sus malditas ocurrencias y esa capacidad de sacarme de quicio con una sola mirada.
La quería.
Y verla ahora, vulnerable, con las mejillas todavía pálidas, las ojeras marcadas y el cabello revuelto por la fiebre, no hacía que me pareciera menos hermosa.
Si acaso, todo lo contrario.
No era solo su cuerpo, aunque adoraba cada centímetro de él.
Era ella.
Su esencia.
Su energía.
La forma en que conseguía llenar una habitación simplemente estando en ella.
Verla así me rompía por dentro y, al mismo tiempo, me hacía sentir algo que nunca había experimentado.
Una necesidad casi desesperada de cuidarla. De protegerla. De asegurarme de que nunca tuviera que sentirse sola.
Pero había algo que todavía me aterraba y era que no sabía cómo querer, porque nadie me había enseñado.
Había crecido aprendiendo que mostrar demasiado era una debilidad. Que los sentimientos debían mantenerse bajo control. Que necesitar a alguien significaba darle poder sobre ti.
Así que aprendí a callar.
A endurecerme.
A no necesitar.
Y ahora Eliza estaba obligándome a olvidarme de todo aquello. Y por ella quería hacerlo.
Quería aprender a demostrarle lo que sentía, a que supiera que era importante para mí y que podía contar conmigo. Quería que supiera que no estaba sola y que no iba a desaparecer cuando las cosas se pusieran difíciles.
Quería que, incluso cuando no tuviera las palabras correctas, pudiera verlo en cada gesto.
En la manera en que la cuidaba. En la forma en que la miraba. En el simple hecho de haber cancelado todo para quedarme a su lado.
Porque esta era la primera vez que entendía lo que significaba enamorarse de verdad.
No era costumbre.
No era conveniencia.
No era necesidad.
Era algo mucho más grande.
Algo que me consumía, me desarmaba y, al mismo tiempo, me hacía sentir más vivo que nunca.
Y sí.
Me asustaba.
Joder, me asustaba muchísimo.
Nunca había permitido que nadie llegara tan lejos dentro de mí. Nunca había entregado tanto sin saber qué iba a recibir a cambio. Pero ya no tenía sentido seguir negándolo, al menos no conmigo mismo.
Estaba enamorado de Eliza.
Profundamente.
Irremediablemente.
Y quería decírselo. Quería despertarla, tomarla entre mis brazos y decirle que la amaba hasta que no quedara ninguna duda.
Quería salir a la calle y gritarle al mundo entero que esta mujer era el amor de mi vida.
Pero todavía no.
Primero necesitaba ordenar todo lo que llevaba dentro, porque no quería decírselo a medias. No quería que mis palabras sonaran impulsivas o nacidas del miedo a perderla.
Quería mirarla a los ojos cuando lo dijera. Quería que supiera que lo decía completamente consciente de lo que significaba.
Además, ahora no era el momento.
Ella todavía estaba débil.
Su respiración seguía siendo un poco pesada y cada tanto fruncía el ceño mientras dormía, como si incluso en sueños estuviera peleando contra aquella maldita gripe.
Me incliné y aparté un mechón de cabello de su frente. Tal vez ella también sentía lo mismo por mí.
Quería creerlo.
Después de todo, la forma en que me había abrazado la noche anterior no parecía la reacción de alguien que quisiera mantenerme lejos.
Pero no tenía prisa.
Por primera vez en mi vida, podía permitirme esperar. Porque ahora sabía lo que quería y sabía a quién quería.
A ella.
A mi Eliza.
Y no pensaba volver a huir de eso.
Nunca más.
Empujo la puerta de la habitación con cuidado, procurando hacer el menor ruido posible. La luz tenue del amanecer se filtra entre las cortinas y tiñe el dormitorio de tonos suaves.
Todo está en silencio.
Mis ojos van directamente hacia la cama.
Hacia ella.
Eliza duerme profundamente, con el ceño ligeramente fruncido, como si incluso dormida siguiera luchando contra el malestar. Me acerco despacio y contengo el aliento antes de apoyar el dorso de mi mano sobre su frente.
Ya no tiene fiebre.
Un suspiro de alivio escapa de mis labios.
Bien.
Por fin.
La observo durante unos segundos más, asegurándome de que su respiración sea tranquila antes de apartarme.
Necesita descansar.
Después de todo lo que ha pasado, se lo merece. Y yo necesito dejarla sanar sin interrupciones.
Me retiro en silencio y camino hacia el baño.
Cierro la puerta con suavidad y me quito la ropa sin ninguna prisa. Cada prenda cae al suelo mientras mi mente sigue atrapada en la imagen de ella dormida.
Entro en la ducha.
Cuando el agua alcanza la temperatura perfecta, cierro los ojos y dejo que el calor se extienda por mi cuerpo. Apoyo las manos contra la pared de mármol y permito que el vapor llene mis pulmones.
Por primera vez en mucho tiempo, no tengo nada que hacer. Ninguna reunión. Ningún informe. Ningún problema empresarial que resolver.
Solo silencio.
Y en ese silencio puedo permitirme bajar la guardia. Puedo pensar en ella y puedo admitirlo sin buscar excusas.
La amo.
No sé exactamente cuándo sucedió.
Quizá fue aquella primera vez que me enfrentó con una valentía que no esperaba. Quizá fue cuando comenzó a desafiar cada una de mis certezas sin siquiera proponérselo.
O tal vez fue mucho más sencillo.
Tal vez me enamoré de ella la primera vez que me sonrió como si el mundo todavía fuera un lugar en el que valía la pena creer.
No lo sé.
Y, por primera vez, no necesito saberlo.
Porque está aquí.
En mi vida. En mis pensamientos. En cada rincón de mi pecho. Y mientras el agua resbala por mi cuerpo, me hago una promesa.
Voy a hacerlo bien.
No voy a esconderme detrás de excusas y no voy a permitir que el miedo decida por mí.
Por ella.
Por nosotros.
Después de unos minutos, cierro el grifo y salgo de la ducha. Me envuelvo en una toalla y permanezco un instante en medio del vapor, respirando profundamente.
El nudo que llevo en el pecho sigue ahí.
Pero ya no pesa igual.
Me pongo el pijama más cómodo que encuentro: una camiseta suave y unos pantalones de algodón. Paso un peine por mi cabello todavía húmedo, más por costumbre que por otra cosa.
No me importa demasiado cómo luzco.
No frente a ella.
Aunque hay algo extraño en mí esta mañana. Una necesidad absurda de estar a la altura de lo que siento, como si tenerla cerca me exigiera convertirme en un hombre mejor.
Y, quizá, eso es exactamente lo que está ocurriendo.
Cuando regreso a la habitación, Eliza sigue dormida. Su respiración es pausada, su rostro parece más relajado y, por primera vez desde ayer, no hay tensión en sus facciones.
Me quedo observándola desde el otro lado de la cama. No quiero romper esa paz, así que me acerco despacio.
Cada paso parece tener un peso extraño, casi sagrado.
Levanto las sábanas y me deslizo debajo de ellas con cuidado. Entonces paso un brazo por detrás de su cabeza y la acomodo contra mí.
Ella se mueve apenas, todavía dormida. Instintivamente, se acerca un poco más. Mi mano encuentra su cintura y la atraigo suavemente hasta que su cuerpo queda pegado al mío.
Y algo dentro de mí se calma.
Así.
Exactamente así.
Su cabeza contra mi pecho, su cuerpo acomodado entre mis brazos y su calor envolviéndome. Ese aroma dulce e inconfundible que, sin saber cómo, se ha convertido en una de las cosas que más asocio con la palabra hogar.
Mi nueva forma favorita de dormir.
No digo nada.
No necesito hacerlo.
Solo cierro los ojos y respiro profundamente. Porque, después de tantos años buscando algo que ni siquiera sabía nombrar, finalmente entiendo qué era.
No era poder.
No era dinero.
No era éxito.
Era esto.
Ella.
Eliza, dormida entre mis brazos, a mi lado. Y por primera vez en mucho tiempo, no siento que me falte nada.
Por primera vez, me siento completo.
Me desperté solo en la cama. Extendí el brazo por inercia, todavía atrapado entre el sueño y la vigilia, buscando su cuerpo tibio.
Nada.
Solo encontré las sábanas frías.
Abrí los ojos de golpe y miré el reloj de la mesita. Nueve y treinta. Era sábado, asique no había reuniones, llamadas urgentes ni ninguna razón para levantarme temprano.
Aun así, no me gustó no verla.
Me incorporé despacio y recorrí la habitación con la mirada. Vacía. La puerta del baño estaba entreabierta. Me levanté y fui hasta allí, pero tampoco estaba.
Fruncí el ceño.
Era ridículo.
Eliza no podía haber desaparecido de una casa en cuestión de segundos. Y, sin embargo, algo dentro de mí se había acostumbrado demasiado rápido a saber dónde estaba.
Tomé la camiseta que había dejado sobre una silla y me la puse mientras salía de la habitación.
No sabía exactamente qué estaba buscando.
Bueno.
Sí lo sabía.
A ella.
La encontré en la cocina.
Estaba de espaldas a mí, preparando algo junto a la encimera. Llevaba un pijama desparejo, de esos conjuntos cómodos y poco favorecedores que probablemente nadie debería ver fuera de la intimidad de su propia casa.
Pero yo ya estaba demasiado enamorado como para que me importara.
De hecho, me parecía preciosa.
Su cabello estaba recogido en un moño improvisado y varios mechones rebeldes escapaban alrededor de su rostro y su nuca.
No sé cómo lo hacía.
Podía verla en un vestido de gala, cubierta de diamantes, y dejarme sin respiración. Pero también podía encontrarla un sábado por la mañana, despeinada, vestida con un pijama horrible y concentrada en preparar café, y sentir exactamente lo mismo.
Quizá incluso más.
Porque esta era ella.
Sin máscaras.
Sin esfuerzo.
Sin necesidad de impresionar a nadie.
Y, de alguna manera, me estaba dejando verla así.
Me acerqué en silencio, no me oyó, pero cuando estuve detrás de ella, rodeé su cintura con los brazos y la atraje suavemente hacia mí.
Su cuerpo se relajó al instante, como si reconociera mi contacto antes incluso de saber que estaba allí.
Apoyé el pecho contra su espalda y dejé un beso en su cuello.
Aspiré su aroma.
Dulce.
Cálido.
Inconfundiblemente suyo.
La sentí sonreír y pensé que, probablemente, no existía una mejor manera de despertar.
Bueno…
Tal vez sí.
Pero esta también me gustaba muchísimo.
—Buenos días, nena —susurré contra su piel antes de dejar otro beso, justo detrás de su oreja—. ¿Cómo te sientes?
Se giró entre mis brazos y me regaló una de esas sonrisas que parecían iluminar cualquier habitación.
—Mejor… —respondió—. Gracias por cuidarme.
La miré durante unos segundos.
Había algo diferente en sus ojos, algo más tranquilo.
Ya no estaba aquella inseguridad que había visto en ella los últimos días. Y saber que yo tenía algo que ver con eso me produjo una satisfacción que no sabía cómo explicar.
Le acaricié la mejilla con el dorso de los dedos.
—Eres mi Eliza.
Ella parpadeó.
Todavía me sorprendía lo mucho que me gustaba decirlo.
Mi Eliza.
No como una posesión, como una elección. Como una certeza.
—No había otro lugar donde quisiera estar más que aquí, contigo.
Sus ojos se suavizaron, luego levantó los brazos y los pasó alrededor de mi cuello. Se puso de puntillas y me besó.
Despacio.
Suave.
Sin prisa.
No había necesidad de demostrar nada.
Solo nosotros.
El beso fue inocente, pero algo en mi pecho se encendió con un calor lento y profundo.
Estaba jodidamente enamorado y lo más increíble era que ya no quería luchar contra ello y no quería encontrar una explicación lógica.
Quería sentirlo.
Todo.
El vértigo, el miedo, la felicidad absurda que me provocaba verla caminar descalza por mi cocina.
Todo.
Porque estar con ella se sentía tan natural que, por momentos, resultaba aterrador. Y entonces apareció el pensamiento que llevaba intentando mantener a raya.
No quería que se fuera, no quería verla regresar a su departamento. A su antigua rutina, a una vida en la que yo no estuviera esperándola al despertar.
No quería que esta casa volviera a sentirse vacía, ni que mi cama volviera a estar fría y mucho menos que sus cosas desaparecieron de aquí.
Apreté ligeramente los labios.
Demasiado.
Había pasado de ser mi asistente a convertirse en la persona que ocupaba cada rincón de mi cabeza. No podía pretender que ella sintiera exactamente lo mismo.
Y si no era así…
Si para ella esto todavía era una extensión de la farsa…
La sola posibilidad me atravesó el pecho.
Sacudí la cabeza.
No.
No iba a arruinar la mañana con mis propios miedos. Apenas le había confesado lo que sentía, tenía que darle espacio.
Tiempo.
No podía exigirle respuestas solo porque yo finalmente hubiera encontrado las mías.
Respiré hondo y la observé regresar a la encimera. Entonces ocurrió algo tan sencillo que casi me hizo reír de mí mismo.
Eliza tomó una taza, sirvió café y me la tendió.
Negro.
Fuerte.
Sin azúcar.
Exactamente como me gustaba.
Mis dedos rodearon la taza y nuestras miradas se encontraron. Ella sonrió, una sonrisa pequeña.
Natural.
Como si aquello fuera lo más normal del mundo. Y quizá lo era, pero para mí significaba mucho más. Porque en ese gesto no había pasión, no había promesas y no había una mentira que sostener.
Solo había una mujer que había aprendido cómo me gustaba el café y un hombre que empezaba a descubrir que quería compartir con ella incluso las cosas más insignificantes.
Tomé un sorbo.
Perfecto.
—¿Qué? —preguntó al notar que seguía mirándola.
Negué con la cabeza.
—Nada.
—Me estás mirando raro.
Sonreí.
—Estoy pensando.
—Eso nunca es buena señal.
Solté una pequeña carcajada.
—Estoy pensando que podría acostumbrarme a esto.
Ella arqueó una ceja.
—¿A qué exactamente?
Miré alrededor.
La cocina.
El café.
La mañana tranquila.
Y finalmente a ella.
—A despertarme y encontrarte aquí.
Su sonrisa se volvió más tímida. Y mi corazón volvió a hacer esa cosa absurda que hacía cada vez que ella me miraba de determinada manera.
Entonces comprendí algo.
No era que Eliza estuviera ocupando un lugar en mi casa. Era que, poco a poco, estaba convirtiendo aquella casa en un hogar.
Y quizá ese era el verdadero peligro.
Porque ya no quería imaginar mi vida sin ella.
Quería todo aquello que hacía que ella fuera ella. Y, por primera vez, no sentí miedo de admitirlo.
Este era su lugar.
Aquí.
Conmigo.
Y yo…
Yo ya no sabía cómo imaginar un lugar en el que ella no estuviera.